Nosotros, cubanos todos, hombres y mujeres arrancados de nuestro país por un poder criminal y omnímodo, acusamos a ese régimen de llevar a la muerte a miles de nuestros hermanos y pedimos desesperados que el mundo mire cómo se nos somete al hambre en pleno siglo XXI, a manos de una dictadura que prefiere el holocausto del hombre común antes que entregar el poder que han usurpado por más de medio siglo.
Esta denuncia va dirigida a los excelentísimos señores que desde las cómodas secretarías y presidencias de los organismos internacionales parecieran girar sus cabezas solo a la izquierda y entornar los ojos para no ver —incluso mirando— todo el horror de un pueblo masacrado y hundido en la anomia, que muere frente a nuestros ojos sin que exista en la tierra la voluntad verdadera de extender una mano a quienes sufren, faltos de todo, en la inanición que es utilizada como forma de control social por la tiranía.
Muchos son y han sido los debates y las palabras vertidas en incontables escenarios, en los que se adula más al mito de una Revolución que a los efectos que esta ha causado en la carne de los sometidos a ella. Muchos son los amanuenses que, entrando de rodillas, suponen que cerrar filas con aquellos que roban a la gente sus derechos y su futuro los hace mejores funcionarios y más capaces delegados de cuanta cofradía de ciegos y sordos existe, con el único propósito de defender a quienes, en nombre de la igualdad, sacrifican a inocentes en el altar de la ignominia.
El pueblo de Cuba muere de hambre, de enfermedades curables, de abandono. Languidecen los ancianos. Los niños lloran de no poder comer. Los padres que, desesperados se lanzan a las calles con la protesta como último recurso, encuentran la represión y la cárcel como la respuesta que la dictadura tiene para aquellos que en toda la nación ya luchan con las manos desnudas por ser escuchados, en la oscuridad de las noches sin electricidad y en el día también, sin la protección que entrega la oscuridad ante esbirros y delatores.
Asistimos al asesinato de la población civil por hambre, por desidia, por indiferencia. Desviar la vista, voltear la cabeza, también mata. Porque ignorar la realidad no exime de sufrir sus efectos.
Llevamos años denunciando, contando la verdad a la que hemos sido abandonados, obligados a resistir una debacle que desde los palacios y las cancillerías no se ve ni se siente ni se huele, como huelen las calles cegadas por la basura, los edificios en ruinas entre las que nos obligan a vivir, amenazados por todo, donde impera el crimen y la desesperación, mientras sobre los despojos de lo que fue un país brillan los hoteles millonarios con los que la cúpula de ladrones y asesinos que nos someten hacen caja para mantener refrigeradas sus mansiones y volar en jets privados a vacacionar.
Nosotros, cubanos avergonzados, acusamos al canciller del régimen que miente descaradamente al hablar en nombre de un pueblo que ha sido acallado. A los burócratas del gobierno, por robar el erario y utilizar nuestra miseria como un arma que apuntan a nuestras cabezas. Al impostor, que pretende hablar desde un cargo que no es legítimo, que no fue elegido ni refrendado por un pueblo que no es soberano. Al general sin batallas ni victorias que nos doblegó y que hoy, ad portas de la muerte pasará a la historia como un delincuente acusado formalmente por un tribunal extranjero.
Acusamos también al nieto presumido y falaz que usurpa por un apellido la representación de la República y pretende imponer con impertinencia su visión de élite podrida en dinero y vicios. Acusamos a los presidentes extranjeros que con su ayuda y mediación han perpetuado el oprobio sobre nuestros viejos y nuestros hijos, por el placer de la coyunta ideológica que quieren instalar en el Zócalo, el Palacio de Nariño, las plazas de Brasilia y otros tantos lugares donde sueñan con levantar el estandarte de la tiranía y la injusticia para esclavizar a otros pueblos.
Mujeres y hombres del mundo, ¡escuchad!
En estos momentos se juega en Cuba el destino de un pueblo exhausto que, sometido a la barbarie, muere abandonado a su suerte, reconcentrado en las poblaciones, hambreado y sin derecho ni capacidad para llevar el sustento a sus familias, sin que nadie le preste el auxilio postrero, sin que se denuncie el fin macabro a que se le condena.
Esta situación de mantenerse significará el fin de sus hijos más débiles, sus ancianos, sus niños, sus enfermos, los que, ya sin nada, son empujados a abrazar el martirio.
Nosotros, cubanos amantes de nuestra patria, hacemos mediante esta denuncia un llamado último a quien pueda ayudarnos. A las mujeres y hombres libres que, valientes y alzados contra el mal, estén dispuestos a prestarnos la mano generosa que nos permita alcanzar la libertad y romper las cadenas de la servidumbre en que sumidos nos hallamos.
El pueblo de Cuba, esforzado y honesto, no olvidará nunca la mano amiga que nos acompañe en la liberación del yugo que hoy nos somete. Y sabremos responder con altura a quien nos acompañe hoy en la resolución de esta tragedia y nos permita dar un hogar digno a los que día a día sufren y luchan con la esperanza de ser libres.










