Antihistamínico de un resfriado

A Carlos Manuel Álvarez y El Estornudo.


Parafraseando a Oliverio Girondo, yo diría: 

Me importa un pito que los que disientes tengan el discurso como magnolias o como pasas de higo, un fraseado de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho que amanezcan con una voz afrodisíaca o con una voz insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una mentira que ganaría el primer premio en un concurso de zanahorias, pero, ¡eso sí!, y en esto soy irreductible, no les perdono bajo ningún pretexto que no estén contra la dictadura. Si no saben estar contra la dictadura, puede que pierdan o roben el tiempo estando en la disidencia

Estuve leyendo por segunda vez en El Estornudo, el escrito de Carlos Manuel Álvarez. La primera vez que leí esa página web fue cuando el Movimiento San Isidro, por aquella llegada a Cuba de Carlos Manuel. Esta vez el texto titulado “Luis Manuel Otero, el último farsante” me fue sugerido y así lo leí. 

Mi pronunciamiento personal será evidente en mi respuesta reaccionaria (reacción) de lo escrito. Mi pretensión es la de siempre, que no sean cesen las denuncias, ni sean bajadas las armas y las almas contra la dictadura que existe en Cuba. 

La primerísima primera oración me desestabilizó: Lo alarmante no es que la turba trumpista o el espíritu reaccionario de la diáspora cubana haya empezado a hacer trizas a Luis Manuel Otero en cuanto puso un pie en el aeropuerto de Miami, sino que esa respuesta no sorprenda en absoluto. Todos sabíamos que sucedería.

¿Quién es la “turba trumpista”, los que lo esperaban desesperados en el aeropuerto para ver a alguien que habían visto o conocido? ¿Los periodistas a los que no se les quería presentes? ¿Los disidentes que esperaban el llegar de uno de los suyos? 

Tanta creación de humo (falta de claridad), solo enreda y pierde. No disiente y piensa. Digamos entonces que los que estaban allí o en la calle o en la Ermita o en el aeropuerto son esa turba trumpista: turba por grupo y trumpista por democracia. Y que, igualmente, viendo la historia de un pedazo de tierra como el de Miami, solo se pudiese hacer referencia a un exilio (histórico), donde diáspora = Revolución (¿?). La normalización de la salida de Cuba, como moral, según las nuevas tendencias, no necesariamente conlleva a la desaparición del exilio cubano, porque todo cubano después del año 1959, que haya salido de Cuba definitivamente (sin intención ni posibilidad de retorno inmediato) es un exiliado, no es una opinión: es un hecho.

¿Esa “turba trumpista”, ese exilio cubano, ese “espíritu reaccionario”, no son las bujías del gran motor de la libertad cubana (y de la libertad de Luis Manuel Otero Alcántara)? La respuesta es sí. No es una opinión: es un hecho. ¿De qué material las trizas? ¿De cuero? ¿Cientos y cientos de trizas de cuero? 

Según lo visto, fueron cientos y cientos de aplausos y besos (con críticas, preguntas y cuestionamientos), como en la libertad. Tal vez no, tal vez no todos sabíamos que sucedería lo que no sucedió; y analizar y pensar y crear y escribir sobre lo no sucedido en la lucha contra la dictadura cubana puede percibirse como la creación de un estado de opinión. Pero, ¿cuál y con qué objetivo? 

Precisamente, la administración de Donald Trump y, tal vez, el personaje-persona Trump han mostrado y aplicado un interés real de desestabilizar y hacer caer el régimen creado por Fidel Castro y, obviamente, todo lazo y trazo de castrismo. Entonces sería justo pertenecer a esa “turba trumpista”, a un cierto trumpismo (para ser más justos), al trumpismo anticastrista y en contra de la dictadura cubana. 

Más allá de las comparaciones que se están haciendo en diversos canales, sí me parece respetuoso restablecer la verdad en cuanto a Alexander Díaz Rodríguez, quien era algo más que un hombre enfermo cuando fue excarcelado. Él era un “hombre” antes de ser encarcelado e incluso un hombre “bien comido”. Luego de su excarcelación, habría que repensar el llamarlo un hombre que presentaba un cuadro severo de desnutrición, con esa escritura casi médica de Carlos Manuel. El análisis debería ser que, mediante la tortura es que Alexander presentaba ese cuadro severo de desnutrición.

Se le exhibe no con compasión ni con espíritu de denuncia, sino como un trofeo, como el tipo de imagen fúnebre que resulta imprescindible que el castrismo produzca. Viendo lo que exponen los que gritan con la foto de Alexander en sus manos, percibo, fuera de las maneras, respeto: respeto frente al horror que es estar en manos de los verdugos de la dictadura. 

Solo exhibiendo a Alexander, o la imagen de Alexander, ya existe compasión, ya existe espíritu de denuncia. Es precisamente el cuerpo fúnebre de Alexander el que lleva consigo compasión y espíritu de denuncia. Compasión porque no es nuestro cuerpo. Denuncia porque es un cuerpo, cualquier cuerpo, incluso el nuestro o el de los nuestros. Esas imágenes y esos cuerpos son los que el castrismo produce. Prescindir de esas imágenes y de esos cuerpos es el quehacer del castrismo y los castristas, para que parezca que esas imágenes y esos cuerpos no existieron nunca. La memoria en imagen y cuerpo es imprescindible.

Todos deben salir de prisión porque nunca debieron estar en ella por oponerse directa o indirectamente a la dictadura. La salida, la escapatoria, la huida son de grados diferentes. Sí, sería inmoral de mi parte decir que mi “huida” es tan dolida como la de mi amigo Leandro, quien tuvo que atravesar la frontera con su esposa y su bebé. Sin glorias ni homenajes, mis persecuciones por la Seguridad del Estado son nada frente a las que tuvo Reinaldo Arenas. Sería incluso deshonesto decir que me “perseguían” como Reinaldo fue perseguido. 

El grado de agonía no lo establecen aquellos que están contra la dictadura. El grado de agonía lo impone la dictadura. El grado de agonía de Yasmany González, quien perdió todos sus dientes y todo su cuerpo en una prisión de la dictadura, no es mi grado de agonía sentimental por la causa cubana. Otra vez, no es una opinión: es un hecho. 

Me permito también hacer una salvedad para tomar la defensa de quien no necesita ser defendido, desde Homestead o BrickellAlexander Otaolahe who must not be named, ha conseguido lo que años de lucha anticastrista no habían conseguido. Los ejemplos son múltiples. Entre likes y hashtags (discurso tantas veces performativo en las luchas sociales del mundo), él ha logrado no solo desestabilizar el poderío de la dictadura, sino también movilizar políticos y entes sociales para posicionarse directamente contra el castrismo, que es la única posición plausible. El fuego amigo es entendible, pero el fuego repetido a los amigos es cuestionable. El efecto Otaola es uno de los elementos más tajantes en el corazón del asco tentacular castrista. 

No es desde la dictadura que nace el cuestionar. No es desde la dictadura que se hacen las preguntas. Es desde la libertad. Desde la libertad de pensar, decidir y exigir es normal todo posicionamiento, es normal todo discurso, es legal pensar. Desde la llegada de la nueva ola de la disidencia cubana se ha estado creando la tendencia de que cuestionar es dictatorial, de que preguntar es castrista, de que no creer es ilegítimo. ¿Por qué?

Luis Manuel Otero Alcántara ya es un nombre mítico y, como mito, existe lo que se cuenta y lo que se sabe, lo que se dice y lo que se escucha, lo que se cree y lo que no. Es normal: es la libertad, es el anticastrismo. Es innecesario enumerar los pasajes de disidencia de los diferentes exponentes, porque lo que para unos es mucho, para otros es poco. Los ejemplos de llegada son muchos. La llegada de Xiomara Cruz Miranda no es la misma que la de LMOA. Lo visto por los ojos de José Daniel Ferrer, en su llegada, no es lo mismo que por los ojos de LMOA. No es necesario enumerar. 

Ser un hombre negro, vulgar e indecente, un sujeto que nadie había autorizado a sobrevivir es lo que piensa y sigue pensando la Seguridad del Estado sobre Silverio Portal, quien aún está en Cuba y no ha tenido la oportunidad ni el atrevimiento de llegar al sur de la Florida. Silverio no tiene un reloj caro. Una camiseta gastada o unos zapatos rotos son el cotidiano de muchos Silverios. No hay nada de valioso en eso. Es la miseria creada por la dictadura y aquella reproducida por la marca Clandestina. Nada de lujos. El lujo está en llegar a la Florida. El lujo es no estar en Cuba.

La semana que viene olvidarán a Luis Manuel Otero, a pesar de que un día removió tantas cosas, y habrán de ensañarse con otro cubano cualquiera, o con ellos mismos, como frecuentemente hacen cuando no tienen a quién hincarle el diente, y a esa práctica desquiciada la seguirán llamando anticastrismo. Tal vez, sí. Tal vez, no. Olvidarán, como tal vez hayan olvidado a Virgilio Piñera o como tal vez hayan olvidado a Oscar Elías Biscet. Olvidarán los que siempre olvidan y se hincarán los que viven del hincar: los cómplices del castrismo, los castristas como tal y los descarados. Los otros no olvidaremos. ¡Prohibido olvidar!, siempre ha sido la consigna.

¿Poner en el podio de los incuestionables a aquellos que han de ser cuestionados? Voilà el castrismo.

Parafraseando las últimas líneas de Carlos Manuel Álvarez, yo diría: El gran temor de todos los que luchan contra la dictadura sería que, cuando el momento acabe, si Luis Manuel decide quedarse en Miami, ya él no pueda encontrar aquello extraordinario que ya no estará ahí, sino presos (falsos) y disidentes políticos (falsos), amigos sin memoria, los patios y las noches sin exilio. Lo que sí supone una tragedia y una felicidad que decidió entenderse con la Revolución.






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Diario de la invasión (VIII)

Por Orlando L.uis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.