Comenzaré estas líneas admitiendo, para que me perdone mi docto amigo Frank Padrón, que no soy crítico profesional de cine, ni mucho menos. Cuando más, un aficionado atrevido y furibundo al séptimo arte. Alguien que, al igual que en la literatura, mi campo artístico principal, busca en las obras audiovisuales dos valores, ante todo: que no sean aburridas y que hagan pensar.
Así, hastiado como estoy de que tantos realizadores cubanos o latinoamericanos de todas las edades se revuelquen en la “pornomiseria”, reflejando las sempiternas pobreza y degeneración humanas del subdesarrollo tercermundista (¡algo que, además, permite participar en muchos festivales de cine fuertemente ideologizados, como nuestro mismo y ya cuarentón de La Habana!), me sorprendió tan agradablemente El último juego (2025) de Daniel Chile.
Quizá, en primer lugar, porque se trata del género que prefiero leer y cultivar: la ciencia ficción. Aunque no lo diga por ninguna parte. Y sorry por el spoiler. Pero así todas las mentes estrechas que odian las narrativas no miméticas (o sea, no realistas) ya pueden desentenderse del asunto, como la zorra ante las uvas. Es decir, permanecer ajenos a la circunstancia de que, a menudo, colocar el espejo del arte en el futuro o en mundos alternativos, preguntarse ¿qué pasaría si…?, es la mejor manera de comprender las posibles consecuencias de nuestras acciones actuales. De entender el hoy, extrapolándolo al mañana.
“De casta le viene al galgo” puede bien decirse, en el caso de Daniel Chile. O también “hijo de gato caza ratones”. Hijo del famoso fotógrafo y camarógrafo Roberto Chile (que aquí se encarga de la foto-fija, por cierto), es fácil suponer que este director aprendió en casa y casi desde la cuna todos los secretos de los encuadres y las imágenes.
Pero el cine, incluso el de autor, sigue siendo un trabajo de equipo. Y este es uno de los casos en los que se logra esa extraña sinergia, cuando el todo llega a ser más que la simple suma de sus partes y parece hecho en estado de gracia.
No en balde fue premiado en el reciente Festival de Cine Pobre de Gibara, tras haber sido estrenado en diciembre de 2025 en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.
No quiero ahondar en tecnicismos, pero, al menos desde mi modesto punto de vista de amateur, la fotografía de esta pequeña joyita audiovisual es simplemente perfecta. Sobria, sin prodigarse en fanfarronerías técnicas, como planos extraños, filtros de tonos fantásticos o alambicadas postproducciones digitales. Está por completo concebida en función de la trama y no para alardear de virtuosismos.
Lo mismo ocurre con la música, a cargo de Rodrigo García: tan bien integrada a la historia que uno apenas si percibe que hay algo más en la banda sonora que el ruido ambiental y los diálogos de los actores.
Pero, durante los 24 minutos que dura este material (¡y se van volando; créanme!), no es ni la música, ni siquiera la muy correcta fotografía, a cargo de Alexander González, lo que se roba la atención del espectador. Sino el guion y la dirección de actores.
Otra vez spoiler: no solo es ciencia ficción; también es una distopía. Cuba extrapolada 10, máximo 20 años hacia un mañana totalmente desolador, como era de suponerse. Hasta aquí, casi tópico, ¿no? Lo que va mal ahora, en el futuro irá peor.
Pero lo original de esta proyección es que lo desesperado de la situación futura no se trasmite a través de las burdas carencias materiales a las que, por desgracia, nos hemos tenido que ir acostumbrando, en los últimos años. No.
El guion, de la coautoría del director y de Amilcar Salatti, no pone su énfasis ni en los apagones ni en la falta de transporte o comida. Ni siquiera en la ineficacia o demagogia de los líderes políticos. Todo eso es epidermis, el puro fenómeno. Sino que va mucho más adentro; a las consecuencias de tanta escasez en la actitud humana. Bucea, sin escrúpulos ni remilgos, en la depauperación del alma y el deterioro de los valores éticos básicos, como la solidaridad y la amistad.
Chile, astuto y jugando al escondite con la siempre imprevisible censura, consigue no tocar ni a la cadena ni al mono, sino que se centra en el poste. En lo supuestamente inamovible. Para ello nos dibuja, con veloces trazos visuales, una Cuba ultra deteriorada, ¿consecuencia de la actual sin cambios? ¡Saque usted sus propias conclusiones!, como dice Reinaldo Taladrid en Pasaje a lo desconocido.
Una nación triste, resignada y, sobre todo, semivacía. Porque, un diabólico ¿o providencial? sorteo permite que, diariamente, algunas familias sean autorizadas a emigrar. Aunque, si no se presentan, no pueden volver a participar en esa absurda lotería durante los próximos 6 años. Uy, ¿no?
La familia del protagonista, Antuán, de unos 12 años, es una de las afortunadas elegidas y se enteran por radio. El padre y la madre embarazada abrazan a su hijo, felices: ¡una nueva vida los espera!
El niño, alborozado, les pregunta qué llevarse… si adonde van hay de todo, ¿verdad? Y los progenitores le aconsejan: “escoge algo de ropa, la mejor. No mucho, algo de recuerdo”. Pero él prefiere salir a despedirse de sus amigos.
El nudo del argumento explora en detalle las distintas reacciones de estos tres compañeros de juegos a la noticia del viaje de Antuán. Que podrían resumirse así: los olvidados envidian al elegido y le piden compartir un último juego en una de las tantas casas abandonadas del vecindario. Un juego que, sin entrar en detalles reveladores, poco a poco se va volviendo serio… y hasta peligroso.
Mientras tanto, los desolados progenitores llaman a su hijo, que no responde y, aunque la madre jura que no se va sin Antuán, el padre se limita a preguntarle: “¿otro hijo…, en este país?” Y la angustia queda servida en bandeja de oro: ¿qué harán?
Todo el que tenga aunque sea una mínima noción de los mecanismos internos del cine conoce la enorme dificultad de trabajar con niños actores, que tan fácilmente pierden la concentración y se distraen. Más duro aún resulta en un país donde el grupo La Colmenita ha viciado a tantos infantes con talento escénico en burdos declamadores, por completo ajenos a toda naturalidad.
Pero recuerden estos nombres: Marcelo Martín, Alejandro Domínguez, Daniel Leal y Ernesto Bustamante. No me extrañaría si uno ¡o incluso todos! aparecen, en los próximos años, en los créditos de otras producciones del ICAIC o el ICRT. Si siguen existiendo y trabajando estas instituciones, claro…
Porque, por obra y gracia del director y de Yaremis Pérez, como jefa de casting y coach de actores, aquí se logra un raro milagro: los cuatro infantes por igual construyen personajes sólidos, diferentes y, sobre todo, creíbles, sin escatimar palabrotas ni balbuceos.
Juegan en pantalla y uno se olvida de que actúan, mientras se va dibujando una situación que bien pudiera equipararse con aquel doloroso chiste del buen creyente cubano quien, cuando Dios le pregunta qué quiere, habla, casi furioso, de un vecino que tiene casa, carro, piscina, Ecoflow…, pero no es lo que piensa el Creador: no, no quiere tener eso también, ¡sino que se lo quiten al otro! Es como el perro del hortelano, que no quiere que otros coman lo que él mismo no puede comer. Tan familiar, tan triste. Tan real.
Y no diré mucho más. No quiero estropeárselo a los que aún no han tenido el privilegio de ver este mediometraje, uno de los mejores finales del cine cubano, al contárselos ahora aquí.
Solo me gustaría agregar que el cierre de este audiovisual es, a un tiempo, sorpresivo y esperado, y que juega despiadadamente con la credulidad del espectador. Que hace pensar en las varias adaptaciones cinematográficas de ese cruel ¿y también postapocalíptico? clásico literario que es El señor de las moscas, de William Golding, aunque en este último juego a la cubana los adultos no estén ausentes de todo.
O sea, que Daniel Chile y su tropa consiguen algo muy raro con este material: hacernos pensar. Nos obligan a autoexaminarnos a fondo, tratando de determinar si haríamos lo mismo que los amigos de Antuán, que sus padres, que él. Porque ser solidario y bueno está muy bien, pero… la cosa está mala y se sabe. Si uno deja pasar ciertas oportunidades, luego lo puede lamentar toda la vida.
Por otro lado, aprovecharlas podría significar renunciar a buena parte de lo que nos hace humanos. Miembros de un colectivo y no individuos aislados. Homo empaticus y no Homo sálvese quién pueda.
En estos tiempos de egoísmo desatado, cuando cada artista duda entre llamar a las cosas por su nombre (señalar con el índice acusador a los culpables y, en consecuencia, ser censurado ¡tal vez hasta encarcelado! por su audacia) o callar, cómplice y tembloroso (para que no le corten las alas), obras como esta son especialmente necesarias, pues consiguen ambas cosas: enfrentarnos a todo lo que estamos perdiendo día a día, en nombre de la simple supervivencia, del miedo, de la inercia… y cuestionar las causas de la debacle. Con metáforas, con elaboración bien meditada, sin limitarse al grito primigenio y desgarrador de desespero, auxilio o acusación.
Aunque ese alarido también hace falta, qué duda cabe. Pero yo, en lo personal, siempre votaré por las alegorías. Incluso cuando son tan dolorosamente claras como este último juego en el que, nos pese o no, todos estamos participando, mientras nuestra sociedad se desmorona.
Esperemos, entonces, que este no sea ni remotamente el último, para Daniel Chile. Y que siga jugando al cine, así o mejor, por muchos y muchos años.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.











