Para electrocutar las horas de nocturno apagón, como el pasado viernes 26 de junio de 2026, cuando se cayó por enésima vez el Sistema Eléctrico Nacional (SEN), desde la capital de todos los cubanos sin Cuba y casi sin cubanos, con las ventanas abiertas y como mi madre me trajo a este sádico mundo, que coincidió fue un viernes como este, quizás no tan enlutado, pero del año 1987, leí con la aplicación de lectura de mi teléfono, apenas sin el brillo de la pantalla para ahorrar batería, un cuento de Ernest Hemingway, otro de Virginia Woolf y me terminé el libro de cuentos El buen mal de Samanta Schweblin.
Continué leyendo y leyendo de todo un poco hasta que ya mis ojos no pudieron con tantas palabras y tanta noche.
Puse el teléfono a un costado de la cama y miré por la ventana la poca luz que le proyectaba la luna a las hojas de la enredadera, que ha cubierto todo el pedazo de pared de un edificio contiguo que se derrumbó hace mucho tiempo. Cada cierto número de minutos entraba una ligera brisa que me aliviaba por un segundo el desesperante calor. Pero era tanto el sudor que adhería mi piel a la sábana.
Encendí un incienso para ahuyentar los mosquitos que taladraban mi oído. Miré la hora en mi teléfono. Quería dormirme, pero era imposible.
Entonces pensaba: ¿Cómo la gente puede quedarse tan tranquila con los apagones de las mil y 959 noches? ¿Y cómo poner música a todo volumen con las bocinas recargables y la canción Un tin de unos reparteros ahí, una y otra vez, como si fuera la hora de la fiesta o hubiera que celebrar tanto suplicio?
“Ella tiene un tin de gusto. Ella tiene un tin de culaje y de pechaje…”
¡Pingaaa!, paren ya con la singá cancioncita de los cojones. Mira que somos aguantones, sí, en plural: yo soy otra aguantona más.
Me daban unas ganas de subirme a la azotea, así, sin ropa, como si hubiera perdido el juicio, y que la luna me delatara y gritar a los cuatro vientos: ¡Abajo la dictadura! ¡Abajo el Singao Raúl y el Singao Canel! ¡Y todos los singaos que nos tienen la vida hecha un yogurt cortao! ¡¿Hasta cuándo, pingaaa?!
Me quedé en silencio, como en una escena silente de Chaplin, tragándome las palabrotas y la rabia. Y las ganas de acabar con todos ellos. Un solo gorrión no compone verano.
Se gastó el incienso. Prendí otro. El sudor y la ligera brisa aliviándome un segundo.
Miré la hora en mi teléfono. Se hicieron la una, las dos y las tres, las cuatro y treinta, las cinco de la madrugada, que fue cuando pusieron la singá luz.
Mientras escribo estas líneas para sacarme de adentro un poco de la impotencia que me carcome, pongo el modo avión varias veces, porque hace días también tienen quitada la internet para esta zona de Centro Habana.
Logro ver un estado de WhatsApp de un amigo al que quiero mucho:
Ay, Cuba, si nuestros mambises nos contemplaran, no estarían orgullosos, sino tristes y decepcionados al ver que la patria por la que entregaron su sangre aún no logra la justicia, la libertad y la prosperidad que ellos soñaron.

Diario de la invasión (V)
Después del colapso y los crímenes del colapso, será impensable llamarse de izquierdas en la cuna de la izquierda latinoamericana.









