Caminas por un parque, por un cochambroso portal de las calles de Centro Habana, la Habana Vieja, o un barrio de la periferia, y hay un joven que ha anestesiado la realidad con Bailarina, Cielo Azul, Diablo Rojo, Mutante, Scooby-Doo, Enanito de Blancanieves, Silla Eléctrica, Ambrosio o Ambrosía, Bombita, Papelito y El Químico. Todos estos apelativos de la droga que cada vez más consume la juventud cubana y que lleva como nombre genérico “Cannabiméticos sintéticos”.
“Te saca del mundo de donde estás y te pone para otro”, me dijo uno de los jóvenes entrevistados, que la consume desde el 2019 cuando apenas tenía 18 años. “Lo hago por el estado de ansiedad, las preocupaciones de la casa, el aburrimiento. Porque con eso no se disfruta. Uno lo hace por el ostine, para disociarme. En el día fumo una vez por la mañana y una por la noche. A veces, lo hago solo o con amigos”.
Ya ni un simple cigarro marihuana aquietan la zozobra de esta generación de jóvenes cubanos. Sus pequeños sueños se les han hecho añicos y afrontar los escenarios del día a día requiere de una anestesia general. Algo que les haga tan duro el vivir. “Es duro vivir muriendo. Es duro seguir viviendo”. Y ese algo ya no es pintar grafitis de colores por todas partes.
“Es que ser joven y vivir en este país sin futuro, ¡es de pinga! Tengo ganas de irme o de que se acabe esta talla ya”, me dijo el joven. “No me siento feliz. Me fui del trabajo en el zoológico, porque estaba fula la jugada. La cosa iba mermando y me fui echando”.
Hay días que este muchacho divaga después del efecto del Químico, descalzo, con polvo y arenilla del asfalto adheridos a su piel. Lánguido, con la mirada sin un punto fijo, por su barrio que, con cada paso, le dilata la vuelta a casa. Los vecinos lo juzgan, pero no saben que ha perdido la ilusión y que tal vez no se salve, porque es de los que no pintan grafitis de colores por todas partes.
Este fenómeno que afronta la sociedad cubana viene dando asomos desde la pandemia de COVID 19, sobre todo entre los jóvenes del sexo masculino. Aunque las chicas también son proclives a caer en el anzuelo de esta droga. Existen casos de muchachas embarazadas que la consumen, poniendo en riesgo la criatura que esperan, sin una conciencia de lo que están haciendo.
Una amiga me contó que, en su barrio de Luyanó (comunidad periférica de La Habana), una pareja perdió una niña de dos años. La madre consumió esa droga durante el embarazo y, luego del parto, ambos padres siguieron teniendo esta práctica, con una mala calidad de vida para ellos y la bebé. Hubo hasta maltratos físicos a la infanta, provocándole la muerte al final.
Cuba era un país acostumbrado a bajos niveles de drogadicción. La crisis económica, política y social que enfrenta a nivel extremo, es el principal factor que ha influido con crudeza en el comportamiento y en los estilos de vida de los ciudadanos. La decadencia que se enrolla en un laberinto sin fin ha traído consigo la desidia, la autodestrucción y la locura. Mirar a Cuba desde cualquier ángulo, da igual si desde adentro o desde afuera, es ver un manicomio colapsado, sin atisbo de sanación.
Por lo tanto, esta droga sintética significa para muchos salir de un sitio en caos y ponerse en otro, donde pierdes la noción de todo lo feo y doloroso al menos por media hora. No es la solución, pero es la anestesia general que se inducen algunos para aguantar, resistir, sobrevivir a todos esos infinitivos que se vienen arrastrando como retórica en el vocabulario cubano desde hace tiempo.
Es algo que el propio gobierno ha logrado normalizar en la gente, sin ser capaz de percibir que las necesidades básicas son para vivirlas dignamente, no para sufrirlas. Nada les basta a los sicópatas en un poder malvado y continúan hurtando lentamente la sonrisa de la juventud cubana, de lunes a domingo. Es un constante agotamiento donde el pensamiento colectivo es:
¿Qué voy a cocinar cuando pongan la luz?
¿Qué le doy de merienda a mi hijo que tiene hambre?
¿Con qué dinero compro los medicamentos de mi madre con cáncer, si las farmacias del Estado están vacías y hay que comprarlas revendidas en la calle a precios desmedidos?
¿Cómo administro la mierda de salario para todo el mes, con la inflación?
Soy una joven dentro de una Isla a oscuras: ¿cómo disfrutar de mi vida sin poder elegir un proyecto a plenitud?
Tantas preguntas sin respuestas y tantos “no” pintados bien grandes de color negro por todas partes.
“Yo compro la dosis entre 100, 150 y 200 pesos moneda nacional”, me dijo el chico.
Debe ser por ello que el consumo es mayor, debido a que es más barato comparado con un gramo de metanfetamina, que está alrededor de los 1000 pesos, mientras que la dosis de crack se comercializa entre 1500 y 2000 pesos.
El modo de preparación de la sustancia conocida como “El Químico” es con pastillas para la epilepsia, formol y anestesia para animales. Su vía de consumo es fumada. La excitación inmediata es de 15 a 20 segundos, con un pico máximo de euforia de 3 a 5 minutos y una duración del efecto de 30 a 40 minutos.
Posteriormente, puede aparecer depresión del sistema nervioso, ataxia, náuseas, visión borrosa, alucinaciones visuales, pérdida brusca del conocimiento, inyección conjuntival, risa inmotivada, falta de aire que puede llegar a la depresión respiratoria. También, pérdida del conocimiento, movimiento estereotipado y convulsiones. Sobresale la presencia de manifestaciones cardiovasculares, dolor precordial, arritmias, fundamentalmente taquicardia. Existe la experiencia de varios casos que han presentado cuadros de pericarditis.
Algunos estudios señalan que la droga desencadena en el consumidor una fuerza fuera de lo común. Podría inducir esquizofrenia, causando reacciones erráticas en el comportamiento. El uso prolongado causa pérdida de la memoria y psicosis, así como trastornos hepáticos y renales.
¿Y si El Químico es un invento más del régimen para tener entumecido el pensamiento de la juventud? La gerontocracia militar-corporativa en el poder sabe que los jóvenes son el pilar del cambio que piden a gritos los niños, los ancianos, un mendigo, una estudiante, un adolescente que en un país normal hubiera querido pintar grafitis de colores por todas partes.










