Las dos caras de la moneda: historia (cubana) del dinero



Un cartón de huevos cuesta 4.000 pesos. Un litro de aceite, 7.000. Un aguacate, 1.000. El dólar está a 700. El salario medio mensual son aproximadamente 7.000. La pensión media, 3.000. 

Los números dan vértigo. Y el vértigo, para quien tiene el privilegio de vivir fuera de Cuba, se convierte (o puede convertirse) en teoría. Miramos atrás, para entender cómo llegamos aquí, y reparamos primero en el mes de diciembre de 2020, cuando el gobierno cubano anunció la llamada Tarea Ordenamiento. 

Paradójicamente, ese caos que hoy desorientaría a cualquiera que haya emigrado solo seis años atrás, fue resultado de una reforma que quiso poner fin a una anomalía, a un desorden. Pero la doble moneda, que había empezado en 2004, cuando el peso convertible (CUC) sustituyó del todo al dólar en la circulación interna, y se crearon más “Cadecas” para facilitar el intercambio, tampoco era el principio de la historia. 

El parteaguas fue la legalización en 1993, giro decisivo en un país donde, hasta entonces, la tenencia de divisas había constituido un delito y cuyo gobierno se había propuesto, apenas tres décadas antes, abolir el dinero. 

Ordenamiento, divisas, Cadeca, CUC: términos fundamentales de una lengua pródiga en eufemismos, siglas y acrónimos. Si en los países democráticos, o en aquellos donde la política y la economía conservan una cierta autonomía, el dinero está sometido a reglas relativamente estables, en uno como Cuba ha ocurrido justo lo contrario: un perpetuo estado de hecho donde la intervención continua de un gobierno sin contrapesos ha trastornado una y otra vez la relación de la gente con el dinero, hasta desembocar en esta inflación sin paralelos. 

Entre el deseo (esa fantasía de eliminar el dinero) y la realidad (la necesidad del mercado), vemos desplegada la peripecia misma del castrismo; se nos aparece este como un régimen que, buscando eternizarse, ha instrumentalizado una y otra vez la moneda sea para coartar la agencia de los ciudadanos sea para extraerles riqueza. 

El verdadero ordenamiento fue en agosto de 1961, cuando se anunció, de la noche a la mañana, la entrada en circulación de nuevos billetes cubanos, con el objeto de “impedir que los recursos monetarios nacionales en poder de la contrarrevolución externa sean utilizados para conspirar contra el Gobierno Revolucionario y el Pueblo de Cuba”. (Documentos de la Revolución Cubana. 1961, Editorial de Ciencias Sociales, 2008, p.294.) 

La Ley 963 del 4 de agosto de 1961, publicada un viernes, anunciaba que “el canje se llevará a cabo” durante los siguientes días domingo 6 y lunes 7. “Vencido el horario de canje del domingo 6 de agosto los billetes antiguos dejarán de tener fuerza liberatoria”, y vencido el horario del lunes “se entenderán nulos y sin valor alguno”. 

En solo tres días Fidel Castro le dio el último toque de gracia a la República; aquello fue la última puñalá a lo que era ya cadáver.

Volver sobre el canje de 1961 permite pensarlo desde la noción de “extractivismo”, usada en los estudios latinoamericanos recientes para designar economías basadas en la explotación intensiva de recursos naturales destinados al mercado exterior, frecuentemente por compañías extranjeras. 

La Cuba anterior a 1959, dependiente de la exportación azucarera y con una considerable presencia del capital norteamericano, se ajustaba bastante bien a ese modelo. La Revolución nacionalizó buena parte de esos recursos en nombre, precisamente, de la soberanía nacional, pero ello no significó tanto el fin de la extracción como, en otro sentido, su interiorización. 

Al mismo tiempo que expropiaba al capital extranjero y nacionalizaba las grandes propiedades, el nuevo Estado comenzó a desarrollar mecanismos destinados a captar los recursos monetarios que permanecían en manos de la población. El canje fue acaso la primera y más radical manifestación de ese extractivismo monetario.

La lectura completa de la Ley 963 no hace sino evidenciar aún más lo leonino del asunto. El artículo 4, por ejemplo, establecía que cada núcleo familiar sólo podría cambiar 200 pesos, y el artículo 5 añadía que solo podría presentarse al canje una persona en representación de cada núcleo, “únicamente en el Centro de Canje correspondiente a la zona de su domicilio”. 

A cargo de la creación de esos centros, uno por municipio, estaban nada más y nada menos que las Organizaciones Revolucionarias Integradas, las ORI, designadas para garantizar el cumplimiento íntegro de la nueva ley. Los artículos 11 y 12 declaraban, primero, nulos todos los billetes que en ese momento se encontraran fuera del territorio nacional, y el cierre de dicho territorio al extranjero, por mar o aire, hasta terminado el período establecido para el canje. El artículo 13 decretaba, por su parte, el cierre de todos los comercios durante los días sábado 5 y domingo 6.

Entre los muchos acontecimientos que hicieron de 1961 un año excepcional —la invasión de Bahía de Cochinos, la Campaña de Alfabetización, “Palabras a los intelectuales”—, el canje de dinero ha sido relegado por los historiadores contemporáneos y hasta por los grandes cronistas de la época. Fue, sin embargo, crucial en el fortalecimiento del régimen castrista. 

En el orden práctico, permitió al gobierno contener la inflación provocada por el exceso de circulante y el descenso en la producción, disminuyendo considerablemente el poder adquisitivo de los ciudadanos —las estadísticas indican que al comienzo de la operación existían 1.187 millones de pesos circulando; concluida esta, 709—, mientras en el simbólico reafirmaba la iconografía revolucionaria: en el reverso los nuevos billetes portaban efigies de los nuevos libertadores y en el anverso la firma del flamante presidente del Banco Nacional de Cuba, Ché.

Ese insólito fin de semana hubo, desde luego, grandes colas para cambiar dinero. Treinta y tres años después, los cubanos volverían a hacer cola, ahora frente a las “Cadecas”, para cambiar sus dólares por CUC antes de que entrara en vigor ese gravamen del 10% que estuvo vigente por más de tres lustros, hasta el desbarajuste del Ordenamiento. 

Esta historia cubana del dinero empezó haciendo colas y esa metonimia la recorre: de las colas de 1961 a las colas de 2004, y luego a las colas de 2023 frente a los cajeros automáticos, para sacar efectivo ya en tiempos de “bancarización”. Y, entre medias, las colas frente a las tiendas y bodegas: colas para comprar pan, para comprar luz brillante, para comprar gas licuado, para comprar huevos… El dinero es, en otros países, algo que circula; en Cuba ha sido algo que, antes de llegar a circular, se obtiene, se cambia o se gasta haciendo cola. 

En la cola habrá que ver, entonces, una clave fundamental del régimen castrista. Recordemos aquel famoso pasaje de la Crítica de la razón dialéctica donde Sartre analiza a un grupo de gente que espera en fila a que pase un autobús. Para el filósofo, se trata de un perfecto ejemplo de lo que él denomina “lo práctico-inerte”, personas organizadas en una serie cuya única identidad está definida por un interés común. Lo práctico-inerte, donde todos están unidos, pero a la vez separados, proviene de lo que Sartre llama rareté, la escasez: en este caso, no hay espacio para todos en el próximo bus. 

La antítesis de ello es el “grupo en fusión”, cuyo surgimiento, que podríamos comparar con un cambio de estado de la materia, ocurre cuando una amenaza o una demanda común rompe la serialidad. En el París revolucionario, ante el peligro de las tropas reales, los habitantes de la ciudad dejan de constituir una multiplicidad pasiva: cada uno actúa en función de la acción de los demás. Esa multitud que termina tomando la Bastilla constituye el gran paradigma sartreano: la praxis de cada individuo se vuelve praxis colectiva. 

Aunque sus ejemplos vienen de la Revolución francesa, conviene recordar que Sartre se encontraba escribiendo este voluminoso libro durante su visita a Cuba en marzo y abril de 1960, y se ha sugerido que su fascinación con lo que llamó “democracia directa” dejó su huella en la Crítica de la razón dialéctica.

El acto de la despedida a las víctimas de la explosión de La Coubre, que el filósofo describe con prosa exaltada en Huracán sobre el azúcar, es justo un ejemplo de eso que Sartre llama grupo en fusión, un momento en que la multitud se electriza, determinada, potente. 

Sartre, desde luego, no llegó a ver las colas cubanas —entre las cuales y la que describe en la Crítica hay, por cierto, una diferencia de grado que termina siendo casi de naturaleza: el autobús de Sartre es el de las 7:49; incluso la escasez está allí contrapesada por la certidumbre de un horario. En Cuba, en cambio, nunca se sabe cuándo termina la cola; de hecho, muchas solo terminan cuando se acaba aquello que se espera, sin que nadie sepa cuándo volverá a aparecer—, pero el castrismo es un ejemplo perfecto de esa paradoja fundamental de la Revolución: cómo el grupo en fusión deriva fatalmente en el régimen de lo práctico-inerte.

El negativo de la clásica foto revolucionaria —las fotos de la Primera Declaración de La Habana, en la Plaza de la Revolución; las de la Declaración del Carácter Socialista de la Revolución, en 23 y 12; las de la marcha del 2 de enero de 1961, que Cabrera Infante reportó en Lunes de Revolución— lo constituyen esas colas que no han sido inmortalizadas por el lente de los fotógrafos, pero conforman la memoria de la vida cotidiana bajo la dictadura. 

Colas para entrar al Mercado Centro, que aún se conocía como Sears en los ochenta; colas de varios días para coger la caja de refrescos que “daban” a los niños por el cumpleaños en el “minimá” (los antiguos Minimax, cadena de supermercados al estilo norteamericano que se expandió por La Habana en los cincuenta); colas en las cabeceras de las seis rutas de “camellos” que entraron en circulación a fines de 1994… 

Una idea central de Hannah Arendt es que el totalitarismo necesita y a la vez profundiza la atomización social. Se diría que la cola es la forma por excelencia que adopta la serie sartreana —todos juntos, pero cada uno esperando por su cuenta— en una sociedad donde la escasez, administrada desde el Estado, contribuye a esa atomización que Arendt consideraba consustancial a los regímenes totalitarios.

Unas colas, en especial, me intrigan; las que en el año 1967 se debieron hacer en las tiendas de San Andrés de Caiguanabo, uno de los tres “planes piloto” donde se intentó llevar a la práctica la antigua aspiración comunista de abolir el dinero. Iniciativa del mismísimo Fidel Castro (“Nunca posiblemente una comunidad humana va a desempeñar en la teoría revolucionaria, en las ideas revolucionarias, en las concepciones revolucionarias, el papel que van a desempeñar los hombres y mujeres de este valle de San Andrés de Caiguanabo”), el “pueblo nuevo” de San Andrés pretendía demostrar que una comunidad podía organizarse prescindiendo de los incentivos materiales. 

El trabajo dejaría de ser un medio para ganarse la vida y pasaría a convertirse, como quería Ernesto Guevara, en un fin, actividad moral e incluso estética. El viejo homo oeconomicus, movido por el cálculo y el interés, sería sustituido por un nuevo hombre capaz de trabajar y compartir por puro deber y placer revolucionarios. 

Lo extraordinario del experimento —quintaesencia del voluntarismo de los sesenta — es que aquello que la doctrina comunista reservaba para la sociedad futura se ensayaba allí, a escala de un pueblo pequeñísimo, como una posibilidad inmediata. San Andrés fue, en ese sentido, menos una reforma económica que un laboratorio de la utopía.  

A diferencia de otros grandes proyectos de los sesenta, este apenas ha dejado huellas. Hay un pésimo reportaje de Raúl González de Cascorro (Gente de San Andrés) y unas pocas referencias en libros como los de René Dumont. 

Sabemos cómo empezó aquel experimento; ignoramos en detalle cómo terminó, aunque es obvio (y así lo dice Dumont y permite leer el silencio de González de Cascorro al respecto) que terminó mal. Y precisamente ese vacío permite reformular, en clave filosófica, a lo Sartre, la pregunta que el propio proyecto intentaba responder. 

En lugar de la rive droite parisina, estamos en un remoto pueblito de Pinar del Río. Las puertas de la tienda se abren. Todo está ahí, al alcance de cualquiera. ¿Qué coge uno? ¿Hace falta un solo par de zapatos? ¿Una camisa basta? ¿Cuántas latas de leche necesita una familia?

“A cada cual según sus necesidades”, reza la célebre fórmula comunista. Pero, ¿dónde está el límite entre lo que necesitamos y lo que queremos? San Andrés constituye, en ese sentido, el momento de máxima confianza de la Revolución en la posibilidad de transformar la naturaleza humana.  

Pero la historia siguió otros derroteros. Dos décadas después de los fallidos “planes piloto”, el régimen emprendía una iniciativa sustentada en la premisa contraria. A fines de 1987 se puso en marcha una operación conocida como “la Casa del Oro y la Plata”, en la que el Estado invitaba a los ciudadanos a desprenderse de joyas, cubiertos, lámparas y otras cosas de valor a cambio de unos bonos que solo podían usarse en unas tiendas habilitadas para la ocasión. 

El negocio fue formidable: un reporte de Reuters afirma que en apenas dos meses habían cambiado de manos más de 4,12 millones de dólares en oro y plata, y CIMEX —la firma comercial cubano-panameña que estuvo a cargo de la operación— reconocía que el oro se compraba aproximadamente al 40 % de su valor en el mercado mundial.

Después de tantos años de prédica contra el consumismo, bastó ofrecer un poco de pacotilla para que miles de cubanos entregaran objetos cuyo valor no era únicamente económico sino también sentimental. 

Según Reuters, a fines de diciembre de 1987 casi veinte mil personas aguardaban ya su turno para tasar. Una entrevistada recordaba haber hecho cola durante veinte noches. Si en San Andrés se experimentó con el fin del mercado, la Casa del Oro y la Plata fue una suerte de regreso a un mercado cuidadosamente administrado por el propio Estado, donde este monopolizaba la compra, la venta y la moneda con que se realizaba el intercambio. 

He aquí el extractivismo monetario en su máxima expresión, campeando en un país de consumidores tan insatisfechos como cautivos. Aquellos bonos de circulación restringida —los bonos de CIMEX, llamados Pangold—, prefiguraron a los llamados “chavitos” y, décadas más tarde, a la MLC, nueva moneda virtual. Cambian los nombres, los colores, la forma de los billetes; permanece idéntica la aspiración del Estado a controlar no solo la moneda sino las condiciones mismas de acceso al consumo. 

Cinco años después de la Casa del Oro y la Plata, la legalización del dólar no hizo sino extender la lógica extractiva, creando, por cierto, una nueva topografía de una ciudad cada vez más orientada al consumo. A las “diplotiendas” —en las que se usaban los “certificados de divisas”, estos sí incluidos, a diferencia de los Pangold, en el catálogo Cuba. Emisiones de Monedas y Billetes. 1915-2014, preparado por el Museo Numismático Nacional y publicado por Ediciones Boloña en 2017— y a las dos tiendas del Oro y la Plata —Maisí y Tercera y Cero— sucedió una red creciente de establecimientos comerciales, algunos de ellos aún con los nombres de su época de oro anterior a 1959, que se convirtieron en puntos neurálgicos de La Habana posterior a 1994. 

Pensemos, por ejemplo, en Ultra y La Filosofía, en tiendas más lujosas como Quinta y 42 y el llamado Mall de Carlos Tercero; finalmente, en las tiendas habilitadas en 2021 para la MLC. Cada cambio de moneda reorienta de algún modo la ciudad, pero la escenografía es invariable. Había que hacer cola. Hay que hacer cola. 

Las colas cambian de sitio, pero es, en cierto sentido, una misma cola. Si el castrismo, en tanto vanguardia revolucionaria, fue visto en los sesenta como “la larga marcha de América Latina”, esta otra parte doméstica, la de la vida cotidiana bajo el totalitarismo, es la larga cola de Cuba; se diría que el régimen es una única cola donde lo que se espera es, justamente, su final.

De ahí que el grupo en fusión regrese, al cabo, como la gran amenaza. Lo que le interesa a Sartre es justo ese momento, siempre intempestivo, en que lo práctico-inerte —la serialidad— se rompe. ¿Y qué fue el 11-J sino eso, un momento en que los cubanos pasaron de pedir “¿quién es el último?” y “¡Patria o muerte!” a gritar “¡Libertad!” y “¡Patria y vida!”? 

He ahí las dos caras de la moneda: la cola, que es el espacio donde el régimen perdura, reproduciéndose la atomización, y la protesta, donde el régimen peligra justamente porque la escasez no se intenta resolver por los vericuetos del consumo sino mediante la práctica, durante décadas monopolizada por las organizaciones de masas, de la manifestación. El pueblo, reificado en las innumerables marchas combatientes, atomizado en las interminables colas, hablado siempre por el ubicuo discurso oficial, reaparece al fin, espontáneamente, para reclamar una soberanía secuestrada por casi siete décadas de dictadura.

Ese dilema en que se debate hoy Cuba ya lo había entrevisto el visionario Reinaldo Arenas en una escena memorable de Otra vez el mar. En una kilométrica cola del pan, una mujer de uñas descomunales empieza de pronto a gritar a voz en cuello nombres de cosas desaparecidas, aquellos artículos antes familiares, ahora inaccesibles: “¡aire acondicionado!”, “¡muñecas Lily!”, “¡un par de patines!”, “¡Chocolate La Española!”

Ello basta para desestabilizar el régimen de la cola, que es el régimen mismo; “los soldados encargados de mantener el orden hacen su aparición”. Pero la mujer ha tomado la palabra y no la va a soltar: “¡Pan de queque!”, “¡Pan de pasas!”, “¡Pan de Navidad!”. 

Sobreviene entonces una escena carnavalesca. Ante los gritos de “¡Sundy de malta!”, “¡queso amarillo!” y “¡papas fritas!”, la voz de los altoparlantes advierte: “Nos veremos obligados a usar los tanques”. Y se produce una batalla campal donde la mujer de las uñas, ya medio descuartizada, continúa “desplegando su vocabulario al parecer infinito. Menciona ahora un enorme repertorio de productos domésticos. Ollas de presión, dice. Sartenes de aluminio, jarros esmaltados, cubos plásticos, ventiladores, destupidores, palanganas y cucharas inoxidables, estropajos, sacacorchos, palillos de tendederas, lámparas de mesa, vasos de cristal…”

Luego, la gran conflagración, “la gran humareda, el estallido final”. 







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