Cada junio ocurre. Las calles se llenan de banderas, música, cuerpos que bailan y familias que por fin muestran su infrecuencia sin pudor. Al mismo tiempo, en algún laboratorio, alguien sigue buscando la combinación de letras que explique por qué unos hombres desean a otros hombres y unas mujeres aman a otras mujeres.
La escena tiene su gracia. Mientras el Orgullo celebra que no necesitamos justificarnos, cierta ciencia aún parece empeñada en redactarnos un certificado de origen.
La pregunta suele llegar con apariencia inocente: ¿Se nace gay?.
Quien la formula cree estar preguntando por biología. Muchas veces pregunta, en realidad, si nuestra existencia merece ser aceptada. Como si el respeto dependiera de hallar una mutación o un cromosoma con inclinaciones musicales.
Durante décadas se habló del gen gay. En 1993, un estudio dirigido por Dean Hamer señaló una región del cromosoma X relacionada con la orientación homosexual masculina. La noticia salió del laboratorio vestida para una fiesta a la que los datos nunca la habían invitado.
El trabajo sugería una asociación en determinadas familias. No había descubierto un interruptor del deseo. Nada concluyente, a pesar de haber sido publicado en Science. La ciencia siguió buscando.
En 2019, un consorcio internacional analizó la información genética de 477.522 personas. Fue el mayor estudio realizado hasta entonces sobre conducta sexual con personas del mismo sexo. Se encontraron cinco regiones genómicas asociadas, cada una con un efecto diminuto. En conjunto, miles de variantes podían explicar entre el 8 y el 25 por ciento de las diferencias observadas. Ninguna permitía predecir la orientación de una persona.
No apareció el gen gay. Porque ese gen no existe.
Conviene leer bien esa frase. Que no exista un gen único no significa que la biología sea ajena al deseo. Dice que estamos ante un rasgo complejo, influido por muchos factores durante el desarrollo y la vida. También expresa que “genético” no equivale a inevitable y que “no genético” no quiere decir elegido, aprendido en una discoteca o provocado por una madre demasiado cariñosa.
La naturaleza humana no trabaja con el argumentario de sobremesa.
Además, aquel gran estudio medía sobre todo si alguien había tenido alguna vez una relación sexual con una persona de su mismo sexo. Conducta, atracción, identidad y fantasía no son la misma cosa. Pueden coincidir, mas no siempre viajan juntas. Reducirlas a una pregunta binaria facilita la estadística y empobrece al ser humano.
Aquí aparece el asunto que más me interesa: ¿Para qué queremos encontrar la causa molecular de la homosexualidad?
La respuesta habitual es bienintencionada: para demostrar que nadie la elige y combatir la homofobia. “Nací así” ha sido una defensa política útil. Permitió responder a quienes hablaban de vicio, contagio y conversión. Sin embargo, contiene una concesión peligrosa: parecemos pedir tolerancia porque no pudimos evitarlo.
Ergo, si mañana alguien demostrara que una parte de la orientación sexual incluye elección, plasticidad o experiencia, ¿perderíamos derechos? Sería absurdo. La dignidad no depende del porcentaje de heredabilidad.
Dejemos claro algo: la homosexualidad no es una enfermedad.
La Organización Mundial de la Salud dejó de clasificarla como trastorno mental en 1990. No requiere diagnóstico, tratamiento ni prevención. En otra cuerda, la ciencia puede estudiar cualquier fenómeno humano, desde la memoria hasta el gusto por el cilantro. El problema comienza cuando se busca la “causa” de una identidad con el vocabulario reservado a una lesión.
Una revisión de 2024 advirtió que estos estudios arrastran dificultades metodológicas y riesgos éticos: categorías mal definidas, muestras poco diversas, resultados fáciles de exagerar y posibles usos políticos o comerciales. Sus autores no pidieron prohibir la investigación, pero sí justificarla, medir mejor y pensar en quién podría utilizar sus resultados.
La preocupación no es fantasía. Una asociación genética débil puede convertirse en un test fraudulento, una promesa de selección embrionaria y un titular que confunda probabilidad con destino. La ciencia no controla siempre la vida social de sus hallazgos. Primero, publicamos una correlación; después, alguien fabrica una frontera o incluso un muro.
Quizá por eso un estudio de 2026 encontró mayor escepticismo hacia estas investigaciones entre personas con más conocimientos de genética y entre quienes pertenecían a minorías sexuales o de género. La muestra, de 338 participantes reclutados en redes sociales, no representa a toda la población. Aun así, las reservas fueron concretas: privacidad, medicalización, eugenesia y uso político de los datos.
No propongo cerrar laboratorios, ni censurar preguntas. Iría contra toda mi vida: soy científico. Propongo dejar de fingir que el Orgullo aguarda una absolución molecular. Los derechos civiles no son la consecuencia de un análisis de ADN. Tampoco deberían temblar cada vez que cambia una estimación estadística.
A quien todavía necesita un gen para aceptar que dos hombres se besen, le propongo un experimento más sencillo. Busque primero el gen de su propia heterosexualidad, demuestre que existe, explique por qué debería importarnos y acepte que, mientras no lo encuentre, quizá sea usted quien tenga que justificar su manera de amar.

Diario de la invasión (V)
Después del colapso y los crímenes del colapso, será impensable llamarse de izquierdas en la cuna de la izquierda latinoamericana.









