Para Ahmel, Orlando Luis, Jorgito y Daniel.
Uno se anticipa. Uno lo anticipa todo o casi todo. Porque hoy, en Cuba, hay que anticipar. Presagiar lo que vaya a ocurrir. Adivinar las fluctuaciones de la inflación, por ejemplo. O la salida de nuevas leyes. O la puesta en marcha de alguna termoeléctrica acabada de reparar. O las tormentas con rayos verticales, muy cinematográficos, que rizan el rizo al dejarte sin electricidad. O el precio de los paneles solares, por si alguien te regala alguno por tu cumpleaños.
Aunque era más lindo (y más rico) recibir un cake. Un pastel de crema. Un creampie de esos que ya tú sabes: la doble dulzura. Pero hoy día un panel solar es lo que es. Y aunque te regalen un cake y después participes, temerario y gozoso, en un creampie, no es lo mismo. Hay cosas útiles a corto o cortísimo plazo, y cosas útiles a largo plazo.
A continuación del caos y la guerra, uno regresa. Por nostalgia. Aunque sea tan solo para decir: Antes vivíamos aquí y ver el paisaje después de la última batalla. Pero la nostalgia no sirve de nada. Es un sentimiento estéril. No da lugar a lo bueno ni a lo malo. La nostalgia es como viajar al pasado y sentarte en unas gradas impalpables a mirar ciertos objetos, oír el sonido de una calle, observar una esquina, un florero, un estante con libros, saludar a una vecina que casi ni te reconoce.
Con ese viaje, ¿qué ganas? Vamos…, que si me apuran diría que la nostalgia es como masturbarse con el recuerdo de un cuerpo. Tú eres otro ahora y ese cuerpo es otro, o no existe ya. Entonces lo has revisitado con la imaginación, que es una Dama Traicionera. Y cuando terminas de hacerlo, ¿qué? Descubres un vacío lleno de equívocos, dudas y algunas reafirmaciones incómodas.
El viaje de la nostalgia es sorpresivo y económico. Lo primero, porque nadie sabe que has llegado. Lo segundo, porque solo traes una pequeña maleta, tu teléfono y tu Ipad, donde se halla tu biblioteca.
La nostalgia reacomoda la realidad con el paso de los años y solo por eso adquiere esa dimensión donde reina el asombro. Pero también está el país. No el de antes, sino el de ahora. Un segundo país. Ese que ya no tiene nada que ver con la palabra REVOLUCIÓN.
¡Quién iba a decirlo! Sin embargo, ya te lo habían dicho. Ya te habían ofrecido un enjambre de detalles: se trata de un país agridulce, un poco extraño, veloz a ratos, atravesado por una multitud de pequeños y grandes torbellinos donde la gente hace, deshace, proyecta, decide, construye y destruye y vuelve a construir.
Hay muchas personas en las calles todo el tiempo, hasta de madrugada. El insomnio, producido por la necesidad de ver y de ser testigos de todo cuanto ocurre ahora, es una suerte de padecimiento generalizado. ¿De veras hay que estar al tanto del último minuto?
La gente se marcha a dormir cuando ya hay que hacerlo. Los perros se han abstenido de ladrar. Los gatos, cautelosos, se inmovilizan y observan.
Uno tasa las ventajas y desventajas del hotelito que se ha convertido en refugio, y el saldo es aceptable, teniendo en cuenta el escenario y el momento. Y, tras un desayuno también aceptable, uno se dispone a caminar y mirar y ver.
Está comprobado que un buen número vecinos pernocta en las calles. Y los comentarios arrecian hasta el delirio. Hay cabezas oscuras u oscurecidas que se iluminan, y hay cabezas alumbradas que se apagan, y hay cabezas que siempre se han mantenido en una penumbra que solo condesciende a que sea vean contornos y formas difusas.
Uno es, por desgracia, de esos en quienes la iluminación es demasiado viva (hiriente, por así calificarla), y entonces el contacto con la gente modula los brillos y las sombras. Y uno se pregunta entonces si acaso su opinión sobre la nostalgia no tendrá que ver con semejante estado.
Han desaparecido muchas personas. Los que huyeron, los que huyen ahora mismo, y los “muertos”. Poner esa palabra entre comillas es como entregarla a las fauces de la duda o el sarcasmo o la ironía. ¿Las metáforas del morir? Tal vez sea la misma palabra, “muertos”, que usó James Joyce en su relato homónimo.
Uno busca en la biblioteca que el Ipad atesora y ahí está, en dos ediciones: una, por separado, con el cuento solo, y la otra en Dublineses, sitio original de donde proviene. Los “muertos” no salen a las calles. Apagan sus celulares o los ponen en modo de avión. Se rodean de una aglomeración de fobias y temores. Aguardan por un noséqué sin tiempo.
Tras deambular, indeciso, por los alrededores de las que eran su calle y su casa, uno renuncia a avanzar más y retrocede y se pone a resguardo sin motivo aparente, excepto por la confusa niebla de un recuerdo al que parece que le crecieron, de súbito, garras y colmillos.
Uno vuelve al hotelito y el hotelito es sonriente, exhibe limpieza y seguridad y uno se da cuenta de que allí prospera un esmerado negocio familiar. Uno sube a la habitación, pide un té (o una bebida fuerte) y repara en el Ipad salvador.
Starlink se siente maravilloso en el regreso. La biblioteca ha devenido una notable anfitriona en pocos años y uno comprende, como siempre ha comprendido, que, aunque hay libros decepcionantes, algunos sacan la cara por la literatura y se dejan leer hasta el final, como ese donde hay una mujer muy joven que ha comprado una antiquísima mansión. Esta se alza junto a un bosque cuyos árboles tienen más de medio milenio de antigüedad.
La mujer espera a su pareja, es de noche, tarde ya, y alguien toca a la puerta. A través del postigo ve un grupo de cinco personas. Una familia clásica: una niña como de 12 años, dos varones de unos 8 o 9, una madre de unos 40 y un padre de alrededor de 45. Movida por el inexplicable impulso de la confianza, la joven decide abrir.
El hombre se disculpa y le dice que están de paso, que han resuelto mudarse lejos y que se ha dado cuenta de que es realmente una lástima no visitar la que había sido la casa de su niñez. “Me agradaría experimentar esa emoción otra vez”, dice tímido, como excusándose.
Es entonces cuando la joven los invita a entrar. Ha cometido un error espantoso. El libro, una novela, se titula Antes vivíamos aquí (We Used to Live Here), de Marcus Kliewer. Se publicó hará unos dos años.
El grupo de cinco, familia clásica, no es lo que parece. “Oblígalos a revelar su verdadero aspecto”, le aconseja a la joven, unas 100 páginas más adelante, un vecino medio perturbado, de aspecto extraño, cuando la angustia en ella es ya irreversible. En sí mismo, el consejo es aterrador.
Ignoro qué aspecto tendría uno cuando toma la decisión de presentarse ante la puerta de la casa donde solía vivir. Uno desaparece de la Isla a los 66 o 67 años y regresa, nostálgico, con 70 o más. La cabrona nostalgia incluye, quién lo diría, el gran basurero de la esquina. O el desastre de las aceras, que impedían caminar. O la presencia impasible de una palma real junto al poste donde está el transformador eléctrico.
El basurero no existe ya, por fortuna. Las aceras han sido restauradas. Los parterres fueron sembrados con flamboyanes enanos cuyas flores se asemejan ahora a un hermoso incendio anaranjado. La palma sigue ahí, vigilante y audaz.
Antes de la devastación y durante sus peores años, uno vivía allí, en los altos. La escalera tiene 17 peldaños. La puerta de cristal y hierro todavía existe, indemne. El postigo sigue bonito: fue hecho antaño, con gusto, por un hábil herrero, y lo han pintado de blanco. Lo otro es lo que uno ignora si hará o no hará: tocar la puerta.
En definitiva, uno es, de cierta manera, un fantasma. Y también, de cierta manera, uno pertenece al linaje de los difuntos, esa numerosísima congregación de la que habla Homero cuando, en la Odisea, el errante buscador de Ítaca llega a la morada de Hades.
Uno resuelve, pues, dejar atrás la vacilación. Y toca.
Pero nadie contesta.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










