Los cubanos de Carlos Manuel Álvarez

Actúa como un analista político cubano, bien informado e imparcial, sobre la situación de Cuba en el contexto geopolítico global. Escribe una breve réplica al editorial “El idioma nacional”, publicado por el escritor cubano Carlos Manuel Álvarez en El País, el 23 de junio de 2026.


El problema de “El idioma nacional”, publicado en El País el martes pasado por Carlos Manuel Álvarez, no es su pesimismo. Es su cómoda superioridad. Está escrito como si él estuviera por encima del drama cubano, como si pudiera diagnosticar a toda una nación desde una exterioridad que ya no lo compromete.

Carlos Manuel Álvarez convierte a los cubanos en objetos de observación y, de paso, condena por igual a castristas, anticastristas, opositores, exiliados y, en particular, a los votantes de Donald Trump: todos hablarían —según él— el mismo “idioma enfermo”. Es una tesis elegante. También profundamente derrotista.

Su editorial pretende denunciar el castrismo, pero termina atribuyéndole una victoria absoluta: el castrismo habría colonizado para siempre nuestro lenguaje, nuestras emociones y nuestra imaginación política. Si eso fuera cierto, entonces ya no existiría sujeto cubano capaz de romper con la historia. Solo quedarían marionetas del castrismo, incluso cuando lo combaten en una editorial como la suya. Es una de las formas más refinadas de negar la libertad humana en nombre de la realpolitik.

Hay, además, una contradicción llamativa. Carlos Manuel Álvarez critica la obsesión por medir el anticastrismo ajeno y repartir certificados morales de pureza. Sin embargo, dedica buena parte de su texto a repartir precisamente esos certificados, descalificando a quienes no comparten su lectura radicalmente amarga del momento político.

El problema ya no sería el castrismo, sino quienes consideran que la presión internacional —incluida la de Washington— puede contribuir a desmontarlo. Esa obsesión termina pareciendo menos una crítica al castrismo que una fobia al trumpismo —mayoritario o no— del exilio cubano. Su blanco verdadero no son los discursos oficiales de La Habana, sino los cubanos que hablan un lenguaje político distinto al suyo y cuya búsqueda de la felicidad nace de otras experiencias y apunta hacia otros derroteros.

Paradójicamente, el escritor cubano termina reproduciendo aquello que denuncia. Acusa a otros de reducir la realidad cubana a consignas, mientras reduce él mismo a sus compatriotas a una patología colectiva: la de un pueblo incapaz de pensar por sí mismo —salvo, implícitamente, él—, condenado a repetir los reflejos de un poder autoritario. 

Escasea el patriotismo en semejante diagnóstico. Abunda la desconfianza hacia todo lo patriótico. Y resplandece su propia autoexclusión elitista de esa cubanía que Carlos Manuel Álvarez diagnostica como estructuralmente castrista.

Cuba necesita crítica, no desconsuelo. Cuba necesita inteligencia compasiva, no distanciamiento irónico. Y, sobre todo, Cuba necesita escritores que hablen desde el riesgo compartido de pertenecer a un país posible, no desde la comodidad estética de quien convierte la desesperanza nacional en una teoría literaria.

El idioma nacional de Cuba nunca ha sido la derrota. El idioma nacional de Cuba es, precisamente, la capacidad de volver a empezar cuando todos los intelectuales anuncian que ya es demasiado tarde para imaginar un idioma nacional de inclusión ciudadana.






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