Llego a las tres en punto. Él mismo me abre la puerta, mira su reloj y me pregunta: “¿Tú eres americano?”
¡Qué cosa esa de que a los cubanos siempre nos esperan diez o quince minutos tarde!, pienso mientras le digo que soy cubano pero criado por unas mujeres de antes, de las que no me perdonaban ni un minuto de retraso.
Carlos Saladrigas me recibe en su casa, un espacio acogedor, inmenso, rodeado de palmas, helechos, ficus y todo el verde posible. Adentro reconozco una luz muy cubana, un color que recuerda las tardes de verano en las afueras de La Habana. Todo está perfectamente iluminado, pero las persianas y los cristales de los ventanales proyectan una claridad que no deslumbra, a pesar del sol de Miami en pleno día.
“El sistema se mantiene, pero ya no es un sistema comunista. El comunismo como empresa privada se cae, se acaba. Se convierte en una dictadura con sabor de izquierda o de derecha, pero da lo mismo: es una autocracia. Hay grandes diferencias entre Cuba y Vietnam, entre Cuba y China, pero, ¿si el modelo chino fuera tan fácil, ganar dinero y mantener el control, no crees que ya lo hubieran hecho hace 30 años? Ellos le temen a algo mucho más grande que el dinero”.
Me dice todo esto mientras me sugiere espacios donde sentarnos a conversar. Al final, preferimos sentarnos afuera, en el patio central. Me ofrece algo para tomar, le digo que solo agua y él mismo regresa con dos vasos que pone sobre una servilleta. Me fijo en su camisa de guinga verde y blanca y recuerdo que tuve una igual, comprada por mi abuela, una de aquellas mujeres recias que me educaron en el nunca llegar tarde.
“Ahora mismo hay una enorme incertidumbre sobre qué está pidiendo Estados Unidos, qué está dispuesto a hacer el gobierno cubano y qué se está proponiendo. En general, hay mucha incertidumbre porque hay una serie de informaciones totalmente contradictorias. A veces se escuchan palabras por parte de los dirigentes norteamericanos de que lo que les interesa es una apertura económica y que los cambios políticos vendrán después. Sabemos que el presidente Trump se enamoró del modelo venezolano, al punto que dijo que se podía aplicar a Irán, a Cuba y a cualquier otro país, cuando sabemos que no es así. Cada país es muy distinto”.
“No sabemos qué va a pasar, cuándo va a pasar, ni cuál va a ser la envergadura de los cambios. Lo que sí sabemos es que la situación en Cuba está crítica: Cuba está en el fondo de un barril, ¿puede irse más al fondo? Sí, y está en ese camino. Es un sistema económicamente colapsado, con muy pocas opciones de recuperación. Por eso creo que la discusión más productiva se enfoca en qué tenemos que hacer para recuperar Cuba en el momento en que se abra esa ventana de posibilidades”.
Carlos Saladrigas sabe colocar un mensaje y organiza sus palabras de modo que quede claro. Aboga por una transición pacífica y gradual, centrada en el empoderamiento ciudadano con especial énfasis en el crecimiento del sector privado cubano, el emprendimiento y la creación de condiciones para una economía abierta y sostenible. Su propuesta ha sido polémica, rechazada tanto por el régimen, que asume todo cambio como un peligro, como por sectores de la diáspora que no conciben un futuro sin cambios políticos previos.
Desde el Cuba Study Group, una de sus líneas de trabajo más sistemáticas y persistentes ha sido pensar escenarios posibles para una transición y recuperación económica de Cuba, combinando investigación aplicada, producción de propuestas de política pública y promoción de consensos entre actores de la diáspora, la sociedad civil cubana y sectores reformistas dentro de la Isla. Con una realidad tan cambiante y complicada como la cubana, lo que quiero es que me describa esos posibles escenarios, esa Cuba al final del túnel.
“Para que haya inversión extranjera o privada que ayude a generar capital para Cuba, que es un país descapitalizado, hace falta un periodo de estabilización significativo que va a costar mucho dinero, entre siete y diez mil millones de dólares, y va a tardar entre tres y cinco años. A diferencia del capital familiar que ayuda a las mipymes y que sí fluye rápido, el capital formal, el de un inversionista de peso de Estados Unidos o de Europa que diga ʻvoy a invertir en Cubaʼ, va a tardar, porque no existen condiciones de confianza para la inversión”.
“El capital hoy tiene un sinfín de opciones de inversión en cualquier parte del mundo. El inversionista decide en una ecuación puramente financiera, no emocional: lo que importa es el retorno y el riesgo. A mayor retorno esperado, mayor riesgo estoy dispuesto a tomar. A eso le llamamos el costo del capital: es alto cuando el riesgo es alto y bajo cuando el riesgo es bajo. Cuba necesita primero hacer todo lo que sea necesario para rebajar ese costo de capital y que el dinero pueda entrar de la forma más económica posible”.
Lo interrumpo: esperaba que me hablara de una especie de Plan Marshall, un capital de reconstrucción que esbozó en una conferencia reciente, o de medidas específicas, porque sé que Carlos tiene en mente una especie de hoja de ruta con respecto al gran capital. Incluso, le recuerdo, él ha dicho que el capital no puede venir de los inversores porque precisamente no tienen ese retorno.
“Estás bien informado”, me dice mientras sonríe.
Le explico que hay un riesgo muy grande para el capital en el espacio totalitario y le pregunto cuáles serían los elementos o estructuras de confianza que el régimen tiene que desarrollar, no solo para que entre ese chorro de dólares, sino para que personas con dinero pierdan el miedo al riesgo-país que Cuba genera y se arriesguen a invertir.
“Ahí es donde vienen los cambios políticos”, afirma con rotundidad.
“No se puede hablar de que solamente con cambios económicos se va a resolver el problema. Lo importante es que el inversor no va a invertir si no hay cambios políticos. Mientras el gobierno cubano mantenga la filosofía de que el Estado socialista es el rector de la economía, no le inspirará confianza al inversor, porque sabemos que ese sistema no ha funcionado en ninguna parte del mundo. Mientras el gobierno cubano siga pensando que la prioridad la tiene el sector estatal y que el privado es subsidiario, no va a atraer ninguna inversión, porque a nadie le gusta ser cola de ratón”.
“Y esto tiene que decirse claro, no entre voces, sino claramente y a gritos: para que la confianza exista tiene que haber un poder judicial independiente. Si yo tengo una disputa con el gobierno y me congelan la cuenta bancaria, como les hicieron a los vietnamitas apenas seis o siete meses después de invertir, ¿a dónde voy? Si los tribunales en Cuba están todos supeditados al Partido Comunista, ¿a dónde voy? Eso tiene que cambiar, tienen que cambiar las leyes”.
“¿Cómo voy a invertir en Cuba como extranjero, si mi hermano cubano no tiene los mismos derechos? ¡Son tantos los cambios que hay que hacer! Tanto económicos como políticos. En los primeros años, en el periodo de estabilización, tiene que haber una preponderancia de cambios económicos, seguidos de grandes cambios políticos, aunque no de todos”.
“La creación de partidos políticos o elecciones democráticas, según hemos estudiado, son más beneficiosas cuando ocurren después del periodo de estabilización. Pero tiene que haber elementos precursores. Tiene que haber grandes cambios políticos, porque lo político trae estabilidad económica. Si no hay estabilidad política, no hay estabilidad económica; una cosa va con la otra. ¿Cómo es posible pedirle al pueblo cubano que se ponga a pensar en grandes cuestiones políticas, en qué partido va a escoger para regir su país, cuando no tiene ni un plato de comida? Hace falta resolver las dos cosas y para eso hace falta un período de estabilización del país”.
“Y sabremos que ese periodo de estabilización ha concluido cuando la economía cubana esté apta para recibir capital. Es decir, cuando sea atractiva para la inversión privada. Ese es el momento en que termina la fase de estabilización y comienza la fase de reconstrucción”.
¿Fase de reconstrucción?, lo interrumpo.
Saladrigas toma agua. Cuando empieza a hablar, un ruido nos detiene: “Están arreglando algo ahí afuera y además tengo que instalar algo para los mosquitos. Aquí afuera se ceban y es muy incómodo, no nos dejan disfrutar del patio”.
Vuelve el silencio y le insisto: ¿Fase de reconstrucción?
Carlos Saladrigas.
“Hay que reconstruir muchas cosas. Por ejemplo, el sistema eléctrico, tanto la generación como la distribución, de la que se habla poco. Ambas están en un estado deplorable. No hay empresa privada que quiera reconstruir la generación del país si no se le garantiza un retorno adecuado. Y Cuba no tiene los recursos financieros para garantizarlo”.
“¿Quién lo tiene que garantizar? Estados Unidos, el Banco Mundial, el Fondo Monetario, la Comunidad Europea o la combinación de todos. Si no se estabiliza la distribución de combustible, la electricidad, el transporte público, las escuelas, el sector de la salud…, sin eso no puede haber economía, ni puede haber país. Nos vamos a convertir en Haití: un país destruido, desolado”.
“¿Y cuánto dinero va a hacer falta en Cuba? Primero, hay que aliviar la crisis humanitaria, porque hay gente que va a estar pasando aún más hambre. Y, después, el costo de la educación pública, del orden público, de los acueductos, de las aguas fluviales y negras, del transporte público. Cuando se suma todo eso, son cantidades enormes. Y Washington no ha dicho de dónde… Washington ha sido muy bueno enseñando los palos, los “sticks”, como dicen los americanos, pero hasta ahora no han enseñado ninguna zanahoria. ¿Cuáles son las zanahorias para Cuba?”
“Aquí es menester que se movilicen no solo Washington, sino también la Unión Europea. Mientras no se vean las zanahorias, mientras no se sepa por dónde entra el dinero para proveer las soluciones, ¿quién se va a atrever a implementarlas?”
“Estamos hablando de entre siete y diez mil millones de dólares. Necesitamos urgentemente claridad sobre eso, porque no se puede decidir qué hacer si no se sabe con qué dinero se va a hacer. No podemos soñar que el dinero viene de las nubes. Cuba no es Venezuela, donde abres un hueco y el dinero sale de bajo de la tierra. Aquí hay que trabajarlo con el sudor de la frente de todos los cubanos. Cuba necesita una ayuda para apalancar su reinserción en el orden económico internacional. Está devastada, en parte por las sanciones norteamericanas, pero principalmente por la ineptitud y el sistema totalmente fallido que ellos mismos han creado. Todos tienen responsabilidad en el estado en que se encuentra Cuba y, por tanto, tenemos una responsabilidad colectiva de buscar los fondos para levantar el país”.
Pero usted mismo ha dicho que el futuro de Cuba no puede ser micro-managed por Estados Unidos y ahora acaba de introducir la idea de que sí necesita un tutelaje, al menos temporal.
“El tutelaje es muy importante. Fíjate: miremos todos los países de Europa Oriental que hicieron una transición hacia la democracia y hacia el mundo occidental. ¿Cuál fue el factor común que ayudó a que esas transiciones fueran exitosas? El tutelaje de la Unión Europea. El tutelaje ayuda; la imposición, no. Cuba ha luchado toda la vida por su soberanía y su independencia, y no se la podemos arrebatar. Estados Unidos tiene que tener la discreción de saber ayudar. Hay formas constructivas de ayudar y formas destructivas; la que se canalice para Cuba tiene que ser constructiva. Pero sí hace falta esa ayuda”.
“Sin ella, a Cuba le va a ser muy difícil, el costo humano va a ser extraordinario y no vamos a levantar cabeza por muchos años. No podemos confundir la soberanía con la necesidad de tutelaje, ni tampoco con el pensamiento de José Martí: a diferencia de los años 1890, cuando Martí le tenía terror a la integración económica con Estados Unidos por verla como algo colonizante”.
“Pero hoy sabemos, en un mundo globalizado que Martí jamás pudo imaginar, que los países pequeños están todos en gran desventaja. Necesitamos reinsertarnos en el orden económico mundial, necesitamos alianzas, partnerships con Europa, con Estados Unidos, nuestro mercado más lógico y natural. La clave la tienen los países pequeños que han sido muy exitosos: los países bálticos, Israel, Singapur, las Bermudas han tenido un éxito extraordinario. ¿Por qué? Porque su soberanía proviene de su propia habilidad de crear riqueza, no de su tamaño. Esa es la estrategia para Cuba: combinar el pensamiento martiano de soberanía, libertad y autonomía con el entendimiento de nuestra desventaja estratégica como país pequeño y enfocarnos en crear la riqueza que nos dé fuerza política para ser verdaderamente independientes y prósperos”.
Vuelve el ruido y nos detenemos por unos minutos. Le comento que ahora que se habla de conversaciones, una parte del exilio puede sentirse traicionada, pero que al mismo tiempo un país necesita de una burocracia ejecutiva no ideológica que lo mantenga funcional. Y en Cuba todo está asociado al régimen, de modo que para muchos el chofer de un coronel es también un represor. Le pongo como ejemplo a GAESA, un conglomerado de empresas que abarca casi todo el espectro productivo y de servicios del país, una entidad militar. ¿Cómo se puede aprovechar lo que mínimamente funciona?
“Es un tema muy interesante e importante. Solo hay que mirar cómo está Cuba hoy. Yo estaba hablando con alguien que tiene contactos con muchos campesinos y todos se quejan de que van a tener que dejar de sembrar porque les roban las cosechas por la noche. Si se pierde el control social que existe en Cuba en este momento, el país cae en un caos, porque la necesidad económica es tan grande, el hambre es tan grande, la desesperación es tan grande, que aquello se convierte en un sálvese quien pueda. Yo no veo la posibilidad de una transición sin que haya una continuidad del orden público. Pero tampoco puede haber mucha continuidad, porque las personas que van a continuar son los mismos ineptos que hicieron todo el daño anterior. GAESA sí es un organismo importante, aunque no tan productivo como se cree. Es muy fácil ser productivo cuando eres el único, cuando no estás compitiendo con nadie… Y, además, tiene características gansteriles: darles codazos a los competidores”.
“Ningún inversor va a querer estar ahí compitiendo con el monopolio del gobierno. Hay que estar loco. Te roban el dinero, te saquean. Hay cosas que hay que cambiar y cambiarlas muy rápido, y esa es una de ellas. Las estatales tienen que pasar por un proceso ordenado de romper esos monopolios, venderlos y privatizarlos. En esas privatizaciones puede que entren personas del gobierno, pero entran como privados, ya no como gobierno. Y tenemos que aceptar a muchas personas que están hoy en Cuba, como está sucediendo en Venezuela y en todas partes. Tiene que haber una reconciliación, una paz hacia el futuro, porque, si no, vamos a estar peleando por los próximos 40 años. Entiendo la necesidad de justicia, entiendo el dolor, pero también entiendo el dolor de no cambiar. Es horrible”.
“Hay que cambiar y hay que cambiar lo más rápido posible. Para lograr eso hay que dejar muchas cosas en segundo o tercer plano y procurar estar siempre encaminados hacia adelante. Yo he usado la alegoría del tren: los cambios que tiene que hacer Cuba son como una locomotora en movimiento. La velocidad es importantísima. Esto tiene que ir rápido; si no, los resultados tardan demasiado. La locomotora de todos estos cambios es la economía, pero detrás vienen otros vagones que hay que ir resolviendo: la privatización de las empresas, los derechos humanos, la excarcelación de los presos políticos, el imperio de la ley, un poder judicial independiente y, finalmente, elecciones libres y partidos políticos. Pero el tren no se puede detener y eso es lo que tenemos que aprender. Es más fácil preocuparse del cabús, de los últimos vagones, que de la locomotora. La locomotora es la economía y esa es la que tiene que ir delante”.
Carlos Saladrigas ha defendido la idea de que Cuba posee un gran activo: la gente. A pesar de la depauperación de la educación, sostiene que el capital cultural técnico del cubano promedio es comparable a la media de Asia. Quiero comprender si esa masa solo sería utilizada, o si pudiera, en cambio, ser protagonista también de los cambios por venir.
“Tienen que ser protagonistas. Los que vivimos aquí vamos a ser cooperadores, gente que apoya y ayuda, pero no protagonistas. Los protagonistas tienen que estar adentro. El capital humano que tiene Cuba es extraordinario y yo lo he visto con mis propios ojos. Hemos trabajado con emprendedores cubanos por 15 años, en un proyecto junto con la Iglesia Católica para capacitarlos. He visto el talento que hay en Cuba. Ese capital humano es sumamente importante en una economía moderna, porque Cuba no va a competir en agricultura con Brasil o Argentina, que tienen grandes extensiones de terreno. No va a competir en recursos minerales, que no tenemos en abundancia. Cuba tampoco parece tener grandes cantidades de petróleo. Entonces ese capital humano es lo que tenemos, el punto más fuerte para el despegue económico. Una encuesta reciente con unos más de mil participantes escogidos al azar me dejó impresionado cuando vi la demografía educativa: ¡cuántas personas tienen bachillerato, grado universitario, doctorado! Eso no lo ves en ningún otro país de América Latina. Es algo extraordinario”.
“Sabemos que la educación se está deteriorando, sobre todo la educación elemental se está deteriorando muy rápidamente. Lo que hay ahora es muy importante salvarlo en este proceso de estabilización, restaurar esa calidad educativa, porque es nuestra fuerza económica más importante. No tenemos mucha gente, pero los que tenemos están muy bien capacitados”.
“Otra ventaja de Cuba, para no estar cayendo solo en las desventajas, que son muchas, es que es el país de América con mayor proporción de personas propietarias de su vivienda. ¿Saben lo que significa poder lanzarse en una economía nueva con la seguridad de tener un techo sobre la cabeza? En grandes números, es una ventaja extraordinaria que no la tiene nadie más en América Latina. Esas dos ventajas posicionan al pueblo cubano muy bien para el cambio económico que hace falta, sin restarle importancia al hecho de que el cambio va a ser duro, doloroso, y va a tomar mucho dinero y mucho tiempo. Pero yo soy un soñador con el futuro de Cuba. Si logramos hacer estas cosas bien hechas, vamos a tener un futuro extraordinario”.
La línea de trabajo del Cuba Study Group ha sido promover el sector privado en la Isla. Se sabe que hay numerosos negocios privados en Cuba que son propiedad de familiares de la élite gubernamental. Desde Sandro Castro hasta el mismísimo Raúl Guillermo Rodríguez Castro, El Cangrejo, gestionan negocios privados. Esto le ha traído a Saladrigas las críticas de un exilio que piensa que las mipymes cubanas son una herramienta a favor del régimen y también una forma de evadir las sanciones y el embargo.
Pero hay un hecho innegable: se percibe un cambio generacional en la forma en que las élites cubanas interpretan el futuro de Cuba, que se reafirma en la contradicción entre el discurso radical y conservador del presidente Miguel Díaz-Canel y el hecho de que sea El Cangrejo quien protagonice las conversaciones entre Estados Unidos y Cuba.
Carlos Saladrigas.
Le lanzo un caramelito a Carlos: El Cangrejo tiene una mipyme, ¿quiere esto decir que de cierta forma está el sector privado en las conversaciones?
“Tiene varias… Yo odiaba cuando le decían ʻpaladaresʼ a los restaurantes. Son restaurantes en todo el buen sentido de la palabra, en calidad y en servicio. Y son emprendedores verdaderos, de calidad, por sus conocimientos, su capacidad y su creatividad. Esta gente está cambiando a Cuba; ya lo han hecho, ya han cambiado el país de forma radical en los últimos seis o siete años. Y son los que van a llevar la batuta porque, en el período de estabilización, esos cinco a siete años, los únicos que van a estar invirtiendo van a ser ellos: los emprendedores cubanos y sus parientes de la diáspora que les van a dar el capital. Eso puede ascender fácilmente a los 5,000 millones de dólares. Esa va a ser la primera fuente importante de capital que entre en Cuba en el proceso de estabilización. Este ecosistema, porque me gusta llamarlo ecosistema de pequeñas y medianas empresas cubanas, es el que va a pavimentar el camino para que entren los grandes inversores. Ese papel es de ellos, y van a hacer un trabajo extraordinario… Si no les cortan las alas y les dan la libertad plena de hacer lo que saben que tienen que hacer”.
“Por eso hacen falta los cambios económicos y políticos de esa primera fase de estabilización. Los cambios generacionales están ocurriendo aquí también. Mis nietos son distintos a mis hijos y mis hijos son distintos a mi generación. Ese es el proceso de la vida. Las generaciones están cambiando en Cuba y en todas partes; la tecnología está cambiando todo a una velocidad que nunca habíamos visto. Todos vamos a tener que adaptarnos. Yo escribí hace muchos años un artículo donde decía que era una lástima, pues la generación Pedro Pan estaba extremadamente bien posicionada para ser el puente que reuniera a la nación cubana. Los Pedro Pan de aquí y, como decía un gran amigo mío, los rojos de allá. Pero ese tren ya se nos fue. Lo soñamos, lo intentamos, se trabajó mucho. Ahora hay que buscar otros puentes, otras formas de lograr que esto suceda. Pero tiene que suceder”.
“Tenemos que pensar las cosas desde el pragmatismo. Si no aprendemos a ser pragmáticos en los aspectos esenciales de los cambios, no vamos a lograr que esos cambios ocurran con la rapidez y la envergadura que hacen falta. El cubano tiene un defecto: nos enfocamos en la perfección. Queremos que el cambio democrático sea perfecto, que el cambio político sea perfecto, que el cambio económico sea perfecto. Y lo perfecto es enemigo de lo práctico. Cuando uno entiende el pragmatismo de la situación, está dispuesto a aceptar que el pragmatismo solo se logra con negociación, con diálogo, con esa palabra americana que no tiene traducción: el compromise. Yo doy, yo quito, yo pongo; el otro lado hace lo mismo. Así es como se logran las cosas”.
“Si seguimos con un concepto de exclusión, como alguien me preguntó en una entrevista (¿va a participar el Partido Comunista?), ¿cómo vamos a sustituir un proceso de exclusión de 65 años con un nuevo proceso de exclusión? Es absurdo. Eso no es la democracia. Aquí tiene que caber toda opinión. Y si algún día llegamos a las urnas a votar por un nuevo sistema, por un nuevo país (ojalá lleguemos pronto, incluyendo una nueva Constitución), tenemos que votar no por lo perfecto, sino por la mejor combinación de lo bueno con lo pragmático”.
Carlos Saladrigas ha respondido con líneas de mensaje muy estudiadas. No ha dudado, no ha pensado, no he logrado ponerlo en duda, y lo he intentado.
Miro la casa cubana en la que estoy y por alguna razón extraña me siento cómodo en ella. Las losas marrones, tan parecidas a las de las casonas de Trinidad, el patio rústico y a la vez elegante acogen e invitan a conversaciones con pausa, pero quiero moverle un poco el piso, llevarlo a otros terrenos.
Y entonces, de la nada, le pregunto por el papel de Marco Rubio.
“El secretario de Estado ha demostrado ser, dentro de una administración que no se caracteriza precisamente por la estabilidad y la cordura, una fuente de ambas. Eso es encomiable y es bueno para nosotros. Creo que tiene el mejor interés de Cuba en su corazón, y lo aplaudo. En ese sentido, estoy dispuesto a apoyar la solución que logre encontrar para Cuba. El papel del exilio puede interpretarse de muchas formas. El que crea que va a ser un papel rector de la nueva Cuba está equivocado. Primero, porque ese tren ya se nos fue. Segundo, los que pudiéramos tener interés en ser rectores ya estamos todos viejos. El protagonismo, siempre lo he dicho, le pertenece al que está allá. Nuestra función desde aquí es de solidaridad, de hermandad, de ayuda, de respaldo. Y lo hemos sido: la diáspora ha dado mucho dinero para Cuba y ayuda a sus familiares. Mi esposa está hoy con el padre José Conrado Rodríguez Alegre, que está por aquí recogiendo medicinas y empaquetando maletas. El cubano da mucho por su patria, por su pueblo”.
“Hemos sido generosos con nuestra nación, y eso tiene que seguir. El exilio ha sido noble. Tuve la posibilidad de dar un discurso en La Habana y dije: Gracias al exilio histórico. Tenemos que poner a nuestros padres en un altar y venerarlos por lo que hicieron por nosotros, los sacrificios que hicieron por sacarnos a la libertad, darnos una educación libre y traernos a un mundo de libertad. Pero ese exilio histórico ya no está en condiciones de gobernar. Y la juventud no tiene el interés, la pasión, el compromiso que teníamos los históricos. Hace diez años la expectativa hubiera sido yo voy a ser rector de los cambios. Hoy esas expectativas ya no existen y hay que entender que podemos ayudar a esos cambios, pero no vamos a dirigirlos. Eso tiene que salir de adentro”.
¿Qué Cuba sueña Carlos Saladrigas?
“Imagínate un país pequeñito que de pronto le abra las puertas de la inmigración al mundo entero, como pasó a principios de los años 1900. Que vengan chinos, alemanes, quien quiera venir a Cuba a trabajar, a levantar futuro. Un país de inmigrantes es un país de éxito. Hay que abrirle la puerta a la inmigración, porque sin población no puede haber crecimiento económico. Cuba está en un estado depresivo de población y de envejecimiento: necesitamos abrir esa puerta rápidamente. Yo veo una Cuba con un potencial económico extraordinario, aunque no lo vamos a realizar hasta dentro de diez o quince años. Veo una Cuba que pudiera ser una combinación de los países bálticos con Singapur e Israel: en turismo médico, en tecnología, en viviendas de recreo, en playas. Cuba tiene lugares preciosos, una costa extraordinaria, islas hermosas. Muchos cubanos de aquí, jubilados, podrían irse a vivir a Cuba, como hicieron miles de norteamericanos en Costa Rica: que el dinero les alcance más, que tengan una mejor vida, con buen cuidado médico, y que el Seguro Social norteamericano se los pague allá, como ha ocurrido con otros países. Esa es la Cuba que yo veo: una Cuba extraordinaria, con un crecimiento económico pujante. Cuba nunca va a ser lo que fue, porque ya eso pasó. Ningún país en el mundo va a ser lo que fue. Tiene que ser algo nuevo y eso nuevo hay que soñarlo”.
Me acompaña hasta la puerta de esa casa tan cubana. Mientras nos damos la mano y le agradezco por su tiempo, me doy cuenta que en la mesa del recibidor hay una pequeña urna de vidrio sellado donde descubro una bandera cubana.
“Esa bandera es de mi esposa y la tenemos ahí, guardada, para cuando llegue el día, nuestro día…”

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
Por Samuel Moyn












