No olvidemos que antes hubo un país

La situación cubana da para pensar, no solo en lo que ocurre minuto a minuto en la Isla, sino también en aquello que vendrá después. Y en las diversas maneras que serán necesarias para levantar la Isla, sacar a su población de la barbarie, aliviar la miseria en que la ha sumido la dictadura y echar los cimientos de un país con futuro, capaz de garantizar una vida plena a sus ciudadanos y cumplir con las obligaciones de un Estado moderno y funcional.

Esta nueva realidad a la que nos enfrentamos despierta múltiples análisis de toda especie, que emanan desde la sentida urgencia que exige la tan necesaria reconstrucción por venir, así como también de diferentes actores de la sociedad civil que, dentro y fuera de la Isla, se encuentran listos para el esperado momento. 

No obstante, valga tener en cuenta que muchas de estas ideas aparentemente parten del momento preciso en que termine la dictadura y, de cierta forma, insisten en reescribir, en fundar desde cero todo el entramado legal e institucional de la nueva república, olvidando un poco que antes del régimen actual hubo un país, uno que precisamente se había dado un sistema de leyes fiscales que garantizaban la continuidad del aparato público y el cumplimiento de los deberes para con la nación.

Ese país que existió en lo institucional no pudo ser borrado por completo por el castrismo, que tuvo que servirse de él hasta bien entrado el proceso totalitario. El régimen de Fidel Castro implementó un desmantelamiento absoluto del orden legal republicano, sustituyendo la Constitución de 1940 por la Ley Fundamental de 1959 para concentrar los poderes ejecutivo y legislativo. No obstante, algunas leyes de la era republicana e incluso del periodo colonial sobrevivieron durante décadas, debido a la complejidad de redactar nuevos códigos desde cero.

El Código de Comercio, dictado originalmente por España en 1885 y extendido a Cuba por Real Decreto en 1886, continuó rigiendo durante toda la era republicana. El régimen de Castro nunca derogó por completo ese código. Aunque la propiedad privada y las empresas comerciales fueron ilegalizadas o confiscadas, partes del código —como los contratos de transporte marítimo, los seguros y ciertos títulos de crédito— continuaron vigentes de forma residual para normar las operaciones de las empresas estatales y el comercio exterior de la Isla.

El Código Civil español de 1889 se mantuvo vigente tras la Independencia y rigió las relaciones civiles, contratos, herencias y propiedades de los cubanos durante toda la República. A pesar de que la Revolución destruyó las bases del derecho de propiedad privada, el Código Civil de 1889 permaneció vigente en Cuba hasta 1987. El régimen tardó 28 años en redactar su propio código de corte socialista (la Ley No. 59 de la Asamblea Nacional), por lo que durante casi tres décadas los tribunales cubanos resolvían herencias, obligaciones y contratos utilizando un texto legal decimonónico.

La Ley del Divorcio de 1918 sobrevivió hasta 1975. Cuba aprobó una de las legislaciones de divorcio más avanzadas y liberales del continente el 29 de julio de 1918, introduciendo el divorcio por mutuo disenso y la disolución total del vínculo matrimonial. El ordenamiento familiar republicano en materia de divorcio y matrimonio se mantuvo operando sin apenas modificaciones estructurales hasta la promulgación del Código de Familia de 1975, el cual adaptó el derecho civil a los principios ideológicos de la Revolución.

Entrado en vigor en 1938 bajo la presidencia de Federico Laredo Brú, el llamado Código Social estuvo plenamente vigente hasta 1979. Era un código penal avanzado para su época, enfocado en la prevención del delito y conceptos criminológicos modernos. 

El régimen castrista utilizó ese mismo código para juzgar a disidentes y presos políticos durante sus dos primeras décadas. Para adaptarlo a su conveniencia, simplemente le añadieron decretos y “leyes revolucionarias” que sumaron la pena de muerte por fusilamiento y delitos políticos, pero la estructura del código sobrevivió intacta hasta que se dictó el primer código penal socialista en 1979.

De una forma u otra, la entelequia del sistema institucional totalitario vino a colgarse encima del anterior, utilizando sus mecanismos y estructuras hasta bien avanzada la dictadura. El regreso a esos códigos y formas, que una vez modernizados serán garantes de derecho en el futuro, constituyen el punto de partida que necesitamos para dejar atrás el tejido dictatorial en la vida pública y comenzar a construir desde una base sólida ya probada en el pasado. 

Los países sostienen lo institucional en una amplia gama de proyectos de diferentes épocas, que comparten entre sí la utilidad que cada inciativa aporta, derogando aquellas que los tiempos exigen. Recuperar lo institucional de la República, y restaurarlo de inmediato como ley vigente una vez que cese la usurpación, se constituye en acto vital para continuar escribiendo la historia de nuestro proyecto nacional, interrumpido por el secuestro del país por una minoría, instigadora de la pausa funesta que ha significado esta etapa oscura de nuesto devenir como conjunto humano.

Siendo el éxodo —la fuga— un recurso prioritario que ha marcado a la población cubana, sobre todo en los últimos años, la desición de establecerse en otros destinos ha permitido a los cubanos herramientas que los convierten en actores de éxito en muchos de los lugares en que se establecieron al huir de la dictadura, creando en ellos una riqueza y una calidad de vida que anhelan tener en su tierra natal para sí y para los suyos. 

La reconstrucción del aparato económico nacional vendrá aparejada a la instalación de políticas fiscales de carácter obligatorio, mediante las cuales el individuo participa de la sociedad y contribuye como actor a su mejora y progreso. 

A pesar de que los habitantes de nuestro país adolecen de una cultura fiscal y de la comprensión de su necesidad, el cambio que se producirá en las estructuras de la Isla, toda vez que se declare la libertad de comercio e industria, eliminará en poco tiempo las enormes diferencias que ahora existen en cuanto a ingreso y capacidad adqusitiva por parte de las personas que han padecido la debacle del régimen. Esto, a su vez, cambiará la percepción de las formas mediante las que los cubanos se relacionarán con el poder y cómo contribuirán a la sociedad.

Economistas y expertos plantean que en un plazo de cuatro a seis años es posible que se produzca un boom comercial y productivo que borre las míseras realidades que ahora se padecen. En ese plazo, con la asistencia internacional y la capacidad creadora de un conjunto humano revalorizado y aceptado por fin como sujetos de derecho, será posible sumar a lo fiscal el esfuerzo de todo el país, y que en la gente cale la idea (y se adopte como necesaria) de aceptar sus obligaciones con la recaudación de impuestos, como forma de contribuir directamente al bien común.

La riqueza visible, creada con el trabajo y sostenida con el progreso, puede por sí sola ser la fuerza motriz que renueve una sociedad aplastada por estructuras que la sometieron al expolio y la indigencia. En la Cuba futura todo está por hacerse, partiendo paradójicamente de similares condiciones que en 1899. La destrucción y el abandono abarca todo cuanto existe hoy en Cuba, porque el triste legado que deja la dictadura más destructiva del continente se cebó con todo lo construido y avanzado sobre nuestro suelo, no solo en lo material, si no también en cada aspecto y rama de lo bello, lo verdadero, lo humano.

Un pueblo renovado por su liberación, que recupere de una vez y para siempre su lugar entre los libres y su voz como sociedad, será capaz de repetir lo que nuestros antepasados hicieron a principios del siglo XX, sobre todo con las infinitas posibilidades que su posición geográfica le otorga a la Isla. También, gracias a las experiencias que aportarán los retornados y las posibilidades de inversión y empleo que desde ya se prometen para esta nueva etapa.

Por lo tanto, lo que se viene es rescatar más que recrear, si se echa mano a las experiencias de la tradición, la cual subyace en las leyes que se dio la República en el pasado para su engrandecimiento y beneficio. Esta pesadilla que ya termina no fue capaz de borrar eso de la memoria y el alma de la nación cubana, que hoy sobrevive expectante en todos los cubanos que la quieren y que estamos dispuestos a trabajar por ella y para ella, cuando el fruto de nuestro trabajo pueda ser recogido, conservado y compartido con todos y para el bien de todos.