La Habana: canto y desencanto, de José Antonio Michelena.
Es la hora sagrada. La luz se intercambia con la sombra. Y el silencio impone recogimiento.
Alcanzo aun a ver mis perros correr, pero cuando ya solo oigo sus ladridos, los llamo a la casa. Temo a los animales nocturnos que salen a estas horas pues por el día evaden a los vecinos. Algunos tienen rifles en sus garajes.
Yo también los evado a ellos. Nos saludamos brevemente, porque ocupamos un mismo espacio: Weeki Wachee, un pueblito al Norte de la Florida, con manantiales dulces que dieron a los aborígenes la idea de ponerle este nombre. Es todo lo que queda de ellos.
Con el privilegio del tiempo libre que he comprado con mi retiro de la academia, aquí sigo leyendo lo que aún me falta para entrar en los Claros del Bosque que dejó María Zambrano. Una exiliada tiene derecho a refugiarse siempre, a seguir la huida hacia adentro. No importa cuantas veces otras esferas del vivir vengan a reclamarle tiempo y espacio para manifestarse y exijan acción, juicios, interpretaciones, sentimientos.
En estas semanas recibo llamadas telefónicas de mi hija en Miami, donde hay una alarmante sensación de espera. Respondo con asiduidad a los intercambios en Messenger con la prima que quedó en una destruida casa en el pueblo de Regla, donde literalmente no se ve la luz.
Si entro en YouTube, escucho el sonido de los cacerolazos en el oriente de Cuba. Abro Yahoo y ahí están las voces de los histriónicos presidentes de las dos orillas que separan a la gente cubana. Y hasta los cantautores se permiten metáforas bélicas. Es un apocalipsis que se repite sin perder su horror y su desparpajo.
Entonces reconforta la cercanía de las corrientes subterráneas de agua en Weeki Wachee. Aunque una sabe que los lazos de la sangre y las visiones del país de la infancia terminan arrastrándonos. Siempre regresan La Familia y La Patria.
Pero ya dejo atrás esas primeras líneas que necesitaba para que pudiese tomar forma el comentario de lectura que hoy me propongo. De una alguna forma, esas imágenes responden al contacto entre la letra, que me llevará de regreso a La Habana, y el silencio.
Todo acto de escribir, si se hace al filo de la tarde, conlleva sus mínimos rituales. Incluso cuando se impone la extensión de cinco páginas para hablar de un libro reciente, publicado en Tampa por la editorial Lunetra.
Su autor es José Antonio Michelena. Vive con su familia y su Patria en Texas y sigue creyendo que vale la pena la literatura sobre la memoria. Al titular su libro La Habana: canto y desencanto, ha ejercido con elegancia y claridad el oficio de la crónica para decirnos lo que ama y lo que le duele. Como lectora, lo he escuchado y lo recomiendo.
José Antonio Michelena es consciente de que, al inscribirse dentro de ese género, le anteceden los padres de la crónica cubana: Cirilo Villaverde, Ramón Meza, Julián del Casal, Alejo Carpentier, Gastón Vaquero, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima; y que esa tradición continúa con Antonio José Ponte, Carlos Manuel Álvarez, Mirta Yáñez, Margarita Mateo, María Elena Llana, con obras narrativas donde insertan de modo heterodoxo el oficio de cronistas.
Y de seguro hay tantos nombres más, quizás en espera de ver sus publicaciones y recepción crítica, en un momento donde la precariedad y la indiferencia del mercado del libro impiden una mejor visión en paralelo de lo que se produce en Cuba y en el exilio.
Sabiendo que la crónica en Cuba seguirá teniendo una enorme riqueza, Michelena aporta las suyas aun cuando puedan ser “marcas de agua”. Me gustó la metáfora, porque implica una conciencia de que el paso del tiempo que se impone a las ciudades también lo hace sobre las múltiples lecturas que La Habana ha inspirado.
No obstante, este es un libro con varios encantos: se mantiene breve y de lectura ligera, fiel al origen periodístico de sus textos, pero deja un legítimo sabor de obra con propósito, de páginas que buscan al lector y le muestran con cariño, casi con devoción, los símbolos de una ciudad que no se resigna a que se le despoje de su pasado. ¿Contribuye entonces a que esos sitios sean considerados “lugares de memoria”, como diría Pierre Nora? ¿Será que la literatura podrá rescatar a La Habana?
Como el libro se compone de textos independientes, me permitiré organizar mi comentario compartiendo directamente aquellos que me motivaron o los que me produjeron reservas.
Comienza el cronista diciéndonos lo que sabemos: que aquella ciudad fue “La llave del Nuevo Mundo” y “La Perla de las Antillas”, pero, desde el momento en que él escribe, la contempla solo como “una urbe en ruinas”. Obviamente, de ahí el título escogido para el libro, que fija la posición enunciativa: se escribe desde la admiración y la desesperanza.
Empatizo con el autor, pero quiero recordar ahora la lección de Gertrudis Gómez de Avellaneda, sabiendo cuánto extrañaría a Cuba desde la lejanía. Decía ella que su “dulce nombre” halagaría su oído, queriendo decir, según interpreto, que eso le era suficiente para alimentar la memoria de su patria. Sabía mucho la Peregrina acerca del poder de la literatura y por eso pudo construir un amante de su relación con Ignacio de Cepeda, escribiendo un Diario de amor, el que, además, la inmortalizó a ella.
Sabe también Michelena cómo ordenar su recorrido por La Habana, conducirnos por el espacio de sus impresiones y un saber acumulado que descubre al investigador literario que es también su autor. El libro se estructura por capitulillos y es obvio que así sea, pues lo generan crónicas antes publicadas por separado. Es importantísimo el exergo, presidiendo la primera crónica: una cita de Italo Calvino que nos recuerda que las ciudades son “signos” y “trueques de palabras”.
Este encabezamiento no es gratuito, ya lo estudió minuciosamente Gerard Genette y concibió una serie de categorías que a menudo olvidamos: los paratextos. Detrás de esta palabra se esconde la perspicacia de advertirnos que ningún texto, alrededor de otro, genera indiferencia. Y no se limitan sus efectos a la muy mentada intertextualidad —de la que antes habló Mijaíl Batjin—, sino del arte de colocar prólogos, dedicatorias, epílogos, notas al pie, ilustraciones de portada.
En el caso del libro que se reseña, también ha sido muy útil el uso de fotografías, que seguramente no fueron todas las deseables, sino las posibles, teniendo en cuenta los medios de una editorial que se abre paso. Y eso es saludable. Todo lo que refuerza la intencionalidad del diálogo que quiere lograr el autor con el lector es un acto de amor por parte de un editor que se considere responsable.
Sin caer en didactismos, el libro establece una rápida historiografía que utiliza los símbolos arquitectónicos, desde el Morro hasta el edificio Focsa. La primera referencia es inevitable para aludir a la arquitectura colonial; pero la segunda parece un guiño del autor a la modernidad urbanística de la Habana que, comparativamente, se ha demostrado menos capaz de soportar el deterioro.
Más adelante nos topamos con el asunto del béisbol —de la pelota, para entendernos mejor—, ese que Roberto González Echevarría aprovechó para convertir en materia académica. Confieso que nunca leí su libro The Pride of Havana. A History of Cuban Baseball, ni tampoco las páginas de Michelena, pues el deporte no retiene mi atención ni en las gradas ni en las letras. Sinceramente no creo “en la fuerza simbólica de los Industriales”. Aunque seguro otros lectores podrán encontrar placer en esas páginas.
Yo he preferido seguir adelante para encontrar la magdalena de Marcel Proust en el “panqué de Jamaica” que nos describe con deleite el libro de Michelena, en un momento muy bien logrado en que se permite la primera persona para narrar el viaje favorito de su niñez y adolescencia, cuando La Habana se presenta como una grandiosa capital a quien viene “del interior”. Es decir, “desde afuera”, valga la paradoja. Este pasaje tiene la virtud de estar montado casi cinematográficamente, como un recorrido por la famosa y deteriorada “Carretera Central”, arteria clave por donde hoy transitan vehículos y bestias de carga junto a caminantes determinados a llegar a alguna parte.
El desplazamiento del entonces jovencito Michelena pasa revista a los pueblos que anteceden a La Habana, porque el autor nació en Jaruco y desde allá se encaminaba. Entonces me dejo llevar por sus páginas hacia una evocación del Cotorro —donde vivían unos queridos tíos míos—; o de San Miguel del Padrón, un municipio donde, si la memoria no me traiciona, recuerdo haber visitado por última vez al amigo Luis Álvarez, eminente latinista, hoy en Brasil con su esposa Olga, formando parte ambos de la noósfera del exilio cubano.
Sigamos con este paseo entre épocas y espacios habaneros. Como lo han hecho varias obras cubanas —entre otras, la excelente novela Como un mensajero tuyo de Mayra Montero, que recrea la estancia de Caruso, o la crónica de Nicolás Guillén sobre la visita de Josephine Baker—, el libro de Michelena recurre al tópico de transportarnos a La Habana a partir de los momentos en que fue visitada por grandes figuras del arte y la cultura. Con placer he leído la reconstrucción de las estancias de las “divinas” Sarah Bernhardt y Edith Piaf.
Sigue el libro con la intención del homenaje y, por supuesto, nos encontramos con referencias de la obra de José Lezama Lima tomadas de ese libro maravilloso: Tratados en La Habana. La crónica de Michelena escoge con certeza aquellas citas del autor de Paradiso que le permiten retomar la diferencia, establecida por Lezama, entre conversar en un banco de un paseo o hacerlo en un parque.
Sin espacio para citar la genialidad de Lezama, solo anoto que la lucidez de Michelena consiste en haber evadido el lugar común de la crítica, por lo demás muy justa, a la vulgaridad del hablar popular cubano. Reconduciendo el tema a través de Lezama, Michelena se aleja del periodismo más chato sobre la vida habanera de hoy día y entra, de la mano del Maestro, a meditar sobre la necesidad de la buena conversación de superponerse al ruido y al silencio en una realidad tristísima.
Cerrando el libro, encontramos dos breves artículos dedicados a dos instituciones culturales que tanto dicen de la riqueza de una capital. Me refiero a sus cines y librerías. Como era inevitable, el cronista se queja de la escasez de estas últimas y de la crisis de las pequeñas salas de cine hoy. A estas dedica un Ubi sunt que me imagino escribió sentado en la sala de su casa y resignado a rentar una película: ¿dónde están, a dónde se han ido?.
Antes de concluir, el autor decide que no puede dejar fuera la referencia de Alamar, esa ciudad bastarda que viene a mi memoria atrapada entre la belleza del mar que la rodeaba y la lentitud absurda de sus mediodías. Las páginas de Michelena no son tristes, aunque sí realistas. De alguna forma, su prosa amena nos monta en un “ómnibus P”, fenómeno de transporte que confieso no conocer y que espero pronto sea objeto de la Paleontología, cuando la vida cultural habanera retome sus caminos.
Como texto final se seleccionó uno que, a mi juicio, resulta algo redundante en el título: “Las heridas de la ciudad”. Me pregunto si acaso no hemos venido leyendo sobre ellas. También la escritura misma de esta crónica cede a la presión de enumerar y se impone lo denotativo en detrimento de lo connotativo. Pero entiendo esa prisa por dejar testimonio, teniendo en cuenta que lo escrito era también lo vivido.
Pienso que, con el paso de días y años en la distancia del exilio, se crean otras perspectivas, tanto para escribir como para leer. Ilusorias, pasajeras, pero distintas. Hay lectores ávidos de conocer más sobre la historia de la vida habanera. Otros quieren rescatar todo lo que sus vidas compartieron con la ciudad. Y aún otros quisiéramos que el olvido fuese un ejercicio menos duro.
Incluso existe ese círculo aparte que son las nuevas generaciones, que prefieren leer en inglés y para quienes la Historia tiene la fugacidad de un podcast. ¿Qué le vamos a hacer?
Sin embargo, también pienso que, mientras que la Inteligencia Artificial no resuelva todas nuestras curiosidades y nostalgias, habrá espacio en la literatura cubana —desde donde sea escrita— para que autores como José Antonio Michelena, con la energía que da la Fe en las letras, sigan rindiendo tributo a la legendaria Habana, una ciudad que aún podría entregarnos su definición mejor.











