Iluminada Sierra Ortiz, la mujer que llevó los altares de La Habana a Nueva York



A veces una vida comienza a revelarse por aquello que no llegó a ser. Iluminada Sierra Ortiz salió de Mayagüez en los años treinta y puso rumbo a La Habana porque quería cantar. Cuando pienso en ella prefiero verla primero así, todavía muy joven, con una voz en la que había depositado una posibilidad de futuro y una ciudad al otro lado del mar que debía parecerle suficientemente grande para probar fortuna. 

No había altares en aquel proyecto inicial, ni una genealogía religiosa aguardándola con nombres ya escritos. Había una muchacha puertorriqueña y estaba La Habana, esa ciudad que durante décadas hizo creer a tantos recién llegados que detrás de una puerta podía comenzar otra vida. Iluminada fue a buscar un escenario y encontró mucho más que un escenario, pero me resisto a contar su historia como si todo hubiera estado dispuesto de antemano. La vida no suele obedecer a esa clase de perfección retrospectiva.

Había nacido en Mayagüez hacia 1918. De aquella primera Iluminada quedan pocas certezas y, quizá por eso, su partida adquiere una fuerza especial. No conozco todavía las habitaciones de su infancia, las personas que la enseñaron a cantar ni las canciones que aprendió antes de embarcarse. Tampoco sé quién la esperaba en Cuba. Lo que permanece es el impulso del viaje. 

En una época en que atravesar el Caribe significaba separarse de la familia, entrar en una ciudad desconocida y depender de contactos que podían decidir el curso de un empleo, una joven salió de Puerto Rico convencida de que su voz merecía ser escuchada. Esa voluntad basta para alejarla de la figura inmóvil en que a veces convertimos a las mujeres del pasado. Iluminada se movió. Eligió partir. Se arriesgó a llegar.

La Habana que encontró debía entrar primero por los oídos. La radio se había instalado en la vida cotidiana, los teatros convocaban públicos diversos, los cafés y salones prolongaban la música más allá de los escenarios formales y la noche multiplicaba lugares donde una voz podía encontrar trabajo o perderse entre muchas otras. 

La ciudad era un enorme aparato de resonancias. Cantantes, músicos, empresarios, compañías y aspirantes compartían un espacio donde el talento importaba, pero no bastaba. Hacían falta relaciones, oportunidades, recomendaciones, suerte. Imagino la intensidad de aquella capital sin necesidad de inventarle a Iluminada un camerino que no puedo documentar. Sé que intentó abrirse camino como cantante y que no alcanzó la proyección que esperaba. Eso no convierte su deseo en una anécdota menor. Durante un tiempo quiso vivir de cantar, y aquella mujer que buscaba hacerse escuchar seguirá acompañando a la que conoceremos después.

Porque en La Habana apareció Hortensia Ferrer y, con ella, otro mundo. No fue un cambio de ciudad, sino de umbral. Iluminada entró en una casa donde las voces, las imágenes, las telas, los recipientes y los objetos no estaban organizados para satisfacer a un público, sino para responder a relaciones espirituales y ceremoniales. 




La casa de la calle Hornos tenía memoria antes de que ella llegara. Hortensia había sido hija adoptiva de Tiburcia Sotolongo y Ugarte y, tras la muerte de esta en 1938, había heredado no solo una vivienda, sino una continuidad hecha de conocimientos, obligaciones y prácticas religiosas. Aquella casa estaba habitada por más tiempo del que podían medir sus paredes. Lo que una mujer había aprendido pasaba a otra; lo que una generación sabía podía sobrevivir en las manos de la siguiente.

Hortensia, conocida como Chenchita y dentro de la Ocha como Oshún Guere, ocupaba allí una posición de autoridad. Tiburcia, Oshún Miwá, pertenecía a la generación anterior de esa historia. Iluminada entró en una trama que ya poseía nombres, filiaciones y memoria, pero no quedó reducida a visitante. Hortensia reconoció en ella capacidades que terminarían transformando el rumbo de su vida, la formó en el Espiritismo y la inició en la Regla de Ocha. De aquella convivencia surgió una Iluminada distinta de la muchacha que había desembarcado buscando trabajo artístico, aunque nunca completamente separada de ella. La voz permaneció. Solo cambió el espacio donde podía adquirir sentido.

Me gusta pensar en esa continuidad porque evita la tentación de dividir su vida en dos mujeres: la cantante que no consiguió triunfar y la religiosa que encontró finalmente su destino. No fue así, o al menos no necesito contarlo así. Iluminada sabía cantar antes de entrar en la casa de Hortensia y continuó sabiendo cantar después. Lo aprendido en un escenario posible no desapareció cuando comenzaron otros aprendizajes. La voz, que había imaginado como profesión, pasó a convivir con prácticas donde cantar podía responder a una necesidad distinta, íntimamente vinculada a la comunidad y a lo sagrado. No hay fracaso en ese desplazamiento. Hay una vida que ensancha sus posibilidades.

Y estaban los altares. De todos los rastros que dejó aquella casa, son ellos los que más me obligan a detener la mirada. Hortensia hizo fotografiar algunos durante las décadas de 1940 y 1950, quizá consciente de que aquello que se levantaba para una ceremonia podía desaparecer poco después. La fotografía detuvo lo efímero. En esas imágenes permanecen telas, figuras, recipientes, flores, objetos y niveles que construyen una arquitectura provisional, una forma de ordenar el espacio que solo puede entenderse plenamente desde el conocimiento religioso que la hizo posible. Para quien mira desde fuera puede haber belleza, simetría, acumulación, color aun cuando la fotografía haya envejecido; para quienes estaban dentro de aquella práctica, cada elemento pertenecía a una relación que excedía lo visible.

Cuando observo mentalmente esos altares pienso menos en el instante de la fotografía que en las horas anteriores. Antes de que la cámara fijara una composición hubo manos. Alguien abrió telas, movió muebles, limpió recipientes, acercó imágenes, corrigió alturas, decidió distancias, volvió sobre lo ya colocado y reconoció cuándo el espacio estaba dispuesto como debía estar. Hubo instrucciones pronunciadas en voz baja o con autoridad, preguntas, gestos aprendidos de otras mujeres, conocimientos que no necesitaban escribirse porque vivían en la repetición y en la memoria. La cámara consiguió conservar el resultado, pero dejó fuera el movimiento. Y precisamente en ese movimiento encuentro a Iluminada.

Su capacidad para levantar altares fue reconocida. No necesito adjudicarle cada composición conservada para comprender la importancia de lo que aprendió. Construir aquellos espacios exigía saber mirar y saber hacer, pero también saber por qué cada cosa ocupaba determinado lugar. La historia del arte ha aprendido durante demasiado tiempo a reconocer creación allí donde encontraba un objeto firmado, una academia, un taller o una exposición, mientras innumerables mujeres producían complejas formas visuales en habitaciones privadas sin llamarse artistas y sin esperar que un museo legitimara lo que hacían. Iluminada pertenece también a esa historia subterránea de las manos femeninas. Sus altares no fueron obras autónomas creadas para la contemplación estética, pero eso no vuelve insignificante la inteligencia visual necesaria para levantarlos.




Me atrae especialmente imaginarla entre la voz y las manos. Había llegado a Cuba confiando en una de ellas, la voz, y terminó siendo recordada también por lo que sabía hacer con las otras. Cantar y construir un altar no son equivalentes, pero ambas acciones nacen de conocimientos que se incorporan al cuerpo hasta que el cuerpo parece recordarlos por sí mismo. Una canción se aprende y después respira; una disposición ritual se aprende y después las manos reconocen relaciones que para un extraño permanecerían invisibles. En Iluminada, música y espacio convivieron sin que una experiencia tuviera que borrar la anterior.

La casa de Hortensia era, además, una pequeña geografía del Caribe. En ella coincidían generaciones y procedencias diferentes. Tiburcia pertenecía a una memoria religiosa habanera anterior; Hortensia había recibido de ella una herencia que hizo suya; Iluminada venía de Puerto Rico. Los parentescos que allí se construían no dependían solamente de la sangre. Madrinazgos, iniciaciones, adopciones, aprendizajes y responsabilidades creaban vínculos capaces de unir a mujeres cuyas vidas habían comenzado en lugares distintos. Me interesa esa forma de familia porque permite comprender cuánto de la cultura caribeña viajó sin necesidad de proclamarse migración cultural. Bastaba que viajara una persona.

Iluminada permaneció en La Habana durante años. Cuando volvió a cruzar el mar, en 1957, ya no era únicamente la joven que había salido de Mayagüez para probar suerte como cantante. Dejaba una ciudad en la que había aprendido otra manera de utilizar su voz, de mirar los objetos, de construir espacios y de pertenecer a una comunidad. No conocemos las razones íntimas de aquella nueva partida y no hace falta inventarlas. La fecha basta para situar el movimiento: en 1957 Iluminada dejó Cuba y se estableció en Nueva York. El viaje ocurrió antes de que la Revolución de 1959 transformara radicalmente la isla, de modo que su salida pertenece a una corriente caribeña anterior y mucho más amplia.

La segunda ciudad fue Nueva York, y allí el Caribe cambiaba de temperatura sin desaparecer. Spanish Harlem reunía historias puertorriqueñas, afrocaribeñas y latinoamericanas que habían llegado por caminos diferentes. En sus calles, viviendas y centros religiosos se reconstruían pertenencias lejos de los lugares de origen. No era una Habana trasladada al norte ni una prolongación de Mayagüez. Era otro territorio, duro y fértil a su manera, donde los emigrantes debían aprender nuevamente a habitar. Iluminada llegó con algo que no ocupaba espacio en una maleta: llevaba años de aprendizaje incorporados a su memoria.

Allí apareció Carmen Oramas Caballery. Y otra vez una mujer cambió la dirección de la historia sin borrar lo anterior. Carmen era también puertorriqueña y había fundado en 1956 el Centro de la Fe Samaritana. Cuando Iluminada llegó al año siguiente, no encontró una comunidad esperando que ella la fundara. Carmen ya ejercía autoridad dentro de un espacio espiritista propio, y fue Iluminada quien inicialmente se incorporó al grupo de mujeres que practicaban bajo su dirección. 

Años después, avanzada la década de 1960, la relación cambió de sentido en otro ámbito: Iluminada inició a Carmen en la Regla de Ocha. Una enseñó donde sabía; la otra recibió donde necesitaba aprender. Después los lugares podían invertirse. Esa reciprocidad devuelve a ambas una complejidad que desaparece cuando la historia insiste en ordenar a las mujeres únicamente como maestras y discípulas.




El Centro de la Fe Samaritana debió poseer su propia respiración. Personas llegadas de distintos lugares del Caribe entraban allí con recuerdos, necesidades, enfermedades, temores, esperanzas y maneras diferentes de nombrar lo invisible. En ese espacio, Iluminada puso en relación lo aprendido en La Habana con una comunidad que ya tenía su propia experiencia. No reprodujo la casa de Hortensia. No podía hacerlo. Una casa religiosa no es un decorado que pueda desmontarse en una ciudad y reconstruirse intacto en otra. Cambian las personas, las habitaciones, las urgencias, las historias familiares y hasta la forma en que una comunidad necesita reconocerse. Lo que podía permanecer era el saber.

Entre las presencias asociadas al universo de Carmen estaba Francisca, una muñeca espiritual vinculada a un espíritu ancestral que se creía procedente de Haití. No pertenece a la biografía personal de Iluminada y precisamente por eso me interesa conservarla en su lugar. Francisca permite comprender la densidad del mundo al que Iluminada llegó: un Caribe que en Nueva York reunía memorias haitianas, puertorriqueñas, cubanas y otras procedencias dentro de espacios domésticos donde los objetos podían contener historias mucho más extensas que su apariencia. Una muñeca dejaba de ser una muñeca. Un pañuelo no era solamente un tejido. Una imagen podía ser presencia, memoria, vínculo. Para comprender aquel mundo había que aprender a mirar de otra manera.

Entonces el título de esta crónica comienza a adquirir para mí su verdadero sentido. Digo que Iluminada llevó los altares de La Habana a Nueva York, pero no imagino un equipaje lleno de figuras, telas y recipientes. Los altares que conoció en Cuba pertenecían a sus circunstancias y a las personas que los habían levantado. Lo que viajó fue más profundo: la capacidad de construirlos. Iluminada llevaba una memoria del espacio. Sabía cómo unas manos convierten una habitación ordinaria en un lugar donde lo visible se relaciona con aquello que no puede verse. Ese conocimiento atravesó el mar con ella.

Por eso la historia de Tiburcia, Hortensia, Iluminada y Carmen no se parece para mí a una línea recta. La imagino como una trama tejida por mujeres que recibieron conocimientos y los mantuvieron vivos al utilizarlos. Tiburcia sostuvo una memoria religiosa en La Habana; Hortensia recibió aquella herencia y dejó además fotografías de un mundo que de otro modo sería todavía más difícil reconstruir; Iluminada entró en esa casa, aprendió y partió; Carmen poseía ya su propio espacio en Nueva York cuando ambas se encontraron. Ninguna fue una copia de la anterior. Cada una recibió algo que tuvo que acomodar a su propia vida.

Hay en todo ello una historia de las mujeres que me resulta imposible separar de la historia de las ciudades. La Habana suele contarse a través de sus avenidas, sus edificios, sus teatros, sus cafés, sus monumentos y sus grandes nombres. Sin embargo, una parte inmensa de su cultura ocurrió detrás de puertas domésticas. En habitaciones que nunca tuvieron placa conmemorativa se transmitieron conocimientos, se atendieron personas, se levantaron altares, se cantó, se conservaron imágenes y se construyeron comunidades. La casa de Hortensia pertenece a esa Habana interior. Iluminada, también.

Y acaso por eso su historia no termina cuando abandona la ciudad. Hay personas que se marchan y se llevan consigo una parte del lugar que dejan. No una reproducción sentimental, sino algo incorporado a su manera de hacer. Cuando Iluminada llegó a Nueva York, La Habana continuó existiendo en determinados gestos que había aprendido allí. No necesitaba pronunciar el nombre de la ciudad cada vez que levantaba un altar para que aquella experiencia estuviera presente. La memoria puede sobrevivir de una manera mucho más discreta: alojada en las manos.




Iluminada murió hacia 1981. Entre Mayagüez y ese final quedaron dos grandes desplazamientos y varias vidas dentro de una misma mujer. Fue la joven que quiso cantar en La Habana, la discípula que entró en la casa de Hortensia, la mujer que aprendió a construir altares, la emigrante que llegó a Nueva York y la religiosa que pudo transmitir a Carmen conocimientos adquiridos muchos años antes en Cuba. No quiero elegir una de esas Iluminadas y convertirla en la verdadera. Todas pertenecieron a la misma existencia. Su vida no necesita una moraleja que ordene retrospectivamente cada episodio.

Cuando vuelvo al comienzo, sin embargo, hay una imagen que se me impone. Veo a una muchacha que sale de Mayagüez convencida de que su futuro está en la voz. No sé qué canción llevaba consigo y prefiero no inventarla. Después veo el largo aprendizaje habanero, las manos trabajando alrededor de un altar, las fotografías conservando apenas la superficie de aquello que ocurrió en una casa, y finalmente otro viaje hacia el norte. Entre una ciudad y otra, Iluminada fue reuniendo conocimientos que nadie podía confiscarle porque ya estaban dentro de ella.

Quizá sea esa la parte de su historia que más me conmueve. Los altares podían desmontarse. Las flores podían marchitarse. Las telas podían doblarse y regresar a un armario. Una casa podía cerrarse y una mujer podía abandonar una ciudad para comenzar otra vez en un lugar distinto. Pero lo aprendido permanecía. Iluminada salió de Mayagüez con una voz, salió de La Habana con una memoria y llegó a Nueva York llevando ambas. No trasladó los altares de Hortensia: llevó consigo el conocimiento necesario para que otros altares pudieran existir. Y así, silenciosamente, una parte de La Habana volvió a levantarse lejos de La Habana.






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