Me fui sola al último concierto de Rosalía del LUX tour en Miami: todo un triunfo que celebrar frente al espejo.
No suelo ir sola a conciertos. No suelo salir mucho de noche en Miami. Diría que se debe a que no tengo carro, pero les mentiría. La verdad es que me he vuelto un poco ermitaña. No amargada —mucho menos misántropa—, apenas una mujer ermitaña en la víspera de los cuarenta. Pero sucedió que una amiga de mi programa de doctorado me contó que había ido sola al primero de los dos conciertos de Rosalía en el Kaseya Center y yo me armé de valor.
No, no me armé de valor. Exagero.
No hace falta armarse de valor para ir sola a un concierto. Hace falta un tipo específico de actitud ante la vida que una vez yo tuve y quiero recuperar ahora. No hay que dejar de vivir experiencias que una quiere vivir por no tener quién te acompañe.
Una llega sola a este mundo y sola parte de él. Y en las noches, cuando cierro los ojos, incluso cuando ha habido otro cuerpo a mi lado, al abismo del sueño me entrego sola.
Tampoco pregunté a tanta gente si quería ir conmigo, apenas a dos personas. Supongo que quería demostrarme a mí misma que de veras podía ir sola al concierto de Rosalía. Sentarme sola en la butaca número tres de la fila 25 de la sección 115 del Kaseya Center. Tomarme sola una cerveza —o media cerveza— y comerme sola una pizza de queso. Empezar a llorar sola tan temprano como en la tercera canción, estremecida por la voz de Rosalía en Reliquia y las cuerdas de la Heritage Orchestra, y seguir llorando en las siguientes canciones, hasta sentir que mis emociones dejaban de pertenecerme.
Debí vestirme de blanco y negro, como casi todo el mundo. Casi todo el mundo —que yo recuerde de aquella noche de miércoles, 16 de septiembre— era mujer. Mucha mujer joven. Velos y vuelos blancos subiendo y bajando las escaleras. Mantillas negras y blancas. Flores, flecos y cabellos sueltos. Coronas pintadas en el centro de la cabeza, como la de Rosalía. También coronas plásticas y metálicas con brillantes.
El tránsito en las calles estaba enloquecido. Todos los semáforos en función de las fieles que íbamos no exactamente a un concierto, sino a algo más parecido a un aquelarre o una misa. Michael, mi chófer de Uber, tuvo que dejarme a unos trescientos metros de la entrada. Me dijo que él también iba a conciertos solo: nacido en Hialeah, casado con una cubana.
Le recomendé que escuchara a Rosalía.
Cuando comencé a caminar entre la gente, dejé de sentirme sola. Sospecho que debe pasar más a menudo de lo que una imagina en medio de una multitud con un propósito compartido. La compañía, al final, puede quedar reducida a algo tan fundamental como un propósito compartido. Lo próximo es irme a correr sola un maratón.
Hace unos diez años, en octubre, yo vi Ámsterdam por primera vez y me enamoré enseguida de la ciudad. Estaba allí para un taller de periodismo de tres semanas y era la única hispanoamericana del grupo.
La primera noche, decidida a no perder ni un solo día de ese viaje, salí sola a explorar la ciudad y no volví a mi hospedaje hasta el día siguiente. Me quedé en el apartamento de un griego que conocí en un bar y vivía con un francés. Desayunamos pulpo y vino tinto en la mañana, los tres juntos. Por primera vez en la vida yo comí pulpo y me gustó. Fue el mejor pulpo que he comido en la vida.
En la madrugada, mientras caminábamos a su apartamento, el griego me enseñó la casa de Anne Frank. Estábamos caminando sin más por la calle y de pronto él me dice: And this is Anne Frank’s house.
Y yo, que no sabía que quedaba en Ámsterdam, o quizás no lo recordaba de mi lectura de su diario en la adolescencia, me puse a llorar como si me acabara de dar la noticia de su muerte. Ahí nos besamos y abrazamos con la confianza de dos perfectos extraños que saben que no se van a volver a encontrar nunca más en el mundo.
Lo que añoro de esa actitud ante la vida son las historias que suceden cuando me animo a hacer planes conmigo misma. Una mira la realidad de una manera diferente. Converso con personas con las que quizás no hablaría si estuviera acompañada. Me fijo en detalles, momentos, colores y sensaciones que resaltan principalmente cuando nadie a mi lado reclama mi atención. Luego recuerdo también de una manera diferente; mucho más íntima.
En el concierto de Rosalía me sentí muy parecida a como me sentí aquella noche de octubre en Ámsterdam: no viva, sino resucitada. En Ámsterdam yo sentí frío a propósito. Llevaba un abrigo, pero me lo quité y caminé por la ciudad con un pulóver de mangas cortas.
Estaba tan emocionada que disfrutaba sentir el frío en mi cuerpo. Ni siquiera temblaba. Tenía los labios amoratados y las manos heladas. Pero el frío era la certeza absoluta de que estaba viva y joven en Ámsterdam.
En la música de Rosalía yo sentí su propio dolor. Agradecí que su corazón se hubiera roto y lamenté que su corazón se hubiera roto. Agradecí, para ser más exacta, la transformación de su dolor en belleza. La expansión de su arte.
En el público, una mujer le hizo saber con un cartel que LUX le había salvado de volver a las estrellas demasiado pronto. Y Rosalía le dio las gracias por quedarse.
Pensé que para salvar a otras primero tuvo que haberse salvado ella. En Magnolias, la última canción de LUX, una de mis favoritas, Rosalía canta lo que seguramente inspiró a la mujer del cartel:
Algún que otro navajazo
Me he llevado de la vida
Ella a mí me desarmó
Y yo le estoy agradecida
Y lanzad azúcar moreno
Sobre mi ataúd
Y quedaros despiertos
Hasta que vuelva otra vez la luz
Promete que me protegerás
A mí y a mi nombre en mi ausencia
Yo que vengo de las estrellas
Hoy me convierto en polvo
Pa’ volver con ellas.
Hay quienes han visto en esta etapa de Rosalía demasiados símbolos religiosos. Sin embargo, más que símbolos religiosos, yo encontré manifestaciones de lo divino. Lo divino entendido como una fuerza superior a la que acudes cuando sientes que ya no queda nada en el mundo que pueda salvarte, porque necesitas creer que existe algo más inmenso que tú, algo tan ancestral y verdadero como las magnolias, que han existido por casi cien millones de años, aunque al final descubras que la divinidad ya estaba dentro de ti, en tu poder para crear.
LUX es un álbum extremadamente personal. Y el concierto al que yo asistí lo fue en igual medida de principio a fin. No hacía falta conocer las historias que estaban detrás de cada canción para sentir las emociones que las habían conjurado. Rosalía entregó su corazón esa noche a un público de unas veinte mil personas, como imagino que debió haber hecho en cada uno de los 58 espectáculos que realizó en 17 países del mundo durante los últimos seis meses. Difícilmente alguien habría podido resistirse. ¿Quién dice que no es posible amar en dos horas a alguien? ¿O que dos horas de amor no pueden durar para toda la vida?

‘En la Voz de Ellas’
Por Jorge De Armas
Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.









