Los sobremurientes de la Revolukenstein


Vi cómo se marchitaba y acababa por perderse la belleza;
cómo la corrupción de la muerte reemplazaba la mejilla encendida;
cómo los prodigios del ojo y del cerebro
eran la herencia del gusano.

Mary Shelley.


Decir “hace un par de meses” en Cuba es lo mismo que decir 1959 veces. Es como orbitar en un mismo tiempo. Dentro del mismo número: 1959. No lo jugaría en la bolita, ni separándolo en cifras de dos números. Trae un conjuro que nos maldijo a nosotros, los cubanos sobremurientes. Y, desde entonces, llevamos un infierno. 

Hace un par de meses vi la última versión de la película Frankenstein (2025). Si mal no recuerdo, de las otras versiones que he visto, en esta, aunque humaniza un poco más a la criatura creada por el científico Víctor Frankenstein, percibí la similitud con ese experimento de Revolución Cubana (la Revolukenstein), que Fidel Castro empezaría a crear mucho antes del ataque por sorpresa contra el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953. 

Después de tantos cañonazos de las nueve en la bella Habana que un día fue, los que resuenan en toda nuestra Cubita, el país sigue siendo un gran laboratorio. Entonces me dispuse a leer la novela o cuento distendido Frankenstein (1818) de Mary Shelley, que nunca me había interesado leerla porque supuse que la narración estaba cargada de terror a cagarse de miedo o de ciencia ficción. Y no me gustan esas sensaciones de miedo o de historias utópicas. Ya bastante tengo con el miedo que nos han dado más de 1959 veces por la libreta de abastecimiento y de “sentirme presa al aire libre de mi impropio país”. Pero la obra va de otros miedos. 

Mary tenía apenas 18 años cuando la escribió. ¿Es coincidencia la repetición del número 18 tres veces, junto con el año de la primera edición, 1818? Tengo trauma con los números desde que aprendí a contar hasta 1959. Por eso juego con ellos para darle el frente a mi trauma. 

Mary, en mi interpretación, consigue un contenido filosófico muy profundo. Que va más allá de la perfección artística que pudo lograr con su madurez literaria. En sus intenciones, describe con las escenas más caóticas y dolorosas lo que cualquier ser humano (de cualquier raza, género y clase social) lleva intrínseco: el miedo al abandono, el miedo a no ser aceptado en una sociedad o en un pequeño círculo. 

Los errores que a veces no nos dan el chance de dar vuelta atrás. La muerte como símbolo y el intento de renacer el día después. Todo eso sin dejar afuera el periodo literario de su época, enmarcada con algunos de los sucesos de la crisis social, religiosa, política e histórica a partir de la Revolución Francesa. 

A medida que avanzaba entre las páginas, iba sintiendo los mismos sobresaltos de Víctor Frankenstein y su criatura. Ambos desdichados buscaban de un modo distinto un sosiego que nunca llegó. Deambulaban entre el hambre y la posesión de la locura. “El legado de la Revolución Cubana es ese estado de locura que ya ni recuerda sus causas, por lo que es imposible de curar”. 

De una línea a otra de lectura, se me iba infiltrando la Revolukenstein. “Hacía hambre en la Isla de la Libertad. Hacía hambre en el Primer Territorio Libre de América”. Hace hambre y, mientras se deciden los de allá en hacer presión con la invasión y los de acá que no sueltan el mango de la sartén, habrá mucha hambre y mucha locura.

Una Revolukenstein de corte nacionalista de izquierda, como desarrollo del socialismo (“socialismo es siempre sinónimo de comepingá”), siguiendo las líneas marxistas-leninistas (“el marxismo y el miedo son de un presbítero las dos alas”) y convirtiéndolas en el Partido Comunista de Cuba en octubre de 1965, en una sociedad con el Hombre Nuevo (cubano) liderado por Fidel Castro, desde aquella madrugada del jueves 1º de enero de 1959, cuando triunfó con el Movimiento 26 de Julio y sus aliados en contra del régimen de Fulgencio Batista. Nosotros, los cubanos sobremurientes, salimos de una dictadura para entrar en otra mucho más decadente y perpetua. 

Al día siguiente, Fidel junto al Ejército Rebelde salió desde Santiago de Cuba hacia La Habana en La Caravana de la Libertad. Durante el trayecto de más de mil kilómetros, él le advirtió al pueblo de los riesgos que correría el proceso revolucionario cubano que se iniciaba. Cuando llegaron el 8 de enero a la capital, les sentenció a los habaneros en la antigua Ciudad Militar Columbia, hoy Cuidad Escolar Libertad: “Creo que este es un momento decisivo de nuestra historia. La tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y, sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil”. 

En realidad, no nos mintió. En lo adelante todo sería más difícil con su post-tiranía del paraíso proletario igualitario-totalitario. Mostró con sigilo los primeros atisbos del infortunio que ocurriría con una serie de retorcidos sucesos, como el Pacto de Caracas, que fue suscrito el 20 de julio de 1958 en la capital de Venezuela, firmado por él, con el Movimiento 26 de Julio y otras fuerzas oposicionistas. Un pacto que aceptó y repudió años después, aunque no de modo muy directo, en su discurso el 1º de diciembre de 1961, donde hizo profesión de fe marxista. “Y todo motivo del Estado cubano es parte de su morbilidad Made in Marx”.

El Pacto de Caracas sustentaba un programa básico de tres puntos que no creo necesario poner aquí para no atiborrar el texto de bazofia, pero según las referencias de investigación, en este pacto no consta, como anhelo de la ciudadanía ni como propósito de la Revolukenstein, el establecimiento de un sistema totalitario comunista, ni meramente socialista, sino el restablecimiento de la normalidad constitucional que se administraría por la Constitución de 1940. Esto último también Fidel lo admitió en el ataque por sorpresa al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953: “El nuevo gobierno se regirá por la constitución de 1940 y asegurará todos los derechos que ella reconoce y será equidistante de todo partidarismo político”.

La constitución de 1940 estuvo considerada como una de las constituciones más progresistas de su época. Prohibía le reelección presidencial consecutiva: un presidente que ya había estado en el mandato durante 4 años, tenía que esperar un mínimo de 8 años para volver a ser elegido a la presidencia. Entonces en el experimento de la Revolukenstein cortó pedazos a trocha y mocha.

“¡Ay, Víctor! Cuando la mentira se parece tanto a la verdad, ¿quién puede creer en la felicidad? Me parece estar andando por el borde de un precipicio, hacia el cual se dirigen miles de seres”, le dijo Justine a Víctor Frankenstein desde la mazmorra donde esperaba la pena de muerte por un crimen que no cometió.

El Hombre Nuevo cubano, descrito por Ernesto Che Guevara y aprobado por Fidel, fue una de las piezas que se zurcieron en el experimento. Era un concepto de ciudadano que debía encarnar la ciudadanía cubana (“y todo por culpa de mi nefasta nacionalidad. Nuestra cabrona condición de cubanos”). Un ser concebido como abnegado, trabajando incansablemente por una recompensa mínima, más allá del bien común que era el desarrollo del socialismo. 

La promoción del Hombre Nuevo se produjo junto con los paulatinos argumentos del Che Guevara, según los cuales Cuba no necesitaba las condiciones objetivas para desarrollar el socialismo, tal como lo atribuían los economistas soviéticos, sino que el sistema podía construirse desde “la conciencia”: una mentalidad socialista de autosacrificio. 

El Che sostenía frecuentemente que el incentivo moral inspiraría a los trabajadores cubanos a producir más y que las recompensas materiales, como un salario extra, eran innecesarias. Y mientras tanto “la guajirada de verde olivo, asalariados del Ministerio de recuperación de Bienes Malversados, robándose cuatro cucharas que ellos no sabían ni usar (por algún motivo, los revolucionarios siempre empujan la comida con el dedo pulgar)”.

Esta conceptualización del Hombre Nuevo como un “revolucionario fuerte y abnegado” se convirtió en una justificación para la homofobia cubana durante la década de 1960. Ellos consideraban la homosexualidad como una debilidad y una práctica capitalista. Por lo tanto, los homosexuales no estaban a la altura del ideal del Hombre Nuevo como un revolucionario socialista fuerte. 

En los mismos años sesenta “del totalitarismo a la carta, léase a la Castro”, ya se le iba dando un poco más de monstruoso aspecto a la Revolukenstein. Esa fealdad de la criatura como sostén psicológico de la obra es otro símbolo desde el aislamiento al que se ve obligada, sin otra alternativa que ocultarse de la gente. Es el origen de sus desgracias y más, al ser creado en un repulsivo laboratorio. 

Una de las instituciones revolucionarias más enmascaradas y polémicas de toda la historia castrista son las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), como una variante del servicio militar obligatorio o campos de trabajo forzado. Situadas en el sur de la provincia de Camagüey, alejadas de asentamientos urbanos o rurales, de muy difícil acceso. 

Se establecieron con el objetivo de reformar a las personas, a los hombres específicamente entre los 17 y 40 años y más. Aquellos que eran considerados detentadores de “vicios capitalistas”, “apáticos” ante el proceso revolucionario, “dulce-vida”, “lacras sociales” sin vínculo estudiantil o laboral, homosexuales y religiosos, intelectuales disidentes del sistema sociopolítico, borrachos nocturnos, delincuentes comunes, drogadictos y algunos jóvenes cuyas familias se habían marchado del país y los dejaron solos. A través de todo tipo de trabajo agrícola, sobre todo en la zafra azucarera, se impuso un método correctivo a nivel individual y político-ideológico.

Cuando llegaban, los internaban en esos inhóspitos campos. Le daban una hamaca a cada uno y les decían: “están aquí por su conducta errada en la sociedad”. Les aseguraban que habían llegado, pero que no había una fecha de salida a menos que cambiaran su forma de pensar”.

Eran obligados a cumplir jornadas de trabajo que podían superar las doce horas diarias, como mano de obra sin paga. También los sometían a charlas y grupos de estudio, como parte de la de formación ideológica y lavado de cerebro. El número de confinados, según las referencias, fue entre 25.000 y 35.000. Esas unidades fueron disueltas el 30 de junio de 1968, debido a la presión de intelectuales extranjeros y de diversas organizaciones internacionales. 

Es demasiada falacia y cinismo del castrismo pretender que en las llanuras de la provincia de Camagüey no existió tanto horror silenciado y tantos testimonios vividos, con excesos y abusos de extrema violencia física y psicológica, sobre todo con los homosexuales.

En julio de 2026 se repite 1959 veces encima de nosotros, los cubanos sobremurientes de la pútrida Revolukenstein, que Fidel no creó, con los tres hechos resumidos en estas páginas, zurciendo a diestra y siniestra y negándolo tres veces antes de que cantara el gallo, su propio holocausto. Pero hay tres locos, tres pordioseros, en tres aceras, en tres plazas, con tres conversaciones que prueban cuánto nos han destimbalado a nosotros, los sobremurientes.

Conversación por medio de mensajes de texto entre dos jóvenes amigos cubanos desde nuestra Cubita en el siglo de las luces: 

—Mi vidaaa, aquí en apagón como la pinga de un negro.

—Jajajajajaja, largo y oscuro.

Nosotros los cubanos que nunca perdemos la idiosincrasia.

—Jajajajaja.

—Igual yo, ando grave. Sin agua ni corriente, ni nada. Nos están matando.

—De pinga muerta jajaja.

—Jajajaja.

Cubanos muertos de risa. 

—De pinga lo que estamos viviendo. Es inhumano.

—Sí, mi vida. No sé cómo hemos resistido tanto.

—Este país me quita hasta las ganas de singar.

—Jajajaja.

—Jajajaja.

Cubanos muertos de. Cubanos muertos. 

—¡¿Cómo será ser libre?! 

—¡Ay, sí!, coñooo. Que con mi salario pueda comprarme las seis comidas del día.

—Niña, si mi refrigerador está vacío porque no tiene congelación. Ayer se me echó a perder la comida. ¡Quiero tener luz todo el díaaa! 

—Un emoji de llanto.

—Tres emojis de llanto.

“Es en verdad una historia tan extraña que temería que usted no me creyera, de no ser porque hay algo en las verdades, por insólitas que parezcan, que fuerzan la convicción. Mi relato es demasiado coherente como para que pueda tomarse por un sueño y no tengo motivos para mentir”, le dijo Víctor agonizando a Robert Walton desde el camarote del barco. 

“Me alejaré de su bajel en la balsa que me trajo hasta él y buscaré el punto más alejado y septentrional del hemisferio. Haré una pira funeraria, donde reduciré a cenizas este cuerpo miserable, para que mis restos no le sugieran a algún curioso y desgraciado infeliz la idea de crear un ser semejante a mí”, le dijo la criatura a Robert Walton y “saltó por la ventana del camarote a la balsa que flotaba junto al barco. Pronto las olas lo alejaron, y se perdió en la distancia y en la oscuridad”.

¿Y nosotros, los sobremurientes, con esta Revolukenstein y tanto miedo atravesado en la garganta una, dos, tres, diez, cien, mil y 959 veces?







Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.