Siempre que llueve es Campa


Nunca diga que la prenda es de oro, sugiéralo.
Eddy Campa


Voy a armar un mueble que es como un edificio de tres plantas. Tuve que comprarlo porque no tengo dónde poner los libros que ya no caben en el librero y se han ido desparramando por todo el apartamento que es más chiquito que una caja de zapatos y más caro que un estudio en Nueva York. No podía comprarlo, pero lo compré porque el reguero de libros nos va a tapar. Los precios también nos van a tapar. Los precios de la renta, de la comida, de la gasolina, de los seguros de carro, de los seguros de salud, de las guarderías, de las escuelas privadas, de la ropa interior, de los zapatos, de los juguetes.

Antes de armarlo lo anoto para fijar el tiempo y la obligación de expresar de la que habla Beckett. Esta vez, expresar qué. Que voy a armar un mueble para llenarlo de libros. Otro mueble más. Aunque si hago inventario de muebles, no pasan de diez. La butaca mostaza que fue la primera que compré, con su pareja, la voy a regalar. Quiero tener la sala vacía. Es decir, vacía de cosas que no sean libros. Para poder sentarme y ver solo eso. A falta de leerlos, mirarlos. Ya los leí en otro tiempo, cuando había tiempo para leer, cuando había cielo azul y películas y zanahorias. No zanahorias codificadas o congeladas. Zanahorias llenas de tierra. Leer hasta por los codos, con los ojos y el cerebro. Leer libros, a veces, es acapararlos.

Dentro de dos días el niño cumple ocho años y lloverá. Nunca me había fijado en ese día específico, pero ahora es el día más importante del año y me doy cuenta de que cada 25 de mayo llueve. El día que nació llovía desde temprano. La fuente dentro de mí se había roto y era como si otra fuente, afuera, también se hubiera quebrado, derramándose sobre Miami en caudales de agua bendita. En Camagüey llovía el mes de mayo entero y recogíamos el agua del primer aguacero en una olla y nos la echábamos encima. 

El otro día se lo enseñé, que había que recoger el agua el primer día de mayo que lloviera. Lydia Cabrera lo recomienda para hacer crecer el pelo, pero esa agua hace crecer todo, todo lo que sea bueno. Esa agua bendice. A veces no creo en nada, no creo en la poesía, pero creo en la lluvia, los aguaceros, el olor del aire antes de que llueva. Su premonición. La lluvia sobre Miami me ha enseñado que aquí es diferente. Siempre que llueve no escampa. Pero siempre que llueve es Campa.

Mi amiga Marcela y yo decimos que somos las hermanas Campa. Nos hacemos la idea de que Leandro Eduardo Campa es algún tipo de padre o tío postizo, político, que pertenecemos a su linaje. No hay linaje en su apellido. Más bien derrota, fracaso, pobreza y desaparición. Otro tipo de herencia. 

Dice Reina María Rodríguez que hay razas de escritores. Si fuera cierto, yo pertenezco a esa raza. La raza Campa. Eddy Campa. Siempre que llueve. Una escritura desde la falta absoluta de poder. Desde la falta de algo que ofrecer. ¿Se puede ofrecer solamente escritura? No se puede ofrecer solamente escritura. Hay que intercambiar poderes, hay que dar algo a cambio. Una medalla, un billete, un elogio, una adulación. Marcela y yo no adulamos y no tenemos nada, solo hijos y deseos ingenuos de felicidad, así que lo único que intercambiamos son conversaciones apasionadas.

¿Qué diría Eddy Campa de todo esto? ¿Qué diría Eddy Campa de la Inteligencia Artificial? Eddy Campa preguntaría de qué están hablando ahora, que hace tanto ruido y que no lo deja dormir. Acurrucarse solo en su vieja colchoneta junto a una mesa de noche llena de joyas falsas. Falacias, falsetes y familia de oro parece. Marcela y yo estaríamos en la cocina (la cocinita), haciendo espaguetis baratos con salsa de tomate del Dollar Tree o de Tropical Market. Y Marcela me diría que estos espaguetis no son ninguna asquerosidad, que no hable así, que no soporta que yo vincule el éxito a una pequeña olla deliciosa de espaguetis. Es la misma olla donde recogimos el agua del primer aguacero, respondería yo, como si eso fuera importante.

Como no hay rastros de Eddy Campa ni pruebas de que somos sus sobrinas, las hermanas Campa reales reclamando su apellido, hice un sticker de WhatsApp que no tiene nada que envidiarle a una certificación de nacimiento. El otro día perdí el sticker porque tuve que eliminar WhatsApp, pero lo volví a hacer. Me gustaría dedicarme a eso, a hacer stickers de WhatsApp, pero en vez de stickers hago talleres donde la gente escribe poemas en cinco minutos y lee pedazos de libros y delira. ¿Qué diría Eddy Campa de todo esto? ¿Diría que, de tal palo, tal astilla? ¿Me felicitaría por estafar de una forma tan gentil, poética y organizada?

En el mueble que armé están los libros de Eddy Campa y el último libro de Isadoro Saturno, un poeta millonario que vivió en Miami, pero tuvo que desaparecer, igual que Eddy Campa. Al lado del mueble puse una silla para sentarme a leer. La silla es roja y bajita, de manera que cuando me siento, puedo apoyar las plantas de los pies completas en el piso frío y sentir cómo van desapareciendo las tensiones musculares. Así es como desaparecen las cosas, con comodidad. Estás tenso primero y luego desapareces, cómodamente. ¿Qué diría Eddy Campa de todo esto? Me mandaría a callar, de seguro, no porque estuviera hablando mierda, sino para que lo dejara dormir tranquilo. 

Conocí cada lugar por los que pasó Eddy Campa vendiéndole oro falso a mujeres con tatuajes de serpientes o vírgenes de la Caridad. Vivía en la Pequeña Havana y trabajaba en Miami Beach, así que me desplazaba por los mismos lugares y por las mismas calles que el viejo timador. Me siento muy cansada como para seguir escribiendo de eso, pero si fuera por mí escribiría de eso hasta el final. 

¿De qué final tú hablas?, diría mi amiga Marcela y me llevaría de compras sin comprar nada o comprando todo para devolverlo al día siguiente. Bueno, Marcela, el final es siempre el mismo y eso no podemos discutirlo, en eso tenemos que estar de acuerdo. A veces no estamos de acuerdo, pero cómo no vamos a estar de acuerdo en el final.

Los libros de Eddy Campa se llaman Curso para estafar y Little Havana Memorial Park. El primero remite a su profesión y el segundo remite a un cementerio. Eddy Campa no tenía agente literario, así que sus libros están publicados en dos editoriales independientes cubanas que apenas venden ejemplares de sus títulos y que apenas existen. 

El libro que remite al cementerio lo compré usado en eBay y el que remite a su profesión lo compré en Books and Books. Mi intención era robármelo, como el mismo Eddy Campa me lo recomendaba en mis pensamientos, pero esa noche la librería estaba llena de gente y al estante dedicado a literatura cubana, donde están los autores cubanos más disímiles menos yo, lo rodeaba un coro de turistas literarios que querían comprar libros a esa hora y sentirse lectores, aunque sea un segundo de sus exitosas vidas. Pagué un poco más de veinte por el Curso para estafar, y más o menos lo mismo por Little Havana Memorial Park. Cualquiera de los dos podría ser mi libro preferido del año.

Por último, me levanto con ímpetu de la silla que compré sin poder comprar y que llené con libros escritos por estafadores a medias, es decir, escritores sin éxito. Tomo el teléfono en la mano y pincho la burbuja de WhatsApp. Pincho el chat del Taller de Escritura al que he llamado Gimnasio de Escritura y envío este mensaje salido de la nada: 

Buenos días, quería pedirles una tarea para mañana. Como saben, escribir también es un performance, aunque nadie nos vea. El ejercicio pueden falsearlo, pero la idea es que lo hagan literal. Pongan el despertador a las tres de la madrugada, levántense a esa hora y salgan a la acera frente a sus casas. Observen y escriban. Si ven a un animal, mírenlo a los ojos.






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El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.

Por Orlando Luis Pardo Lazo