Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción.
Antonio Machado.
La obra de Fernando Pérez destaca dentro de la cinematografía cubana por su singularidad. Es casi un lugar común decirlo, pero filmes como Clandestinos (1987), Hello Hemingway (1990), Madagascar (1994), o José Martí, el ojo del canario (2010), dan fe de un modo de ver y decir propios, reconocibles en obras tan diversas como La vida es silbar(1998), donde el discurso se torna metafórico, poético en su afán de representar la compleja realidad cubana actual, o Suite Habana (2003), donde ese mismo afán se expresa a través de un estilo más próximo al documental.
Una constante búsqueda, una mirada ingenua y profunda, ese empeño por descubrir los resortes ocultos del comportamiento humano en circunstancias más o menos adversas, más o menos cotidianas, pero sin renunciar a ciertos valores esenciales, a cierta “calidad del espíritu” sin la cual ―parecen decirnos sus obras― nada tendría ya sentido; eso es, creo, lo que distingue al cine de Fernando Pérez.
Esta entrevista se la realicé a Fernando Pérez hace 16 años y todavía hoy nos revela tantas verdades como cuando tuvo lugar nuestra conversación en la capital cubana.
¿Dónde comenzó el deseo de ver realizados sus sueños de hacer cine?
Recuerdo la primera vez que fui al cine. No estoy seguro de la edad, pero tendría seis, siete, quizás ocho años. Mi papá, que era cartero, era muy imaginativo, muy fantasioso. Recuerdo que estuvo como una semana en la casa donde vivíamos en Guanabacoa, poniendo papelitos por las paredes que decían “El indio Jerónimo”, cosas así, cautivantes y misteriosas. Mi hermana y yo preguntábamos: “¿Y eso qué es?” Y él nos decía: “Ya verán, ya verán”.
Fue entonces cuando nos llevó al cine Ensueño. Allí vi la primera película que se llamó, justamente, El indio Jerónimo, un oeste norteamericano, con los indios, los vaqueros, la mujer rubia a quien amenazaban con cortarle el cuero cabelludo. Recuerdo la película en blanco y negro, y vienen a mi mente las imágenes y la emoción que aquello a mí me causó, porque hasta ese momento veía y leía mucho los muñequitos impresos, los cómics, como les llamaban, historietas como el Súper Ratón, El Llanero Solitario, mi héroe en aquella época.
Todo eso era en colores, pequeños libros, pero para mí eran como películas dibujadas, cuando leía y veía esas historietas las veía con el movimiento, y descubrir el cine fue para mi inolvidable. Para mi hermana no lo fue tanto, recuerdo que esa noche no durmió, y tengo la imagen de mi mamá dándole tilo porque se puso nerviosa con los indios y los cadáveres que quedaban después de cada encuentro. A partir de ahí mi papá me llevaba mucho al cine, como dos o tres veces por semana.
Recuerdo que, en las tardes, después de que yo hacía las tareas, él iba al cine conmigo, al cine Ensueño y al cine Carral. Veíamos muchas películas, a él le encantaba el cine. Esa fue para mí la pasión por el cine como entretenimiento, pero yo no tenía idea ni conciencia de que detrás de todo aquello había directores. Para mí solo eran los actores y la acción los que me incitaban a ver películas.
Hasta que un día, con doce años, por el año 1958, vimos en el cine Ensueño, El Puente sobre el río Kwai, de David Lean, una película que había ganado el Oscar, una película extraordinaria y muy seria. Recuerdo que cuando salimos del cine sentimos que a los dos nos conmovió, nos gustó muchísimo. Fue la primera vez que tuve conciencia de que detrás de ella había un director, porque mi papá me dijo al salir del cine: “Esta película está muy bien dirigida”. Le pregunté por qué. Él no me supo decir bien, pero yo tomé conciencia de que era alguien detrás de la cámara quien hacía la película.
Empecé a preocuparme por cómo se podía construir una película. Ya yo empezaba también a dibujar historietas como las de los cómics, como si fueran películas, con títulos de películas, con nombres de actores ficticios en inglés como si fuera una película, y eso fue creciendo en mí hasta que después, ya con catorce o quince años, empecé a leer críticas de cine, ya lo veía con otro interés.
Cuando en 1959 se funda el ICAIC, ya ese sueño, esa ilusión de estar cerca del cine se hizo una realidad. Ese fue el germen, el punto de partida, de inspiración, para seguir por ese camino. De hecho, ya dibujaba películas.
¿Cuán difícil debe ser para un cineasta la exhibición de sus filmes cuando no está toda la ayuda posible?
Con ayuda o sin ayuda, la exhibición de una película es el momento más importante de todo el proceso creativo. Incluso recuerdo la primera vez que vi mi primer largometraje, Clandestinos, ya completo, con el sonido. Esa copia la vimos en una salita del laboratorio, y yo estaba tan tenso que me viré para el fotógrafo y dije: “Pero es que la película no tiene el metraje suficiente, creo que solo dura cuarenta minutos, ¿de verdad que es un largometraje?” Serían los nervios, pienso yo.
Entonces la confrontación con el público siempre es ese momento. Julio García Espinosa lo decía: “Hacer una película, como escribir un libro, es como salir desnudo a la calle”. Y el espectador puede decir de uno lo que estime conveniente, uno se expone.
Las ayudas y la falta de recursos uno las afronta durante el proceso creativo, después ya no tanto, porque si una película logra establecer una comunicación con los espectadores, la difusión está asegurada de cualquier manera. Lo que en estos momentos me ocurre es que siento, con el tiempo, que el sentido del espectáculo cinematográfico, o sea, la posibilidad de asistir a un espectáculo cinematográfico, se ha perdido para el público o el espectador cubano porque no hay salas de cine.
El deterioro es tan grande que uno no ve películas. A mí me sucedió que fui a un cine de La Habana, traté de ver una película, la estaban proyectando en un DVD, pero en una sala gigante que no tiene condiciones para eso, con una copia mala, las butacas en estado de deterioro y sin aire acondicionado. Realmente, una película tiene que verse en una pantalla, no solo por la pantalla grande y el sonido, sino por el ambiente. En una sala uno comparte energías con otros espectadores y eso es inefable, eso se siente.
Me ha sucedido muchas veces en el cine, que cuando uno termina de ver un filme, uno siente que ha compartido distintas emociones y sentimos la película de diversas maneras. Creo que merece el silencio necesario a través del ambiente agradable y la participación.
Considero que ya no hay cines en Cuba. En La Habana quedan solamente el Chaplin y el Multicine Infanta, que tienen condiciones, y en el interior hay un cine de Bayamo, pero todos los demás se han deteriorado y eso es una lucha que estoy tratando de mantener, tratando de que por lo menos el cine cubano se logre exhibir en las condiciones que el espectador merece.
Algunos me han dicho: “Pero eso es elitismo, lo importante es que se pongan”. Y yo he dicho que no, a nadie le gusta que un libro salga con erratas, es lo mismo. Por eso, cuando uno está viendo una película en una sala sin las condiciones que merece el espectador, la película se deprecia.
También pienso que el DVD es un medio para ver películas, pero quizás después de que uno la ha visto en una sala, en una pantalla grande. Veo, por supuesto, películas en DVD, en mi casa. Es más para estudiarlas o cuando ya no me queda más remedio, porque sé que no la voy a ver nunca en una pantalla, pero siempre sé que estoy perdiendo algo, que no estoy apreciando la película como debe ser. Por eso hay que luchar.
Las salas de cine, por ejemplo, el Yara, que durante un tiempo fue un recinto donde un público universitario le aportaba una atmósfera creativa a través del diálogo entre las películas y los espectadores, ahora es como un poco la extensión de Coppelia, donde puede ocurrir cualquier cosa.
Las películas se ven mal, y cuando vienen los campeonatos de fútbol lo llenan con fanáticos, a veces ponen conciertos. Estoy a favor de que esos artistas tengan su espacio, pero que tengan un teatro musical con condiciones, con iluminación, con acústica donde ellos se sientan más a gusto y puedan desarrollar su creación. Se mezclan las cosas, como que no existe un proyecto cinematográfico que apunte a preservar, continuar lo que es el cine como arte y como espectáculo.
Creo que debe haber cine para niños también, con todas las condiciones, cines para jóvenes, cines de arte y ensayo, de todo tipo. Ojalá que esto se logre, estas son discusiones que uno tiene. Por eso también hago cine, porque digo que soy cineasta, pero también soy cinéfilo, y me encanta ir al cine.
Creo que esa ha sido mi formación también como cineasta, porque no fui a una escuela de cine. Cuando yo tenía la edad para hacerlo, no existían escuelas en Cuba y realmente mi formación ha sido autodidacta en este sentido y, en la práctica, trabajando como asistente, etc.
Muchos creadores se debaten ante el reto de alcanzar la perfección estética y representar en toda su complejidad los conflictos de la existencia. ¿Cómo enfrenta usted estos retos, qué lo impulsa a hacer cine?
Siempre me he preguntado por qué hago cine y, por supuesto, no lo hago por dinero, aunque me pagan y me gusta que me lo paguen bien, y es una fortuna y un estímulo que nos paguen por hacerlo, con la vocación que uno tiene, pero no es para recaudar dinero, sino para establecer una comunicación.
La comunicación es con el espectador en general, pero también con el espectador cubano. Es con el espectador cubano con quien puedo compartir mis puntos de vista, mi comunicación y mis ideas sobre la realidad que me rodea.
El cine en Cuba, después del triunfo de la Revolución, así como el teatro, la literatura, la música, aunque no están libres de contradicciones ―porque hemos tenido etapas y quinquenios grises―, sí son medios que de alguna manera son espacios abiertos donde uno logra expresar la complejidad de la realidad que nos rodea. No así la televisión, la radio, la prensa, que han aspirado siempre ―y aspiran hoy todavía― a dar una imagen modélica de la realidad, lo que debe ser y no lo que es, y ahí se pierde esa parte compleja.
Dentro del cine que ha hecho el ICAIC hay una expresión artística que realmente va renovando y enfrentando la realidad. Eso es lo que a mí me ha alimentado siempre, tratar de hacer un cine complejo, un cine ambivalente, un cine que no sea reductor de la realidad, que no sea pura propaganda, esquema de lo que debe ser. Porque el arte no es educativo, pienso yo. El arte lo que hace es confrontar ideas, pero no es didáctico, no tiene esa parte de la educación didáctica, es todo lo contrario. Ese es el tipo de cine que el ICAIC siempre ha defendido, en el cual yo me he formado y me he desarrollado.
No creo en la perfección, creo que la perfección no es humana. Somos imperfectos, tengo miles de imperfecciones, convivo con ellas, trato de mejorarlas y creo en el mejoramiento humano porque aspiramos a ser mejores, pero la perfección creo que es inhumana. Opino que la vida dejaría de evolucionar cómo evoluciona: hacia dónde, no sé, son preguntas que yo me hago, pero sí es necesariamente una evolución. Y dentro de eso sé que mis películas no han sido perfectas, incluso cuando termino de escribir un guion.
Con el tiempo, he logrado tener un oficio, una profesión, puedo manejar la dramaturgia. Es esa parte de la experiencia, pero no me siento totalmente seguro, porque el cine que trato de hacer y los guiones que trato de escribir siempre van en el terreno de la búsqueda, más que de acumular certezas y experiencias que a uno le sirven como herramienta de trabajo, pero prefiero no quedarme solo con eso. Soy de los que piensan que, si uno se queda con lo que sabe, se estanca, se paraliza, se queda en lo mismo siempre y hay muchos misterios, muchos caminos nuevos para recorrer que a veces uno no conoce. Eso es lo que me atrae.
En la creación artística, me atrae a veces la profundidad del abismo, ver qué hay, y sentir si puede uno mismo lanzarse a ver si vuela. Cuando estoy haciendo una película es como estar con un arco y una flecha, estoy con el vuelo de la flecha y no sé si daré en el blanco o no, pero lo que me interesa es el vuelo de la flecha. Es decir, hacia dónde voy, busco un blanco, a lo mejor no lo encuentro porque soy humano también.
Por eso me reconozco en todas mis películas, incluso, desde las primeras que hice. Las veo hoy y les encuentro imperfecciones, por supuesto. Pero estoy orgulloso de esas imperfecciones también, porque son el reflejo de lo que yo era y pude hacer en ese momento, y las asumo. Mi cine será siempre una constante búsqueda. A mí me interesa todo el cine, las películas de acción, de Spielberg, el buen cine norteamericano.
Pero así mismo también me gusta transitar por muchos géneros. Mis películas, de alguna manera, a veces acuden a un lenguaje narrativo más clásico, como la última que hice, Martí, el ojo del canario. O van por otras vías más metafóricas, más simbólicas, como La vida es silbar o Madagascar.
Sí trato de buscar la excelencia. Yo creo en la excelencia, pero no en la perfección. No en la conclusión congelada de algo donde todo esté en su lugar.
¿Cómo ve a los jóvenes realizadores que tratan de decirnos algo diferente y que a veces no logramos entender como deberíamos? ¿Le parece que están en el camino de la verdad o es solo una necesidad de sobresalir para ser escuchados?
Puede ser un lugar común decir que pertenece a los jóvenes, o se atribuye a los jóvenes, la necesidad de cambio. Ellos son los que tienen que transformar, porque en el discurso oficial hoy en Cuba son los jóvenes los que deben tener un espacio. Pero en la práctica no es así y realmente las ideas de transformación y de cambio, para que tengan un sentido, para mí tienen que ser reales. Y siento que, sin hablar a nivel de generalización de la juventud cubana, a los jóvenes hoy en Cuba se les dificulta tener un espacio donde expresar sus ideas controvertidas, contradictorias, que tienen la necesidad de negar muchísimas cosas para que después, en un futuro, haya una convergencia con las ideas de hoy.
Pero si uno piensa que los jóvenes son los que tienen que transformar y continuar la evolución de nuestra realidad, uno tiene que darles una sola cosa: libertad. Libertad para que puedan equivocarse, pero guiarse también por sus ideas. Uno no puede pensar en guiarlos hacia un fin. Ese es mi principio, porque también fui joven y como joven negué muchísimas cosas para lograr las que yo creía que tenían que ser.
Fui joven en los años sesenta. Por tanto, mis ideas eran revolucionarias en ese momento. Entonces, ¿cuáles son las ideas revolucionarias de un joven de hoy en la cultura y en la sociedad?
Yo hablo desde mi experiencia en el ámbito de la creación artística y de la cultura, pero también eso no está aislado del contexto social. Por lo tanto, lo extiendo también en una gran medida al contexto social en que se desenvuelve. Para mí, el concepto de joven está ligado a un concepto imprescindible que defino como libertad de movimiento. El joven tiene que tener libertad de movimiento. Su conducta no puede estar estratificada, guiada, tutorada, para lograr los objetivos y los cambios que se plantee.
Yo confío en los jóvenes, porque confié en mí también cuando era joven. Me miro en retrospectiva y a veces pensé cosas que no eran las más aceptadas, pero estaba actuando acorde con las necesidades de cambio que en mi época eran necesarias. Y los jóvenes de hoy tienen necesidad de cambio. Creo que al momento en que ha llegado nuestro desarrollo cultural y el desarrollo social nuestro, los jóvenes tienen que cambiar muchísimas cosas y preservar otras, porque realmente hay que preservar muchísimas cosas. Pero hay que escucharlos.
En la pregunta tú decías que hay que escucharlos para entenderlos. No se trata de entenderlos. Quizás los de otras generaciones van a tener otra concepción que no va a ser la de los jóvenes y será muy difícil que los entiendan. Ellos empiezan a negar, empiezan a rechazar, pero lo que hay es que confiar en los jóvenes para que ellos hagan lo que ellos tienen que hacer, a riesgo de equivocarse, pero eso es la necesidad, la dialéctica. Y el concepto para mí de dialéctica es ese: la contradicción que lleva al cambio, al desarrollo y a la evolución positiva.
En el terreno del arte siempre ha habido generaciones que niegan a la anterior. Después, todo se ve como un proceso de continuidad necesario, donde los valores que una generación determinada logró artísticamente van a ser permanentes, pero se agregan otros valores que son los que trae esa nueva generación. No se trata de comprensión, se trata de libertad de movimiento.
Trabajo hace años con los jóvenes porque es donde mejor me siento en el ICAIC, en la Muestra de Cine Joven. Allí hay una ebullición de ideas, de inquietudes, de búsquedas que no están comprometidas con nada. Y en esa ebullición encuentro una verdad, una libertad que me enriquece y no quisiera quedarme atrás.
Por eso estoy allí y, a la vez, estoy tratando que la Muestra no se convierta en algo que trate de guiar a los jóvenes por determinados senderos y caminos, sino que la Muestra pase a estar también en manos de los jóvenes y sean ellos quienes marquen los horizontes hacia los que se dirigen en la creación del audiovisual. Ojalá fuera así en todo el país.
Me consta que su personalidad no es difícil cuando uno se acerca a conversar. Se muestra apacible, metódico, analítico y sobre todo abierto, aunque por momentos parece muy triste.
Yo me siento un hombre muy sencillo, muy simple. Incluso me cuesta trabajo expresar en palabras todas las cosas que ocurren en mis sentimientos. Pero siempre que tengo que comunicarme trato de expresarlo de la manera más sencilla. Me considero un hombre común y corriente con una sensibilidad. Por supuesto que la tengo y es muy fuerte, pero no me siento un ser humano de una tal complejidad que resulte inaccesible. Me considero como un mortal y eso me llena. Es lo que me da energía creadora. No sentirme tampoco un ser especial, no tendría por qué serlo.
Más que triste, siempre he sido una gente tímida. Lo fui en mi niñez, lo fui en mi adolescencia. Pero esa timidez me permitió también ser muy observador. Me ayudó a recibir muchísimas cosas, poder observarlas sin necesidad de otras acciones. Realmente no me considero un hombre triste. Quizás pueda dar esa impresión, pero sí me considero, mirándome por dentro, como un hombre melancólico. Para mí la melancolía no es un sentimiento negativo. Al contrario, es positivo porque es justamente la melancolía lo que permite una cierta serenidad, una cierta armonía para poder apreciar, digamos, la complejidad de la vida.
Creo que no soy complejo. Compleja es la vida. Y relacionarse con esa complejidad tiene que ser a través, no de una vía complicada, sino a través de una vía lo más natural, lo más armónica posible. Es lo que trato de mantener en mi vida cotidiana. Siempre utilizo una cita del epitafio que Freud pidió que estuviera en su tumba: “Soy un hombre feliz, nada en la vida me fue fácil”.
Es cierto que la vida te plantea muchas complejidades, pero justamente esa complejidad, esa dificultad, esa lucha por lograr determinadas cosas es lo que determina que uno pueda realizarse también, logrando o no los objetivos que uno se plantea. Tener esa ilusión, esa posibilidad de aspirar a algo, de crear algo, de ser algo, te permite, si no ser feliz permanentemente, sentir que esas son manifestaciones, expresiones de la felicidad.
De todas las pruebas de casting que ha hecho hasta ahora para la selección de sus actores, ¿cuál ha sido para usted la más difícil y por qué?
No podría decirte. Todos los castings siempre son muy difíciles, porque en cada película que he hecho siempre ha habido un personaje que he escrito imaginándome una figura abstracta. Después he tenido que encontrarle la realidad y ahí es donde esa dificultad te crea una inquietud.
A mí me gusta muchísimo saber, o comprobar, si en la realidad existe eso que imaginé cuando estaba escribiendo el guion.
Te pongo un ejemplo: en La vida es silbar, el personaje de la bailarina de ballet. Yo decía que iba a ser muy difícil encontrar una actriz que bailara ballet o una bailarina que actuara. No la tenía, no la conocía. Tenía que buscarla en la realidad. Este personaje de Mariana no era como otros personajes que uno, desde que lo está escribiendo, ya sabe cuál es el actor que cuadra muy bien para este tipo de personaje.
También, por supuesto, ocurría en Martí, ¿Quién sería el niño que interpretaría el Martí? ¿El joven que interpretaría el Martí? Tenía que buscar rostros nuevos. Me ocurrió también en Hello Hemingway con el personaje de Lalita. ¿Quién sería esa muchachita de quince años que tuviera esas características que se necesitan?
Es decir, cada película me ha planteado a mí personajes que he tenido que buscar en la realidad, sin saber a ciencia cierta si existían o no. Pero si yo tuviera que elegir dentro de los procesos de la realización de una película, hay dos o tres procesos que a mí me gustarían muchísimo: el del casting, el de la dirección de actores y el de la edición. Son los momentos que yo más disfruto.
Federico Fellini planteaba que podía estar haciendo casting eternamente. Es un proceso en que uno va conociendo distintas personas, distintos aspirantes. Uno comienza a establecer relaciones, diálogos de conocimientos que descubren y te enriquecen en el sentido del intercambio de emociones, etc.
Realmente en cada película le doy mucha importancia al proceso de selección del reparto. Le dedico un tiempo bastante largo, porque también estoy conciente de que, si uno comete un error en la selección de un actor, después ese error es irreparable. Es en este proceso cuando uno debe acertar o no. Un miscasting, como dicen en inglés, no es más que el resultado que luego uno no puede resolver. Me ha ocurrido alguna vez, pero ya te digo, es uno de los momentos de realización de una película que más disfruto.
Yo digo que siempre he hecho el cine que he querido. Es decir, no me he visto, y espero no verme nunca, haciendo una película por otra razón que no sea una motivación personal. Siempre me he planteado por qué hago cine y sé que no hago cine por ganar dinero, en el sentido de que sea una película rentable en taquilla. Si hago cine es para tratar de comunicarme con los demás.
Entonces, para hacer una película, primero tengo que identificarme mucho con lo que quiero decir. Y me cuestiono siempre: ¿por qué hago una película? Si esa identificación, si esa motivación, si esa hélice impulsora no existe, prefiero no hacerla.
Me han planteado a veces determinados proyectos que podrían ser muy cómodos y rentables para mí, y si siento que no me interesan, los rechazo. Y, siempre que pueda, trataré de hacerlo, porque para mí el cine tiene solamente un sentido: saber que en cada película hay un pedazo de mí, de mi pensamiento, de lo que necesito comunicar a través del lenguaje cinematográfico, a través de las imágenes, sobre todo al espectador cubano. Eso es lo que hasta ahora he podido mantener y será siempre mi aspiración.
¿Qué significó Santiago Álvarez en su vida?
Siempre he dicho que Santiago ha sido mi padre cinematográfico. Pero no padre en el sentido solamente profesional, sino en el sentido humano. Santiago fue un cineasta muy comprometido y humano, muy sencillo, muy espontáneo, muy natural, muy orgánico en todas sus expresiones y sus manifestaciones. Y, siendo un hombre comprometido con la Revolución, ese compromiso no lo llevó a tener un pensamiento estrecho. Al contrario, siempre mantuvo un pensamiento abierto contra toda expresión dogmática, contra toda expresión burocrática, contra toda expresión cristalizadora o reductora de la realidad.
De hecho, te había dicho al principio que yo no estudié cine. Me formé en la práctica y, si tuve una escuela, fue el Noticiero ICAIC Latinoamericano, en el período de 1978 a 1982. Fueron cuatro años y realmente el noticiero fue como un taller de creación.
El director general era Santiago. Éramos tres realizadores: Daniel Díaz Torres, Rolando Díaz y yo. Junto con un grupo de jóvenes, camarógrafos, editores, sonidistas. Allí estaban Raúl Pérez Uretra, Daniel Díaz Torres, Jorge Abello, y otros. Todos con deseos de expresarnos, de hacer cine, de fotografiar cine, de editar cine. El noticiero, gracias a ese pensamiento abierto de Santiago, permitió llevar a la práctica muchas de nuestras ideas y de nuestras ilusiones.
Santiago nunca nos retiró el apoyo. Incluso fue un período en que comenzamos a hacer noticieros críticos. No me gusta esa palabra, pero sí noticieros que complejizaban nuestras realidades y las devolvían al público en un diálogo de reflexión muy positivo, señalando problemas de nuestra realidad cotidiana. Cuando determinados funcionarios, determinadas instituciones reaccionaban de una manera indignada, totalmente incomprensiva contra lo que estábamos haciendo, Santiago nunca nos retiró el apoyo.
Santiago siempre estuvo de nuestra parte, siempre defendió esa posición de reflejar y expresar en el noticiero los problemas de nuestra realidad. No le fue fácil, pero realmente es algo que siempre va conmigo. Por eso digo que es un padre, por su apertura de pensamiento, por su sencillez y sus maneras de llegar a nosotros.
¿Considera que existe libertad a la hora de expresarse en el cine cubano?
Pienso que sí, no dudo en afirmarlo. Pero ese tema no está libre de contradicciones, porque toda realidad tiene sus contradicciones y yo estoy hablando del cine del ICAIC.
Desde su fundación, el ICAIC ha sido una institución, junto con Casa de las Américas, junto con el Ballet Nacional, junto con la Oficina del Historiador de la Habana, Eusebio Leal, que han defendido y que han promovido, sosteniendo la idea y el proyecto de una creación artística revolucionaria. Revolucionaria en el sentido de la apertura, de nunca tener una mirada rectora de nuestra realidad, sino todo lo contrario, de complejizarla, porque ese es el sentido del arte.
En la vida hay muchos discursos y muchas maneras de ver la realidad, pero la del arte es justamente la mirada complejizadora, porque a partir de ese principio, la expresión artística puede dinamizar el pensamiento, puede enriquecer el espíritu y puede descubrir aspectos de la realidad que otros discursos no lo expresan, ni tienen por qué expresarlo.
En el ICAIC eso siempre ha sido una divisa, no libre de contradicciones, porque la realidad siempre es compleja y ha habido momentos en que determinadas películas, determinadas posiciones estéticas y culturales del ICAIC no han sido comprendidas. Han provocado discusiones, actitudes de censura. Una de las más criticadas fue el momento en que se realizó la película Alicia en el pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, que provocó un cisma muy mal llevado, muy mal enfrentado por determinadas autoridades y, por supuesto, todo eso ha estado como expresión de las contradicciones de nuestra sociedad.
Pero en el caso de nosotros como creadores, como cineastas del ICAIC, hemos tenido y hemos aspirado siempre a expresarnos con la libertad que el cine revolucionario merece.
Su filme José Martí, el ojo del canario es realmente un éxito en la historia del cine en Cuba. ¿Logró lo que esperaba? ¿Qué significa José Martí para usted?
No podría definir en palabras lo que significa Martí para mí. Quizás quien mejor lo definió fue José Lezama Lima, cuando dijo que “es un misterio que nos acompaña”.
Martí es un universo, un bosque frondoso inagotable, pero si tuviera que definirlo en palabras, Martí para mí significa la libertad de pensamiento, el ejercicio del criterio propio y la mirada del poeta.
Siempre me he preguntado por qué Martí trascendió a través de los tiempos. Porque patriotas tenemos muchos en la historia y patriotas muy importantes, pero, por qué Martí. Pienso que porque Martí fue un poeta. Y esa mirada poética, esa dimensión de espiritualidad que Martí siempre les dio a todas las cosas, es lo que ha hecho que tenga esa significación para todos los cubanos.
La película hasta hoy me ha reportado muchísimas emociones, tengo que decirlo. Más que satisfacciones. Satisfecho no, nunca trato de decir que estoy satisfecho con todo lo que hago, porque cuando uno se queda con lo que sabe, con lo que ha hecho, puede quedarse en la medianía, puede entrar en un mecanismo de rutina y siempre uno tiene que aspirar a más.
¿Qué significado tiene para usted la palabra “isla”? ¿Qué es para usted vivir en una isla?
Vivir en una isla es el mar. Querer el mar como una presencia necesaria. A mí me ocurrió una vez, y quizás fue el momento en que me sentí como un verdadero ser, y me dije: yo vivo en una isla y necesito el mar, pero me ocurrió incluso dentro de la Isla.
Una vez, cuando estuve en Villa Clara, en una actividad cinematográfica, la ciudad me encantó, me sentía muy bien, estaba todo perfecto. Recuerdo que sentía que me faltaba algo, no sabía con exactitud qué era, pero algo me faltaba. Y de pronto, tuvimos que salir antes de lo previsto, porque se acercaba un ciclón e iban a evacuar a todo el mundo. Nos montaron en una guagua y nos trajeron para La Habana.
En todo el trayecto venía pensando en eso. ¿Qué me pasó? ¿Qué era lo que me faltaba? Y cuando íbamos por Matanzas y comenzamos a ver el mar que estaba muy proceloso, con mucho oleaje, sentí que era eso lo que explicaba la ausencia de algo tan importante para mí. Claro, me faltaba el mar.
El mar casi nunca falta en mis películas. Creo que en la mayoría de ellas hay una imagen de los personajes frente al mar, y es porque vivo en una isla.
¿Existen límites que no haya superado? ¿Cuán necesario es viajar para un artista?
Viajar es conocer, viajar es abrirse a un universo, viajar es tener conciencia de que los confines de una isla no son el mundo, viajar es conocer la diversidad y entender que hay otras realidades. Viajar es un enriquecimiento. Por eso echo de menos que muchos jóvenes hoy en Cuba no tengan la posibilidad, por restricciones internas y externas, de conocer el mundo.
Hoy se habla mucho de la globalización, que es cierto que se establece a través de avances tecnológicos, con la fibra óptica, el internet y otras cosas. Pero aspiro a una globalización mucho más real y más profunda, que sería para mí la globalización de un mundo sin fronteras. Porque, aunque hay matices y diferencias de idiosincrasia y de costumbres, el ser humano es igual en todas partes, y la necesidad de comunicación no tiene fronteras.
A mí me ocurrió. Estuve en el primer festival de cine en el desierto del Sahara, en un campamento saharaui. Recuerdo que un grupo de cineastas españoles en solidaridad con este pueblo nómada que había sido expulsado de su territorio y, viviendo en pleno desierto en campamentos, organizaron este festival para llevar la cultura cinematográfica a estos lugares, y me invitaron con la película Suite Habana.
Recuerdo que fue muy impactante cuando llegué allí, en pleno desierto. Allí compartimos, en las carpas donde viven, proyectando las películas en proyectores portátiles de pantallas mínimas, donde la mitad de la película se perdía en el desierto, pero todos iban allí a cualquier hora de la noche y de la madrugada a ver las películas que les traían.
Sentí que no había fronteras culturales. Recuerdo que estaba con el actor Jorge Perugorría, tan conocido por Fresa y chocolate.
De pronto, se nos acercaban muchos saharauis, todos cubiertos con velos, y le hablaban en un cubano perfecto, algo impresionante, porque más del 75% de ellos habían estudiado en Cuba, desde que eran niños, y habían hecho su educación primaria, su secundaria, su preuniversitario y su carrera universitaria en Cuba.
Muchos eran ingenieros. Había uno graduado hasta de Literatura Hispanoamericana, y estaban sin poder hacer nada, pero con un sentimiento hacia Cuba dentro de ellos. Es decir, allí no había fronteras culturales, allí lo que había era una comunicación muy definitoria de que solamente a través de la cultura es que los pueblos nos podemos comunicar. Por eso es que conocer el mundo y otras realidades y viajar es tan importante. No puede estar restringido, no puede estar limitado.
¿Qué consejos puede darnos como cineasta, humano y soñador?
Ninguno. No me gustan los consejos. Siempre que voy a dar uno me siento viejo y autoritario. Recuerdo que en mi vida me han dado muchos consejos y casi nunca los he seguido.
Uno tiene que encontrar dentro de sí mismo su propia verdad. La única experiencia que puede trasmitir es que uno siempre tiene que escucharse a sí mismo y ejercer su criterio propio. Esa es mi verdad.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn










