Perdió Bachelet; ganamos todos

Michelle Bachelet ha perdido en su intento de hacerse con la secretaría general de las Naciones Unidas y esta derrota es muestra de la dirección en que se están moviendo las cosas. La favorita y posible ganadora, Rebeca Grynspan, socialdemócrata de origen y con partido de izquierda-centro, no pisa lejos del ámbito ideológico de la ex presidente chilena, por lo que habrá que esperar que la simpatía hacia los desmanes de la izquierda continúe como cosa corriente en la organización mundial, sello de anteriores secretarios generales afines a la ambición socialista.

Sus camaradas, responsables de la misma, han decidido tornar cabezas hacia figuras más moderadas y con pasados más limpios a la hora de recordar desempeños. Bachelet no resulta ya útil a sus intenciones, sobre todo porque desde su puesto de relatora para los derechos humanos supo no ver los crímenes de las dictaduras de Venezuela, Cuba, Nicaragua y todas aquellas con las que simpatiza por acción u omisión, voluntariamente o no. 

Con una relatoría marcada por la inacción absoluta, recordada por su ceguera cómplice con los asesinatos del régimen de Nicolás Maduro y con las encarcelaciones arbitrarias como las de la dictadura cubana, que apenas generaron tibias declaraciones de la entonces funcionaria.

Esta derrota resulta devastadora para sus intenciones de continuar medrando en las cómodas redes del progresismo internacional, que busca garantizar la instalación de agendas desde los organismos mundiales que penetra y domina. Es un párele a las pretensiones hipócritas de la izquierda chilena, que siempre la disfraza de demócrata y tiene en ella grandes esperanzas para obtener réditos y prebendas dentro de aquellos organismos, y es su patrón moral para las contingencias electorales. 

Con una decisión tan categórica —11 contra 1—, resulta imposible ocultar la pérdida de capital que significó apoyar su candidatura y los intentos de imponerla políticamente al nuevo gobierno chileno por parte de un tibio Gabriel Boric, que intentó dejar comprometido al presidente electo, si bien José Antonio Kast desistió de inmediato en la continuación del caso, al retirar el apoyo oficial de estado chileno.

La moderación tras la que se ocultan las decisiones de las élites socialistas internacionales son un intento por desligarse de una figura que es recordada por su maniqueísmo político y relativizar los efectos criminales de las dictaduras comunistas del mundo y, en especial, las latinoamericanas. 

Bachelet no pudo hacer que se olvidasen sus vergonzosas defensas de cuanto dictador amigo le tocó abrazar cuando ocupó La Moneda. Su vergonzosa carrera a los brazos de Fidel Castro, las alegres demostraciones de amistad con sátrapas como Hugo Chávez y Daniel Ortega, y con sancionados por corrupción como Lula da Silva y varios políticos locales. 

Dentro de Chile, su figura se vio arruinada en lo político por manifiestos actos de corrupción realizados por su entorno familiar cercano y por políticas erráticas de su segundo gobierno, que supusieron un frenazo al desarrollo del país y el comienzo de una depauperación económica que alejó a Chile del milagro económico que fue en su momento, declive del que todavía no se logra recuperar la nación sudamericana.

Que sus propios pares hayan decidido apartarla de sus pretensiones constituye, al mismo tiempo que una victoria para la verdadera democracia, un recordatorio de la capacidad de la izquierda burócrata de ocultar sus intenciones de destruir las libertades y el desarrollo mediante el empobrecimiento, uno que les permite erigirse en jueces morales —y materiales— mediante el manejo de una Organización de Naciones Unidas que utilizan cada vez más como límite para la prosperidad individual de las personas. 

Su derrota es también una de esas raras ocasiones en que un político de izquierda pierde el favor de la opinión pública por una trayectoria a la sombra de las dictaduras socialistas que apoyó. La contundente derrota de la excandidata constituye un varapalo a la izquierda hegemónica en su intento de continuar manipulando, con el relato disociativo, el verdadero carácter ideológico de uno de los mayores exponentes del totalitarismo.

Ha ocurrido un verdadero acto —tardío— de justicia que no debemos dejar pasar por la importancia que reviste.






del-estrecho-de-florida-como-campo-de-exterminio-en-respuesta-a-nestor-diaz-de-villegas

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)

Por Antonio José Ponte

De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.






Ponte dentro del campo de exterminio

Por Néstor Díaz De Villegas

El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.

ponte-dentro-del-campo-de-exterminio