Hacia 1973 yo leía a Lezama en la biblioteca provincial de Camagüey. Lo hacía gracias a la confianza de algunas bibliotecarias, porque aquellos ejemplares de la Órbita y de las mal llamadas Poesías Completas publicadas en 1970, estaban en un almacén especial solo para el acceso de contados lectores pues ese autor “tenía problemas”.
Solo años después alguien me comentó que, cuando ponían en tus manos un ejemplar de algunos de los autores considerados conflictivos, tu nombre se colocaba en una lista secreta que era remitida a oscuras autoridades. Quizá en algún archivo cubano se conserve alguna de esas relaciones que pueda dar fe de que yo era uno de los escasos lectores de aquel escritor, del que se hablaba en voz baja y solo para relacionar su exagerada obesidad con una escritura monstruosa.
Por entonces Lezama vivía en su casa de Trocadero, pero como su figura no aparecía en la televisión, los periódicos o las revistas culturales, era como si hubiera emigrado a un sitio muy lejano. Los censores no habían logrado desaparecer su obra, pero parecían haber borrado a conciencia su biografía.
La cronología que Armando Álvarez Bravo insertó en la Órbita apenas daba cuenta de la fecha de nacimiento del autor, de los estudios cursados en el Colegio Mimó y en la Universidad; insertaba los años de aparición de sus libros y de las revistas que dirigió. Hasta ahí. Trayectoria literaria pura. Sin carne, sin vida.
El poeta falleció en 1976 y su figura tuvo una lenta descongelación en el espacio público insular, que se aceleró algo en la década siguiente. Paradiso fue otra vez novedad en las librerías y Emilio de Armas preparó una edición bastante aumentada de sus poesías completas.
Por entonces, aunque nadie quiso asumir la elaboración de una biografía del escritor, fue construyéndose una especie de hagiografía, alimentada por los recuerdos de sus amigos. Cintio Vitier fue el principal constructor de esta narrativa, con el auxilio de Fina García Marruz, Eliseo Diego y algunos más.
A través de conferencias, artículos, entrevistas, fueron imponiendo la imagen de un hombre pobre, esforzado, sin vínculo alguno con la política republicana y víctima de una sociedad que no supo estimarlo. Carecía de cualquier tipo de vida íntima, salvo su matrimonio con María Luisa Bautista.
La revista Orígenes había reunido en torno a él a un grupo de escritores y artistas que parecían un coro angélico en las fotografías de los banquetes dominicales, presididos por el padre Gaztelu en Bauta. Aquella armonía perfecta solo se quebraba a causa de los ataques que recibía de los resentidos, que se escudaron primero en la revista Ciclón y luego en Lunes de Revolución.
Por encima de todo esto, aseguraban que era posible demostrar que Lezama, como muchos cubanos, esperó pacientemente el advenimiento de la revolución de 1959 y, todavía más, que la totalidad de su obra tenía un sentido teleológico que conducía a la plenitud total, a la última de las eras imaginarias, que era la Cuba marxista y martiana donde se le había acogido, editado y promovido con generosidad, hasta que ocurrieron ciertos malentendidos durante el gris 1971, los que ya se estaban rectificando durante los días en que falleció, a pesar del esmerado cuidado que le prodigaron las altas autoridades del país.
En fin, un Lezama imaginario para una era imaginaria.
Como por entonces no había en Cuba más de tres o cuatro intelectuales que estudiaran la figura de Lezama, esa biografía ad usum delphini pareció conveniente para la admisión del poeta en el canon literario cubano: entiéndase, en el seco y expurgado Diccionario de la literatura cubana.
La publicación de Los años de Orígenes de Lorenzo García Vega en 1979, con su deconstrucción del mito origenista, motivó un pequeño escándalo entre los hagiógrafos, semejante a la caída de una penca de palma en un gallinero.
Pronto lo etiquetaron como la labor de otro resentido, que mentía por el gusto de ultrajar a “la familia de Orígenes” y tuvieron para ello el apoyo de las autoridades culturales, en tanto el autor de aquella obra era adverso al gobierno cubano y había publicado el volumen fuera de la Isla. De modo que la vida expurgada del creador de Muerte de Narciso siguió imponiéndose tanto en discursos de aniversario y artículos divulgativos como en las solapas o contracubiertas de los libros de Lezama publicados hasta entonces por editoriales oficiales.
Con José Lezama Lima: una biografía ha emprendido Ernesto Hernández Busto toda una aventura cultural. Lo primero que viene a demostrar con ella es su capacidad investigativa. Durante años ha buscado las piezas dispersas de la vida del poeta, a través de una labor prospectiva que lo ha llevado no solo a consultar archivos civiles y eclesiásticos y publicaciones periódicas, sino que recogió los testimonios de parientes, amigos y conocidos del escritor.
Hernández ha salido triunfante de varios riesgos. Por una parte, ha eludido el peligro de escribir una biografía novelada. Es decir, completar con su fantasía las lagunas que encontrara en el entramado vital lezamiano. Por otra parte, aunque se apoya con frecuencia en la arista biográfica de Paradiso, no cede a la tentación de confundir a los personajes de la novela con las personas que los inspiraron: ni Doña Augusta es estrictamente Celia Rosado, ni Rialta es una fotografía de Rosa Lima, mucho menos el asmático autor de Trocadero cabe en la ambigua figura de José Cemí.
Hay una certeza en el biógrafo: vida y escritura están llenas de interconexiones, pero no pueden fundirse totalmente. La escritura da cuenta de una elaboración de lo vivido. En ella, sucesos y personajes pierden muchos elementos secundarios para convertirse en generadores de un mundo arquetípico y singular, donde es muy difícil separar hechos reales de ficción.
De esta vasta empresa tenemos ya entre las manos el tomo primero –de los tres anunciados–, correspondiente a los años de formación del biografiado, que abarcan desde su nacimiento en 1910 hasta 1939.
En realidad, como demuestran los dos primeros capítulos, Hernández Busto debió ir mucho más atrás para explorar la estirpe materna de los Lima y la paterna de los Lezama. Además de demostrar habilidad en los estudios genealógicos, la historia particular de sus personajes dialoga con los principales acontecimientos del panorama insular.
A través de las existencias de personas comunes, el autor muestra las confluencias en la savia vital que alimenta al creador: guerras de independencia, etapas de esplendor que desembocan en otras de decadencia, contrapunto entre lo hispano y lo criollo, sueños, aspiraciones, tabúes. Todo mezclado en la vida secreta del hijo de Rosa Lima, tanto como en su barroca escritura.
Si bien Hernández Busto insiste en la influencia del devenir histórico en la existencia y labor creativa del biografiado, se muestra mucho más parco en la indagación de elementos que servirían para realizar un perfil psicológico del escritor. De todos modos, aporta datos nuevos que pueden arrojar luz sobre la personalidad de Lezama.
Hasta ahora sabíamos de la temprana pérdida del padre –cuya figura él sublimó en Paradiso e insistió en mitificar en varias de las entrevistas que concedió– y tras ella, el regreso de Rosa a la casa de Prado 9, ahora acompañada por sus hijos, con la carga consiguiente de pobreza disimulada, roces familiares, discusiones y humillaciones. Pero esta biografía ofrece detalles nuevos que el lector tendrá que interpretar por su cuenta.
En primer término, el biógrafo ha recogido un material bastante amplio sobre José María Lezama y Rodda, tanto que podríamos, a partir del segundo capítulo del libro, elaborar una minuciosa cronología centrada en su ejecutoria militar. De ella derivamos que era un oficial de academia, formado en una disciplina estricta y con habilidades para las matemáticas y algunas ciencias aplicadas. También, que era buen conductor de la tropa bajo su mando, severo y a la vez afable.
Sin embargo, el padre del poeta vive en una época histórica violenta, participa en dos campañas bastantes cruentas: la represión durante el gobierno de José Miguel Gómez de los “independientes de color”, que dio lugar a un elevado número de asesinatos por el ejército y las milicias auxiliares, no solo de los rebeldes sino de civiles indefensos. Un lustro después, el padre del poeta anda ahora por los campos camagüeyanos a las órdenes del gobierno de Mario García Menocal, para liquidar el alzamiento de los liberales contra la fraudulenta reelección de los conservadores. Y no queda demasiado clara su intervención directa en el asesinato del político liberal Nicolás Guillén Urra, padre del poeta Nicolás Guillén.
Aunque gustara de la ópera y tuviera buenas maneras sociales, muy posiblemente fuera como la mayoría de los militares de ayer –y de hoy–: machista, violento, represivo en el propio hogar que gobernaba de manera patriarcal.
Coincido con Hernández Busto en que Lezama sublima la imagen del padre muerto. Lo convierte en una especie de espíritu, que a la vez lo protege y lo incita a lograr lo que parece más difícil. Sin embargo, en Paradiso, el padre de Cemí aparece asociado varias veces con situaciones violentas, como la bofetada que da al cocinero Juan Izquierdo antes de arrojarlo de su puesto; el propio hijo es sometido a acciones agresivas, como nadar en aguas profundas y extraerlo solo cuando ya experimentaba señales de ahogamiento, o pretender contrarrestar sus problemas respiratorios sumergiéndolo en una bañera llena de hielo, de la que lo saca con una especie de “coma inducido por hipotermia” en medio de las lágrimas de la madre.
Más allá de eso, están las cartas o postales del militar, enviadas a su esposa en distintos viajes. En esos mensajes, supuestamente tiernos y amorosos, remitidos a su cónyuge, logramos descubrir que Rosa lloraba con frecuencia y que, a veces, él pedía perdón por algo nunca aclarado.
¿Sería que la madre de Lezama sencillamente se sentía sola por los viajes de trabajo del militar o es que tras ellos imaginaba o sabía de infidelidades suyas? ¿Habría sufrido ella violencias en su vida íntima, fueran de palabra o de obra? Todo eso queda en el mundo de la posibilidad.
Lo que sí sabemos es que el futuro autor de Muerte de Narciso crece entre un padre muerto del que conserva unos pocos recuerdos, no todos amables, y que se ha convertido en un retrato tutelar, y una madre triste y humillada en su propia familia, que muestra mucho apego con su hijo y a la que él, en la infancia y adolescencia, responde con cierto rechazo, lo que explicaría muy bien el poema “Llamado del deseoso” de Aventuras sigilosas (1945): “Deseoso es aquel que huye de su madre…”, que es una mirada, desde la entrada en la madurez, donde el escritor equilibra la balanza, mientras procura librarse de la sobreprotección y de “los postigos asegurados”, para afirmar la independencia de su personalidad mientras, a la vez, reconoce un nexo con la progenitora imposible de romper.
De hecho, el Lezama de los años universitarios está ya ligado a su progenitora de manera consciente hasta el deceso de ella, ocurrido en 1964, y desde allí seguirá ese vínculo invisible en la sombra. No se debe olvidar su aceptación sin protestas del último deseo de aquella: casarse con María Luisa Bautista para que se encargue de cuidarlo como madre sustituta.
Cualquier psicoanalista nos diría que había en el poeta un franco “complejo de Edipo”. Pero más allá de las profundidades estudiadas por Freud y Jung, Lezama conformó su personalidad a partir de una mezcla de rasgos de sus progenitores. Del militar, imitó la laboriosidad, la constancia en el esfuerzo, la disciplina que se impuso para forjar una obra resistente. De la madre, conservó el talante memorioso, la cultura de lo criollo, la sensibilidad para pequeños detalles.
Sin embargo, él fue más que eso: rebelde literario, enemigo de cualquier partidismo político, católico a la manera liberal, fantasioso en la conversación como en la escritura y a la vez amigo de cotilleos. Representaba un equilibrio de todos los excesos.
Aunque admiro muchísimo la capacidad de análisis del biógrafo, hay detalles en los que no estoy de acuerdo con él. No son relativos a la figura del biografiado, sino al enfoque de ciertos asuntos históricos. Cito solo uno de ellos. Se trata de la aceptación sin crítica alguna de la visión que se ofrece en el cuarto capítulo de la universidad habanera y especialmente de la Facultad de Derecho.
Hernández Busto se basa en algunas líneas escritas por Lezama y en una valoración harto peyorativa de Cintio Vitier. En primer término, debe recordarse que ninguno de los citados escritores tenía interés alguno por esa carrera, que estudiaban para lograr un título universitario que les abriera las puertas de algún empleo para ganar el sustento. Por otro lado, la Universidad fue víctima de la inestabilidad del país, especialmente entre 1928 y 1936, y varias veces tuvo que interrumpir la labor docente por la agitación política.
No careció esa facultad, como las otras de esa institución, de profesores mediocres, cátedras ocupadas por incapaces que medraban con sus conexiones políticas o por razones de nepotismo. Pero si se revisa la nómina de catedráticos en la página 203, ese juicio absoluto cae por su propio peso: Orestes Ferrara era un colaborador muy cercano de Gerardo Machado, pero un hombre de amplísima cultura, con experiencia en la abogacía y en la diplomacia; algo semejante sucedía con Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, cuyas derivas políticas desde el nacimiento de la República fueron notorias, pero era un brillante especialista en Derecho Internacional y miembro del Tribunal de La Haya.
El camagüeyano Roberto Agramonte Pichardo fue el primero en crear un texto para el estudio de la Sociología en Cuba y un hombre de amplio intelecto, aunque su reposada figura no resultara muy carismática. Y no debe olvidarse a Ernesto Dihigo, autor de un texto de Derecho Romano que fue utilizado en esa facultad por décadas y que poco después de esos años sería embajador en la recién creada Organización de las Naciones Unidas y, junto con Guy Pérez Cisneros, participó en la redacción de la Declaración universal de los derechos humanos en 1948.
Nada digo del catedrático de Derecho Civil e Hipotecario, Félix Luis Martínez Giralt, porque era hermano de mi abuelo y no quiero elogiarlo, no sea que mi valoración quede comprometida.
En las últimas décadas, en Cuba la historiografía oficial se ha encargado de difundir una imagen lamentable de nuestra Alma Mater, según la cual, en el período colonial esta fue escolástica y anacrónica, mientras que en la etapa republicana fue desordenada, corrupta y con lamentables programas de formación.
Sin embargo, como Rafael Rojas –a quien el biógrafo cita en la página 204–, no creo que estuviera tan mal la institución. Tanto Lezama como Vitier asistían a esas clases por razones pragmáticas, y aparte se forjaban una cultura literaria de manera autodidacta. Aunque la cátedra la hubiera ocupado alguien tan elocuente como Demóstenes, ellos habrían seguido lamentando lo tedioso de contenido.
Por otro lado, hay que recordar que varios de los miembros de su claustro eran figuras de relieve internacional que tenían amplio intercambio con universidades de América y España. Más bien habría que preguntarse si alguna vez en los años recientes ha tenido esa facultad elencos de catedráticos de ese nivel.
Por otra parte, agradezco al biógrafo que destacara algunas figuras que formaron parte del entorno familiar de Lezama Lima o de su círculo de relaciones en algún momento de su existencia. En mi adolescencia camagüeyana, escuché a mis padres referirse a Alicia Lima de Santos, figura infaltable en cualquier acto social de la élite principeña. Personaje equivalente a cierros arribistas balzacianos, ella y sus descendientes difundían el “enemigo rumor” de que Joseíto era sencillamente un loco que tenía en la miseria a su madre.
Más grata es la evocación del viejo político Fernando Sirgo, cuya casa del reparto La Sierra visité muy poco antes del fallecimiento de su dueño. Aquella mansión, con sus colecciones de cucharillas de plata y mariposas de cualquier rincón del mundo, me serviría para insertarla en mi novela Viaje de invierno con mariposas.
Completo la galería con la obesa figura de Emilio Rodríguez Correa, jurista, coleccionista de arte y mecenas de varios creadores, retratado por Arche y amigo en una época de Lezama y Mariano, una amable figura de letrado humanista que nuestra historia cultural oficial ha preferido dejar en la sombra.
No quiero escribir esas líneas habituales sobre la utilidad de este libro o la urgente necesidad de inscribirlo en los programas de estudios universitarios. De ese relieve que se ocupen los scholars. Sencillamente quiero comunicar a los lectores que esta primera entrega demuestra que es una buena biografía y que, así como el personaje de Fouché podemos comprenderlo gracias a Stefan Zweig y el de Napoleón debe mucho a las páginas de Emil Ludwig, quizá el autor de Oppiano Licario se nos haga más real y elocuente gracias a las fatigas del biógrafo que quiso descifrar su existencia como si fuera un tratado de alquimia.

Diario de la invasión (III)
El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.









