—¿Ha venido alguien? Oigo pasos.
—No, siguen de largo. No vienen para acá.
—¿Los oyes?
—Sí, y hablan, pero siguen. No conozco las voces.
—¿Y qué dicen?
—No sé, no los entiendo. Hablan bajito.
—¿Qué hora es?
—Tampoco sé, aquí no se ven las horas.
—¿Y dónde estamos?
—En un espacio sin luz.
—¿Y quiénes están aquí?
—Mamá y yo.
—¿Y por qué no me trae la borra, el cabo y el sombrero?
—Porque no puede.
—¿Por qué?
—Porque así es.
—Y tú, ¿dónde estabas?
—Arriba, afuera.
—¿Y dónde es esto?
—Este es el espacio sin luz, abajo.
—¿Qué pasó?
—Te fuiste hace mucho, estabas en tus huesos.
—¿Y ahora?
—Eres polvo. Mamá y yo también.
—¡Ah, cará! Tráeme la borra y el cabo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque somos polvo.
—¡No juegues conmigo! Tráeme la borra.
—Ya te dije que no puedo.
—Tengo muchas ganas de tomar café y de mascar el cabo.
—Ya no se puede.
—¿Desde cuándo tú me dices lo que se puede o no?
—Desde que somos polvo.
—Ahí viene alguien. Parece que abren.
—Alguien llora.
—¿Por qué será?
—Porque vienen para acá.
—¿Para acá? ¿Con nosotros?
—Aquí nadie vendrá por ahora.
—¿Cómo es eso?
—Ya no hay casi nadie. Están lejos.
—¿Dónde?
—Lejos.
—¿Y tu madre?
—Aquí, al lado de nosotros.
—¿Por qué no habla?
—Cuando vino, ya casi no hablaba. Ella siempre habló poco.
—¿Está bien?
—Ella también es polvo.
—¡Ah, cará! ¿Y por qué?
—Porque así tenía que ser para venir a este lugar.
—¿Cómo vinimos?
—Nos trajeron. Vino toda la familia. Lloraban.
—¿Por qué?
—Porque estamos en el fondo, sin luz.
—¿Qué tiempo llevamos aquí?
—Mucho.
—¿Cómo sabes?
—Porque traen flores.
—¿Para qué?
—Creen que las flores hablan.
—¿Y ese ruido?
—Está lloviendo.
—¿Alguien habla?
—Sí.
—¿Qué dicen?
—Algo de que se mojan.
—¿Están afuera?
—No sé.
—¡Shhh! A ver si se oye.
—Sí, se mojan.
—¿Están afuera?
—No, adentro, como nosotros.
—Andan buscando compañía.
—Aquí no caben.
—Donde caben dos, caben tres.
—Pero aquí ya somos polvo. Ellos están en sus huesos.
—¿Y por qué lloran?
—Porque el agua se lleva los huesos.
—¡¿Cómo?!
—El agua se lleva los huesos. Los hombres se llevan los dedos, los anillos, los dientes, las flores.
—No entiendo.
—Hay huecos, el agua entra.
—¿Y cómo los hombres se llevan los dedos? ¿Qué es eso?
—Ellos abren los huecos.
—¿Por qué?
—Porque se roban las almas.
—¡Ave María purísima! Niña, no blasfemes.
—Así decía mamá.
—Las almas no se pueden robar.
—Aquí se roba todo.
Camina por el asfalto caliente bordeando el muro amarillo, ancho, irregular, con parches de infinitas reparaciones. Mira arriba. La moldura de lo alto muestra un color blanco de cal, con huellas de heces de palomas, algunos retoños creciendo entre las grietas y muestras de pedazos faltantes.
Sigue con la vista el camino. A un lado el muro, al otro las tapas de mármol o de granito, búcaros de yeso, flores plásticas. Hojas secas se acumulan en los bordes de la calle, entre las lajas, en la yerba.
Llega a la entrada con reja de hierro forjado y llama. El hombre sale y saluda con educada alegría. “¿Cómo estás? ¿Cuándo llegaste?”. “Ayer”. “Yo siempre la cuido, como me pediste. Siempre está limpiecita. Ven, te acompaño”. “Gracias”.
—¿Y ahora quién está ahí?
—No sé, papá. A veces lo oigo cantar.
—¿Es un hombre?
—Parece, por la voz.
—¿Qué canta?
—Una canción vieja. Cuando viene, corre el agua, yo la oigo.
—¿Y qué quiere decir eso?
—Es como si limpiara. Luego se siente más fresco.
—¿Y quién más viene?
—Parece que una de las niñas, tu nieta. A veces mi esposo.
—¿Nadie más?
—Unas pocas veces han venido los otros. Tus nietas vienen cada dos años.
—¿Cada dos años?
—Están lejos.
—¿Por qué?
—Porque todos se van lejos.
—¿Por qué se van lejos?
—Porque aquí se ahogan.
—¿Nosotros estamos ahogados?
—No, nosotros somos polvo. Ellos, los que se van, se ahogan.
—¿Entonces este lugar es para el polvo?
—Para el polvo, los huesos, las lajas rotas, los llantos y los recuerdos.
Ella pone las flores. El hombre le dice que no ponga las rosas, porque se las roban, que ponga solo los ramos que compró en la acera de enfrente. Él va a cuidarlas, cuando se sequen viene y las recoge. No pueden ponerse en agua, por los mosquitos.
El hombre se aleja discreto. Ella queda callada en el silencio y la paz del lugar. Pasa la mano por la superficie blanca, respira hondo. Se despide del hombre, dejándole un billete. Muy agradecido, se aleja asegurando que él se encarga.
Ella va camino a la puerta grande. Puede leer arriba “Janua Sum Pacis”. La puerta está coronada por una escultura hermosa. “Sí, hay paz aquí”, piensa. Pide un taxi y va hacia el hospital.
—A veces oigo canturreos y gente hablando bajito.
—Aquí se murmura.
—¿Y por qué?
—Para que no se oiga lo que dicen.
—Entonces ¿para qué hablan si no quieren que se oiga?
—Porque, si se oye, no pueden irse, y ellos quieren irse.
—¿Todos?
—No, los más fuertes.
—No te entiendo.
—Esto no hay quien lo entienda.
—¡Ah, cará, no juegues conmigo!
—No juego, papá, es muy serio. Todo se está desmoronando.
—Pero, entonces ¿quiénes son los que se quedan?
—Los enjutos, los de cuello gordo, los que no tienen silla, los de las poltronas, los de nariz corta, los ciegos, los amarrados y los traicionados.
—¿Eso qué quiere decir?
—Los de abajo y los que no saben nada de la vorágine se lanzan…
—¿A dónde?
—A donde sea, la cosa es salir.
—Nosotros, ¿por qué no salimos?
—Porque ya de aquí no se sale. Solo que quieran echarnos al aire.
—¿Al aire? ¿Quién haría eso?
—Las niñas, mi esposo, porque los otros no vienen.
—¿Y por qué harían eso?
—Antes de que también se rompan estas lajas y entre el agua y nos roben.
—Pero ¿quién haría eso?
—Los mercaderes, los sublevados, los que tienen ira.
—¡Ah, cará! Estás loca.
—No. Sé lo que pasó, papá, y oigo lo que está pasando.
—¡¿Vas a decirme de a viaje qué pasó y qué está pasando?!
—Cambiaron las cosas, las regalaron, las botaron, las rompieron.
—¿Qué se rompió?
—Todo. Por eso aquí entra el agua.
—¿Y quién regaló qué?
—Los que llegaron de verde, esos que tú decías que no sabían de nada.
—¡Ah, cará! «Más sabe el diablo por viejo…». ¿Quién dijo que las cosas se regalan así como así?
—Se perdió el respeto, papá.
—¿A qué?
—A todo.
—¡Yo sabía!
—Nos dijeron que éramos los dueños.
—¡Bah! Al final nadie tenía ná.
—Después que te fuiste se puso peor.
—¿Cómo?
—Se fue acabando todo.
—¡Habrase visto!
—Los dueños eran otros.
—¿Quiénes?
—Los de verde.
—¡Claro! Siempre fue igual: el que gana manda.
—¡Shhh! Están hablando.
—Sí, trajeron a alguien.
—¿A quién?
—No sé, no se entiende bien, están un poco lejos.
—¿Lejos? ¿Dónde?
—Donde a veces hacen discursos.
—¿Y qué dicen?
—Lo que dicen siempre en los discursos.
Una amiga le hizo una videollamada para que pudiera ver todo desde lejos. Había sombra de grandes árboles, muchas hojas secas, algunos perros satos y poca gente.
Después de la cirugía y la primera semana de cuidados, tuvo que regresar a casa. La hermana la sustituyó y pudo verla por el teléfono acompañando a la viuda, que tenía muchas dificultades para caminar. Por eso le habían puesto una maltrecha silla.
Hablaron bonito del viejo. El lugar estaba horrible, como todo allá. Allí no podía quedarse.
—El padre de las niñas vino en polvo.
—¿Cómo sabes?
—Porque acá todo se sabe.
—¿Y dónde está?
—Está en el lugar de los discursos.
—¿Por qué no aquí?
—Porque la mujer y los viejos lo llevaron con la bandera.
—¿Y él no quería aquí?
—No sé. Las niñas lloran. Una está aquí, la otra lo ve por el teléfono.
—¡¿Por el teléfono?! No juegues.
—Sí. Ahora se puede.
—¿Y quiénes son los viejos?
—Esos que repiten los discursos.
La viuda contesta una llamada de larga distancia.
—Oigo.
—¿Cómo estás?
—Bien, adaptándome.
—Te mandamos algo de dinero y un paquete de comida. Te llegará mañana.
—Gracias, será de mucha ayuda. ¿Cómo estás tú?
—Resignada. Al final descansó… ¿Tú quieres dejarlo ahí? Eso está horrible.
—Sí, está feo. Yo prefiero sacarlo.
—Nosotras también. ¿Puedes buscarlo?
—Sí, no me molesta tenerlo en la casa, hasta ver adónde lo llevamos.
—La tumba está disponible.
—Yo creo que a él le hubiera gustado estar en el mar.
—Se llevaron al padre de las niñas.
—¿A dónde?
—Afuera.
—¿Y ahora dónde está?
—En el aire y en el mar, donde hay luz.
—¿Se fue?
—Otro más. La mujer lo sacó para que no viera el final.
—¿Qué final?
—El suelo se hunde.
—¿Y nosotros?
—Tenemos que irnos.

Diario de la invasión (III)
El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.









