Llevo un par de semanas enviando colaboraciones con bastante adelanto. En cada correo explico, además, una razón personal para semejante previsión, razón que aquí no viene al caso. Han sido más de diez envíos y las respuestas resultaron impecables: fecha recibida, texto recibido, publicación prevista, muchas gracias.
Sobre la razón personal, silencio administrativo.
Al principio pensé que la discreción seguía viva, lo cual habría sido una noticia estupenda. Luego llegó una llamada para gestionar uno de esos asuntos y comprendí que mi explicación ni siquiera había quedado registrada. Estaba escrita en el correo, en castellano razonablemente reconocible y sin tinta invisible. Había caído por la rendija de la lectura diagonal.
Leer en diagonal posee un prestigio extraordinario. Uno ya no lee: procesa. No termina un informe: lo escanea. No recibe un correo: captura lo esencial. El practicante de semejante disciplina parece disponer de tres consejos de administración, dos chóferes y una adquisición empresarial antes del almuerzo, aunque probablemente esté en pijama contestando mensajes desde la cocina.
Confieso cierta desconfianza ante ese glamour de la prisa. Leer rápido sirve para localizar una cifra, encontrar un nombre o descubrir si alguien nos ha colocado una reunión el viernes a las siete de la tarde, momento en que la lectura minuciosa pierde incluso su justificación moral. Convertir esa herramienta en forma habitual de leer ya es otra cosa. La diagonal permite llegar antes; queda por establecer adónde.
Los ojos, bastante menos ejecutivos que nosotros, delatan el truco. Alexander Strukelj y Diederick Niehorster compararon mediante seguimiento ocular la lectura normal, la detenida y el skimming. Cuando los participantes leían superficialmente hacían saltos oculares más largos, fijaciones más breves, se saltaban más palabras y terminaban antes. También comprendían peor.
La velocidad, como tantas virtudes humanas, venía con factura. La lectura detenida producía más relecturas y mejores resultados de comprensión, algo que resulta casi ofensivo para una época empeñada en convencernos de que cinco minutos bien administrados equivalen a una tarde pensando.
Un trabajo reciente con estudiantes de Medicina resulta todavía más revelador. Cuando pasaban de leer para comprender a leer superficialmente historias clínicas, la velocidad saltaba de unas 202 palabras por minuto a 471. Magnífico dato para actualizar el perfil de LinkedIn. Mas el número medio de fijaciones bajaba de 83 a 38 y las relecturas se reducían de forma drástica.
Lo interesante estaba en otra parte. Los estudiantes que practicaban skimming integraban peor el texto con los datos del paciente y con sus conocimientos clínicos. Es decir, recogían información y perdían relaciones. En medicina conviene recordar que la relación entre dos datos puede valer algo más que terminar el informe treinta segundos antes.
Comprender exige relacionar una frase con la anterior, confrontarla con lo que sabemos, detectar una contradicción, advertir una ironía y regresar unas líneas cuando algo no encaja. Leer profundamente posee algo de conversación: el texto dice una cosa y nosotros respondemos mentalmente.
Si eliminamos ese diálogo, seguimos recorriendo palabras, aunque la experiencia empieza a parecerse a mirar escaparates desde un autobús turístico.
La pantalla tampoco merece cargar sola con el crimen. Un metaanálisis publicado en 2018 reunió estudios con más de 170.000 participantes y encontró una ventaja pequeña, aunque consistente, de la lectura en papel sobre la digital, especialmente en textos informativos y cuando existía presión temporal. Los autores relacionaron parte de esa diferencia con una mayor tendencia al procesamiento superficial en determinados entornos digitales.
Eso no convierte al Kindle en enemigo de la civilización ni obliga a regresar al pergamino. La cuestión interesante está en los hábitos que adoptamos ante cada soporte. En pantalla buscamos, saltamos, desplazamos, seleccionamos y respondemos; poco a poco podemos acabar tratando un ensayo, un correo íntimo y la lista de la compra con idéntica coreografía ocular.
Aquí comienza la parte divertida. Hemos conseguido transformar una limitación cognitiva en atributo profesional. “Lo he leído en diagonal”, se pronuncia con un orgullo semejante al de “acabo de hablar con el ministro”. Nadie dice: “He atendido aproximadamente a la mitad de lo que escribiste y he rellenado el resto con mis prejuicios”, aunque a veces la traducción sea bastante cercana.
La expresión contiene incluso cierta jerarquía. Yo, lector diagonal, poseo asuntos demasiado relevantes para entretenerme con tus subordinadas. Tú, pobre criatura horizontal, todavía crees que el orden de las frases, los adjetivos y las digresiones significan algo. Ergo, mi tiempo vale más que tu texto y quizá también, por una curiosa ampliación de competencias, más que tú.
El asunto cambia cuando esa eficacia abandona el informe y entra en la vida. Un correo contiene fechas, encargos y adjuntos; también puede contener que alguien se casa, se marcha, está preocupado, cuida a su padre o necesita organizar sus próximas semanas de otra forma. Esa frase quizá no sea “accionable”, como diría algún consultor con chaleco acolchado. Puede ser, sin embargo, la frase que explica todo el mensaje.
Ahí la lectura diagonal empieza a parecerme menos moderna y bastante más pobre. Extrae la función y descarta el contexto; reconoce lo urgente y sacrifica lo significativo. Nos convierte en lectores magníficos de calendarios y mediocres lectores de personas.
Tampoco creo que leer deprisa vuelva estúpido a nadie. La evidencia permite decir algo bastante más preciso: el skimmingpuede reducir la comprensión, favorece la omisión de información y limita la integración entre partes del texto, cuando se compara con una lectura destinada a comprender. La técnica posee usos perfectamente sensatos; la tontería consiste en convertirla en una personalidad. Porque entonces dejamos de ser lectores rápidos y nos convertimos en peones de la urgencia.
Corremos detrás de aquello que exige contestación inmediata, mientras lo aparentemente secundario —a menudo lo humano— desaparece del encuadre. Respondemos “perfecto para el día 23”, confirmamos el adjunto y olvidamos preguntar qué le ocurre a la persona que acaba de explicarnos por qué necesita entregarlo todo antes.
Eso fue, sospecho, lo que ocurrió con mis correos. Nadie fue descortés ni tenía obligación alguna de interesarse por mi vida; sencillamente se leyó aquello que había que gestionar y el resto quedó fuera. El método funcionó de maravilla para el calendario y bastante peor para la conversación.
Por eso la diagonalidad permanente termina pareciéndome una forma de deshumanización intolerable. Nos ahorra minutos a cambio de adelgazar la experiencia, magnífico negocio para quienes contabilizan correos respondidos y pésimo para quienes todavía creemos que leer consiste también en advertir lo que alguien quiso decirnos.
Borges ofreció una rosa en su poema “¿Con qué puedo retenerte?” El detalle parece perfectamente inútil para un lector eficiente; para Borges, contenía una revelación sobre la distancia entre las palabras, las cosas y el tiempo.
Si sigo practicando esa tontería de leer en diagonal, terminaré contestando a Borges que he recibido correctamente su rosa y que la fecha de entrega me viene bien. Y, lo que sería bastante peor, seguro que me perdería que la rosa que vio en el ocaso era amarilla.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










