El término “apuntes” sugiere recopilación, provisionalidad, notas de trabajo. Aun cuando no excluye la interpretación, suele asociarse con trabajos documentales, concebidos como contribuciones parciales a una investigación más amplia. En la tradición cubana, el rubro está muy ligado al historiador-archivista, al cronista erudito, al coleccionista de materiales históricos. Pensemos, por ejemplo, en Emilio Roig de Leuchsenring y su monumental obra en tres tomos La Habana: apuntes históricos.
Lo primero que llama la atención de Apuntes para el estudio de la Revolución Cubana (Editorial Temas, La Habana, 2025) de Fabio Fernández es, entonces, lo engañoso del título. Porque el aporte de este libro al estudio de la Revolución Cubana es, en términos de investigación, prácticamente nulo. En lugar de un trabajo de compilación de materiales o algún acercamiento novedoso a algún episodio de la historia de las últimas décadas, lo que el volumen ofrece es una síntesis panorámica. Una que, para más INRI, ni siquiera es nueva; se trata, en esencia, del capítulo dedicado al período revolucionario en la reciente Historia de Cuba del Ministerio de Educación.
Reaparecen no ya interpretaciones o valoraciones, sino formulaciones, argumentos y aun pasajes enteros del texto anterior, que fue redactado por el propio Fernández, profesor titular de Historia de Cuba en la Universidad de La Habana. Se trata, de nuevo, de un síntoma de las mutaciones recientes del discurso oficialista, o más bien, de un esfuerzo por renovarse que se revela, al menor escrutinio, como una reproducción no ya de los contenidos del relato castrista sino de su estilo mismo, de su retórica.
Significativa resulta también, en ese sentido, la ubicación del llamado “Epílogo bibliográfico”. En un libro que se presenta como contribución al estudio de la Revolución, la discusión de las fuentes y del propio campo historiográfico, todo eso que solía denominarse “estado de la cuestión”, aparece, inusitadamente, al final. Más que un verdadero epílogo, esas páginas funcionan como una suerte de legitimación retrospectiva del relato ya concluido, delimitando, además, el horizonte interpretativo dentro del cual este quiere inscribirse. No estamos, de nuevo, ante unos apuntes en el sentido tradicional del término, sino ante algo bastante distinto: una nueva versión de una historia ya contada.
El principal aggiornamento es, obviamente, el tránsito desde la retórica de la batalla hacia una retórica del consenso. Ya en el prólogo, firmado por Alejandro Sánchez Fernández, se afirma que “El mayor desafío, en las circunstancias actuales de agravamiento de la crisis, será evitar una fractura total y rehacer un consenso social que se construyó bajo una dirección, en una sociedad y un mundo que ya no existen más” (p. 10).
El propio Fabio Fernández habla más adelante de “las fracturas del consenso político” (p. 14) y de la relativa “erosión del consenso” (p. 116) que se habría producido a partir de los años noventa. Si durante décadas el discurso revolucionario cubano se organizó alrededor del topos de la lucha (la “Batalla de Ideas”, versión involuntariamente cómica de las grandes campañas épicas de los sesenta, representó la última gran cristalización de aquella retórica belicista), en Apuntes… ese vocabulario pierde centralidad. La Revolución ya no aparece primordialmente como gesta, sino más bien como un espacio de cohesión nacional amenazado, en los últimos tiempos, por fisuras y erosiones.
Pero este reconocimiento no supone en modo alguno la desaparición del fidelismo. Al explicar por qué la crisis de los noventa produjo apenas una “erosión del consenso” y no una verdadera crisis política, Fernández destaca “el rol del liderazgo de Fidel, figura capaz de afianzar —con su carisma, con el poder de su oratoria y con su coherencia para gestionar la tensa situación creada— los pilares del sistema” (p. 117). Los disturbios del 5 de agosto de 1994 habrían demostrado, asimismo, “el sólido capital político de Fidel”, cuya presencia in situ “contribuyó a la contención de las protestas” (p. 117). Y todavía al llegar a los años de la Batalla de Ideas, caracterizados por la “palpable solidez del consenso político”, es “Fidel” quien, nos cuenta Fernández, “encabezó” la “mirada descarnada” a los problemas del país (p. 123).
El cambio de léxico resulta, visto de cerca, menos profundo entonces de lo que parece: el supuesto “consenso” continúa articulándose alrededor del mismo líder carismático que había presidido décadas atrás la movilización revolucionaria. Es “Fidel” quien da coherencia a ese arco histórico que dura desde 1959 hasta bien entrado el siglo XXI, un orden que sólo comienza a perder legitimidad con la presidencia poco carismática de Díaz-Canel. “Fidel” es, desde luego, más que un nombre; es el centro mismo de esa catolicidad que, tras superar el desafío de 1990, amenaza al fin con hacer aguas.
Fernández reconoce, ahora, la existencia de una sociedad “posrevolucionaria”, admite el debilitamiento del ideal socialista y menciona fenómenos recientes como la emigración masiva o la “derechización de la sociedad” (“Recorrer las calles de la Isla o sumergirse en el mundo de las redes arroja evidencia respecto a los muchos seguidores que ha ganado el proyecto del populismo de derechas representado por Donald Trump, Jair Bolsonaro, Javier Milei y Nayib Bukele”, p.128, n.27). Esa relativa apertura a la realidad distingue, ciertamente, a este libro de la historiografía oficial anterior.
Las protestas del 11 de julio, que antes habrían sido o bien dejadas fuera del relato o reducidas a mero resultado de la “propaganda enemiga”, son ahora comprendidas de esta manera: “El duro impacto de la pandemia, los efectos del bloqueo norteamericano en la economía, la inconsistencia de las líneas de acción política adoptadas en VIII Congreso del PCC, la debilidad del sistema de generación eléctrica, las campañas antigubernamentales desplegadas desde las redes sociales, los desequilibrios generados por la aplicación de medidas como la Tarea Ordenamiento y el cúmulo de problemas de contenido estructural se coligaron —en el año 2021— para agudizar las tensiones al interior de la Isla, lo cual condujo a las manifestaciones del 11 de julio, muestra de la erosión y la fractura del consenso. La polarización política —muy visible en el ámbito de las redes sociales— también dio evidencias en aquellas jornadas de haberse convertido en una importante variable dentro del acontecer cubano contemporáneo” (p.128).
Se ve cómo, en la explicación de la crisis, el autor ofrece una de cal y una de arena; sigue culpando al “bloqueo” y las campañas mediáticas, pero reconoce errores en la gestión de lo que ahora llaman “gobierno cubano” (término, desde luego, inconcebible en aquellos tiempos de “Fidel”, cuando esa forma de totalidad orgánica que era la Revolución no dejaba resquicio alguno).
Pero lo que más llama la atención en este pasaje sobre el 11J es ese señalamiento de la “polarización política”; lo que parecería un paso de avance, casi una posición revisionista, en tanto reconoce la existencia legítima de cierto desacuerdo con el sistema. De hecho, revela que, por mucho que trate de acercarse a esa realidad de las calles y las redes, la historiografía castrista está siempre retrasada, llega tarde. Porque polarización política hay en Estados Unidos, polarización política hay en España, pero no en Cuba.
He aquí, por cierto, un quiasmo fundamental: donde hay pluralismo institucional, la polarización divide el espacio político, alimentando ese enemigo íntimo de la democracia liberal que es el populismo; donde ese pluralismo ha sido suprimido durante décadas por la dictadura del partido único, el conflicto fundamental está en otra parte.
La extraordinaria, inconcebible persistencia del castrismo ha acabado en Cuba con toda polarización (aquellas discusiones entre “fidelistas” y “gusanos”, de las que encontramos un ejemplo memorable en El navegante dormido, de Abilio Estévez, cuando Olivero y Elisa discuten, en plena década del setenta, sobre la “justicia social” de la Revolución, son cosa del pasado), resultando en un amplísimo consenso en contra del régimen. Que todavía haya cubanos que lo apoyen no basta, desde luego, para hablar de polarización.
La sociedad cubana no está dividida entre izquierda y derecha, justo porque la sorda y no tan sorda oposición a un gobierno ilegítimo une a liberales, conservadores, socialdemócratas, trumpistas, neocomunistas, antiguos revolucionarios, personas políticamente indiferentes, etc., en una demanda que es, por así decir, anterior a las demandas siempre más simbólicas, secundarias, de los populismos de derecha y de izquierda.
Cuba, por la singularidad de su dictadura, el anacronismo que comporta, vive en un tiempo político anterior a la batalla contemporánea entre la democracia liberal y el populismo, y el señalamiento de la “polarización política” como un factor de la sociedad cubana actual por parte de Fabio Fernández de alguna manera equivale a normalizar esa excepcionalidad. Habiendo llegado tarde a reconocer la desafección y la pluralidad, la historiografía castrista se adelanta, paradójicamente, al interpretarla como polarización (categoría en este caso casi extranjerizante, francamente diversionista…), todo para no reconocer que la contradicción fundamental de la nación es ahora mismo aquella entre el pueblo y el gobierno.
Asimismo, muchas zonas de conflicto histórico permanecen en estos Apuntes para el estudio de la Revolución Cubanatodavía cuidadosamente contenidas dentro de límites bastante precisos. Justo porque el consenso sustituye parcialmente a la movilización épica como fundamento narrativo, episodios traumáticos de la historia reciente de Cuba aparecen forzosamente miniaturizados dentro del relato. Ya no se trata tanto de borrar los conflictos como de administrarlos, relegándolos al margen de la página, a la letra pequeña.
Así, la crisis de Mariel es solo mencionada en una nota al pie; lo mismo la “limpia del Escambray”, la Causa número 1 de 1989, el Maleconazo y las UMAP. No hay siquiera una mención al proceso de la “microfracción” de 1968, en un libro donde, sin embargo, se dedica espacio a un poema de Fernández Retamar, una canción de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y una larga cita de una novela de Leonardo Padura.
La propia palabra “consenso” facilita esta forma de integrar las zonas de conflicto antes silenciadas. Una fractura presupone, evidentemente, una integridad; el reconocimiento de la pluralidad del país como una suerte de novedad supone un monolitismo anterior, le concede al castrismo inicial una legitimidad democrática que no ha sido demostrada. Reconocer las “fracturas del consenso” no equivale, por tanto, a preguntarse hasta qué punto existió realmente ese consenso, qué formas de coerción contribuyeron a producirlo, qué voces quedaron excluidas del mismo.
Fabio Fernández no puede plantear esas preguntas, porque las mismas echarían por tierra todo su relato, el cual acepta como hecho dado, como natura naturans, la legitimidad del castrismo, siempre identificado a la Revolución. El conflicto tiene que aparecer, en su narrativa, como accidente posterior de una unidad originaria. De ahí que la guerra en el Escambray, las UMAP o la crisis de Mariel deban ser relegados a la mención casi de pasada: son episodios marginales en esta historia, como lo son también en el ciclo novelístico de Leonardo Padura.
Una operación semejante, aunque menos relacionada con la retórica del consenso que con la administración retrospectiva del fracaso, cumple la reiteración del término “apuesta” para designar proyectos, políticas e instituciones de la llamada Revolución. Fernández habla de la “apuesta por la justicia social y la soberanía nacional” (p. 14), de la “apuesta por la justicia social” materializada en la Reforma Agraria (p. 51), de la “apuesta insular por un socialismo autóctono” (p. 71), de la “apuesta por construir un hombre nuevo” (p. 80), de la “apuesta cubana” por un nuevo modelo político (p. 95), de “la apuesta por rectificar” a fines de los ochenta (p. 100), de la “apuesta socialista” (p. 121) y, finalmente, de la todavía vigente “apuesta por el socialismo” (p. 124).
La palabra permite presentar decisiones concretas —adoptadas por determinados dirigentes, impuestas al conjunto de la sociedad y acompañadas de consecuencias verificables— como elecciones abiertas hacia el futuro, cuyo valor reside menos en sus resultados que en la nobleza de sus propósitos. De ahí que el autor pueda reconocer “el fracaso de esta apuesta” industrializadora (p. 79), pero compensarlo inmediatamente con el señalamiento del éxito de sus “ambiciosos planes de desarrollo social”. Y es reveladora la asimetría con que se reparte el fracaso: mientras las apuestas de la “Revolución” pueden fracasar sin quedar moralmente desacreditadas, las “apuestas” de quienes suponían que el sistema sucumbiría “fracasaron estrepitosamente” (p. 118). El fracaso propio es comprensible y hasta ennoblecido por sus intenciones; el fracaso ajeno es motivo de escarnio.
La selección de autores y músicos que Fernández incorpora resulta, por otro lado, igualmente reveladora. Fernández Retamar, Heberto Padilla, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Sara González, Leonardo Padura, Carlos Varela, Tony Ávila, Chocolate MC y Bebeshito: hay aquí una apariencia de pluralidad, todo sin abandonar el horizonte normativo de la Revolución.
Retamar aporta el prestigio de la alta cultura; Silvio, Pablo y Sara, la banda sonora político-sentimental de dos generaciones formadas por el castrismo; Varela y Padura, la dosis de desencanto y crítica que ese canon puede ya tolerar e incluso incorporar; Tony Ávila, la anacrónica posibilidad de imaginar la reforma en medio de la debacle. Hasta Padilla, cuya presencia podría resultar más perturbadora, aparece como testimonio de una crisis circunscrita a lo cultural, ya reconocida y hasta medio asimilada por la historia oficial.
En el extremo opuesto, Chocolate MC y Bebeshito no son incorporados como voces que puedan expresar de alguna manera un anhelo de la Cuba contemporánea, sino como síntomas de una degradación que equivale, al cabo, a la erosión de los valores revolucionarios: sus letras se citan para ejemplificar el individualismo, el culto al dinero, la violencia y la cosificación propios del género reparto.
No hay aquí, por tanto, un verdadero diálogo entre perspectivas, sino una distribución cuidadosamente jerarquizada de las voces: unas cantan a la Revolución, otras expresan sus decepciones desde un lenguaje todavía aceptable, y las últimas representan las tierras bárbaras que hoy se extienden fuera de la ciudad revolucionaria, ese nuevo, galopante ateísmo de lo que no creen ya en la Revolución ni en sus valores originales, todo lo que, al final, queda fuera de esa fe, esa esperanza y esa caridad que es, ha sido, “Fidel”.
En el terreno de la retórica, Fabio Fernández se mueve, claramente, entre la nueva trova y el padurismo, que es como decir, entre la utopía y el desencanto. Hablando de la Crisis de los Misiles, escribe: “Ante los ojos de los ciudadanos se agigantó la imagen de Fidel, pues en ella volvió a encarnar la dignidad de un pueblo dispuesto a resistir el embate de los poderosos”. Y a propósito del Período Especial: “Uno de los símbolos más notables del fervor revolucionario en la Cuba de los noventa”, escribe allí Fernández, se encontraba en “la especial comunión de espíritus” que se producía en los actos masivos cuando Sara González cantaba Su nombre es pueblo y La victoria. (p. 116, n. 8).
“Fervor”, “comunión”, “espíritus”, “himnos”: el lenguaje conserva aquí una connotación casi religiosa. La vieja retórica revolucionaria había hecho de la masa reunida una de sus grandes imágenes de legitimación; el nuevo vocabulario del consenso necesita seguir imaginando esa masa como comunidad, aunque ahora menos combatiente que comulgante.
Pero lo más significativo, en el libro de Fernández, no es la persistencia de todo este discurso lírico-patriótico, ni tampoco que reproduzca su inherente deslegitimación de la disidencia (“La debilidad y el carácter antinacional de los proyectos de la denominada ‘disidencia’ —pequeños grupos de proyección antigubernamental— también explican la solidez del consenso político”, p. 117, n. 9), sino la forma en que ciertos automatismos expresivos y fórmulas lexicalizadas claramente asociados al mismo permean la escritura.
El caso más evidente es la reiteración del término “la Mayor de las Antillas”, utilizado una docena de veces a lo largo de un libro bastante breve. Aunque se trata de un tópico muy anterior al castrismo, esta antonomasia pertenece claramente al repertorio del discurso mediático institucional cubano. Su reiteración hace reaparecer, en la superficie de un texto que deliberadamente busca superar lugares comunes, la prosodia ceremonial de la lengua castrista. Cada vez que Fabio Fernández escribe “la Mayor de las Antillas”, el Noticiero Nacional de Televisión se cuela en la historiografía.
Lo que en El grado cero de la escritura destaca Barthes de la escritura del realismo socialista no es simplemente que sea propaganda o que contenga clichés políticos, sino la paradoja de que una literatura que presentándose como revolucionaria acabe recurriendo a una escritura convencional, codificada, preciosista al cabo, en la cual el objeto ya no puede llamarse por su nombre porque el código exige una expresión ennoblecida.
El uso de “la Mayor de las Antillas” en lugar de “Cuba” es un ejemplo casi de manual de ese tipo de operación estilística. Barthes observa que esas perífrasis terminan constituyendo una suerte de lengua ornamental, marcada por los signos más visibles del lenguaje literario. No importa tanto la información transmitida —“la Mayor de las Antillas” no añade, en este orden, nada a “Cuba”— como la pertenencia de la expresión a un registro elevado, circunloquial.
El preciosismo y la lengua burocrático-revolucionaria parecen políticamente opuestos, pero comparten el mismo rechazo a una denominación transparente, y es justo eso, el castrismo no ya en el plano del contenido sino en el de la forma misma, en el estilo, lo que ejemplifica insuperablemente este libro de Fabio Fernández.
Se puede entonces imaginar una continuación de “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, aquel gran ensayo de Mañach, con un último acápite titulado “Castrismo y estilo”. Y ahí entrarían fórmulas como “la Mayor de las Antillas”, que aún sin carga ideológica explícita conservan todo el kitsch de la lengua institucional cubana, sus exasperantes niveles de inflación verbal.
El abuso de esta perífrasis ornamental no es un caso aislado de mal gusto, sino la manifestación más visible de un rasgo estilístico extendido a lo largo del libro que comentamos. En las primeras páginas aparecen, por ejemplo, casi amontonadas las siguientes expresiones: “cambio telúrico operado en la Mayor de las Antillas”, “sus múltiples impactos a escala regional y planetaria”, “el devenir de la Revolución”, “el reino del capital”; poco después el autor escribe que la sociedad cubana “cruje al compás de profundas contradicciones” y Cuba aparece como “esta Isla” en “su aventura por encontrar la plenitud”.
En el capítulo primero leemos que la estructura económica neocolonial “cerraba con mano férrea las puertas del desarrollo”; luego se recuerda “todo el torrente de cambio forjado” en los años veinte y treinta, para desembocar en los “aires de renovación” que despegan con la “epopeya del Moncada”. Y así hasta el final, en una metaforización constante de procesos que podrían describirse sin ese suplemento figurativo.
He aquí, roto ya aquel consenso que supuestamente perdurara a lo largo de la dorada época fidelista, reconocida la fractura por los propios custodios del legado, la persistencia última del castrismo. Ya sin contenido alguno, este se nos revela al fin como mera retórica, como frase hecha, como vicio de lenguaje.
Apuntes para el estudio de la revolución cubana, libro que no aporta nada en el terreno propiamente historiográfico, es significativo justamente en tanto expresión involuntaria, casi última, de su propio objeto de estudio: la Revolución en su fase rococó, en el esplendor mismo de su decadencia.
Se puede hablar ya de una sociedad posrevolucionaria, de las protestas del 11 de Julio, de la pluralidad política de la sociedad cubana actual. Pero Cuba sigue siendo la Mayor de las Antillas.

‘En la Voz de Ellas’
Por Jorge De Armas
Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.










