El Havana Film Festival New York (HFFNY) celebró este mes su edición número 26, con un programa de más de 30 películas caribeñas, latinoamericanas y latinas de Estados Unidos, con enfoque en identidad, migración y memoria cultural. En esta nueva temporada, rindió tributo a las escuelas de cine FUC (Argentina) y EICTV (Cuba).
Una figura principal en esta ocasión fue el actor y director cubano Jorge Perugorría, cuya película Neurótica anónima se proyectó en uno de los momentos estelares del Festival. Según mensajes de difusión de los organizadores, el evento se considera “hermano” del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y busca tender puentes culturales entre Cuba y Estados Unidos.
Homenaje a Perugorría. Imagen: Gob. de La Habana (2026).
Perugorría y esposa junto a organizadores del evento. Imagen: @HFFNY (2026).
El HFFNY como vehículo de promoción cultural iliberal
La genética institucional del Festival, creado en el año 2000 por figuras como Carole Rosenberg (presidenta de la organización American Friends of the Ludwig Foundation of Cuba), Iván Giroud (entonces presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana), el productor Kenneth Halsband y la profesora de cine de NYU Marcia Donalds, revela desde sus inicios una conexión estructural con el aparato cultural del Estado cubano. De la composición del acto fundacional se infiere que nació con la imprimatura directa de la institución cinematográfica oficial de La Habana; a su vez, dependiente del oficialista Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y del Ministerio de Cultura que lo rige.
La coordinación con el ICAIC ha sido una constante documentada a lo largo de los años y evidenciada por el ODC en casos específicos, como en la censura a obras o en la prolongación del silenciamiento institucional sobre artistas polémicos de la Isla, mostrando ser, desde la otra orilla, un brazo ejecutor de la política cinematográfica cubana.[1] Por ejemplo, en 2017, el cineasta cubano Carlos Lechuga presentó su película Santa y Andrés en la sección de competencia del HFFNY. El filme describía la represión y el hostigamiento que sufrieron los escritores homosexuales en Cuba durante las primeras décadas de la Revolución, motivo por el que había sido vetado del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana; a pesar de lo cual fue retirado por los organizadores del HFFNY.
Cartel promocional. Imagen: @ HFFNY (2026).
El HFFNY también sirve como espejo reflector o reparador de daños de su “hermano mayor”, como demuestra la inclusión del documental Para Vivir (Fabien Pisani), tras haber sido censurado el año pasado por La Habana. Esta es una suerte de reivindicación tardía —y a destiempo— del cantautor Pablo Milanés, pero funcional de cara a una institución oficial que nunca ha asumido el costo político de confrontar estas exclusiones de forma directa. Esta complicidad se ha hecho transparente también en visitas oficiales de Rosenberg a La Habana, donde recibió incluso el Coral de Honor, máximo reconocimiento del festival habanero, e intervino en un encuentro oficial con el presidente Miguel Díaz-Canel en 2024. En esa ocasión, la presidenta de American Friends de la Fundación Ludwig de Cuba calificó el Festival como un “legado” y “faro” para “amplificar las voces” de la Isla.[2]
De este modo, el Festival que los neoyorquinos pueden conocer como un espacio de intercambio cultural latinoamericano tiene, desde su origen y de manera sostenida, una relación de trabajo con el Estado cubano que incluye financiamiento institucional, coordinación programática y reconocimiento mutuo en los niveles más altos del Gobierno. Así, el HFFNY opera dentro de los límites tácitos de lo que el ICAIC y el Ministerio de Cultura cubano consideran aceptable, lo que genera grandes dudas sobre la defensa de la libertad artística dentro de sus predios.
Jorge Perugorría, la gentrificación y el blanqueamiento institucional
Es de destacar que el recién homenajeado Jorge (Pichi) Perugorría es quizás uno de los actores cubanos más reconocidos internacionalmente de las últimas tres décadas. A lo largo de los años, ha participado en más de 58 producciones de distintas nacionalidades y dirigido cinco largometrajes; entre ellos, Amor crónico (2013) y la reciente Neurótica anónima(2025). Por ende, también ha sido la cara visible para representar el audiovisual cubano en eventos oficiales, ejerciendo una crítica moderada y “simpática” de doble diagnóstico (observación de fallos internos y responsabilidad agregada al “bloqueo” estadounidense), como se ha hecho evidente en numerosas intervenciones públicas del actor.
Esta es una narrativa estructuralmente funcional de prioridad para el gobierno cubano, con críticas orgánicas como válvula de escape a la real politización de la cultura oficial. Por ejemplo, en aras de su “producción” como intelectual cubano, Perugorría fue llamado como apaciguador y mediador el 27 de noviembre de 2020, una estrategia que decantó su papel en la institucionalidad nacional. En esa jornada, cientos de actores de la sociedad cubana se dieron cita frente al Ministerio de Cultura en respuesta al allanamiento policial de la sede del Movimiento San Isidro. Para anular un diálogo que era ya necesario, las autoridades llamaron a Perugorría, intentando trasladar el consenso y la vocalidad de sus planteos a una figura popular, de confianza y cómoda para la institución.
Esa noche, Perugorría respondió al llamado vistiendo una camiseta de otro grupo absorbido por el oficialismo como supuesta sociedad civil cultural: un diseño de Clandestina que rezaba “Actually, I’m in San Isidro”. Aunque esta observación parezca intrascendente, hay que recordar que las acciones culturales que se emprendieron en la comunidad y en el barrio de San Isidro por parte de artistas independientes han sido simbólica, moral y materialmente vilipendiadas y criminalizadas por el discurso oficial cubano. Más que un guiño inofensivo, Perugorría estaría desempeñando un papel esencial en el desplazamiento de significado en dicha disputa, en detrimento del MSI.
Jorge Perugorría a las afueras del Mincult durante el 27N. Imagen: Captura de página de Facebook de Leoni Torres Oficial (2020).
Esto no sería un gran problema para Perugorría, quien, como otros artistas, ha recibido cartas blancas para llevar a cabo sus proyectos y negocios privados sin mayores obstáculos en un país donde el acceso a servicios y bienes básicos está determinado por la precariedad extrema y el condicionamiento político. De hecho, Perugorría y su familia podrían ser la cara de la gentrificación y del extractivismo turístico, impulsando proyectos de galería, hostal y restaurante con ofertas exclusivas para un turismo pudiente en uno de los barrios más depauperados de la Habana Vieja. El que fuera también presidente del Festival Internacional de Cine de Gibara está vinculado a varios negocios en la capital, incluyendo el Yarini Habana y la Galería-Taller Gorría, espacios ubicados en el epicentro de décadas de abandono estatal, a pocos metros de la sede del MSI, uno de los proyectos de arte independiente más perseguidos y penalizados por el gobierno cubano.
Fachada del bar Yarini Habana. Imagen: Archivo ODC (2026).


Cartel promocional del restaurante Yarini Habana. Imagen: página web oficial del sitio (2026).
El barrio de San Isidro ha sido vendido desde entonces como el “SoHo habanero”, un espacio de rooftops, exposiciones de arte contemporáneo y coctelería de autor; aunque este distrito, como marca particular de la familia Perugorría, no ha movido en lo más mínimo la realidad de cientos de habitantes que permanecen excluidos y en extrema pobreza en esa calle, ni entablado un diálogo honesto con dichas familias como hicieron en su momento los miembros del MSI. De hecho, mientras más lejos permanezcan estos “inconvenientes”, mejor, porque decantaría demasiado la presencia de patrullas, vigilancia y violencia policial en las inmediaciones de espacios que se enriquecen del deleite del turismo.
Miembros del MSI en su sede. Imagen: Prince Claus Fund (2022).
Así, Perugorría y su marca personal han traicionado continuamente al ámbito artístico independiente, no solo de forma territorial, sino discursiva. Volviendo al 27N, el actor fungió como un puente para las promesas incumplidas del Ministerio y como una ventana de tiempo que disolviera la tensión y reajustara el balance del poder en favor de la institucionalidad, quien días después catalogó de “mercenarios” a los manifestantes.
Reflexiones finales
Visto en conjunto, el homenaje del HFFNY 2026 a Jorge Perugorría adquiere una dimensión política que va más allá de lo puramente artístico. En el contexto de la represión brutal que siguió a las protestas del 11 de julio de 2021 en Cuba, el régimen cubano ha enfrentado un serio problema de imagen internacional. Sus figuras culturales más útiles son aquellas que pueden circular en el exterior mostrando aires de autonomía y modernidad, exhibiendo la política cultural cubana como un sistema complejo y matizado, pero digno de existir bajo lecturas tibias. Perugorría cumple ese perfil con precisión y el HFFNY lo hace posible como plataforma de legitimación para una Cuba institucional que tiene mucho que ganar del cosmopolitismo artístico, en términos de financiamiento, contratos y autenticación.
Mientras artistas de San Isidro enfrentan condenas de cárcel y el gobierno cubano fortalece su capital administrativo y neopatrimonial, el complejo cultural de los Perugorría sigue funcionando en la calle de dicho nombre y en Nueva York se limpia la naturaleza autocrática de la política cultural cubana. Por ello, el ODC subraya que el Havana Film Festival New York no es simplemente un festival de cine: es un nodo de la red cultural con la que el Estado cubano mantiene presencia y legitimidad fuera de sus fronteras. Su poder depende de su funcionalidad para el ICAIC y el Mincult, y de la capacidad de actores y agentes útiles como Perugorría para validarlos.
El ODC recuerda que, allí donde figuras culturales deben proteger sus privilegios coincidiendo con el juego clientelista del poder, no se puede hablar de libertad artística ni autonomía cívica. Asimismo, que el lecho de terciopelo donde reposan estos proyectos tiende a ser, por naturaleza, un aparato eficiente para el silenciamiento y el descrédito de iniciativas incómodas. El condicionamiento contractual de Perugorría y colegas similares, a la larga, no solo tergiversa la realidad cultural de la Isla, también favorece la continuación represiva sobre sus habitantes.
Notas:
[1] https://www.4metrica.org/nota-de-prensa-n-20-observatorio-de-derechos-culturales.
[2] https://en.granma.cu/cultura/2024-12-12/we-will-always-have-a-latin-american-film-festival.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn













