La metáfora de vivir sin electricidad: columna para quienes no están en Cuba

Hay una generación de profesores cubanos que parece no ver la realidad. Digo profesores porque justamente el experimento lo he realizado con pedagogos retirados con quienes tuve alguna relación en el pasado y, aunque la n no sea significativa, me atribuyo el metafórico derecho de decirlo así. Ya vendrán a criticarme, que para eso también hay reservas.

Uno dice que no es seria la distribución de los horarios de apagones mientras publica eslóganes “revolucionarios” el Primero de Mayo. 

Otra suelta que para ella la “revolución” es como ese hijo que, aunque tenga los dientes feos, lo sigue viendo hermoso. 

Un tercero comenta que el problema está en que algunos no colaboran con los objetivos de la nación.

Yo, simplemente, no doy crédito.

Quizá esa sea la última electricidad disponible: la de la metáfora. Porque combustible, según acaba de reconocer el propio ministro de Energía y Minas de Cuba, Vicente de la O Levy, ya no queda. “No tenemos absolutamente nada”, dijo. 

Nada. Ni para disimular. Ni para estirar. Ni para ponerle un poco de barniz a la catástrofe. 

El país funciona con crudo nacional, gas propio y renovables insuficientes, en una red eléctrica que los propios informes describen en estado crítico. De hecho, en La Habana se han reportado apagones de hasta 20 y 22 horas diarias. 

¿Qué significa que un país no tenga combustible?

Significa que el apagón deja de ser un accidente y se convierte en paisaje. Que la nevera ya no conserva, la bomba no sube agua, el ventilador no gira, el teléfono no carga, el hospital calcula, la farmacia tiembla, el niño suda, el viejo se deshidrata y la madre aprende otra vez a cocinar en la frontera entre la inventiva y el derrumbe.

Significa que vivir se vuelve logística.

Uno ya no pregunta qué hará mañana, sino cuándo habrá corriente. A qué hora llenar el tanque. Cuándo lavar. Cuándo cargar la lámpara. Cuándo conectar el nebulizador. Cuándo abrir la nevera para perder la menor cantidad posible de frío. 

El cubano de a pie —casi todos, para qué fingir una sociología más fina— no vive el día: lo administra como quien reparte migajas en una mesa grande.

¿Desde cuándo? 

Desde hace mucho. La crisis energética cubana no empezó con esta frase ministerial, aunque la expresión tenga el encanto brutal del epitafio. Cuba arrastra apagones, roturas de termoeléctricas, falta de piezas, dependencia del combustible importado y una red envejecida desde hace años. 

La situación actual añade otra capa: sanciones, tensiones con proveedores, escasez de diésel y fueloil, y una búsqueda desesperada de quien venda combustible a una isla que ya no puede prometer normalidad. 

Pero en Cuba casi nada se dice así. Todo necesita pasar por una retórica de resistencia, como si el lenguaje pudiera encender turbinas.

Hay quien mira una ciudad a oscuras y habla de dignidad. Hay quien ve basura acumulada y cita al enemigo externo. Hay quien escucha el zumbido ausente de los ventiladores y responde con una consigna. 

Metáfora sobre metáfora hasta que la vida real queda debajo, aplastada y pidiendo aire.

Vivir sin electricidad también es vivir sin intimidad. La oscuridad entra en la casa sin autorización. Reordena los horarios, las conversaciones y los olores. Una familia deja de decidir cuándo comer, cuándo dormir, cuándo bañarse. El Estado, la avería, el combustible ausente y la mala gestión se sientan en la sala. Todos juntos. En el sofá desgastado. Sudando.

Y, aun así, aparece el profesor jubilado con su pedagogía de la épica: “hay que colaborar”. Como si colaborar fuera enfriar la insulina con una consigna. Como si la nevera entendiera de geopolítica. Como si el arroz se ablandara con fidelidad ideológica y la electricidad fuera un estado de ánimo.

El problema de las metáforas es que sirven hasta que el cuerpo empieza a quejarse. El cuerpo no entiende demasiado de relatos. Necesita agua, comida, sueño, temperatura soportable, medicamentos conservados, hospitales funcionando. 

Sin electricidad, todo eso se vuelve frágil. Sin combustible, la fragilidad se convierte en sistema. Entonces la metáfora se rompe.

Porque una cosa es decir que la Isla resiste y otra muy distinta es mirar a una anciana subir diez pisos sin ascensor. Una cosa es hablar del bloqueo, la inacción europea o la incompetencia del gobierno cubano —y pueden existir todas esas capas a la vez— y otra es aceptar que el apagón no distingue entre teorías. 

Sencillamente es difícil explicar la oscuridad con palabras que ya no alumbran.

El apagón total es una forma de sinceridad. Quita decorados. Deja a la vista el esqueleto. Muestra qué funciona y qué era teatro. Pone en evidencia quién tiene planta eléctrica y quién tiene vela. Quién tiene remesa y quién tiene paciencia. Quién puede irse y quién se queda contando las horas.

Cuba, la Isla Metafórica, ha vivido demasiados años de símbolos. La luz del futuro. El hombre nuevo. La plaza encendida. La resistencia infinita. Ahora la frase oficial es más pequeña y más terrible: no tenemos absolutamente nada.

Quizá por eso duele tanto. Porque suena menos a propaganda y más a verdad.

Y cuando un país llega a ese punto, tal vez convenga apagar también algunas metáforas. Guardarlas en una gaveta —para los españoles, cajón. Dejar de decir que los dientes feos del hijo son hermosos. Mirar la boca, las caries, la infección. Nombrarla. Tratarla. Pedir ayuda. Exigir responsabilidad. Buscar soluciones.

Mientras tanto, el cubano de a pie seguirá haciendo lo que siempre ha hecho: inventar una vida con lo que queda. Pero esta vez queda poco. Muy poco.

Tal vez solo quede la pregunta: ¿Cuánto tiempo puede vivir un país completamente a oscuras antes de admitir que la oscuridad no es una metáfora?