Orlando Luis Pardo Lazo: Leonardo Padura, un Rembrandt balsero

Paradójicamente, Herejes (Tusquets, Barcelona, 2013) de Leonardo Padura, no es una novela heterodoxa. En tanto estilo e historia, resulta fácil de leer, a pesar de las más de 500 páginas y los vericuetos del lenguaje: esa prosa mitad preciosista y mitad provinciana, mitad erudita y mitad estéril, que ha sido elogiada hasta la exageración así como ridiculizada sin misericordia por la crítica literaria internacional, siempre tan subjetiva y personalista, a veces hasta el punto de caer en el despotismo.

Dentro de Cuba, donde Padura reside permanentemente a pesar de que desde 2011 es un ciudadano español (doble estatus migratorio que la Constitución cubana no reconoce), resultan más difíciles tanto el elogio como la estigmatización de Herejes. En primer lugar porque, aun cuando Padura es un best-seller nacional en potencia, sus libros circulan pésimamente en la Isla, con desgano comercial por parte de las editoriales del Estado (las únicas legales en el país), sin reediciones que respondan a la demanda de los lectores. Lo cual constituye precisamente uno de los dos nuevos estilos de la censura oficial: boicotear la circulación de las obras sin armar escándalo.

El otro estilo de la censura neocastrista es nada menos que pactar e imponerle la “estrella amarilla ―históricamente, un emblema de segregación contra el pueblo judío― de un Premio Nacional de Literatura al escritor que el Ministerio de Cultura ―en cuyo interior coexiste el Ministerio del Interior― desea captar y/o cooptar.

Es una especie de neutralización por naturalización. Además de ser la mejor estrategia del poder para decirle cínicamente al intelectual cubano de hoy: ya no necesitamos tu sumisión incondicional, ahora nos basta con tu disciplina dentro de un canon cultural construido alrededor del nacionalismo, porque fuera de Cuba un escritor cubano es un soberano Don Nadie.

En el caso de Padura, esta “captura mágica”, en palabras de Deleuze y Guattari, ocurrió apenas cinco años atrás, a finales de 2012, cuando ya su novelística era un fenómeno formidable en trance de múltiple traducción, y con vocación si no global al menos sí globalizable.

Es como si Conde y Padura fueran convergiendo en un solo ente ficticio pero a la vez fáctico, según acumulan peripecias y páginas, siempre con más derrotas que esperanzas. Uno y otro medio amalgamados y medio amargados. Otro y uno como un dúo de filósofos de barrio cuyos nombres, Leonardo y Mario, tienden homoamorosamente a la apócope de Leomario.

En Cuba, país libre de analfabetismo desde 1961 según la estadística gubernamental, hasta los déspotas se han leído a Guattari y Deleuze: esquizocomunismo a la carta, mil mascaradas, izquierda imaginaria como significante vacío para seducir a la academia primermundista, rizomatización de una Revolución no por reumática menos represiva. Cubansummatum est!

Herejes, como nos tiene acostumbrado su prolífico autor (Padura mismo reconoce que acaso él sea el escritor cubano que más trabaja), propone en la resonancia en paralelo de varios planos narrativos situados en diferentes espacios y tiempos. La Habana, a saltos, desde 1939 hasta 1959 y desde 1959 hasta el 2009; Miami, como continuidad y antípoda de la capital cubana, entre 1958 y 1989; y, tan remotas del sol caribeño, la Cracovia de 1648 y Ámsterdam (Nueva Jerusalén) entre 1643 y 1947.

La novela marca una especie de resurrección policiaca de Mario Conde, aquí algo envejecido de espíritu a sus cincuenta y tantos años, retirado un par de décadas atrás de sus detectivismos como agente de la Policía Nacional Revolucionaria y, todavía, como el propio Padura hoy, sin haber compartido esa “experiencia traumática de tener un hijo”, pues lo más que ha logrado el Conde es tener (con su pareja Tamara) un hijastro veinteañero que vive fuera del país.

Es como si Conde y Padura fueran convergiendo en un solo ente ficticio pero a la vez fáctico, según acumulan peripecias y páginas, siempre con más derrotas que esperanzas. Uno y otro medio amalgamados y medio amargados. Otro y uno como un dúo de filósofos de barrio cuyos nombres, Leonardo y Mario, tienden homoamorosamente a la apócope de Leomario, en una homorrelación a ratos ingenua y a ratos incestuosa, donde cada quien pare y es parido por su par: dos hombres fuera de época que resultan patéticamente entrañables en medio del desierto y la desolación, amulatándose entre sí en un solo personaje criollo de tintes tragicómicos. O casi.

(El propio Padura ha reconocido que Mario Conde “es mi contemporáneo, como lo es de miles de cubanos, estén donde estén”, y ha escrito sobre esta convergencia biográfica de ambos en primera persona gramatical del plural, contribuyendo así a la cubanesca confusión de categorías narratológicas.)

Una válvula de escape para ambos: si para Conde la imposibilidad de escribir resulta una tortura, para el imparable Padura escribir ha sido una epifanía de mercadotecnia.

Y cada cual, leyendo Herejes, puede cuestionarse junto a Leomario si “¿será verdad que soy un alcohólico?” o por qué, de pronto, “ahora todo le da ganas de llorar”. (En escenas escuetas con mucho squalor, por supuesto, tal y como Esmé se lo pide al narrador de un cuento de J. D. Salinger que marcó a la generación de Leomario: una cita, reiterativa hasta lo apabullante, que ha teñido con su escualidez conmovedora a esta simbiosis de zombis en medio del socialismo insular, un sistema insulso al punto de lo insultante).

Una válvula de escape para ambos: si para Conde la imposibilidad de escribir resulta una tortura, para el imparable Padura escribir ha sido una epifanía de mercadotecnia. Escribir es, en Herejes, la ilusión de contar las cosas a contracorriente, pero siempre desde la Isla: instinto de inventarse una biografía a falta de vida, mientras “apenas les quedaba el recurso de resistir como sobrevivientes” de una “generación escondida”, en medio de un “cansancio sideral”, con la “sensación de incertidumbre constante” y “derrota irreversible”, además de las consabidas “memorias empecinadas” y, por supuesto, una domesticada jauría de “perros callejeros” por doquier.

Escribir, también, como una quimera de papel y lápiz, porque Cuba sigue habitando estadísticamente en una Era Analógica, pre-digital y post-dictatorial donde, aunque la ideología de Estado devino hipocresía de izquierda y el Comandante en Jefe devino cenizas de cadáver en noviembre de 2016, todavía la élite corporativa-militar sigue acaparando las computadoras y dispensando la internet como si de buchitos de café se tratara (esta tal vez es la última batalla de la gerontocracia para enlentecer al futuro, para enlutar su llegada un día después).

Escribir, en Padura, es también ese fantasma de la fertilidad y ese tabú para los que tengan o no talento. Como en ese sueño habanero de 2007 en Herejes, de llegar a “escribir alguna vez una novela donde contara una historia, por supuesto que también escuálida y conmovedora, como las que había escrito aquel hijo de puta de Salinger que en cualquier momento se moría, de seguro sin volver a publicar ni un miserable cuentecito”.

Solo que, ya desde antes de publicarse Herejes, Leonardo Padura sabía que J. D. Salinger le había hecho la hijodeputada de morirse sin volver a escribir ni un maravilloso cuentecito. Como tal vez, más temprano que tarde, un día del siglo XXI de la Cuba sin Castros, el crimen de Padura tendrá que ser contra su propio alter-ego (técnicamente, un Mariocondecidio), cuyo cadáver acaso sea hallado por su perro holgazán Basura II, a mitad del más lánguido y conmovedor de sus párrafos (¿los de Padura?, ¿los del Conde?, a esas alturas de la saga, ¿para qué distinguir?)

A fuerza de tanto intentarlo, insisto en que Herejes puede leerse. Puede leerse a contrapelo de sí misma, como una novela sin herejías. Las ventajas de su lectura popular son también sus propios límites inconfesados, su intríngulis íntimo: ese permanente y paralizante no poder pasar de cierto punto. O, como pedía Salman Rushdie: atreverse a cruzar la raya de lo radicalmente prohibido. En este caso: la ternura con que en Cuba nos castra el tabú del totalitarismo gracias a su maquillaje de indigencia igualitaria.

Europa vista desde Cuba es un planeta extrasolar.

Los personajes de Herejes se creen herejes, sí. Y el autor de Herejes a su vez cree que los crea herejes, es cierto. No está nada mal para comenzar, en medio de la ñoñería edípica de las mil y una generaciones de los llamados novelistas cubanos de la Revolución. Pero todavía la sombra castradora de un San Garta cubiche recorre La Habana desde una mansión masónica de Mantilla, donde el Génesis de Mario Conde viene verificándose pronto hará ya tres décadas.

(Garta es un personaje de una novela de Max Brod que se supone sea un retrato de su amigo Franz Kafka. Según Milan Kundera, Brod castra a Kafka, dando inicio a su kafkificación, presentándolo como un sufriente cuya Literatura, censurada de todo humor y goce por las exégesis de Brod, se reduciría a ser apenas una alegoría sobre lo Real, así como una clave para comprender su biografía.)

Todavía un lector libre siente el peso de la política como ausencia atroz, por más que reclamen y reclamen Padura y Conde (en sus entrevistas y en su dramaturgia, respectivamente) que por favor no politicemos su obra.

Es decir, que las herejías de Herejes han sido desplazadas con prestidigitación autoral. Están en otra geografía muy ajena a la cubana (Europa vista desde Cuba es un planeta extrasolar). O tocan la geografía cubana, pero quedan demasiado lejanas en el tiempo (la República vista desde la Revolución es paleohistoria). O están por fin en nuestro tiempo y espacio actual, pero interiorizadas, con esa mala y sobreactuada costumbre del cine cubano que es poner a los personajes a hablar solos, a monologar con nadie a través del espejo, para así denotar conflictos, complejos y, con suerte, complejidad (narcisismo naíf).

Mario Conde hace lo mismo en Herejes, por supuesto. Policía de raza y perdedor empedernido, consciente al punto del encabronamiento de ser “un comemierda con dos doctorados”, Conde bien sabe que hablar con el Otro en Cuba te puede poner a podrirte en una cárcel, sin necesidad de pruebas o testigos o cargos. El totalitarismo en esencia es eso: una carencia total de tecnicismos, una eficacia in extremis.

Los judíos de Padura se rebelan en el plano individual, pero como pueblo parecen condenados a caer en el sometimiento predicado por la ortodoxia de su religión.

De hecho, el totalitarismo es una especie de siniestra simplificación de la vida social, a pesar de las eternas quejas de los intelectuales cubanos en contra de la proliferación burocrática. Quejas que Padura comparte en sus columnas publicadas en internet (y, por lo tanto, ilegibles en Cuba) como si de un costumbrismo a la carta se tratara. Y quejas que a su vez se incuban dentro de su obra, a través de personajes con la vida y/o la carrera profesional bloqueadas “por una capa de burócratas, arribistas y oportunistas”, al decir del trotskista inglés Alan Woods. Pero quejas que en definitiva no llegan a cuestionarse el statu quo, el establishment, ni mucho menos… ¡el sistema! (con todas sus letras en cubano).

Pese a tales límites tentativos, los tópicos de Herejes son brutales en sí mismos: desde el asesinato de una joven, asidua de los emos habaneros y a medio camino de una suerte de post-existencialismo tropical, hasta la tragedia del buque Saint Luis, anclado en la bahía de La Habana en 1939 durante toda una semana y forzado finalmente a regresar a Europa con más de 900 judíos que en su mayoría terminarían consumidos por el horror del holocausto sin que las autoridades corruptas de Cuba, ni tampoco las muy democráticas de Estados Unidos y Canadá, hicieran nada para darles refugio humanitario: sólo 22 refugiados entre todos esos inocentes al borde de la II Guerra Mundial recibieron autorización para desembarcar en La Habana.

(Es de destacar la sensación de sumisión que supura de la trama de Herejes. Los judíos de Padura se rebelan en el plano individual, pero como pueblo parecen condenados a caer en el sometimiento predicado por la ortodoxia de su religión —esa “aceptación de la sumisión como estrategia de sobrevivencia”, según Padura—, en una suerte de diferendo recurrente entre deseo y destino, entre fidelidad y fatalidad, entre la emancipación y la entrega.)

Por cierto, aunque la crítica más especializada y académica aún no parece detectar ningún casus belli al respecto, ciertos estados de opinión tornan de vez en cuando a colimar a Padura en la esquina roja de la misoginia. Hay quien considera que la representación de los géneros en Herejes, que en definitiva es la representación de los géneros en toda su novelística, no hace justicia a la causa global por la plena emancipación de la mujer (léase, de la mujer occidental).

Recordemos que en Milan Kundera and Feminism. Dangerous Intersections (1995), John O’Brien se interesó de manera absolutamente binaria en las “(mis)represented women” de Kundera. Buscador de sexismos, detectivesco al punto casi de lo Mariocondesco, O’Brien confinaba sus categorías a cinco pares de estereotipos femeninos en los libros de escritor checo: Madonna versus Prostituta, Belleza versus Fealdad, Amistad Masculina versus Antagonismo Femenino, Fuerza versus Debilidad, y Libre Albedrío versus Destino.

(Kundera ya había respondido a los reduccionismos extraliterarios con una boutade contra los críticos-exégetas: “¡Ahórrame tu estalinismo!” El propio O’Brien se pregunta en su libro de ensayos si no provocará que Kundera le replique con otra boutade no menos radical: “¡Ahórrame tu feminismo!”)

De más está añadir que lo mismo sería aplicable al respecto de otros temas y tendencias de moda en el know-how latinoamericanista norteamericano, como sería el caso de la raza, las minorías, las religiones, las identidades, las migraciones, y un etcétera étnico y ético antes que estético.

Hasta la herejía es hoy una mera mueca entre la patria y sus paripés.

De quedar atrapado de antemano entre todos esos vectores superpuestos, Padura nunca hubiera podido escribir ni la primera línea de la saga de su protagonista Mario Conde. (Y todo esto mientras el gobierno cubano, de manera inverosímilmente invisible para esos mismos estados de opinión, sigue siendo abrumadoramente masculino, homofóbico, anti-inmigrante y de raza blanca, a la vuelta de casi 60 años de poder inconsulto.)

Por último, habría que decir que Herejes no depende de la elucidación de uno o dos crímenes para su efectividad empática o antipática. El Conde nunca resuelve nada, sino que son los enigmas los que lo resuelven a él en cada episodio de odio a los que se enfrenta como un antihéroe dentro del socialismo a la cubana.

Contrario al género policial en puridad, revelar el nombre del asesino no regala las claves de la trama. Y esto es un indicio bastante incisivo de que Padura, a pesar de que se le intente condenar por sus altos índices de venta internacional, sí se empeña en escribir novelas tanto de tesis (no por taimadas menos intolerables para el Estado cubano) como de tesitura (en la medida en que su prosa post-periodística se lo permita en cada una de sus mariocondadas).

De manera que no se infringe ninguna plusvalía en términos de copyright si uno anuncia, para terminar, que en esta novela una joven cubana se lleva en balsa a Miami nada menos que un lienzo original de Rembrandt. Padura no le da demasiada importancia a este trance, pero por algún motivo yo no dejo de pensar en este pasaje donde cristaliza una de las claves contemporáneas de la Cubanía Perfecta.

Un Rembrandt balsero (un óleo casi sagrado tal vez protegido del mar dentro de una chusma jabita de nylon): lo más excelso junto con lo más barriotero, la grandeza acomodada o dándose codazos en la misma mochila con la grosería, un país parejero entre la imprecación y el paraíso, un pueblo de personajillos a la intemperie de lo impredecible que han hecho de la hipocresía una virtud para progresar y donde, para no alejarnos tanto del tema, hasta la herejía es hoy una mera mueca entre la patria y sus paripés.

En fin, la herejía ya no como libertad, tal como la reivindica por escrito el doble ciudadano Padura, sino como el histrionismo único del Padura narrador.