Pocas revoluciones han disfrutado del privilegio, tan excepcional como paradójico, de ser narradas con mayor entusiasmo por quienes nunca tuvieron que padecerlas que por quienes debieron vivirlas cotidianamente. Acaso esa sea una de las intuiciones más fecundas de la tesis doctoral Representations of the Cuban Revolution in the American Gaze: The Case of African-American Activists, en la que Orlando Luis Pardo Lazo desplaza la atención desde la Revolución Cubana como acontecimiento histórico hacia la construcción de sus imágenes, sus metáforas y sus relatos legitimadores.
Así nos recuerda que Cuba fue, durante décadas, menos un país concreto que un escenario sobre el cual innumerables visitantes proyectaron sus propias carencias ideológicas, sus frustraciones nacionales y sus esperanzas de redención política. Como afirma el autor, la isla terminó convirtiéndose en “a fetish nation, a geopolitical hotspot in the context of the Cold War” (“una nación fetiche, un epicentro geopolítico en el contexto de la Guerra Fría”) y, sobre todo, en “the unavoidable destination for foreign travelers” (“el destino ineludible para viajeros extranjeros”) que deseaban narrar una utopía que, curiosamente, siempre parecía más habitable para el extranjero que para el nativo.
Para mí, el principal acierto del estudio consiste en invertir la dirección habitual de la mirada historiográfica y preguntarse no qué fue la Revolución, sino quiénes la observaron, desde dónde la observaron y por qué necesitaban observarla de esa manera, una operación metodológica que permite comprender hasta qué punto las representaciones de Cuba revelan tanto sobre Estados Unidos como sobre la propia Isla.
Cada testimonio extranjero parece funcionar como una confesión involuntaria acerca de los conflictos internos de la sociedad norteamericana. La Cuba revolucionaria se transformó así en un laboratorio moral donde intelectuales, periodistas y activistas podían ensayar respuestas simbólicas a problemas que no habían logrado resolver en su propio país, de modo que el viaje a La Habana operaba como una suerte de peregrinación secular hacia un santuario político donde, según el autor, “writing from Cuba lent legitimacy to their narratives” (“escribir desde Cuba confería legitimidad a sus narrativas”), otorgando a sus visitantes una inesperada autoridad para hablar no solo sobre Cuba, sino también en nombre de los cubanos.
La ironía, por supuesto, resulta difícil de ignorar, pues aquellos intelectuales que denunciaban con vehemencia el imperialismo cultural estadounidense terminaban reproduciendo una forma refinada de paternalismo político al asumir que, después de unas semanas o unos meses en la Isla, podían comprender mejor la experiencia cubana que quienes llevaban décadas sobreviviendo dentro del sistema revolucionario.
El extranjero desembarcaba en Cuba convencido de que venía a escuchar la voz del pueblo y, sin advertirlo del todo, acababa sustituyéndola por la suya propia. El autor observa con precisión que “living on the Island granted them a powerful patent to speak for Cubans” (“vivir en la Isla les otorgaba una poderosa patente para hablar en nombre de los cubanos”), una licencia moral que permitía a los visitantes convertirse en intérpretes autorizados de una realidad que, en muchos casos, apenas alcanzaban a comprender en su superficie más visible.
La tesis recupera la figura del “compañero de viaje”, desarrollada por David Caute, para explicar la fascinación de numerosos intelectuales occidentales por los experimentos revolucionarios del siglo XX. Esto lo hace con una eficacia que obliga a reconsiderar la función política del turismo ideológico pues el compañero de viaje, lejos de ser un militante disciplinado, se caracteriza precisamente por la distancia que mantiene respecto al sistema que admira.
Como señala Caute, citado por Pardo Lazo, se trata de una forma de “remote-control radicalism” (“radicalismo por control remoto”), una modalidad particularmente cómoda del compromiso político, gracias a la cual es posible celebrar las virtudes de una sociedad sin renunciar a las libertades de otra. Resulta comprensible que la utopía conserve su encanto cuando uno posee un boleto de regreso.
La proximidad geográfica de Cuba respecto a Estados Unidos añadió a esta dinámica un elemento de seducción adicional, pues la Revolución no ocurría en una remota región de Asia o en una inaccesible república soviética, sino a escasos noventa kilómetros de Florida. Esto permitía imaginar que la Historia podía desviarse de su curso incluso en el corazón mismo del hemisferio occidental.
Cuba era la excepción geopolítica que desafiaba la lógica de la Guerra Fría y, precisamente por ello, se convirtió en una poderosa metáfora de la posibilidad revolucionaria. El problema, como suele ocurrir con las metáforas políticas, es que estas tienden a simplificar la realidad que pretenden explicar, hasta el punto de volverla irreconocible para quienes la habitan diariamente.
Uno de los capítulos más reveladores de la tesis es el dedicado a los activistas afroamericanos que buscaron refugio, inspiración o legitimación política en la Isla durante las décadas de 1960 y 1970, convencidos de que la Revolución Cubana había logrado resolver el problema racial que Estados Unidos seguía arrastrando.
La expectativa no era infundada, pues el discurso oficial cubano proclamaba la desaparición del racismo gracias a la transformación socialista de la sociedad. Sin embargo, la experiencia concreta de muchos de estos visitantes mostró que la solución propuesta consistía, esencialmente, en declarar resuelto el problema y prohibir cualquier discusión pública que sugiriera lo contrario.
El autor resume esta contradicción en un título que proviene de una cita memorable, “To erase the racial problem by erasing the black race” (“Borrar el problema racial borrando a la raza negra”), que pone de manifiesto la paradoja de un sistema que aspiraba a eliminar la discriminación mediante la invisibilización de las diferencias raciales.
La decepción de algunos activistas afroamericanos resulta especialmente significativa porque revela la distancia entre la Cuba imaginada y la Cuba experimentada, entre la Isla concebida como símbolo y la isla vivida como realidad cotidiana.
Muchos de ellos descubrieron que los problemas de escasez, vigilancia, censura y control político afectaban a todos los ciudadanos con independencia de su origen racial, lo cual podía interpretarse, desde luego, como una forma peculiar de igualdad. La utopía demostraba así una notable capacidad para homogeneizar la experiencia humana, aunque fuera por la vía de la privación compartida.
Otro aporte teórico de la investigación es la interpretación de la Revolución como un “significante vacío”, una categoría que permite comprender la extraordinaria elasticidad semántica del término dentro del discurso oficial cubano. Fidel Castro definió la Revolución como “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, una formulación admirable por su amplitud y, precisamente por ello, inmune a cualquier verificación empírica.
¿Quién decide qué debe cambiarse y qué debe permanecer intacto? ¿Qué límites existen para una revolución cuyo principio fundamental consiste en redefinirse constantemente? La respuesta, aunque rara vez explicitada, parece evidente. El significado de la Revolución corresponde siempre a quienes administran el derecho exclusivo de interpretarla.
Pardo Lazo expone que esta flexibilidad conceptual ha sido una de las claves de la supervivencia del sistema cubano después de la desaparición física de Fidel Castro, pues la Revolución dejó de depender de un líder concreto para transformarse en una narrativa autosuficiente, capaz de absorber contradicciones, justificar cambios de rumbo y convertir la continuidad en una forma de innovación política.
El castrismo logró así la proeza, no exenta de ironía histórica, de perpetuar una revolución permanente mediante la preservación de un orden inmutable.
La tesis, sin embargo, no está exenta de limitaciones. Aunque analiza con agudeza las representaciones extranjeras de Cuba, concede menos espacio a las formas en que los propios cubanos respondieron, negociaron o resistieron esas narrativas importadas. La población de la Isla aparece con frecuencia como objeto de observación y, con menor frecuencia, como sujeto activo de interpretación. Tal vez esta ausencia no sea accidental, sino un síntoma adicional del fenómeno que el propio autor estudia, pues la historia de la Revolución Cubana ha sido escrita demasiadas veces desde fuera, mientras las voces internas han permanecido subordinadas, cuando no directamente silenciadas.
A pesar de ello, Representations of the Cuban Revolution in the American Gaze constituye una contribución notable a los estudios cubanos contemporáneos, no solo porque cuestiona las imágenes consolidadas sobre la Revolución, sino porque nos recuerda que toda utopía necesita espectadores extranjeros para sobrevivir a sus propias contradicciones.
Cuba fue, durante décadas, una promesa de redención para quienes buscaban respuestas fuera de sus fronteras, aunque esa promesa exigiera ignorar las experiencias de quienes habitaban el territorio prometido. La gran paradoja de la Revolución Cubana quizá consista en que, mientras aspiraba a crear un Hombre Nuevo, terminó produciendo, sobre todo, una inagotable literatura de viajeros. Como suele ocurrir con los viajeros ideológicos, muchos de ellos confundieron el mapa con el territorio, la metáfora con la realidad y la esperanza con la evidencia.
Nota bene
La inclusión de un proyecto de escritura creativa dentro de una tesis doctoral dedicada al estudio de las representaciones de la Revolución Cubana responde a una convicción metodológica cada vez más extendida en los estudios literarios contemporáneos, según la cual ciertos fenómenos históricos, particularmente aquellos atravesados por la experiencia del exilio, la memoria, la censura y la construcción de imaginarios políticos, difícilmente pueden abordarse únicamente mediante categorías analíticas o marcos teóricos convencionales, pues existe una dimensión subjetiva de la experiencia que encuentra en la escritura autobiográfica, la ficción y la crónica un lenguaje más adecuado para explorar sus matices y contradicciones.
El propio Orlando Luis Pardo Lazo explica que, como parte de su formación doctoral en Literatura Comparada para Escritores Internacionales, escribió y publicó en 2022 un libro bioficcional titulado Diario de Saint Orlando Louis, definido como un conjunto de relatos inspirados en acontecimientos ocurridos durante sus seis años de residencia en Saint Louis, Missouri, mientras realizaba sus estudios de doctorado.
El autor describe esta obra como “un volumen de 250 páginas de historias que me ocurrieron, ya fuera en mi realidad física o psíquica” y añade que el libro reúne “59 crónicas biográficas noveladas y un poema”», una estructura cuya cifra remite deliberadamente al año 1959, fecha del triunfo de la Revolución Cubana.
La relación entre el proyecto creativo y la investigación académica no debe interpretarse como una yuxtaposición de géneros o como la simple incorporación de un ejercicio literario al final de la tesis, sino como una prolongación de las preguntas que atraviesan todo el estudio. Si la investigación analiza cómo los viajeros estadounidenses construyeron imágenes de Cuba desde sus propias experiencias, la escritura creativa invierte el movimiento y presenta a un intelectual cubano en el exilio que observa y reconstruye Estados Unidos desde la memoria de la utopía revolucionaria.
El autor reconoce explícitamente esta inversión de perspectivas cuando afirma que, en dirección opuesta a los ciudadanos estadounidenses estudiados en la tesis, “a biofictional character named Orlando Luis Pardo Lazo approaches and appropriates America under the gaze of a survivor of the Cuban Utopia” (“Un personaje bioficcional llamado Orlando Luis Pardo Lazo se dirige a los Estados Unidos y se los apropia con la mirada de un sobreviviente de la utopía cubana”).
Esta formulación resume con precisión el núcleo conceptual del proyecto, pues desplaza la mirada desde el observador extranjero fascinado por la Revolución hacia el sujeto que ha vivido sus consecuencias y que ahora intenta interpretar la sociedad norteamericana desde una experiencia marcada por la censura, el desplazamiento y la pérdida.
La escritura adquiere así una doble función. Por una parte, permite examinar críticamente los mecanismos mediante los cuales se construyen las representaciones culturales y políticas. Por otra, abre un espacio para explorar las zonas de incertidumbre, ambivalencia y desarraigo que suelen quedar fuera del discurso académico tradicional.
El propio autor define su libro como “the sedentary diary of a once-in-a-lifetime travel of a Cuban writer who was censored in his own country and ultimately forced into exile” (“el diario sedentario de un viaje único en la vida de un escritor cubano censurado en su propio país y, a la postre, obligado al exilio”). Una definición que transforma el viaje físico en una experiencia de traducción cultural y existencial.
El proyecto creativo dialoga directamente con los principales hallazgos de la tesis, en particular con la idea de que toda representación está condicionada por la posición histórica y biográfica de quien observa.
Si los activistas afroamericanos estudiados por Pardo Lazo interpretaron Cuba a partir de las tensiones raciales y políticas de Estados Unidos, el narrador de Diario de Saint Orlando Louis reconstruye la experiencia estadounidense desde la memoria de la Revolución y desde la condición del exiliado, revelando que la mirada nunca es neutral y que toda narración del otro termina siendo, inevitablemente, una forma de narrarse a sí mismo.

Diario de la invasión (V)
Después del colapso y los crímenes del colapso, será impensable llamarse de izquierdas en la cuna de la izquierda latinoamericana.









