A veces, cuando el presidente Trump habla de Cuba, introduce incluso algún elogio. “Tiene un paisaje bonito. Ya saben, es una isla hermosa”, dijo durante un acto de firma en el Despacho Oval en marzo. “Sí creo que tendré el honor de tomar Cuba. Estaría bien. Sería un gran honor.” Otras veces juega con la idea de la conquista de una manera algo más amenazadora, como cuando dijo en ese mismo acto: “Ya sea que la libere o que la tome, creo que podría hacer con ella lo que quisiera.” Casi tan pronto como comandos estadounidenses sacaron con rapidez al presidente venezolano Nicolás Maduro y lo trasladaron en avión a Estados Unidos, algunos funcionarios de la administración fijaron la vista en el siguiente objetivo: Cuba.
Trump, como de costumbre, está centrado en los negocios. Su administración parece haber puesto el foco en los yacimientos cubanos de níquel y cobalto, en un intento de ganar terreno en la carrera con China por los minerales críticos. En el caso del secretario de Estado Marco Rubio, la motivación para que Estados Unidos se concentre en Cuba parece más personal. Los padres de Rubio abandonaron Cuba poco antes de que Fidel Castro llegara al poder, y él ha albergado durante mucho tiempo el sueño, compartido por muchos exiliados cubanos, de un cambio de régimen en la isla. En una reciente alocución desde el Departamento de Estado, pronunciada en español y dirigida a los cubanos, Rubio les prometió una “nueva vía”.
Desde la perspectiva cubana, la posibilidad de que Estados Unidos impulse un cambio de régimen resulta problemática, después de siglos de conflicto y extracción colonial. Como explica la historiadora de Cuba y profesora de Princeton Ada Ferrer, presidentes estadounidenses desde Thomas Jefferson han soñado con adquirir Cuba de una forma u otra. Ahora, cuando los cubanos padecen sanciones, escasez de petróleo y una escalada de los precios de los alimentos, a Ferrer le preocupa que la retórica belicosa de la Casa Blanca pueda empujar las relaciones entre Estados Unidos y Cuba por una senda abiertamente violenta.
En el episodio de esta semana de Radio Atlantic, hablo con nuestra redactora Vivian Salama y con Ferrer, autora del libro Cuba: An American History, ganador del Pulitzer, así como del nuevo libro Keeper of My Kin: Memoir of an Immigrant Daughter.
A continuación, la transcripción del episodio:
Hanna Rosin: Para encontrar pistas sobre lo que pasa por la cabeza del presidente Donald Trump, a veces ayuda seguir los movimientos del USS Nimitz, el portaaviones en servicio más antiguo del mundo. El año pasado fue redirigido a Oriente Próximo. En marzo de este año emprendió su último viaje, que ha incluido una parada en el Caribe. Más concretamente, a distancia de ataque de Cuba.
Janine Stanwood (WPLG): Un nuevo portaaviones estadounidense se desplaza al Caribe en medio de una mayor presión de Estados Unidos sobre el gobierno cubano.
Rosin: La semana pasada, Trump dijo a los periodistas: “Tenemos a Cuba en la cabeza.” Eso fue justo después de que el Departamento de Justicia acusara a Raúl Castro, hermano de Fidel, de asesinato por su papel en el derribo de dos avionetas en el que murieron cuatro nacionales estadounidenses hace 30 años. Hace unos días dijo que vamos a estar “liberando Cuba”.
Donald Trump: Es un país fallido. Todo el mundo lo sabe. Otros presidentes han estado dándole vueltas a esto durante 50, 60 años, haciendo algo, y parece que voy a ser yo quien lo haga.
Rosin: Soy Hanna Rosin. Esto es Radio Atlantic. Trump no es el primer presidente que ha dicho que quería “salvar” a Cuba. De hecho, los dirigentes estadounidenses han soñado con controlar la isla de una forma u otra durante más de un siglo. Pero ningún presidente de Estados Unidos lo ha conseguido realmente. Y, sin embargo, aquí estamos otra vez.
Ada Ferrer: Este momento en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba es inédito. Ningún presidente estadounidense ha adoptado una postura tan tajante, combativa e imperialista con respecto a Cuba, desde luego no en mi memoria.
Rosin: Esa es la historiadora Ada Ferrer, ganadora del Pulitzer. Hablaremos con ella más adelante en el programa.
Antes, la redactora Vivian Salama, que escribe sobre política y seguridad nacional y que lleva varios meses escribiendo sobre Cuba.
Rosin: Vivian, bienvenida al programa.
Vivian Salama: Encantada de estar aquí, Hanna.
Rosin: El presidente Trump tiende a fijarse en determinados países, como sabes: Irán, Venezuela y ahora parece que Cuba es el siguiente. ¿Cuándo empezaste a oír a funcionarios de la administración hablar de Cuba?
Salama: Casi en el mismo momento en que Nicolás Maduro fue capturado en Venezuela, unos tres días después de empezar este año.
Escribí un artículo en The Atlantic titulado “Cuba es la siguiente”, porque daba la impresión de que casi de inmediato su atención y sus intereses se desviaban hacia Cuba, de que Venezuela era, en cierto modo, una ficha de dominó que acabaría conduciendo al derribo del régimen cubano.
El secretario de Estado Marco Rubio, que es una figura central en cualquier conversación sobre Cuba, ha tenido esto como una especie de sueño de toda la vida: derribar el régimen comunista en Cuba —ese régimen castrista y poscastrista— e inaugurar un futuro democrático.
Rosin: Entonces, ¿ese era el tipo de lenguaje que utilizaban públicamente desde el principio, ese lenguaje de cambio de régimen, de “derribar el régimen”, en lugar de, por ejemplo, “Cuba es un peligro para Estados Unidos”, o…? Hay muchas maneras distintas en que hablan de los países en los que ponen la mira.
Salama: Bueno, dices “ellos”, y eso depende mucho, porque el presidente Trump presenta todo de una manera distinta a la del resto de la gente de su administración. Marco Rubio ha sido muy tajante en el pasado sobre la necesidad de derribar el régimen cubano. Lo ha dicho de manera muy clara. No ha dejado lugar a dudas.
Marco Rubio: El problema de fondo es que su economía no funciona. Es una economía disfuncional. Es una economía que ha sobrevivido gracias a los subsidios de la Unión Soviética y ahora de Venezuela.
Ya no reciben subsidios, así que están en serios problemas. Y los que están al mando no saben cómo arreglarlo. Así que tienen que entrar otros al mando.
Salama: Ahí no hay ninguna ambigüedad. Ha dicho varias veces en los últimos meses que el régimen cubano tiene que irse. El presidente Trump, en cambio, vacila más sobre este asunto.
Más o menos viene a decir: Cuba es la siguiente. Vamos a entrar ahí. Esos tipos no sirven. Pero ha sido algo menos categórico en cuanto a lo que ocurriría después.
Porque lo que Trump quiere es un acuerdo. Quiere un enfoque transaccional con Cuba, que vendría a ser: si esos tipos siguen ahí, pero nos dejan invertir, que empiece a fluir el dinero entre nuestros dos países, entonces puedo vivir con que se queden. Construimos algunos hoteles en la costa. Entramos y nos llevamos sus minerales, por ejemplo. Y eso es una solución satisfactoria para el presidente Trump.
Y eso es lo que vimos en Venezuela: el régimen no cambió; cambió solo el líder. Pero el mismo régimen siguió ahí, y el presidente Trump ha estado muy satisfecho con eso.
Ha elogiado en varias ocasiones a la ahora presidenta en funciones, Delcy Rodríguez, porque está dejando que las empresas petroleras estadounidenses entren allí y que Estados Unidos vuelva a hacer negocios allí. Y con eso le basta al presidente Trump.
Rosin: ¿Y qué hay de Rubio? Porque estamos acostumbrados a que los intereses de Trump orienten la política. Pero el secretario de Estado ha parecido inusualmente influyente en esto.
Salama: Marco Rubio es muy influyente en esta administración.
De hecho, es bastante extraordinario hasta qué punto lo ha sido, y lo hemos visto desplegarse durante el último año y medio. Para él, esto es algo existencial en términos de política hemisférica. Es algo muy cercano y muy personal. Tiene ascendencia cubana y creció con los relatos de la revolución comunista de 1959 y de lo que le hizo a Cuba.
Así que, para él, es algo muy personal, y es algo sobre lo que ha construido su reputación política. Y hay que recordar que existe la posibilidad de que Marco Rubio vuelva a presentarse a la presidencia en el futuro. De modo que lograr esto no solo tendría un gran eco en su base en Florida, de donde procede, sino que también podría proyectarlo como un candidato de primer orden para una futura nominación republicana, ya sea en 2028 o más adelante.
Rosin: Así que, en esta situación, él sería el idealista. Trump sería el realista negociador. Este fin de semana escribiste sobre la industria minera en Cuba y sobre cómo encaja en este último conflicto, que supongo que es lo que interesa a Trump. ¿Cuál es la historia ahí?
Salama: Resumiéndolo mucho, los minerales han sido el pan de cada día de la economía cubana, sobre todo el níquel.
Sus minas han sido muy rentables y, en otro tiempo, pudieron vender sus minerales a la Unión Soviética. Cuando la Unión Soviética colapsó, una empresa canadiense intervino, invirtió en sus minas y estableció una empresa mixta con ellos para explotar esos minerales y exportarlos, principalmente a China, aunque también a algunos lugares de Europa.
Y así han estado obteniendo una cantidad muy considerable de ingresos por esas ventas. Ahora, en los últimos meses, la administración Trump ha intentado estrangular hasta el último salvavidas financiero del régimen cubano para, básicamente, dejar que colapse desde dentro. Hemos visto el embargo que se ha impuesto, el bloqueo del petróleo. Y ese petróleo venezolano era algo que realmente sostenía al régimen cubano.
Así que se corta el petróleo procedente de Venezuela. Se corta el petróleo procedente de México. Y en los últimos meses la situación se ha vuelto realmente dura. Ha habido apagones masivos en toda Cuba. Los generadores de los hospitales no funcionan, y los pacientes están al borde del colapso. La gente no puede conseguir gasolina para sus coches. Ha habido protestas en las calles, en parte porque la población está sufriendo. Y ahora han sancionado las minas. Y ese fue, de algún modo, el golpe final, la manera de decir: de acuerdo, este es uno de sus últimos salvavidas. Vamos a intentar cortarlo.
Así que esto tiene dos dimensiones. Por un lado, se cortan los ingresos que van a parar al régimen cubano. Por otro, se intenta arrebatar minerales críticos a China, lo cual, diría yo, es un interés bipartidista; la administración Biden también estaba muy interesada en hacer algo parecido.
Rosin: Ya veo. Así que hay siempre una tensión entre todas esas motivaciones. Es como: queremos derribar al régimen, y a Marco Rubio le importa más eso. Pero también: queremos ganar esta batalla por los minerales críticos, que es una motivación de interés propio.
Salama: Y eso es algo en lo que el propio presidente Trump está muy interesado.
Rosin: Bien. Entonces, hemos mencionado un par de veces a Venezuela como término de comparación. Hace poco, como sabes, el Departamento de Justicia acusó a Raúl Castro, el hermano de Fidel Castro. Lo acusaron…
Salama: —que cumple 95 años la semana que viene.
Rosin: Noventa y cinco. Vaya. Bien. Bien. Bueno, lo acusaron de haber participado en un ataque aéreo en el que murieron estadounidenses, hace 30 años.
Así que imagino que esta noticia tiene que ver con crear un pretexto para detenerlo, igual que detuvieron a Maduro. ¿Alguien ha unido ya todos esos puntos hasta llegar a: vamos a hacer con él lo mismo que hicimos con Maduro, o todavía no?
Salama: Lo están uniendo al cien por cien. De hecho, cuando tuvo lugar la operación contra Maduro a comienzos de enero, todo el mundo hablaba de que Cuba sería la siguiente, en términos de lo que ellos describen como una operación de cumplimiento de la ley.
Muy distinta, por ejemplo, de la operación en Irán, que es puramente militar. Esta sería una operación de cumplimiento de la ley, lo que significa que el ejército respalda lo que sería la detención y extradición de los dirigentes. En este caso, no es el presidente el que está imputado, como ocurrió en Venezuela. Es la vieja guardia, que sigue siendo muy influyente incluso con 95 años. Cuando el Departamento de Justicia lo acusó, no ocultó en absoluto el hecho de que pretende que comparezca ante un jurado popular y dejó caer, insinuó, que harían algo muy parecido a lo que hicieron con Nicolás Maduro.
Y a esa sospecha se añade el hecho de que, recordemos, muchos recursos militares fueron trasladados a Oriente Próximo para apoyar la guerra con Irán. El USS Nimitz acaba de regresar al Caribe hace aproximadamente una semana. Y ahora tienes un portaaviones cerca de las costas de Cuba, lo que ha alimentado las especulaciones de que se está preparando algo que podría apuntar a una operación militar o de cumplimiento de la ley de algún tipo en Cuba.
Rosin: Sé que has estado hablando con expertos en política exterior. ¿Hasta qué punto crees que tienen una idea realista de lo que significa intentar un cambio de régimen en Cuba?
Salama: No solo he hablado con expertos; también he hablado con personas dentro de la administración que están muy implicadas en esto. Y son mucho más optimistas sobre las oportunidades o las perspectivas de un cambio de régimen, creen que puede hacerse con mucha planificación. Insisten en que en cualquiera de estas operaciones entra muchísima planificación.
Obviamente, uno se lo cuestiona cuando luego se desarrollan, especialmente después de Irán. Pero en el caso de Cuba frente a Venezuela hay tantas diferencias que hacen que todo sea mucho más difícil. En particular, el hecho de que siete décadas de régimen socialista castrista han estrangulado tanto a la oposición que esta ya no es una oposición coherente y unificada. Está dispersa por todas partes. Muchos de sus miembros operan desde Florida o desde otros lugares de la diáspora. Los que están dentro del país se hallan sometidos a una vigilancia muy estrecha por parte del régimen, porque no tolera bien la disidencia. Hay muchas discrepancias entre ellos.
Y, además, de nuevo, siete décadas de gobierno de partido único hacen estragos en cualquier movimiento opositor.
Y todo el mundo con quien hablo, desde los expertos que siguen esto de cerca, me dice: de acuerdo, en Venezuela podías apoyar o recostarte fácilmente sobre la oposición venezolana porque sabías quiénes eran los actores. Incluso habían sido elegidos por la gente. Pero en Cuba no tienes eso. Entonces, ¿en quién te vas a apoyar?
Y ahí la pregunta pasa a ser: primero, ¿se alineará la gente detrás de ese líder? Y, segundo, ¿cómo garantizas que todo salga bien? Cualquier cambio de régimen en el que Estados Unidos haya apuntalado a un dirigente que no cuenta necesariamente con el respaldo popular no ha salido bien históricamente.
Y eso preocupa mucho. Existe el riesgo de flujos migratorios si las cosas empiezan a irse completamente al desastre. Todos esos otros problemas que podrían afectar directamente a Estados Unidos si una operación en Cuba saliera mal. La administración insiste, sin embargo, en que ese no será el caso.
Así que estamos en un momento de espera.
La administración Trump está ahora mismo tan absorbida por Irán que cuesta imaginar que tenga el ancho de banda necesario para ejecutar plenamente una operación de cambio de régimen en Cuba. Pero insisten en que la situación está madura para un cambio.
Rosin: Bueno, Vivian, muchas gracias por explicárnoslo.
Salama: Ha sido un placer.
Rosin: Después de la pausa, hablo con la profesora de Princeton Ada Ferrer, autora del libro Cuba: An American History, ganador del Pulitzer, y de su nuevo libro, Keeper of My Kin: Memoir of an Immigrant Daughter.
Rosin: Profesora Ferrer, bienvenida al programa.
Ada Ferrer: Gracias por invitarme.
Rosin: La forma en que hemos vivido estos últimos meses es más o menos así: última hora, Trump ha puesto de repente la mira en Cuba. Pero, desde donde usted está, como historiadora de Cuba y también como cubana, imagino que la sensación es más bien: aquí vamos otra vez.
Ferrer: Sí. Aquí vamos otra vez. Que Estados Unidos fije la mirada en Cuba no tiene nada de nuevo. Desde los tiempos de Jefferson, los dirigentes estadounidenses han fantaseado con tomar Cuba de una forma u otra. Pero, aun así, esta vez se siente distinto. Se siente nuevo porque no ha habido, en toda mi memoria, un momento en que un presidente de Estados Unidos haya hablado tan burdamente de tomar Cuba. Su famosa declaración de marzo…
Trump: Sí creo que voy a tener el honor de, de tener el honor de tomar Cuba. Estaría bien. Sería un gran honor.
Periodista: ¿Tomar Cuba?
Trump: Tomar Cuba de alguna forma, sí. Tomar Cuba. Quiero decir, ya sea que la libere o que la tome. Creo que podría hacer con ella lo que quisiera, si quieres que te diga la verdad.
Ferrer: Ningún presidente ha hablado de Cuba de forma tan burda en más de 100 años, así que sigue resultándome chocante.
Rosin: Bien, vamos a llegar a eso. Quiero entender de verdad cómo hemos llegado a este momento y cuál es su contexto histórico.
Primero, sé que su último libro es un libro de memorias, así que sé también que todavía tiene mucha familia en Cuba. ¿Qué está oyendo de ellos en este momento?
Ferrer: Lo que oigo es, simplemente, que las cosas están horribles. No hay otra manera de decirlo. Incluso primos en La Habana pasan 22 o 23 horas al día sin electricidad. Va y viene. Llega durante, no sé, media hora, y luego desaparece. Tengo familia en el interior, que está aún peor que La Habana, y allí pasan días enteros sin electricidad, y eso significa que es imposible hacer nada. Es imposible encender un ventilador por la noche para dormir. Es imposible conservar comida durante un tiempo.
El precio de los alimentos está por las nubes. No hay transporte. La basura no se recoge. Puede que hayas visto vídeos de protestas —algunas en La Habana, pero también en ciudades más pequeñas de la isla— en las que la gente se pone a golpear cacerolas por la noche y quema basura porque no hay otra cosa que hacer con ella, porque nadie la recoge.
Así que parece completamente insostenible, pero ya hace tiempo que parece insostenible. La última vez que estuve allí fue en diciembre de 2023, y ya había apagones. Ya se veía la basura. Pero lo que se siente ahora es eso mismo, multiplicado, sin ninguna salida aparente, sin ninguna idea de cuál puede ser la solución.
Rosin: Sí. Entonces, ¿eso es lo que más le preocupa, que vayan a quedarse atrapados en esta situación durante un tiempo? ¿O hay algo peor que le preocupe?
Ferrer: Oh, yo soy de preocuparme, así que me preocupa que, ya sabe, la gente hable de colapso o de algo insostenible. Pero sabemos por la historia que el colapso no ocurre simplemente y entonces algo desaparece. Las cosas pueden seguir empeorando. Por muy mal que estén, todavía pueden empeorar más.
Así que me preocupa esa espiral que nunca toca fondo y el sufrimiento de la gente mientras tanto. Pero también me preocupa la posibilidad de violencia. Me preocupa que quizá algunos dirigentes en Estados Unidos imaginen el cambio de régimen o algún tipo de operación militar como algo mucho más simple de lo que será.
Me preocupa la violencia de cubano contra cubano. Conozco la historia de Cuba. En momentos en los que ha habido un cambio de gobierno tras un gobierno impopular, ha habido violencia de cubano contra cubano, y creo que existe una posibilidad real de que eso ocurra. Así que me preocupa todo lo anterior.
Rosin: Sí. ¿Puede contarnos el punto de partida de las memorias, que es también la historia de su propia vida?
Ferrer: Sí. Nací en Cuba en 1962, es decir, unos años después de la Revolución cubana y del ascenso de Fidel Castro al poder. Mi padre se fue cuando mi madre estaba embarazada de mí. Estaba embarazada de siete meses cuando él se marchó y llegó a Nueva York. Mi madre decidió reunirse con él conmigo. Así que mi madre y yo salimos de Cuba el 29 de abril de 1963.
Tuvo que tomar la decisión desgarradora de dejar atrás a su hijo, mi medio hermano, el hijo de su primer matrimonio. Él tenía nueve años y medio. Y la razón por la que lo dejó fue que su padre, que era miembro de la policía revolucionaria, pensó que no quedaría bien que su hijo se fuera a Estados Unidos. Así que se negó a dar permiso para que saliera. De modo que se fue conmigo y lo dejó atrás, pensando que luego se reuniría con nosotros, que su padre cedería y autorizaría su salida. Y eso no ocurrió.
Así que, a partir de aquella decisión que ella tomó, mi hermano y yo acabamos viviendo dos vidas muy distintas. Él quedó traumatizado por nuestra salida, por la partida de mi madre y la mía. Una separación que se suponía que iba a durar unos meses, quizá uno o dos años como mucho, terminó prolongándose durante 17 años.
Así que él tenía 26 años cuando llegó por primera vez a Estados Unidos durante el éxodo del Mariel, en 1980. Y llegó aquí como un joven dañado. Y las memorias cuentan básicamente la historia de esa separación, de la familia que la rodeaba, que vivió esa separación y fue influida por ella, moldeada por ella.
Y creo que una de las cosas que hizo esa historia fue convertirme en historiadora. Simplemente me interesé por comprender ese lugar que siempre estuvo tan presente para mí mientras crecía. Estaba presente en su ausencia, porque yo no pude ir allí hasta 1990, cuando yo misma tenía 28 años.
Pero todo eso alimentó en mí esta curiosidad intensa por ese lugar, pero también por la gente.
Rosin: Sí. Quiero decir, una de las cosas principales que he aprendido leyendo sus libros es que esta relación larga y tortuosa es casi tan antigua como estos dos países, incluida una larga sucesión de episodios de violencia y un impulso dominador de Estados Unidos hacia Cuba. Entonces, ¿dónde empieza todo eso? Ha mencionado a Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos: igual que Trump, tenía a Cuba en la mira. ¿Cómo hablaba de Cuba entonces? ¿Cómo hablaba de ella Estados Unidos?
Ferrer: ¿En el siglo XIX?
Rosin: Sí. Sí.
Ferrer: Bueno, es un país nuevo, ¿no? Es una república recién nacida, y quiere extender sus fronteras, y quiere asegurar su seguridad. Cuba tiene la fortuna o la desgracia de estar situada en un lugar muy estratégico para eso, justo en el golfo de México.
Uno de los grandes puertos del siglo XIX era Nueva Orleans, desde donde salía tantísimo desde el puerto hacia la costa este —esto era antes de la época del ferrocarril— y hacia Europa. Y La Habana está justo ahí. Así que quien controlara La Habana podía bloquear el comercio estadounidense. Ese era parte del interés de los primeros dirigentes estadounidenses: garantizar la prosperidad del comercio estadounidense, etcétera.
Y si lees lo que decían personas como Jefferson y Adams, hoy nos resulta extraño porque afirmaban cosas como: el bienestar de nuestra república depende de adquirir Cuba, y uno piensa: ¿por qué era Cuba tan importante? Es una isla en medio del mar Caribe. Pero así era como lo concebían.
Y luego, un poco más adelante en el siglo XIX, tenías a personas muy comprometidas con la institución de la esclavitud en Estados Unidos, y Cuba, por supuesto, era una sociedad esclavista. Desde la década de 1820 fue el mayor productor de azúcar del mundo y una de las grandes sociedades esclavistas del mundo atlántico en el siglo XIX.
Así que el poder esclavista en Estados Unidos creía que, si el país adquiría Cuba, podría incorporarla a la Unión como varios Estados esclavistas, y eso aumentaría el poder de la esclavitud en Estados Unidos. Esas eran las dos cuestiones realmente importantes en el siglo XIX.
Rosin: Entonces, en el siglo XIX, los dirigentes estadounidenses hablaban de adquirir Cuba, de hacerla esencialmente parte de Estados Unidos. Esa era la idea. ¿Y qué pasaba dentro de Cuba? Porque lo que acabas de describir es una proyección estadounidense: esto es lo que tememos, esto es lo que necesitamos.
Ferrer: Sí. Bueno, lo interesante es que la historia siempre es más compleja de lo que imaginamos desde fuera o al principio. Había personas en Cuba que apoyaban muy firmemente esa idea, y tendían a ser hombres muy ricos, hombres poderosos. Eran esclavistas.
Y si lo piensas, el siglo XIX fue también una época de creciente abolicionismo, y los británicos eran muy poderosos. Vigilaban el comercio de esclavos. Habían abolido su propia trata de esclavos y su propio sistema esclavista en 1834. Así que parte de lo que temían los estadounidenses y parte de lo que temían las élites cubanas era que Gran Bretaña pudiera hacerse con el control de Cuba o ejercer poder sobre una España debilitada e imponer el fin de la trata y el fin de la esclavitud.
De modo que había élites cubanas que veían en Estados Unidos una respuesta. Era una manera de evitar el activismo abolicionista británico y de proteger la esclavitud. Así que, cuando la esclavitud terminó durante la Guerra Civil, ese impulso por adquirir Cuba se debilitó.
Rosin: Claro. Aunque el deseo de dominar a Cuba de una forma u otra nunca desapareció. Por ejemplo, en torno al comercio del azúcar, donde Cuba dependía esencialmente de que Estados Unidos comprara ese azúcar, y Estados Unidos podía utilizar esa dependencia como herramienta política.
Estoy llevándonos a los detalles de esta historia porque, al leer tus libros, me quedó clarísimo que hay temas recurrentes en esta relación entre Estados Unidos y Cuba. Y puede que estemos a punto de vivirlos de nuevo. Quiero que nuestros oyentes tengan ese contexto. Entonces, ¿cuál es el siguiente momento crítico?
Ferrer: El siguiente momento realmente importante —y, en cierto sentido, quizá el más importante— llega a finales del siglo XIX, cuando Cuba lanza tres guerras de independencia distintas contra España. Es un proceso que comenzó en 1868. Y luego la guerra final empezó en 1895 y terminó en 1898. Y terminó con la intervención de Estados Unidos.
Estados Unidos declaró la guerra a España, combatió contra España y adquirió las últimas colonias españolas que quedaban, ¿no? Ahí fue cuando Estados Unidos adquirió Puerto Rico, Guam y Filipinas. Y en Cuba, durante 30 años, la gente había estado luchando por la independencia.
Así que creo que Estados Unidos sabía que no podía simplemente entrar y apoderarse de Cuba, ¿verdad? Por eso, la condición previa para intervenir fue algo llamado la Enmienda Teller, que reconocía que la soberanía de Cuba residía en el pueblo cubano. Y lo que los estadounidenses decían era: vamos a entrar por razones humanitarias, en ayuda de un país hermano que busca y persigue su independencia. Y, una vez pacificada la isla, nos iremos, porque la soberanía reside en el pueblo cubano.
Por supuesto, eso no ocurrió. La isla fue pacificada, y no se fueron. Entonces los estadounidenses dijeron: de acuerdo, cuando los cubanos demuestren ser capaces de autogobernarse, nos iremos. Y luego los cubanos celebraron elecciones pacíficas y redactaron una constitución, y aun así no querían marcharse.
Para salir en 1902, Estados Unidos impuso esta condición, llamada Enmienda Platt. Y obligó a los cubanos a incluirla como apéndice en su primera constitución. Y la Enmienda Platt decía, entre otras cosas, que Estados Unidos tenía derecho de intervención en Cuba.
Es decir, básicamente, si Estados Unidos consideraba que la vida y la libertad, o los negocios estadounidenses, estaban en peligro, podía intervenir militarmente. También impedía que Cuba celebrara tratados con terceros países, contrajera deuda con terceros países. Y además otorgó a Estados Unidos las tierras que más tarde se convirtieron en la Base Naval de Guantánamo.
Rosin: Entonces, los temas que se están estableciendo en este periodo son Estados Unidos como un salvador necesario para Cuba, quizá, y un deseo frustrado de independencia cubana. Da la impresión de que esos son los dos lados aquí.
Ferrer: Sí, exactamente. Es curioso. Si miras las caricaturas políticas de la época, las caricaturas estadounidenses representan eso: el Tío Sam ayudando a los cubanos a conseguir la independencia. Y las caricaturas cubanas, muchas de ellas, no todas, son muy distintas.
Rosin: El período que la mayoría de la gente conoce, el nombre que la mayoría conoce y que vuelve a aparecer ahora, es Fidel Castro. Es justo decir que, al principio, un joven Castro luchaba por la autodeterminación cubana. Quizá no de manera tan explícita, pero sí del lado de la idea de que nosotros decidimos nuestro propio destino.
Ferrer: Creo que la Revolución cubana de 1959 es un acontecimiento histórico fascinante. Y creo que hay muchos malentendidos sobre su historia. Aquella revolución se libró explícitamente contra la dictadura de Fulgencio Batista.
La consigna que unía a los distintos revolucionarios no tenía que ver, en realidad, con la autodeterminación, ni tampoco con Estados Unidos. Desde luego, no tenía que ver con el socialismo o el comunismo. Lo que la gente quería era restaurar la Constitución de 1940. Querían restaurar la democracia.
Era una democracia muy imperfecta, defectuosa, pero eso era lo que unía a la gente. Quitar de en medio a Batista, que había tomado el poder ilegalmente, restaurar la Constitución de 1940 y afrontar el problema de la corrupción, que era rampante. Esas eran las fuerzas unificadoras.
Y luego lo que ocurre es que Batista huye. Para entonces, Fidel se había convertido en la figura más importante de la oposición antibatistiana. No había sido así al principio, pero con el tiempo, por razones complejas, se convirtió en la figura más importante y visible. Y se forma el nuevo gobierno, que se pone manos a la obra de inmediato. Aprueban algo así como mil decretos en una semana o una barbaridad parecida. La reforma agraria llega cinco meses después de tomar el poder. La reforma urbana reduce los alquileres a la mitad. Eso ocurrió tres meses después de llegar al poder. Y, por tanto, es un momento de euforia, de esperanza de cambio, etcétera.
Lo que empieza a ocurrir es que el nuevo gobierno comienza a chocar con Estados Unidos. La reforma agraria de mayo de 1959 nacionaliza tierras de propiedad estadounidense, y ahí empieza ese proceso. Es casi como si, en esos dos primeros años, un gobierno hiciera algo y el otro respondiera. El otro responde con un poco más de fuerza, luego el primero hace lo mismo, y así va escalando hasta que tienes la embajada estadounidense en La Habana cerrada, la embajada cubana en Washington cerrada. Ya hay planes para la invasión de Bahía de Cochinos. Tienes a Eisenhower y a otras personas en Washington diciendo: no podemos trabajar con este gobierno.
Así que la confrontación con Estados Unidos todavía no está clara en enero de 1959. Se vuelve clara en los meses siguientes y en el primer año o dos de la Revolución.
Rosin: Lo conmovedor y un poco trágico de ese período es que las primeras fases de la Revolución parecían, en principio, bastante compatibles con una visión estadounidense: es democrática, queremos elecciones. Da la impresión de que era algo que Estados Unidos podría haber respaldado. Pero luego esa enemistad que usted describe empuja a todo el mundo hacia los extremos.
Da la impresión de que empuja a Castro hacia una posición más procomunista y menos interesada en la democracia. Es una dinámica en la que casi parece que Estados Unidos creó a un Castro más comunista.
Ferrer: A los historiadores nos encanta debatir, y existe un debate sobre eso, ¿no? Sobre hasta qué punto Castro ya era comunista de antemano o tenía ya inclinaciones comunistas. Así que no es algo que surja completamente de la nada, pero sí creo que Estados Unidos hizo cosas que empujaron a Castro más hacia la izquierda.
Rosin: Y creo que es importante exponer todo esto por el lugar hacia el que nos dirigimos. Nos encaminamos hacia otro momento como aquel, en el que estamos interviniendo, y ser conscientes de los efectos que eso tiene dentro de Cuba y en la relación bilateral en este momento me parece muy importante.
Sus memorias, su último libro, giran en torno a su hermano, y una de las cosas que más me llamó la atención es que, cuando él le escribe cartas a su madre, aparece ese deseo tan intenso —por usted, por su hermana, por su madre—, pero también por Estados Unidos, una cierta idea de Estados Unidos. Y al leerlas me preguntaba cómo convivía eso con un orgullo cubano profundo y con el anhelo de autodeterminación e independencia. Cómo podían coincidir esas dos cosas.
Ferrer: Sí. Quiero decir, están las dos ahí. Están en las cartas de mi hermano, pero también en muchos otros tipos de fuentes, ¿no? En Cuba existe una fascinación por la cultura estadounidense. Si miras el período anterior a la Revolución, la mayoría de los bienes de consumo venían de Estados Unidos.
Muchas de las películas que veía la gente eran películas estadounidenses. Escuchaban música estadounidense. Había un servicio regular de ferris entre Cayo Hueso y Cuba. El turismo fue un salvavidas para la economía desde la década de 1920 en adelante, y la mayoría de los turistas eran estadounidenses. Así que existía esa fascinación por la cultura estadounidense.
Pero luego tenías a intelectuales muy conscientes de la influencia política y económica de Estados Unidos en la isla, que escribían contra ella. Pero nunca fue una especie de antiamericanismo total.
Rosin: Claro. No era un antiamericanismo cultural. Entonces, dado este historial tan increíblemente complejo que usted conoce tan bien, cuando oyó a Donald Trump o incluso a Marco Rubio hablar de querer cambiar Cuba o conducir a Cuba hacia la libertad, ¿cuál fue su primera reacción?
Ferrer: Uf, ¿por dónde empezar? Tuve muchísimas ideas al mismo tiempo. Una de las cosas que me ha llamado la atención es hasta qué punto Rubio y Trump están hablando menos de libertad y democracia de lo que yo esperaba. Pensé que eso sería prácticamente lo único de lo que hablarían y, en cambio, parece que también están hablando de negociaciones económicas, ¿no? Eso me sorprendió.
Rubio dirigió un discurso al pueblo cubano en español, el 20 de mayo, que es el Día de la Independencia de Cuba, y apenas… no estoy segura de que siquiera mencionara la libertad o la democracia. Habló de GAESA, que es este conglomerado militar en Cuba que controla la mayor parte de la economía cubana.
Lo que me preocupa es que el tono belicoso de la retórica de Trump sobre Cuba está encontrando al otro lado una retórica cubana igualmente belicosa, ¿no? Así que los dirigentes cubanos están diciendo: no tenemos miedo. Venid. Os responderemos. Será un baño de sangre. Ya sabes, ese tipo de lenguaje de resistiremos, lucharemos.
Y no estoy segura de que el gobierno cubano entienda que eso probablemente no sea tan fácil como imagina, porque la mayoría de la gente… ni siquiera está claro que tengan comida para luchar. No está claro que tengan voluntad de luchar. Están tan abatidos por lo horrible que es la situación actual. Y, por tanto, creo que ambas partes están subestimando hasta qué punto el escenario es más difícil y mucho más complejo de lo que admiten. Y luego me preocupa que, a veces, ese tipo de retórica combativa pueda crear su propia realidad, ¿no?
Se va acumulando. Así que una parte dice algo, la otra escala, la otra vuelve a escalar, y eso puede crear su propio impulso. Puede crear su propio sentido de inevitabilidad. Puede crear su propio tipo de realidad, y eso me preocupa.
Rosin: Muchísimas gracias por ayudarnos a entender mejor este momento.
Ferrer: Gracias por invitarme.
* Artículo original: “History Repeats in Cuba”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn









