
Una joven, acompañada de su madre, se baja de un auto aquejada de intenso dolor abdominal. Entran a un hospital de urgencias que más bien parece un cuartel. Una enfermera la lleva ante un médico que apenas la examina. La muchacha pide ir al baño. Se escuchan gritos. La enfermera la saca del baño y la envían a ginecología; pero de allí sale para una prisión, acusada de haberse inducido un aborto. La muchacha grita “llamen a mi mamá”. Es inútil. La madre ni se entera. Dos años después, le hacen un juicio en el que la condenan a ocho años.
Así comienza Belén, filme argentino de 2025 de Dolores Fonsi, basado en hechos reales a partir del libro de no ficción Somos Belén (2019), de Ana Correa. Los sucesos narrados tuvieron lugar en San Miguel de Tucumán, Argentina, entre 2014 y 2016, un período en el que Cristina Fernández (2007-2015) y Mauricio Macri (2015-2019) gobernaron ese país.
Belén es el seudónimo que asignan a la prisionera para preservar su anonimato y proteger su identidad, cuando se pone en marcha el movimiento de mujeres liderado por la abogada Soledad Deza, que asume el caso de la muchacha después del juicio. En adelante, la película transcurre como un drama legal en el que concurren graves violaciones de derechos civiles, violencia institucional, corrupción judicial y funestas prácticas, legales y sanitarias, en un contexto muy conservador que criminaliza el aborto.
El filme de Dolores Fonsi guarda una evidente conexión con la aclamada Argentina 1985, de Santiago Mitre (2022). Aunque no tiene su complejidad cinematográfica, ofrece un relato bien estructurado en el que se integran los hechos ocurridos en el hospital, la vida en prisión de la acusada, la vida familiar y otros avatares de la abogada Soledad Deza, y la batalla legal por abrir una nueva audiencia del caso, torpedeada desde adentro por el sistema judicial y lograda solo cuando el equipo de las abogadas articularon el caso de Belén con el movimiento #NiUnaMenos contra la violencia de género, el cual sumó la frase “Libertad para Belén” a sus cantos por todo el país y alcanzó relevancia nacional.
La película que representó a Argentina en los Premios Oscar 2026 llega a su clímax en la secuencia final, especialmente en la escena que muestra el alegato de la abogada en la corte, mientras afuera, en la calle, miles de personas piden la libertad de la prisionera.
Al juez y a los demás miembros del tribunal, Soledad Deza les dice:
“Ustedes están acá con aire acondicionado escuchando un alegato escrito, pero no escucharon la verdad de Belén, ni los reclamos de las mujeres en las calles. No escuchan el reclamo de miles de mujeres que piden protección y que igualmente son asesinadas por sus agresores”.
“Nada va a servir, si no escuchan el proceso social que llevamos viviendo en el país. Escuchen, porque esos gritos no van a parar”.
“Y si siguen sin escuchar, no va a haber ley que alcance. Cuando los que tienen la responsabilidad de hacerla cumplir son los mismos que la corrompen, no va a haber justicia que alcance”.
“En plena democracia, en un hospital público, Belén fue acosada, torturada y condenada en la misma noche. Los médicos hicieron de policías; los policías, de médicos; y los jueces encerraron a una persona sin pruebas”.
Cambiando los contextos, todo el parlamento de la abogada es aplicable a los casos de las más de mil personas que fueron encarceladas en Cuba después de las protestas del 11 y 12 de julio de 2021, a las que se suman nuevos nombres cada día.
Los gritos de Belén no son muy diferentes a los del adolescente de dieciséis años Jonathan David Muir, quien dice constantemente en prisión, “mamá, papá, sáquenme de aquí”.
Jonathan fue encarcelado por el régimen cubano por sumarse a la protesta que pedía libertad, comida y electricidad en la ciudad de Morón, en medio de un feroz apagón el pasado mes de marzo.
Los gritos de Belén guardan semejanza con los reclamos de las mujeres llevadas a las cárceles cubanas por pedir libertad, como Lisandra Góngora, madre de cinco hijos, o Saylí Navarro, activista, presa de conciencia y cofundadora del movimiento Damas de Blanco, cuya liberación ha sido exigida por Amnistía Internacional.
Los gritos de Belén recuerdan a los de la madre del escritor y periodista Gabriel Barrenechea. La anciana clamó, inútilmente, por ver a su hijo ―injustamente preso, solo por participar en una protesta pacífica― antes de morir.
Gritando una semana desde el balcón de su casa en Marianao, para llamar la atención sobre el inmovilismo y adormecimiento de las personas ante las penurias de la vida diaria, estuvo el deportista Javier Ernesto Martín Gutiérrez, acusado ahora por incitar a la población a manifestarse, porque el régimen cubano es una máquina de fabricar delitos.
Muchos años gritando llevan los padres, madres, hijos e hijas de los presos políticos que llenan las cárceles en Cuba. Pero, al parecer, esos gritos no son suficientes.
Ana Correa refirió en Signs: Journal of Women in Culture and Society: “Escribí Somos Belén como una forma de negarme a las mentiras. El sueño de que, tras 97 años, el aborto ya no sería criminalizado en Argentina acababa de ser destrozado con argumentos falsos durante el debate congresional de 2018. En el senado y en las calles, la gente decía: Pero ninguna mujer ha sido jamás encarcelada por aborto en Argentina”.
¿Acaso eso no es similar a la mentira repetida por los gobernantes cubanos, desde Fidel Castro hasta el actual presidente, de que en el país no hay presos políticos?
En las oraciones finales de su alegato, Soledad Deza dice algo que también puede aplicarse a Cuba, a los que tienen voz y callan ante las mentiras del régimen de La Habana; solo hay que cambiar de país: “No va a haber piedad para los débiles en Tucumán si hacemos silencio frente a las complicidades”.
¿Cuándo llegará el día en que toda voz influyente ―no solo cubana― pueda decir como dijo la abogada? Decir: “No cuenten más con nuestro silencio, es ese mismo silencio el que tiene encerrada a Belén hasta el día de hoy”.
Sustituyamos a Belén por los nombres de los más de mil presos políticos en Cuba, a los que hay que darles visibilidad, porque, como dijo también Ana Correa, “lo que no se nombra se vuelve clandestino, considerado ilícito por quienes ostentan el poder”.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
Por Samuel Moyn









