Cáncer de pulmón, extendido. Ninguna sorpresa. Fumo desde los dieciséis años, cuando lo hacía detrás de las gradas del campo de fútbol americano del instituto, en Northfield, Minnesota. Antes temía la vergüenza de morir relativamente joven y dar pie a que la gente comentara con aire entendido: “Fumaba, ya sabes”. Pero a los setenta y siete ya estoy en territorio actuarial.
Sé lo que es poner fin a una dependencia. Soy alcohólico y llevo veintisiete años sobrio. La bebida estaba destruyendo mi vida. El tabaco solo la acorta, y de todos modos las mejores partes ya han pasado.
Mi médico me dio el diagnóstico preliminar por teléfono mientras conducía solo desde la ciudad hacia el norte del Estado para reunirme con mi mujer, Brooke, en nuestra casa de campo. Después de la llamada me vi abrumado por la belleza del paisaje de finales de agosto que pasaba ante mis ojos. En la milla 81 de la autopista estatal de Nueva York aparecen las siluetas grises de los Catskills, perfectamente encuadradas y proporcionadas. ¿Cuántas veces había contemplado y amado aquella vista? ¿Cuántas veces más la vería? Pensé en los cuadros de Thomas Cole, vistos desde otro ángulo, de aquellas montañas antiquísimas y erosionadas, ensimismadas en algo hasta la extinción de la materia.
En la radio del coche sonaba Patsy Cline: “Walkin’ After Midnight”. No es una gran canción, pero Cline la interpretaba a su manera, entregándose por completo a los sonidos y a los sentidos de las palabras. Mostrando cómo debe hacerse el arte. Tenía treinta años cuando murió en un accidente aéreo, consumada.
Iba al volante de mi primer coche completamente nuevo desde 1962, un Subaru Forester azul que adoro. No me faltaba nada. No me falta nada. La otra noche soñé que iba a recoger el coche a un aparcamiento y descubría que era otro Subaru Forester, con doscientas mil millas, sucio y cayéndose a pedazos. (Ese soy yo ahora, enfermo, supongo). Pero el verdadero está hoy reluciente en East Seventh Street.
Hace algo más de veinte años recibí una beca Guggenheim para escribir unas memorias. Al final empleé la mayor parte del dinero en comprar un tractor de jardín. Fracasé por varias razones.
No me considero interesante.
No me fío de mis recuerdos (ni de los recuerdos de nadie) como registros fiables de nada, y me da miedo mentir. Tampoco dispongo de mucho material documental. Nunca he llevado un diario ni un cuaderno, porque me inquieta dirigirme a nadie. Cuando escribo, es para conectar.
También me acosan culpas que recuerdo obsesivamente, pesadas como golpes sordos, y vergüenzas abrasadoras. Pecata minuta, en términos de traumas, pero intensificadas por mi aversión a enfrentarlas.
Susan Sontag observó que, cuando tienes una enfermedad, la gente te identifica con ella. ¡Por mí, perfecto! Nunca he conseguido sostener un “yo” de conveniencia durante más de un párrafo. (¿Imagináis que los escritores hablan “como ellos mismos”? Esos “yoes” no existen). Interpretar al Moribundo [Entra por la izquierda. Sale por la trampilla] me proporciona una persona. Es una máscara muy útil.
He perdido los fragmentos de aquellas memorias Guggenheim abortadas, pero recuerdo que comenzaban más o menos así:
El 9 de septiembre de 1956, en el diminuto pueblo de Farmington, Minnesota, mi familia de siete miembros se acomodó, como hacía cada semana, para ver The Ed Sullivan Show. Teníamos apagadas las luces del salón porque todavía confundíamos la televisión con el cine. Salió Elvis Presley. Mi abuela dijo: “¡Repugnante!”. Mis padres emitieron sonidos de desaprobación. Cuando Presley terminó, salí de casa y eché a andar hacia la de mi amigo Richie Sievers. Las hojas de otoño cubrían las aceras y el suelo. Me encontré con Richie, que venía en dirección contraria. Uno de los dos dijo: “¿Has visto eso?”. “Sí, ¿qué te ha parecido?”. “No sé. ¿Y a ti?”. “No sé”. Nos quedamos en silencio, dando patadas a las hojas. Algo había ocurrido.
Pensé que entrelazaría mi vida con la historia cultural. Aquello no llegó a ninguna parte.
La muerte se parece más a la pintura que a la escultura, porque solo se la ve desde un lado. Monocroma, como el gris mausoleo del antiguo Muro de Berlín, que los chicos de Berlín Occidental embellecían con grafitis. Lo que intento hacer aquí.
El otro día aplasté una mosca y pensé: Te sobreviví.
Crecí en un pequeño pueblo de Minnesota siendo considerado el niño rico, porque las empresas de mi padre —primero fabricando bolsas de plástico y después desarrollando inventos, entre ellos los satélites globo de Mylar Echo 1 y Echo 2 de la NASA— eran los mayores negocios de la zona. Yo no tenía conciencia de aquello y pensaba que los niños que me hacían la pelota y los que me acosaban reaccionaban a mi verdadero yo. Eso me dejó profundamente confundido. Años después le pregunté a mi madre si había sido consciente de aquel patrón. Dijo que sí. Le pregunté por qué nunca me había dicho nada. Respondió: “Porque la gente no debería ser así”.
¡El Medio Oeste!
Mi madre era una princesa de la pradera, hija única de un superintendente escolar que también ejercía de jefe de correos, procedente de un minúsculo pueblo de Dakota del Norte. Mi padre era hijo de un trabajador del ferrocarril de otro pueblo parecido. Yo nací en Fargo. En el verano de 1945, cuando tenía tres años y medio, estaba solo en la cocina de la granja de mi tío abuelo Martin —agua de bomba manual; orinales y una letrina exterior— cuando entró un hombre curtido y trató de agarrarme. Salí corriendo y gritando. Era papá, que volvía de la guerra.
Mi madre mantenía un hogar pacífico, y ni ella ni mi padre fueron nunca físicamente violentos. Pero estaban tan absorbidos por sí mismos y el uno por el otro que llegaban al extremo de sentir celos de sus cinco hijos, de los cuales yo soy el mayor. Desde el punto de vista de mi padre, Dios no permitiera que mi madre desperdiciara en mí un afecto que podía dedicarle a él. Suma cero. Todo lo que él tenía lo volcaba en su trabajo, y todo lo que ella tenía lo volcaba en él. La única manera de conseguir que mi padre me prestara atención era ser insolente, hacer llorar a mi madre. Entonces montaba en cólera, pero al menos me miraba a los ojos.
Crecí ansiando la autoridad y, al mismo tiempo, resentido con ella. Todavía hoy me atormenta.
En las cartas de amor mi madre se dirigía a él como “el Presidente”, y él la llamaba “el Cuerpo Estudiantil”.
Qué hacían mis padres teniendo hijos es algo que me desconcierta, más allá del hecho asumido, durante los años de la Depresión y la guerra, de que el matrimonio los exigía. Mi padre fue un extraordinario inventor e ingeniero hecho a sí mismo y un empresario de éxito, aunque crédulo —es decir, fácilmente explotable—. Quizá padeció durante toda su vida estrés postraumático a causa de las experiencias que vivió como soldado raso en la batalla de las Ardenas. No hablaba de ello salvo en arrebatos ocasionales. Pero tenía pesadillas.
Los relatos fragmentarios de mi padre sobre la guerra dejaban grandes lagunas de tiempo. Esto es lo que consigo reconstruir. Era soldado raso en una división, la 84.ª, que contribuyó a hacer retroceder el avance alemán. Estaba agazapado en la nieve el día en que nació mi hermana Ann, dos días antes de Navidad de 1944. Sus unidades de infantería avanzaban sigilosamente hasta las afueras de los pueblos para neutralizar cualquier fuego antitanque antes de que avanzaran los blindados. Una vez, uno de nuestros propios tanques pasó por encima de una trinchera individual en la que se encontraba, sepultándolo y matando al hombre que estaba a su lado, un amigo íntimo. Mi padre era operador de radio hasta que, cuando recibió la orden de llevar una radio a un pelotón que había quedado aislado, él y otro soldado fueron alcanzados por fuego de mortero. Se lanzaron a un cráter de obús. Los morteros fueron afinando la puntería, “como si alguien estuviera botando una pelota de baloncesto alrededor del agujero”, decía. Una explosión cercana hirió a su compañero. Al intentar salir de allí, mi padre ayudó al hombre y cargó con la radio, que, cuando finalmente llegaron al pelotón, resultó estar destrozada por la metralla. Le concedieron la Estrella de Bronce y pasó el resto de la guerra como fusilero.
Tengo una fotografía suya con algunos de sus compañeros delante de una iglesia maltrecha. Sonríe de una manera un tanto enloquecida y sostiene un atril, un botín inexplicable sacado de la iglesia. Se trajo a casa un casco y un uniforme alemanes, un equipo alemán para limpiar fusiles, un trozo de plástico transparente de la cubierta de la cabina de un Messerschmitt derribado, la vaina de un proyectil de artillería, un gran fragmento de una granada que había explotado y una caja de municiones de acero en la que había pintado, con su elegante letra de ingeniero, el emblema de su división y los nombres de los lugares donde había combatido. De niño jugaba constantemente con aquellos objetos, fantaseando con la gloria militar.
Una vez habló de haber estado bajo un bombardeo de artillería en un bosque. Me asustó. Su tono dejaba entrever un terror impotente que aún no se había disipado.
Al final de su vida, cuando empezaba a chochear —o a chochear más de lo habitual—, mi padre se planteó regresar a la zona de combate de las Ardenas y buscar a soldados rasos alemanes que hubieran luchado en el otro bando. Quería poner a prueba su teoría de que ellos habían odiado a sus oficiales tanto como él había odiado a los suyos, cuyo único objetivo, desde su punto de vista, era dilapidar las vidas de sus hombres.
Le conté aquel plan al pintor alemán Anselm Kiefer, nacido en 1945. Según recuerdo, aunque él no lo recuerda así, dijo: “No se lo digas a tu padre. Nuestros hombres querían a sus oficiales”.
Durante un tiempo fui amigo de Kiefer, como lo fui de muchos artistas a lo largo de los años, hasta hace unos veinte. Las amistades se deshicieron. La cercanía entre un artista y un crítico es imposible. Cada uno quiere del otro algo —la magia del artista, la perspicacia del crítico— que pertenece estrictamente al público de sus respectivos trabajos. Es como dos aspiradoras aspirándose mutuamente.
Mi padre estaba en la vanguardia —literalmente, en el filo—: fue uno de los primeros en descubrir cómo cortar y sellar simultáneamente polietileno con un cuchillo caliente, haciendo experimentos en el sótano de nuestra modesta casa. Inventó la bolsa de papel plastificada para el mareo en los aviones, por la que recibió un dólar. (La patente pertenecía a la empresa para la que trabajaba). Lo que quedaba de la fortuna familiar cuando murió se ha consumido casi por completo en los cuidados de mi madre, que sigue tan animada a los ciento dos años.
¿Demasiado sobre mi padre? ¡Exactamente! Su carisma borró las identidades de sus cinco hijos. Pasé años de mi infancia intentando ganarme su aprobación y años de mi adolescencia intentando provocar su desaprobación, hasta que tuve que aceptar que no le importaba ni una cosa ni la otra. Cuando le dije por teléfono, en 1998, que me habían contratado en The New Yorker, hubo un largo silencio. Después dijo: “¡Ay, vosotros, los niños!”.
¿Demasiado poco sobre mi madre? Exactamente otra vez. Mis recuerdos de ella durante mi infancia se reducen a una bruma uniforme de amabilidad insípida, interrumpida por estallidos de ira incomprensible o lágrimas, y casi ningún sentimiento de conexión emocional. Era, y sigue siendo, una lectora constante sin el menor rastro de curiosidad intelectual. Le dice a todo el mundo que está orgullosa de mí. Soy un mérito suyo.
Me habían asignado el papel del hermano mayor fuerte como una roca, una especie de padre sustituto, y mis tres hermanas menores y mi hermano pequeño aceptaron ese papel. Pero mi corazón era un vacío sin amor. Me liberé a costa de odiarme por haberles fallado a mis hermanos. Siguieron distanciamientos que ahora, uno por uno, van cicatrizando. Ann, Don, Peggy, Mary y yo: un contable, un geógrafo, una masajista, una chef y un crítico de arte. No nos ha ido mal.
Aun así, personas que me conocen pondrán los ojos en blanco —¡el mismo Peter de siempre!— ante la escasa atención que aquí estoy dedicando a quienes merecen mucha más, mientras, solo, vuelvo a demorarme con mi amante de toda la vida: tú, lector.
De niño estaba loco por el lenguaje y era un lector omnívoro. Durante el desayuno leía con avidez cada palabra de la caja de cereales como si fueran las Sagradas Escrituras. El primer poema que recuerdo haber escrito fue durante una excursión de clase el último día de sexto curso. Estaba tumbado boca arriba en la hierba, mirando al cielo. Un halcón planeaba sobre mí. No era algo inusual, pero me produjo una sensación extraña. Me di la vuelta y escribí algo que sabía que era un poema porque tenía aspecto de poema. Lo único que recuerdo es un estribillo: “¡Vengador alado de los cielos!”. Ni siquiera estoy seguro de que supiera qué era un vengador. Le llevé el poema a mi profesora, que dijo: “Peter, esto es muy desagradable”. Aquello sofocó durante algunos años mi impulso literario.
Iba en un coche con compañeros del instituto después de una fiesta campestre en algún lugar de la Minnesota rural —había circulado una botella, y yo acabaría teniendo pruebas de que también había Cheetos en el menú— cuando pedí que pararan. Salí tambaleándome y vomité junto a la carretera. El vómito era de un naranja intenso. Formó un charco sobre la hierba de un verde brillante. El cielo de verano era de un azul radiante. Pensé que nunca había visto nada tan hermoso.
Mi padre, que había pasado de la pobreza a la riqueza y luego a una riqueza algo menor, decidió que sus hijos debían abrirse camino en el mundo por sí mismos, como había hecho él. Así que nada de apoyo económico más allá de la universidad y de alguna ayuda de emergencia, como la necesaria para pagar una multa, por ejemplo, en lugar de que yo pasara un año en la cárcel (me detuvieron por marihuana en Maine), y, ah, sí, el dinero para el pequeño Austin-Healey Sprite amarillo en el que, después de abandonar la universidad en Minnesota, conduje hacia el este apostándolo todo a una posibilidad remota. Fue en 1962. Tenía veinte años.
Quería dejar los estudios y, después de una infancia tierra adentro, ansiaba ver el océano. En aquellos tiempos, cualquier ciudad de cierto tamaño tenía un diario. Envié cartas a periódicos de pequeñas ciudades cercanas a otras grandes, tres en la costa Este y tres en la Oeste. Solo el Jersey Journal, de Jersey City, respondió y me ofreció una entrevista. Conduje durante un día y una noche, aprovechando la estela de los camiones que avanzaban a toda velocidad delante de mi diminuto coche, hasta Journal Square, que relucía al sol después de una noche de lluvia. Un editor me preguntó dónde me alojaba. Creo que balbuceé algo. Dijo: “No tienes dónde quedarte, ¿verdad?”. Y luego: “Qué demonios, ocupa un escritorio”.
El condado de Hudson, en Nueva Jersey, era corrupto a escala épica. Varios alcaldes de Jersey City han acabado en la cárcel. Un día de 1963, un periodista colgó el teléfono y anunció: “Tony Pro va a dar otra rueda de prensa”. Misteriosamente, todo el mundo se echó a reír. “Mandemos al chico”, dijo alguien.
En la sede de los Teamsters en Union City, Tony (Pro) Provenzano estaba sentado detrás de un escritorio enorme, flanqueado por guardaespaldas que parecían salidos de un casting. Los demás periodistas se repantigaban y fumaban. Solo yo tenía la libreta preparada. Tony Pro contó una serie de chistes obscenos sobre el fiscal general Robert Kennedy, que libraba una cruzada contra la Mafia. Y eso fue todo. Tony Pro se quedó en la puerta estrechándonos la mano al salir.Cras. En la palma tenía el primer billete de cincuenta dólares que había visto en mi vida. Le di las gracias, pero le dije que de verdad no podía aceptarlo. Como se negó a recuperarlo, dejé el billete allí.
Cuando regresé al periódico me recibieron miradas atónitas, y el director me llamó a su despacho y cerró la puerta. Me dijo: “No sé qué hiciste ni qué dijiste, y no quiero saberlo. No vuelvas a hacerlo ni a decirlo nunca”.
Más tarde ese mismo año, cuando Provenzano estaba siendo juzgado en Newark por extorsión, se sentó a mi lado durante un receso y charló cordialmente sobre alguna cosa, quizá béisbol.
La disciplina de escritura más útil de mi vida la adquirí de los gordos editores de mesa del Jersey Journal, antiguos reporteros quemados que mascaban puros, sentados en escritorios dispuestos en semicírculo frente al jefe de información local. Con lápices del número 1, como enormes ceras negras, destripaban mis textos. Yo los reescribía y ellos volvían a hacerlo. Finalmente los enviaban a la linotipia, aquella vieja máquina estruendosa y maloliente que componía los tipos con plomo fundido. Esos hombres siguen sentados a mi lado mientras escribo, con los lápices impacientes entre las manos.
“Dormir el gran sueño”. Raymond Chandler demostró que la forma estadounidense del aforismo de calibre montaigneano es la salida mordaz.
Las salidas mordaces de Chandler son rescates existenciales de un aplomo amenazado. Merecen incluso el riesgo de que al detective le den un puñetazo en el estómago. Y preservan la calma necesaria para reparar en el mundo.
“Una lluvia gris y oblicua, como una cortina de cuentas de cristal al balancearse”.
“Algunas ventanas estaban iluminadas y las radios balaban en el crepúsculo”.
Perdí mi virginidad, tras una interminable etapa de magreos, con la prometida recién graduada de un amigo de la universidad que aún seguía estudiando, en su último curso. Me habían invitado al ático de los padres de mi amigo en Sutton Place South, un apartamento cuyo lujo superaba todo lo que yo pudiera imaginar. Un cuadro de Willem de Kooning iluminado por un foco me dejó atónito: salvaje, pero de algún modo deliberado, como si zanjara un argumento nunca formulado. La mujer y yo salimos juntos y empezamos a besarnos apasionadamente en el ascensor; después fuimos a un hotel barato de Lexington Avenue. Tuvimos una aventura frenética, exclusivamente sexual. Fue lo que hoy se llamaría empoderador.
Regresé a la universidad en Minnesota durante un año, la abandoné definitivamente, volví tres meses al trabajo de Jersey City, me casé imprudentemente, pasé en París un año de pobreza y en gran medida inútil, tuve en Italia un encuentro con un cuadro de Piero della Francesca que me cambió la vida, y otro en París con obras de Andy Warhol, regresé a Nueva York, trabajé como colaborador independiente, acabé por casualidad en el mundo del arte, me divorcié, lo que, pese a ser un divorcio de mutuo acuerdo, exigió un viaje en solitario hasta un polvoriento juzgado de Juárez, México, pasando junto a un chaval que me dijo: “Eh, hippie, ¿quieres follarte a mi hermana?”, para recibir de manos de un juez tan rechoncho y taciturno como un ídolo olmeca un espectacular documento con sello dorado y cinta roja.
Cuando empecé a escribir crítica, en 1965, desde una ignorancia casi prístina, descubrí que era el mayor experto del mundo en una cosa: mi propia experiencia. La mayor parte de lo que sé sobre arte de manera erudita lo aprendí a golpe de fecha de entrega, para que pareciera que sabía de qué estaba hablando; y, poco a poco, acabé sabiéndolo. Educarse a uno mismo en público es doloroso, pero las lecciones se quedan.
En 1966, después de unos meses escribiendo sobre todo reseñas de una sola frase para Art News, me contrataron como crítico de arte del Village Voice, en la primera de tres etapas en aquel semanario, a menudo maravilloso. (Las otras fueron de 1980 a 1981 y de 1991 a 1998). Tenía un problema además de la inexperiencia: una cuestión de prioridades entre cumplir con las fechas de entrega y consumir un montón de drogas; una decisión que no exigía demasiado cerebro, en más de un sentido. Solo duré unas semanas en aquel puesto. Entretanto, la escena poética, centrada en St. Mark’s Church, se expandía y se deshacía al mismo tiempo, mientras las canciones de rock desplazaban a los poemas como alimento del alma de los corazones y las mentes jóvenes. Pero la escena artística estaba en pleno auge. Las fiestas de arte eran infinitamente más divertidas que las fiestas de poetas.
A partir de 1967 empecé a escribir regularmente para la sección dominical Arts & Leisure del Times. El editor de la sección, Seymour Peck, un neoyorquino de carácter duro, me hizo escribir columnas sobre cine, teatro, música rock y televisión, además de arte, ampliando mis capacidades al tiempo que ponía coto a mi falta de disciplina. Prácticamente me inventó como profesional capaz de funcionar.
Mis proezas en el uptown no impresionaban a las personas a las que yo admiraba en la escena artística del downtown, donde imperaban un rigor antiburgués y el desprecio minimalista por lo “literario”. Sentían desprecio por el Times. Yo era Peter el poeta, prácticamente un don nadie. Un consejo para los jóvenes aspirantes: en Nueva York, los años que pasas siendo un don nadie son dolorosos pero dorados, porque nadie se molesta en mentirte. En el momento en que te conviertes en alguien, has oído tu última verdad. Todo el mundo intentará venderte su versión de las cosas, como es lógico: tienen carreras de las que preocuparse. Durante unos doce años salí, bebí y me acosté con artistas que no me tomaban en serio. Observé, escuché, oí cosas que no iban dirigidas a mí y absorbí muchísimo.
Una noche de borrachera, una magnífica pintora me dejó meter el pincel en un lienzo que, según dijo, pensaba abandonar. Intenté prolongar un sencillo trazo negro que ella había empezado. El contraste entre la presión controlada de su pincelada y mi mancha flácida me produjo una conmoción física. Fue como estrechar la mano de una persona menuda que de pronto te lanza al otro extremo de la habitación.
A comienzos de los setenta, en una época en la que dormía mucho, llevaba un registro de mis sueños y escribí un libro destilando algunos de ellos. Por ejemplo, “Arte conceptual”:
Estoy en Cleveland, en una especie de viaje oficial relacionado con el arte. Con el director del museo local —un hombre negro, apuesto y elegantemente vestido— visito a un joven artista en su nuevo loft. El loft es amplio y soleado; frente a sus decenas de ventanas hay decenas de viejos sillones de aspecto incómodo.
En broma, sugiero que el artista podría crear “una obra de arte conceptual estupenda titulada “Golf”“ colocando una pelota de golf sobre cada uno de los sillones y golpeándola después con un palo de golf para hacerla atravesar una ventana cerrada.
Para mi sorpresa, me toman en serio. El artista acepta realizar la obra al día siguiente.
En cuanto a la policía, a la que evidentemente llamarán cuando la calle se cubra de pelotas de golf y cristales rotos, el director del museo tiene un plan. Hay un pasadizo secreto que comunica el loft con el edificio de al lado, dice, y en ese edificio está escondida una gran suma de dinero que podremos utilizar para financiar nuestra huida de Cleveland.
Todos coincidimos en que “Golf” será un acontecimiento de enorme importancia artística.
Aquel experimento en prosa poética terminó cuando empecé una terapia junguiana y llevé mis sueños para que los interpretaran. Todos tenían muchísimo sentido, lo cual era entretenido, pero no demasiado útil. Mi problema no era una falta de conexión con el inconsciente colectivo. Yo era un puto poeta. Mi problema era levantarme de la cama por la mañana.
El nacimiento de Ada, la hija de Brooke y mía, el día de San Patricio de 1976, se encargó de resolverlo. Cuando tu bebé llora, estás fuera de la cama antes de haberte despertado del todo.
Ada estaba presente cuando mi oncólogo, en el Memorial Sloan Kettering, me dijo que me quedaban unos seis meses de vida. Ada me preguntó qué quería hacer. ¿Volver a Roma? ¿A París? Yo acabaría olvidando que respondí: “Nah. Quizá ir a un partido”. Ella lo organizó, con familiares y amigos: Mets contra Braves, en el Citi Field. Glorioso. Mi nieto Oliver atrapó una camiseta disparada por el cañón de camisetas a mitad del partido. Las probabilidades de que ocurriera: varios miles contra uno.
Escribir consume a los escritores. Incontables escritores mejores que yo han dicho lo mismo. Esa pasión perjudica las relaciones. Pienso de vez en cuando en las personas que quiero, pero pienso en escribir todo el tiempo.
Escribir es difícil; de lo contrario, todo el mundo lo haría.
Lo que estás leyendo es una excepción: está brotando de mí a borbotones. Es lo primero que escribo “para mí mismo” en unos treinta años, desde que abandoné la poesía —o la poesía me abandonó a mí— porque ya no sabía qué era un poema y había roto o saboteado todos mis vínculos con el mundo de la poesía. Se ha desmoronado un bloqueo infranqueable; supongo que mi musa es la Parca.
Me hace detenerme aquí mi irreductible veneración por los estados extremos de la mente y del sentimiento. Pensemos en William Blake y Edgar Allan Poe. Huysmans. He citado a menudo a Baudelaire: “Cultivé mi histeria con terror y deleite”. Pero también me entusiasmaban las augustas formas de cordura de Paul Valéry (“La estupidez no es mi fuerte”) y Auden (“La poesía no hace que ocurra nada”). Otro extremo.
La búsqueda de los extremos era el espíritu de mi consumo de drogas, que nunca disfruté realmente: marihuana, ácido, DMT y sedantes, tomados de manera pragmática, al servicio del “desarreglo sistemático de los sentidos” (Rimbaud). ¿Ayudaron las drogas? No lo sé. El ácido me enseñó cosas sobre la mente al hacer simultáneamente perceptibles todos sus mecanismos, aunque sin nadie que los percibiera: el ego disolviéndose como un Alka-Seltzer en agua templada.
Eludí el reclutamiento para Vietnam manteniéndome despierto durante tres días y tres noches a base de anfetaminas, tomando cualquier otra droga que tuviera a mano, revolcándome por la tierra, presentándome en el centro de reclutamiento de Whitehall Street e intentando colaborar. Los funcionarios del reclutamiento me desecharon como un condón usado. Me sentí culpable. Me atormentaba pensar que algún otro tendría que ir en mi lugar. Había fingido tan bien la psicosis que mi cordura se tambaleó durante meses.
Baudelaire escribió que había sido “rozado por el viento del ala de la locura”. Yo he sentido esa brisa algunas veces, aunque ya no desde hace muchísimos años. Todavía se me ocurre de vez en cuando que lo que comúnmente se considera cordura es absurdo; pero lo dejo pasar.
Conocí a Susan Sontag una vez, en una fiesta. Se acercó y elogió algo que yo había escrito. Entusiasmado, empecé a parlotear sobre algo que ya no recuerdo. Sontag se quedó paralizada. Retrocedió, dando unos pasos hacia atrás antes de darse la vuelta. Entonces comprendí que recibir su bendición debía haber sido suficiente: una iniciación solemne. Yo me había tomado demasiadas confianzas.
Al final de mis años sesenta de policonsumo, metí figuradamente todas las sustancias químicas en un embudo, y por el otro extremo salió bourbon. Jack Daniel’s con hielo y un chorrito de agua, excepto cuando la escasez de dinero me obligaba a conformarme con Heaven Hill. Al principio, el alcohol fue liberador para mí. Una progresión habitual: magnífico, bueno, aceptable, malo, muy malo y después una fase para la que cualquier palabra que no sea infierno resulta insuficiente. A mitad de la segunda copa puede aparecer un destello de la antigua euforia, que se apaga enseguida. Pasas el resto de una noche miserable persiguiéndolo en vano. Para ti se ha acabado. Has cruzado una línea. Y, sin embargo, no puedes imaginarte sin beber. La obsesión se ha fundido con la percepción más íntima que tienes de ti mismo.
Brooke bebe. Tenemos un mueble bar bien surtido. Preparo copas para los invitados sin el menor reparo. El alcohol es una sustancia química distinta en sus cuerpos de la que sería en el mío. Para ellos, agradable; para mí, veneno.
Libre. Más o menos libre. ¿Quién es libre? Puedo ver los párrafos que escribo como pequeñas celdas de cárcel que me encierran en perspectivas, ocurrencias, ideas, chistes y recuerdos: ¡historias! Una clase de ansiedad nada original en un escritor.
Los escritores solo pueden ser escrupulosos con la verdad hasta cierto punto antes de quedar paralizados.
Recuerdo haber pensado en los sesenta que quedar emocionalmente paralizado podía ser cool si uno se encontraba en una situación lo bastante interesante. Ser cool era entonces el santo grial. A mí se me daba fatal. La sinceridad es mi maldito estado natural.
Tenía una ambición furiosa y una insatisfacción acre que, junto con mi amor por el mundo, tenían que salir de alguna manera. Los motivos egocéntricos se han atenuado. Es más difícil lanzarse a escribir cuando uno tiene menos que demostrar o vengar. Para empezar un ensayo crítico, tengo que aguijonearme hasta que vuelve a ponerse en marcha aquel viejo flujo hipnótico.
Cuando termino algo y me parece bueno, me quedo aturdido. Debió de ser divertido escribirlo. Ojalá hubiera estado allí.
Durante mis años de bebedor solía decir, para hacer reír: “Lo único que quiero en la vida es una disculpa por escrito de todas las personas que he conocido”. ¡Qué arrogancia! Pero, a decir verdad, la arrogancia —como sustituto provisional de una confianza que no tenía— me permitió enfrentarme al mundo cuando era joven.
Lo mismo puede decirse del esnobismo, una etapa necesaria para los inseguros hasta que adquirimos un gusto capaz de admitir y reflejar la variedad de la experiencia. Para flexibilizar la sensibilidad, hay que acechar lo estético en todas partes: las grietas de una acera, las maneras de caminar de la gente. Lo estético no está delimitado por el arte, que simplemente lo concentra para facilitar su consumo. Si no eres capaz de poner mentalmente un marco alrededor del aspecto accidental de una calle o de una persona —o, en realidad, de cualquier cosa— y disfrutarlo, responderás al arte con torpeza.
Me gusta decir que el arte contemporáneo está formado por todas las obras de arte, tengan cinco mil años o cinco minutos, que existen físicamente en el presente. Las contemplamos con ojos contemporáneos, los únicos ojos que han existido jamás.
Conservo mi gusto personal, pero lo dejo en suspenso para enfrentarme a toda la variedad del arte que veo. Tengo un truco para hacer justicia a una obra que no me resulta afín: “¿Qué me gustaría de esto si me gustara?”. Puede que acabe convenciéndome; puede que no. Si eso falla, me pregunto: “¿Cómo deben de ser las personas a las que esto les gusta?”. Antropología.
Valoro el arte por su calidad y su importancia. Esta última es lo más decisivo a la hora de elegir mis temas, porque soy periodista. Hay obras que adoro sobre las que no escribiré, porque no consigo imaginar que puedan importar lo suficiente a los lectores en general. Pertenecen a mi experiencia privada como persona, sin la cual mi actividad como crítico se marchitaría, pero que queda fuera de mi cometido crítico.
Escribo para los lectores, no para los artistas, que pueden comprar la revista y leerme como cualquier otra persona si les interesa. No siempre fue así. Cuando era joven tenía lealtades personales y de camarilla. Después decidí averiguar hasta qué punto podía ser un crítico responsable, abierto a las ideas pero nunca prescriptivo ni prohibitivo. Según los criterios académicos, eso significa que no soy un verdadero crítico en absoluto. Puedo vivir con ello.
Mi familia y mis amigos se están portando maravillosamente conmigo durante mi enfermedad. Me he pasado la vida entera esforzándome, en vano, por gustarme a mí mismo. Ahora esa tarea se ha externalizado. No puedo ir por ahí diciéndoles a todos que son idiotas.
Siempre decía que, cuando llegara mi hora, querría irme rápido. Pero ¿qué gracia tendría eso?
Historia verdadera: una amiga recibió un diagnóstico preliminar que apuntaba a un cáncer de mama avanzado. Normalmente tímida, se lo tomó como una licencia para decir o demostrar a todas las personas de su entorno lo poco que le gustaban o respetaba. Falsa alarma. Era la enfermedad por arañazo de gato. Se mudó al extranjero.
“Cuando un hombre sabe que van a ahorcarlo dentro de quince días, su mente se concentra prodigiosamente”, según Samuel Johnson.
“¿Por qué Schjeldahl no ha entregado su texto?”. “Está muerto”. “Ah, bueno, entonces”.
La mejor excusa.
El poema más delicioso sobre alguien que muere es “In Memory of W. B. Yeats” (1939), de Auden, con estos versos:
Pero para él fue su última tarde siendo él mismo,
una tarde de enfermeras y rumores;
las provincias de su cuerpo se rebelaron,
las plazas de su mente quedaron vacías,
el silencio invadió los suburbios,
la corriente de sus sentimientos cesó; se convirtió en sus admiradores.
El poeta Ron Padgett me señaló la astucia técnica del último verso compuesto: el mejor uso de un punto y coma de todos los tiempos en lugar de un salto de verso. Y luego está ese impecable se convirtió: no queda nada de Yeats salvo lo que otros piensan de él, y esos pensamientos sobre él engrandecen a los demás, como insignias.
Llevamos tantas insignias de esa clase como muertos admiramos. La insignia de Shakespeare. La de Jesús, aunque hizo trampa la mañana de Pascua. ¿A qué hora volvió a abrir los ojos el Salvador? ¿Al amanecer? ¿Antes, con tiempo que matar?
Ver el Cristo muerto (1520–22) de Hans Holbein hizo tambalearse la fe cristiana de Dostoyevski: un cadáver con dos días de muerto en un clima cálido, una cosa.
Simone Weil dijo que el significado trascendente del cristianismo queda completo con la muerte de Jesús, sin la guinda del pastel que es la Resurrección. Yo también lo creo.
“Creo en Dios” es para mí una afirmación falsa porque la pronuncia mi ego, que es compulsivamente escéptico. Pero el resto de mí tiende en otra dirección. Mantener con “Dios” —por abreviar— una relación basada en el “como si” mejora enormemente mi vida. Lamento no tener la Iglesia y el don de comunidad que ofrece. Mi ego es demasiado gordo para pasar por la puerta.
No creer exige esfuerzo. Puede ser un placer para cerebros adolescentes con energía de sobra, pero aferrarse después a la incredulidad agota y vuelve rígido. Después de una educación luterana, me hice ateo al comienzo de la pubertad. Aquello se fue disipando poco a poco y luego, con la sobriedad, rápidamente.
Tuve un momento, mientras esperaba el diagnóstico, en que me sentí especial. Pero ¿hay algo más corriente que morir? Todo el mundo lo hace. También tuve un instante en que imaginé que podría volver a beber. Se desvaneció en un segundo. Los demás alcohólicos saben que la bestia, aunque desaparezca de la conciencia, sobrevive. Aquel pensamiento mío fue un pequeño eructo nauseabundo salido de una cueva.
La vida no continúa. No va a ninguna parte salvo a desaparecer. La muerte continúa. Continuar es lo que la muerte hace para ganarse la vida. El secreto para sobrevivir en el universo es estar muerto.
¡Autoconocimiento! Casi mejor nunca que tan tarde. (No pienso eso en absoluto. Pero me gusta cómo suena). Estoy intentando practicar el perdón hacia mí mismo. Creo que lo recomiendan.
En cuanto a esa gente que anda por ahí, encerrada en círculos de resentimiento y envidia, y que se alegrará de quitarme de en medio, con su placer me conceden un crédito adicional por aumentar la felicidad humana.
“Al parecer, todo el mundo quiere a Peter Schjeldahl”, opinó recientemente una web de arte. Sé con absoluta certeza que no es así. En la medida en que eso pueda pasar por una hipérbole verosímil, y porque creo en un universo equilibrado, quienes me odian lo hacen con la intensidad suficiente para cuadrar las cuentas.
Pienso en los virtuosos no fumadores “en el hospital, muriéndose de nada”. Es una frase de un papel que interpretó Brooke, como forense fumadora empedernida, en una película no demasiado buena, Just Cause (1995), con el gran Sean Connery, que quizá tuviera o quizá no algo que ver con que eliminaran la frase del montaje estrenado porque se adueñaba de la escena. Poco después demostró su capacidad —de la que yo carezco— para romper hábitos dejando tanto de fumar como de actuar. Desde entonces sus empresas han ido desde una tienda de antigüedades y objetos diversos, Brooke’s Variety, hasta un campo de minigolf espectacularmente insólito en unos terrenos que tenemos en los Catskills.
La nicotina estimula y relaja. A ver quién supera eso. Tengo entendido que enseña al cerebro a preferirla a un neurotransmisor natural, la acetilcolina, que, entre otros beneficios, favorece la agilidad mental. La nicotina hace lo mismo, mejor. ¿Cuántos exfumadores no echan nunca de menos fumar? (Los mentirosos, que formen fila a la izquierda). Las veces que intenté dejarlo, me preguntaba qué hacen los escritores.
L., que ya no vive, se quedó embarazada en nuestra segunda cita, en 1963. Un aborto clandestino en Chicago la dejó estéril. Me casé con ella por una mezcla de culpa y enamoramiento. (Era salvaje y me adoraba mientras se acostaba con otros, como hacía yo también, pero no conseguía seguirle el ritmo). Duramos casi cinco años, quizá porque un hombre que me caía mal había dicho que no nos daba más de tres meses.
Lee Crabtree. Jairus Lincoln. Jeff Giles. No sabéis nada de ellos. Fueron amigos míos que murieron jóvenes. Solo superaré el suicidio de Lee, en 1973, cuando me haya reunido con él. Fui duro con él la última vez que lo vi, ocultando mi amor.
Lee era el pianista y arreglista musical de los Fugs. Una noche, después de una pelea espantosa con L., durante la cual, para subrayar mi argumento, rompí de un puñetazo una ventana, aparecí en casa de Lee sangrando. Me vendó y me calmó. Tenía una gran trompeta de juguete de plástico y empecé a hacerla sonar. Lee se sentó ante su teclado eléctrico y nos pusimos a improvisar. Más tarde me enseñó la partitura que había escrito de nuestra creación improvisada: “The Red Horn Polka”. Colaboramos en una canción, “Police State”, que se convirtió en el número con el que los Fugs cerraban el primer acto, pero que no aparece en ninguno de sus discos, quizá porque era demasiado obscena incluso para ellos.
Lee era la persona más amable y generosa en medio de una abundancia de gilipollas, entre los cuales, en el peor momento posible, me encontraba yo. Sabía que estaba luchando con su homosexualidad reprimida. Después de haber sido tan buen amigo, necesitaba desesperadamente amistad.
En un trabajo temporal, en la duodécima planta de un edificio de Midtown, lo vieron junto a una ventana saludar cordialmente a una persona cualquiera que estaba en otro edificio. Luego salió por la ventana y dio un paso al vacío.
Enterradme. Nada de incineración. Quiero tener una dirección que la gente sepa que puede visitar, aunque nunca lo haga. Al diablo con acabar convertido en polvo arrastrado por una brisa marina cualquiera o esparcido sobre un campo de vegetación que no le ha hecho daño a nadie. ¿O dentro de una urna? Pensadlo.
Aunque los cementerios desperdician terreno. ¿Mejor el aparcamiento de un Walmart?
En realidad, haced con el cadáver lo que os dé la gana: no soy yo, no es mío. Creo firmemente en aceptar los deseos expresados en el lecho de muerte y olvidarse después de ellos, salvo cuando sirvan para satisfacer a quienes siguen vivos.
Entre un aviso y otro de mi cuerpo diciéndome que no es así, por dentro sigo sintiéndome como un niño. Hace cuatro años y medio, mientras corría para alcanzar un autobús (“No corras para coger un autobús” era una de las reglas para vivir muchos años en 2000 Year Old Man, de Mel Brooks), tropecé al intentar saltar, como una gacela, por encima de un trozo de asfalto roto y debí de engancharme con la punta de un pie. Cuando recobré el conocimiento en la calle, rodeado de desconocidos, no recordaba haberme caído ni muchas otras cosas —quién era, dónde estaba—. Había sangre. Las gafas estaban destrozadas. Dije: “Estoy bien”. Los desconocidos discreparon enérgicamente. Ya había llegado una ambulancia.
Estaba casi plenamente consciente cuando me llevaron en camilla a una sala de urgencias de Greenwich Village. Un tipo escuálido, de esos viejos hipsters del Village, estaba volviendo locas a las enfermeras por algún motivo, probablemente intentando engatusarlas para que le dieran drogas. Al pasar junto a mí y mirar hacia abajo, me dijo con ternura: “Muérete, nene”. En aquel momento no me pareció una idea tan terrible y, de una manera un tanto distante, me resultó lo más gracioso que había oído en mi vida.
Un TAC para comprobar la sospecha de que me había roto el cuello —para abreviar una historia extraña: descubrieron que me lo había roto y que se había soldado en algún momento del pasado sin que yo lo supiera— reveló incidentalmente una mancha en el pulmón izquierdo. Aquello condujo más tarde a visitas al hospital para hacerme pruebas y exploraciones, incluida una biopsia con aguja —ay—, todas ellas inconcluyentes. Harto de todo aquel trajín, me negué a seguir investigándolo. ¿No debería haberlo hecho? Vivir y aprender.
Shakespeare escribió sobre “desear el arte de este hombre y el alcance de aquel”. Me resulta reconfortante. Pero ¿en quién estaría pensando? ¿Marlowe? ¿En alguien olvidado que, por lo visto, era jodidamente increíble?
La originalidad está sobrevalorada, salvo por quienes la poseen. Es como una bestia indómita e ingrata con la que estás atrapado. Si quienes te elogian supieran la mitad de lo que implica, se lo pensarían dos veces.
Pienso en Lee Crabtree y en todos los suicidas. ¿Qué ocurre? Una noche, a comienzos de los setenta, me senté en el borde de la azotea de un edificio de viviendas, pese a mi miedo a las alturas, con las piernas colgando, y me ordené soltarme. Estaba en medio de una catástrofe amorosa. De verdad creí que iba a saltar. Pero algo dentro de mí se echó a reír con desprecio. ¿A quién pretendía engañar? Humillado, bajé las escaleras. A algunos, en una crisis, debe de faltarles esa risa, o consiguen acallarla durante el tiempo suficiente.
He estado dos veces en Oaxaca durante el Día de Muertos, cuando a los familiares fallecidos se les ponen en la mesa sus comidas y bebidas favoritas, y quizá también cigarrillos. Se entiende que, sentados a la mesa, los muertos consumen la bondad inmaterial de esas cosas. Las familias pasan la noche visitándolos en los cementerios. Me conmovió profundamente la idea implícita de que la muerte puede ser un gran acontecimiento de la vida, como el nacimiento, la confirmación o el matrimonio, pero que no significa que te hayas ido. Reservamos para los muertos una pequeña parte de la vida que hay en nosotros. Durante mi segundo paseo entre aquellos grupos tranquilos iluminados por velas, me estremecí de pronto. Comprendí que los muertos correspondían: nos daban una pequeña parte de la muerte que hay en ellos. Nunca completamente muertos, nunca completamente vivos.
Puede que lo haya entendido mal, pero estoy saboreando la idea. Hoy esa pequeña parte de muerte que hay en mí se ha incorporado en la cama y está poniéndose los calcetines.
Recuerdo haber llegado en tren a un pueblo italiano después de medianoche y haber pasado junto a un cementerio donde ardían velas en todas las tumbas, sin nadie alrededor. O creo recordarlo.
Tenemos una memoria pésima. Proust tenía una memoria pésima. (En la Vista de Delft de Vermeer no hay ningún “pequeño paño de muro amarillo”). La memoria miente. Es un montón de ficciones manoseadas, borrosas y revisadas sin cesar. Las historias van acumulando mentiras —o, seamos indulgentes, conjeturas— sobre nuestras vidas. Y está bien que así sea, porque más nos vale.
¿Quiénes somos “nosotros”? Ya sabes.
El sentido es un fragmento entre otros fragmentos, aunque más pegajoso. El sentido es muchísimo mejor que la nada, porque define la nada como todo aquello que el sentido no es. El sentido impide que la nada sea solamente nada. “La nada que no está ahí y la nada que está”, advirtió Wallace Stevens. La misma nada, pero con una diferencia de actitud.
Una vergüenza cualquiera: P., un amigo sensible y brillante del instituto y la universidad, pianista de concierto, vino a visitarme a Nueva York. Colocado de anfetaminas, yo me mostré arrogante e insensible, observando con fría indiferencia los efectos que aquello producía en P. Finalmente dijo, dolido: “Siempre pensé que había cierta modestia en ti. Pero veo que no”. Podría haber dicho algo, haber admitido que estaba drogado, haber intentado repararlo al día siguiente. Pero un demonio dentro de mí se regocijó.
Años después ocurrió una escena que podría funcionar bien en una novela ambientada a comienzos de los setenta, por si estás escribiendo una. Salía con una artista extraordinaria, H., al menos tan propensa como yo a la rebeldía. Vi que P. iba a dar un concierto. Le pedí a H., mi novia aunque en realidad no lo fuera, porque era demasiado independiente, que viniera conmigo. Ella entendió el mensaje, que no era del todo consciente pero sí verdadero: además de querer reconciliarme con P., me complacía la perspectiva de lucirla. Ella, que normalmente vestía con la informalidad del downtown, apareció con tacones, un vestido deslumbrante, diamantes o algo que lo parecía y un abrigo de visón.
Después de aquella música magnífica, sobre todo Liszt, nos reunimos con P. y otras personas para brindar con champán. P. facilitó las presentaciones pidiendo a los hombres —solo a los hombres— que dijeran a qué se dedicaban. H. dejó que aquello siguiera durante medio minuto y entonces estalló: “¡Empecemos otra vez! Juguemos a ¿A qué se dedican las mujeres?”. Todos se quedaron mirándola boquiabiertos. ¡Estuvo magnífica! Con gesto teatral, abandonó el teatro. Yo salí detrás unos instantes después, abatido. En la calle ya había desaparecido. Regresé a casa arrastrando los pies. Después de aquello solo la vi de pasada. Tampoco volví a intentar reconciliarme con P.
La sacudida del feminismo no llegó ni un minuto demasiado pronto para tipos como yo, que habíamos campado a nuestras anchas en una bohemia de los sesenta que exigía que las mujeres fueran compañeras solícitas de unos hombres que se sentían con derecho a todo porque eran genios. Aquellas estructuras domésticas cayeron como una hilera de fichas de dominó al primer soplo de rebelión femenina. Sin un nuevo modelo de relaciones, reinó el libertinaje. Supongo que para algunos fue divertido, pero dejó un reguero de destrozos emocionales a derecha e izquierda.
La escena artística siempre fue homosexual en una tercera parte o más, y a menudo era la mejor tercera parte. Mis principales héroes poéticos eran Frank O’Hara y John Ashbery. John se quejó una vez conmigo de que había pensado que, al alcanzar el éxito, podría escoger a su antojo entre una carnicería de poetas jóvenes. “¿Cómo es que sois todosheterosexuales?”, dijo, alargando la última palabra para que sonara como algo desagradable que estuviera pasando por un rodillo.
¿Hasta qué punto era heterosexual? Siempre me había puesto nervioso la homosexualidad. ¿No significaba eso que la estaba reprimiendo? Dado que todo el mundo parecía acostarse con todo el mundo, por no hablar de emborracharse o colocarse cada noche, decidí afrontar los hechos. Un amigo gay al que me acerqué no quiso saber nada de mí en ese sentido. ¡Vaya! Me lié con un amigo bisexual, pero había bebido tanto que lo que ocurrió quedó borroso. Así que seduje a un amigo heterosexual. Fue interesante. Agradable, pero evidente. No descarté repetirlo, pero nunca lo he hecho.
Hubo aventuras breves que creo que ni la mujer ni yo deseábamos realmente; pero entonces eso no constituía una excusa suficiente. Fue creciendo en mí una entropía del corazón y también, aunque yo no lo sospechaba, un anhelo de monogamia.
Mi última aventura de soltero fue medio escandalosa, dentro del mundo del arte, y volcánicamente erótica. Me gusta decir que me limpió la carbonilla de los cilindros. Ella rompió conmigo en una esquina, increpándome antes de marcharse hecha una furia. Me quedé allí un rato sonriendo de oreja a oreja. Pensé que había llegado a dominar la soltería desenfrenada. Entonces conocí a Brooke.
Recuerdo que, en rehabilitación, en el Upper East Side en 1992, un antiguo paciente del centro, un tipo duro de Queens, tomó la palabra en la reunión nocturna de Alcohólicos Anónimos. Nos contó que una vez se había presentado en una clínica borracho, mugriento y manchado con su propia diarrea, y que había montado una escena porque el médico llevaba diez minutos de retraso. “Si eres un alcohólico de verdad —nos dijo—, por muy bajo que caigas, seguirás teniendo actitud”. Añadió: “Si eres un alcohólico de verdad, nunca acabarás de sentirte bien. Lo que quieras siempre estará un poco fuera de tu alcance. ¿No puedes soportarlo? Pues lárgate de aquí y emborráchate”. Después me acerqué a él llorando para darle las gracias. Dijo: “¿Me has oído?”. Le dije que sí. “Bien”, respondió, dándose la vuelta y alejándose como si acabara de encontrarse una mierda en la acera. Me salvó la vida.
El centro de rehabilitación estaba abarrotado de adictos al crack, algunos de ellos delincuentes. Yo era uno de los pocos hombres blancos, de mediana edad y clase media, que había allí. Había ruido a todas horas. Asustado, no conseguía dormir. Le dije a Brooke, desde el teléfono público del edificio, que tenía que salir de allí. Ella dijo: “Aguanta”, y colgó. Me salvó la vida.
Verás, Brooke es hija de alcohólicos; yo no. Yo crecí y me convertí en uno. Ella creció y se casó con uno. Sabía que yo era un desastre, pero pensaba que lo de beber era normal, hasta que se dio cuenta de lo que ocurría y me echó de casa. (Nota para cualquiera que conozca a un alcohólico en activo: nunca, jamás, os compadezcáis de él. Si sospecháis que vais a hacerlo, cerrad los ojos, tapaos los oídos y tararead).
Toqué fondo en el centro de rehabilitación, al que había ingresado como condición para que me permitieran volver a casa. Pensaba que iba en serio. Siempre lo había pensado cuando, anteriormente, había pasado periodos de hasta trece meses sin beber: al principio asistía a las reuniones, rebosante de compasión por personas que evidentemente habían estado muchísimo peor que yo. Me negaba a admitir que compartíamos exactamente el mismo destino, cualquiera que fuera nuestra posición en aquella escala descendente.
Al tercer o cuarto día de los veintiocho que pasé allí, estaba subiendo unas escaleras y me detuve, demasiado agotado para dar un paso más. Albergaba la vaga convicción de que solo podía soportar cierta cantidad de dolor antes de entrar en una zona roja en la que me volvería loco o moriría o sucedería alguna cosa terrible. Y de que cualquiera debería darse cuenta y querer que hiciera lo que fuera —tomarme una copa o una droga, para empezar— con tal de que aquello se detuviera.
Pensé: Dicen que hay que vivir un día cada vez. ¿Qué tal un segundo cada vez? Me quedé mirando el tictac de mi reloj. Se abrió un abismo negro. Era vagamente consciente de que no estaba loco. No me estaba muriendo. La realidad seguía zumbando como siempre, con una luz solar imparcial entrando por una ventana cercana y haciendo visibles los remolinos de motas de polvo.
Entonces irrumpió un pensamiento completamente demencial. Más o menos: ¿Y si descubren que en realidad no soy alcohólico y me echan de aquí? ¡Necesito este sitio! Creo que fue la última y más profunda raicilla de mi negación, finalmente expulsada. ¿Que no era alcohólico?
Mi hija, Ada, me ha contado que durante su infancia pasó años intentando interesarme. Yo no me había dado cuenta. Tenía dieciséis años cuando dejé de beber. Me dijo: “A ver si lo he entendido bien. ¿Ahora quieres ser mi padre?”. Ha requerido mucho tiempo y muchos cambios, y todavía seguimos en ello. No sé si para Ada será un premio de consolación, o qué será, el hecho de que haya resultado ser una persona extraordinariamente interesante.
Conocer a Brooke, tener a Ada y dejar de beber son las tres grandes fechas señaladas de mi vida.
Marcas de cigarrillos que recuerdo haber fumado durante al menos unos cuantos meses seguidos: Alpine, Salem, Newport, Camel, Lucky Strike, Parliament, Kent, Gauloises, Benson & Hedges, Nat Sherman. Finalmente —y digo finalmente en todos los sentidos—, Marlboro Gold (antes Lights), el crack de los productos del tabaco, cargado de toda clase de sustancias químicas ingeniosamente escogidas y con un leve y casi insultante toque de azúcar.
Haciendo cuentas, calculo que he fumado alrededor de un millón de cigarrillos, y disfruté de todos y cada uno de ellos, aunque a ti eso te dé igual.
Probé los chicles, los parches y los cigarrillos electrónicos. No es lo mismo. Uso pastillas de nicotina para no ponerme nervioso en los aviones, cuando conduzco con mi familia y en cualquier espacio cerrado, salvo en mis despachos del apartamento de la ciudad y de la casa de campo, donde tengo extractores colocados en las ventanas abiertas, algo complicado con el calor del verano y el frío del invierno. Fumar hoy exige determinación.
¿Dejarlo ahora? Claro, y pasarme el resto de mi vida protagonizando una tragicomedia de abstinencia de nicotina.
Percances. Tuve poliomielitis a los once años, durante una de las últimas grandes epidemias antes de la vacuna de Salk. Recuerdo volver del colegio en bicicleta y sentir cada bache como un cuchillo atravesándome el cerebro. Me llevaron de urgencia al hospital local para hacerme una punción lumbar —tan horrible como puedas imaginar, pero entonces el único medio seguro de diagnóstico— y vomité en la parte trasera del coche familiar camino del Sister Kenny Institute, en Minneapolis, especializado en poliomielitis.
Yo tenía cama, pero había demasiados niños, así que algunos estaban tendidos en los pasillos. Gritos durante toda la noche. Niños muriendo. Y siempre el ruido mecánico de succión de los pulmones de acero. No sufrí parálisis, pero quedé muy debilitado: pasé siete semanas en el hospital y durante meses tuve que someterme a fisioterapia. Entretanto, mi familia permanecía en cuarentena en casa. Les dejaban la comida en la puerta.
Durante un verano, recién terminado el instituto, trabajé en un complejo turístico del Glacier National Park, en las Montañas Rocosas de Montana. Los días libres hacía autostop con un ejemplar de On the Road en el bolsillo trasero y una gran navaja que practicaba abrir de golpe, preparándome para las peleas mortales con las que fantaseaba. A un camionero le dije, con el acento que yo imaginaba adecuado, que era de Lexington, Kentucky. Respondió: “¡Lexington, Kentucky, muchacho, mi ciudad natal!”. Fingí estar dormido.
Otra vez escalé una montaña que parecía asequible. Salí al amanecer con los bolsillos llenos de chocolatinas. La pendiente se fue haciendo pronunciada y después casi vertical. Mientras me aferraba a una pared de roca, un águila despegó chillando desde una cornisa justo encima de mí y se perdió volando en la distancia azul. Más arriba había nieve, y sobre la nieve, huellas de oso. Pensaba que la cima era una cresta inclinada. Trepé hasta ella y descubrí un precipicio vertical frente a la cumbre, que era inaccesible. ¿Ya tenía miedo a las alturas o fue allí, en aquel preciso instante, donde comenzó la acrofobia que me acompañaría toda la vida? Me abracé a la roca y lloré. Lo siguiente que recuerdo es que bajaba a grandes zancadas y a trompicones por una ladera cubierta de grava profunda, agarrándome a los arbustos para frenar. Fui a parar a un bosque lleno de zarzas, desorientado. Tuve el buen juicio de seguir un pequeño arroyo y, al caer la noche, el tacto del agua me mantuvo en la dirección correcta. Salí convertido en un espantapájaros hecho jirones a la única carretera del parque. Los coches aceleraban al verme iluminado por sus faros, hasta que uno se detuvo.
Mientras escribo esto no tengo dolor físico, aunque me canso enseguida y duermo siestas a menudo. Cada tres semanas recibo una infusión de inmunoterapia —no quimioterapia, y tampoco una cura— que, al comenzar, el médico dijo que tenía un 35% de probabilidades de ralentizar la enfermedad. (Con esas probabilidades en Las Vegas te quedas sin dinero en una hora, pero en el béisbol tienes asegurado un puesto en el Salón de la Fama). Una exploración reciente muestra una mejoría notable, que probablemente amplíe mis posibilidades de supervivencia. Pero no puedo evitar preguntarme si, ocurra lo que ocurra, conseguiré mantener el ánimo. Una de las particularidades de morir es que no puedes consultar a nadie que ya lo haya hecho. No hay ensayos. No hay segundas oportunidades.
Cuando llegué por primera vez a Nueva York, en un bar, sonreí con afectación de dandi ante mi reflejo en el espejo que había detrás de las botellas. ¡Estaba guapo! Removía mi copa, whisky escocés con hielo, con el índice de la mano derecha, que en el espejo se convertía en el izquierdo. El momento me pareció inefablemente cool. ¡Payaso!
Pedí un café en un diner. El tipo preguntó: “¿Normal?”. Respondí: “Pues claro”. Sorpresa: leche y azúcar. En el Medio Oeste el café era negro, sin azúcar. Brooke recuerda cuando acababa de llegar a Nueva York desde Texas y vio el letrero de una tienda que decía CAFÉ ARROZ Y FRIJOLES. Fascinada, pidió una libra de “arroz de café”. Solo durante un breve tiempo puedes permitirte no entender nada en un lugar nuevo. No desperdicies la oportunidad de que las verdades, grandes y pequeñas, irrumpan de pronto ante ti.
Brooke era actriz y monologuista de Dallas. Nos presentaron en la inauguración de una exposición en el Whitney Museum, por medio de A., una mujer relacionada tanto con el mundo del arte como con el del espectáculo, y nos despreciamos inmediatamente. A mí Brooke me pareció una cabeza hueca, y ella se dio cuenta de que yo era un imbécil. Después asistió a una lectura de poesía que di y que, fuera cual fuera su calidad, resultó ser la mejor de mi vida, porque a ella le gustó. Luego A. me invitó a cenar y, quizá arrepintiéndose de lo que aquello podía implicar, preguntó si podía traer a Brooke. Respondí algo como: “Claro, ¿por qué no?”.
Han pasado cuarenta y seis años. Brooke está en la cama releyendo Orgullo y prejuicio, como hace dos o tres veces al año, mientras por la radio murmura un partido de los Mets. No tengo ninguna duda de que nuestros dos gatos están acurrucados junto a ella. Es de noche en nuestra casa de los Catskills, sin luna y con el cielo despejado. Podría apagar la luz del despacho y mirar por la ventana un cielo atestado de estrellas.
Brooke tiene la dureza de Texas: respeta a todo el mundo y no tolera tonterías de nadie, y menos aún de su marido. Cuando se enfada da miedo, porque accede a una rabia que en otro tiempo alimentó su huida de una familia espantosa. No queda otro recurso que agachar la cabeza y esperar a que pase, y pasa. El sol empezó a brillar sobre mi vida cuando dejé de discutir con Brooke. También es muy divertida y saca a relucir el lado divertido de los demás, incluido su marido.
Ada le preguntó a su madre cómo se consigue seguir casado. Brooke respondió: “No te divorcies”. Si no te divorcias, estás casado al 100%, pase lo que pase. Me alegro tanto de que siguiéramos juntos que, por una vez en mi verborrágica vida, me faltan las palabras para expresarlo.
Curiosamente, o quizá no, descubro que pienso en la muerte menos de lo que solía. Pensaba que quizá me estaba engañando en mis exploraciones del tema mientras mi vida se extendía por delante hasta un horizonte invisible. Pero no. Esos pensamientos abrieron cauces por los que ahora me deslizo. Tienen que ver con la aceptación. ¿Por qué yo? ¿Por qué no yo? De hecho, yo. Morir es mi turno para contemplar la vida desde su orilla lejana, ahora cercana. Estos meses adicionales son un lujo que espero haber aprovechado bien. “Haber aprovechado”. ¿Lo ves? Aquí y, al mismo tiempo, no aquí. Como una cámara situada en ninguna parte que capta hasta el último detalle del mundo palpitante.
Dios se cuela. Las mentes humanas son los únicos instrumentos que tiene el universo para reflexionar sobre sí mismo. El hecho de que existamos sugiere una aprobación cósmica de nuestra existencia. (¿Nos comportamos mal? Hemos recibido el don de poder pensarlo). Puede que seamos accidentes de la materia y la energía, pero no podemos evitar regresar una y otra vez a la sensación de un sentido que no puede explicarse mediante la aplicación de lo que sabemos. Si Dios es una invención humana, ¡bien por nosotros! Teníamos que inventar algo.
Sacad a pasear a la muerte por vuestra mente, amigos. O bien os alegraréis de haberlo hecho o, si caéis fulminados de repente, no habréis perdido nada.
* Sobre el autor:
Peter Schjeldahl (Fargo, Dakota del Norte, 1942-Bovina, Nueva York, 2022) fue un poeta y crítico de arte estadounidense. Escribió para publicaciones como ARTnews, The Village Voice y The New York Times, y desde 1998 fue crítico de arte de The New Yorker. Reconocido por una prosa de gran precisión, agudeza y pulso literario, fue una de las voces más influyentes de la crítica de arte estadounidense contemporánea. Publicó varios libros de ensayos y crítica, entre ellos The Hydrogen Jukebox y Let’s See: Writings on Art from The New Yorker.
* Artículo original: “77 Sunset Me”, de Peter Schjeldahl. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










