¿Qué será de Cuba? Esta eterna y muy cargada pregunta ha adquirido nuevas y vertiginosas dimensiones tras la operación militar de EE. UU. que extrajo al presidente venezolano Nicolás Maduro. La ansiedad y la incertidumbre que rodean el futuro de Cuba se han intensificado aún más desde que el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva el 29 de febrero, comprometiéndose a imponer más aranceles punitivos a cualquier país que suministre a la Isla el petróleo que Venezuela, su principal apoyo económico, ya no puede proporcionar.
A medida que pasan los días, el embargo energético de Estados Unidos —sobre un país ya vaciado por la crónica escasez de combustible y por una incapacidad paralizante para generar electricidad de manera confiable— ha llevado la vida en la isla caribeña a un estado casi catatónico. La imposibilidad de importar combustible, los apagones prolongados, el colapso del transporte público, las disminuidas actividades económicas y comerciales y, agravando todo esto, la casi completa ausencia de turistas —la principal fuente de ingresos de Cuba— plantean una pregunta más profunda, existencial: ¿Cuánto tiempo puede el país soportar esta situación?
Con cada día que pasa, resulta cada vez más claro que la vida se vuelve insoportablemente complicada para los habitantes de la Isla y que existe una desconexión total entre el discurso oficial y el discurso popular. Cada noticiero televisivo de Cuba, donde los medios están controlados por el Partido Comunista, presenta la apresurada instalación de fuentes de energía renovable —principalmente, solar— en instituciones públicas, como centros de salud y establecimientos educativos, así como en los hogares privados de médicos, maestros, trabajadores de alto rendimiento e individuos vulnerables. Estos sistemas, comprados o donados por China, alivian temporalmente un problema generalizado. Sin embargo, todos saben que no ofrecen una solución a la situación actual de Cuba.
En los últimos años, mientras se construían más hoteles nuevos para turistas —incluso cuando la llegada de turistas ya había caído drásticamente—, ¿por qué no se priorizaron antes las fuentes de energía alternativas? ¿Por qué ahora, cuando la mayor crisis ya está sobre nosotros? ¿Nadie previó el escenario actual?
Mientras Cuba lucha, la gente también busca respuestas más inmediatas. ¿Cuándo se recogerán finalmente los enormes montones de basura que se acumulan en casi cada esquina de La Habana? ¿Qué ocurrirá si virus estacionales como Dengue, Oropouche, Zika y la paralizante Chikunguña, que devastó el país el año pasado —mientras el Paracetamol era y sigue siendo difícil de conseguir—, vuelven a brotar este verano? ¿Cómo llegarán las personas infectadas al hospital? ¿Cómo pagarán el transporte, si el dinero que actualmente tienen, que puede devaluarse aún más, ya no es suficiente? La lista de tales preguntas continúa y continúa.
La situación fuera de La Habana es igualmente sombría y podría conducir a un genuino desastre sanitario o humanitario, que parece ser el resultado buscado por la política estadounidense de “máxima presión”. Una vez que la crisis ha sido desatada, ¿qué viene después? Es difícil especular sobre los muchos escenarios posibles, dados los riesgos inherentes de tal ejercicio en un momento de profunda incertidumbre, debido en gran medida a los impulsos erráticos de la administración Trump.
La postura oficial del gobierno cubano es inequívoca: resistir, indefinidamente. Algunos analistas sugieren que “indefinidamente” solo necesita extenderse hasta las elecciones de medio término en EE. UU., que pueden o no producir consecuencias políticas inmediatas. Pero, ¿qué sucede si, antes de que llegue ese momento, un pueblo agotado y desesperado sale a las calles a protestar?
La respuesta del gobierno casi con certeza sería severa. Las protestas de 2021 en Cuba establecieron un precedente sombrío: fueron enfrentadas con una represión judicial ejemplarizante, diseñada tanto para advertir como para castigar, con cientos de arrestados.
Esto conduce a otra pregunta. Si eso volviera a suceder, ¿respondería EE. UU. con una intervención militar “humanitaria”? No parece ser la opción más probable, pero permanece sobre la mesa. La filosofía imperialista e intervencionista de esta Casa Blanca ha dejado absolutamente claro que considera el hemisferio occidental, y América Latina en particular, como su patio trasero. Prácticamente, un asunto de política interna.
¿Y qué hay del diálogo? La palabra misma —diálogo— significa una conversación entre dos o más personas que expresan alternativamente sus ideas. Proviene del griego dialogos: logos, que significa palabra, razón, la moneda del intercambio racional; emparejada con el prefijo dia, que significa a través de.
El gobierno cubano ha reiterado su disposición a entablar diálogo, con la condición de que su soberanía nacional debe ser respetada. Pero también es cierto que el poder ejecutivo estadounidense continúa aplicando presión sobre Cuba mediante un embargo decretado en 1962 y frecuentemente reforzado, con el objetivo expreso de provocar un cambio de régimen en la isla vecina.
Cuba es un país que EE. UU. ya ha considerado insuficientemente comprometido con la lucha contra el terrorismo, y que ahora clasifica como una seria amenaza para la seguridad nacional estadounidense. Así surge otro conjunto de preguntas persistentes: ¿Son las condiciones genuinamente favorables? ¿Existe voluntad entre los gobiernos cubano y estadounidense para llegar a un entendimiento, como podrían haber dicho los griegos, mediante palabras razonables? ¿O estamos presenciando las jugadas iniciales de una guerra de trincheras entre posiciones fundamentalistas? Es difícil predecir.
¿Y qué hay de los cubanos? En un país que ya enfrenta múltiples crisis acumulativas, la vida diaria se ha vuelto aún más difícil. La capacidad económica del gobierno ha disminuido tan severamente que hoy la mayor parte de lo que la gente come ya no proviene de la canasta básica, el programa gubernamental que proporciona suministros alimentarios esenciales a los ciudadanos a precios subsidiados.
Los cubanos ahora tienen que recurrir a negocios privados, recientemente legalizados, para comprar productos esenciales —pollo, aceite y artículos de aseo— a precios desproporcionadamente altos, en una sociedad donde el salario mensual promedio ronda los 6,000 pesos cubanos, aproximadamente unos doce dólares. Una pensión mensual en mi país puede ascender a 3,000 pesos cubanos. Una caja de huevos cuesta lo mismo.
Así llego a una última pregunta, calavera en mano, a la manera de Hamlet: ¿Ser o no ser?
Y si la respuesta es “ser”, entonces, ¿por qué medios, bajo qué condiciones, y por cuánto tiempo más podremos sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna?
* Artículo original: “In Cuba: To Be, or Not to Be”. Traducido del español al inglés por Erin Goodman. Retrotraducción del inglés al español por ‘Hypermedia Magazine’.

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