Ladislao Aguado: El embargo invisible

Sandra

—Ya las fronteras no existen, dirán lo que quieran, pero eso ha quedado atrás —asegura Sandra, una empleada de hogar de origen cubano, quien ha vivido veinte de sus sesenta y dos años en Miami.

La acompaño a Walmart a hacer una compra para llevarle a su madre, en Cuba. En el carrito gris y azul, va acumulando espaguetis, legumbres, arroz, sazones, queso seco, detergentes, champús, desodorantes, pasta dental, colonia, salsa de tomate.

En algún momento —para mi sorpresa— avanzamos hacia las largas neveras de los productos cárnicos. Se detiene frente al expositor con la carne de ternera y sin titubeos, comienza a depositar en la cesta, bandeja tras bandeja de filetes.

—¿Llevas eso también? —le pregunto no sin asombro.

—¡Claro!

—¿Y no te dirán nada en el aeropuerto?

Parece sorprendida, como si acabara de darle una mala noticia. Duda, pero luego sonríe.

—Pero ¿qué me van a decir?

—No sé, ¡es carne!

—¡Para nada! Ya no se meten en eso.

—¿Y cómo los entras?

—Ahora yo cojo todos estos filetes y los congelo, y luego los envuelvo en plástico, unas toallas, ¡y a la maleta! ¿Quién me va a decir algo? ¿Por qué?

—No sé —digo—, pensé que no se podían llevar estas cosas.

—Las cosas han cambiado —insiste ella—, y ni aquí ni allá te dicen nada en el aeropuerto. Mi madre tiene ochenta y cuatro años y puedes creer que está viva gracias a que yo la alimento.

—¿Pero lo hace mucha gente?

—Por supuesto, ¿o piensas que soy la única?

Sandra conserva un brillo joven en los ojos. Trabaja entre diez y doce horas al día. Y se siente orgullosa de haber sobrevivido sola en un país que reconoce como “muy duro”.

—No sé, uno lee los periódicos y piensa que llevar algo a Cuba desde los Estados Unidos es imposible: hay un embargo.

Sandra se muestra incómoda, como si le costara entender en su presente, una situación que para ella ya no existe.

—Te lo repito. Tal vez eso pueda suceder, no sé, con un cargamento muy grande. Pero a nosotros, a la gente normal, ¿quién nos va a quitar nada? ¿Sabes cuánta gente vive en Cuba revendiendo lo que compran aquí? Con un viaje al año, viven.

—¿Cómo así?

—Muy sencillo. Bien tienen familiares aquí que les llevan la mercancía. Bien vienen por una semana y cargan ellos.

—¿Y qué se llevan?

—¡De todo!

Divorciada, con una hija viviendo en Oklahoma y la otra en Atenas, Sandra intenta darle forma al futuro.

—Mira, yo en tres años me retiro y ¿sabes cuál es mi plan? ¡Irme a vivir a Cuba! Tengo la pensión americana, por tanto, de hambre no me voy a morir y, tal vez, monte algún negocio. Yo sé coser y bordar muy bien, me enseñó mi madre, y a lo mejor me dedico a eso. Pero no lo haría yo, claro, sino muchachitas jóvenes que quisieran aprender el oficio.

—No es mal plan —digo, mientras la acompaño en una compra que parece interminable y que ahora también suma toallas, ropa de cama, blusas y pantalones, accesorios.

—En Cuba está todo por hacer, y si una ha tenido la suerte de hacerse ciudadana o residente de los Estados Unidos y puede entrar y salir a la hora que quiera de este país, cargar la mercancía ya es lo de menos.

El embargo no existe, man. El embargo es una cosa de los políticos y yo no soy político, yo soy camionero.

Osmany

—El que se quede a vivir en los Estados Unidos está loco —dice Osmany, un camionero cubano que alquila una habitación por días al sur de Miami.

—Pero supongo —digo— que todo el mundo no podrá vivir como tú vives, ¿o sí?

—Ese es el problema, que, si tienes un trabajo normal, es decir, desde por la mañana hasta por la tarde, tienes aquí a tus hijos, alquilas o compras una casa y, como cualquiera, también te endeudas, porque quieres vivir como crees que vive un americano, entonces eso ya no es negocio.

Estamos en Yoyito, un restaurante de comida cubana en la calle 8 y la 81 avenida. Osmany ha pedido dos cervezas Modelo y una ración de frituras de malanga. Todas las camareras son cubanas, por lo menos habrá una docena, ninguna sobrepasa los treinta años y ninguna cobra más de cuatro dólares la hora. El resto del salario lo cubren con las propinas, obligatorias.

—¿Y qué es negocio? —pregunto.

—Mis dos hijos viven en Cuba, con su madre; tenemos una casa de dos plantas con piscina, con jardín, un carro, una moto, y puedes creerme que no nos falta nada.

—Te creo —digo, y observo a ese hombre que tengo delante. Medirá 1,80, lleva un pañuelo en la cabeza y la cara le termina en una barba larga y rojiza—, pero ¿cómo lo haces?

—Mira, yo me voy mañana a las diez de la mañana para Cuba y sabes cuánto me llevo después de veintidós días de trabajo aquí: cinco mil dólares.

—No está mal.

—¿Sabes cuánto me ha costado vivir estas tres semanas? Novecientos cincuenta, billete de avión incluido; el resto es mío. Por eso puedo avanzar, porque estoy haciendo lo que se hizo siempre antes de que llegara Fidel Castro al poder. Venir a trabajar acá, pero vivir en Cuba, ¿entiendes? Ese es el secreto.

—¿Pero es ilegal?

—¿Quién lo dice? Yo soy residente en los Estados Unidos, pago mis impuestos, trabajo manejando un camión ocho horas sí y ocho horas no, durante semanas, me pagan a treinta centavos la milla, y cuando termino, porque vivo en un país libre, puedo hacer con mi tiempo y mi dinero lo que desee. Así que me monto en un avión y una hora después estoy en La Habana. ¿Qué hay de malo en eso?

—Supongo que el embargo prohíbe residir en Cuba y trabajar en los Estados Unidos.

Las frituras, al parecer, son una mezcla de malanga —un tubérculo— con harina de trigo, saborizadas con ajo. No me gustan, pero mastico una despacio, mientras Osmany bebe abundante de su cerveza.

—El embargo no existe, man. El embargo es una cosa de los políticos y yo no soy político, yo soy camionero, por eso puedo usar camisetas de Metallica, tener este chivo —se acaricia la barba—, o vivir en Cuba como si allí jamás hubiese habido comunismo, ¿entiendes? Pregúntale a mis hijos qué han querido que no tienen, o ve a mi casa y dime qué tienes en la tuya que yo no tenga en la mía. Encima, la salud es gratuita y la educación también, ¿para qué quiero vivir aquí?

—Visto así —digo, y también bebo un poco de cerveza.

—Yo vine en una balsa, ¿sabes? Me la jugué y conseguí llegar. Pero en cuanto cogí vista y vi cómo vivía la gente en Miami, lo obstinada que estaba, cómo se los iba comiendo el crédito, supe que la jugada no iba por ahí. No, no.

—Pero hay mucha gente que sí lo hace. De hecho, la comunidad cubana aquí debe andar por los tres millones.

—Hay mucha gente que lo hace y otra que no. Pero, créeme, hay mucha de esa gente que de alguna manera la pasa mal. No te voy a decir que se mueren de hambre como en Cuba, pero tampoco son ricos. Sobreviven. Supongo que con eso les será suficiente.

Osmany atrapa en un puño el final de su barba.

—Pero ¿cómo lo haces? —insisto.

—Yo también vivía aquí, en Miami, cuando llegué. Y como no tenía los años de experiencia para conducir camiones con tráiler, manejaba cualquier cosa, desde una apisonadora hasta un bulldozer. Y más o menos ganaba unos dos mil al mes. ¿Sabes cuánto le podía mandar a mis hijos? Solo cien o doscientos dólares y para de contar.

—¿Y el resto?

—Se me iba pagando la vida aquí, que es cara. Alquiler, agua, luz, seguros, carro. Entonces, en cuanto pude, me metí en una compañía de transporte por carretera, ¡el gran negocio de este país!, y ahí empecé a ganar dinero. Pero la idea de vivir allá no es mía, se la copié a dos hermanos. Fueron ellos quienes me dieron, incluso, el teléfono de esta casa que nos alquila las habitaciones y el teléfono de la agencia de viajes donde compro los billetes. Solo tienes que llamarlos con unos días de antelación y ellos se ocupan de todo.

—¿Cómo así?

Los altavoces de El Yoyito pasan canción cubana tras canción cubana. El aire huele a aceite de freír.

—Vendí el carro nuevo que tenía y me compré ese Ford que ves ahí afuera —Osmany mueve el brazo hacia los cristales que dan al estacionamiento—, ¿sabes por cuánto?, por mil dólares. Me deshice del alquiler de la casa y me dediqué a trabajar, nada más. En dos meses había puesto al día las tarjetas de crédito y me estaba yendo a Cuba luego de tres años sin ver a mis hijos.

—¿Qué sentiste?

—Estaba feliz, aunque tenía miedo de que las cosas en el aeropuerto no fueran como me habían contado y tuviera problemas en la Aduana.

—¿Pasó algo?

—No. Al contrario. Es muy sencillo y, salvo que lleves algo extraño, droga tal vez, lo entras todo. Los comunistas no están para buscarse problemas, ¿entiendes?

—Supongo que todo el mundo no podrá hacerse lo mismo. Habrá trabajos que no te dejan librar tanto.

—No, supongo que no. Pero la vida se trata justamente de eso, de buscar y encontrar lo que más te conviene, ¿estamos?

Los cubanos llevamos muchos años viviendo en un gigantesco mercado negro y, aunque no lo creas, se ha establecido una mentalidad nacional a partir de ese hecho.

Benítez

—Aquí apenas hay trabajo, no sé si te has dado cuenta, así que toca inventar. Somos muchos —dice Benítez, un economista que desde que llegó a Miami trabaja de mula, es decir, se ocupa de llevar mercancía de Miami a Cuba.

—¿Cómo llegaste a los Estados Unidos?

—Yo soy español —me dice, y deja caer los brazos encima de una abultada barriga. La camisa a cuadros verde parece a punto de lanzar los botones.

—¿Cómo así? —digo—. Tú eres cubano.

—Mi abuelo era español, hace unos años hubo una ley para los nietos y yo me acogí. ¿Sabes que Cuba es el tercer país con mayor población española, tras la propia España y Argentina? En algún lugar leí que éramos la provincia número 38 en número de habitantes.

Benítez me recibe en su casa, una vivienda de una planta, en una urbanización privada al oeste de la ciudad. Su mujer es enfermera y se dedica al cuidado de ancianos.

—¿Cómo empezaste en el negocio de los viajes a Cuba?

—Aquí si no tienes dinero eres nadie. Había estado trabajando en la cocina de un restaurante, luego de camarero, pero no acababa de levantar presión. Entonces mi mujer, a través de un cliente, me trajo este negocio. De los mejores que puedes hacer aquí ahora.

—¿Sí?

—¡Hombre, ni lo dudes! Esto no es ninguna broma. Nosotros somos para Cuba, como UPS o FEDEX aquí. ¿Te haces una idea?

La comparación con las principales agencias de paquetería que operan en los Estados Unidos lo hace ruborizarse.

—¿De verdad? —digo.

La casa tiene las paredes en blanco y unos sofás amplios, en beige, dibujan una herradura alrededor del salón. Enfrente, una televisión de 72 pulgadas, según reza en una pegatina, queda escoltada por dos altavoces tan imponentes como ella. Benítez dibuja un gesto con la boca, como si estuviera buscando algo entre sus dientes. Al parecer le cuesta hablar.

—Hazte una idea —dice al fin—, mi agencia recoge paquetes de lunes a jueves, yo salgo el viernes en la mañana y el domingo estoy de vuelta. Tienes dos días para repartir lo que llevas. Hay viajes más sencillos, en los que solo tienes que soltar la mercancía en La Habana y la gente de allá se ocupa de entregarla.

—¿Cuánto puedes llegar a ganar?

—¿Cuánto? Pues, lo suficiente para vivir tranquilo.

—Esta parece una buena casa —digo.

—La compramos entre mi mujer y yo. Pero sí, es amplia, tiene buena luz, y la zona es de las mejores de Miami. Tenlo por seguro. A eso me refiero cuando digo que he conseguido vivir tranquilo.

Un perro ladra en el patio. Benítez se voltea en el asiento y grita: “Cállate, Fidel”. Luego sonríe.

—Es un alivio poder gritarle.

Benítez da por hecho de que he entendido el chiste. El nombre de su perro hace referencia a Fidel Castro.

—¿Es muy difícil mantener el negocio?

—Lo complicado es instalarse en el circuito. Una vez que la gente ya te conoce, que confía en ti, lo demás es sencillo.

—Más o menos como en todo.

—Sí, en eso tienes razón.

—¿Cómo funciona?

—Mira, la mula sale el viernes con los paquetes que se han recogido hasta el jueves. Una vez en La Habana tiene dos caminos, o hace él mismo el reparto, o le deja la mercancía a otro equipo para que se ocupe.

—¿Qué es mejor?

—Depende. A una señora, digamos, que va a ver a su familia y aprovecha el viaje que le paga la agencia, pues le compensa dejar la mercancía en el propio aeropuerto. A mí, que tengo allí hasta carro, no me importa hacer la entrega siempre que los paquetes vayan para La Habana o Pinar del Río. Calcula que un viaje completo te tendría que dejar unos diez dólares por libra.

—¿Y cuántas libras puedes llevar?

—Sesenta y seis es el máximo.

—Unos treinta kilos —digo.

—Pero tampoco ahí está el negocio —me aclara Benítez—. Ese es el viaje. Lo otro viene después.

Solo tienes que estar despierto, ¿entiendes?

—¿Cómo así?

Benítez trabajó durante años como productor de televisión. En Miami no ha tenido esa suerte        —admite—, pero aquí casi nadie ha vuelto a ser lo que era en Cuba.

—El viaje por sí mismo deja, pero no deja mucho, hay que completarlo. Una buena salida: los teléfonos. Puedes entrar dos cada vez. Aquí sueles comprar buenas marcas, ojo: porque allá nadie quiere nada que no sea de marca, por cincuenta o sesenta dólares. Y fijo los vendes al doble. Pues ahí ya tienes otro dinero. Luego, necesitas vista para encontrar tu propia mercancía. Yo suelo llevar ropa que compro aquí en rebajas o sencillamente en liquidación. Un ejemplo: hace poco encontré un saldo de camisetas a cincuenta centavos, tenía que comprar cien. Esas camisetas en Cuba suelen costar unos dieciocho dólares.

—¡Un gran negocio!

—Pues allá las vendí a diez a un revendedor. Cincuenta dólares contra mil de ganancia —Benítez vuelve a sonreír. Parece satisfecho.

—Supongo que, una vez que se restablezcan del todo las relaciones con Estados Unidos, estos negocios van a desaparecer.

—¡No! —Benítez se revuelve en el asiento—, ¡al contrario! Pasarán años hasta que ese país se normalice. Años.

—Pero pronto entrarán operadores de teléfonos, empresas de paquetería, aerolíneas comerciales y todo ese flujo, digamos subterráneo, tendría que desaparecer.

—No lo creo. Va a desaparecer un determinado sector, como la telefonía, por ejemplo, pero lo que sí no va a desaparecer es el movimiento de mercancía. En Estados Unidos existe una sobreproducción que necesita urgentemente de un mercado que la asimile. Para mí la razón fundamental de este acercamiento de Obama hacia Cuba. Y esa producción tiene dos maneras de moverse: legal o ilegalmente. Los cubanos llevamos muchos años viviendo en un gigantesco mercado negro y, aunque no lo creas, se ha establecido una mentalidad nacional a partir de ese hecho. Y estoy seguro que el día que no sean camisetas, serán rosas de invernadero, pero ese tráfico ya no lo para nadie. Nadie.

—Puede ser —digo.

—Pero no solo es el tráfico —insiste Benítez— es también la gente que vive dentro. Olvídate de la ideología, de los uniformes, de las banderas, de aquel fervor. Todo ha cambiado. Tú llegas al aeropuerto de La Habana y lo primero que tienes que hacer es asegurarte de ser ayudado por alguna oficial de inmigración.

—¿Cómo así?

—Ellas te están esperando. Vienen hacia ti y te preguntan: “señor, necesita ayuda”. Son cinco dólares por maleta, ¿de acuerdo? Ella te ayudará entonces a llevar tu equipaje hacia la puerta. Nadie te va a parar al cruzar junto al control de salida, los otros guardias ya saben que todo está pactado y te dejarán salir, sin ningún problema —acentúa Benítez—. Le entregas lo suyo y luego ella se ocupa de compartirlo con quien toque.

—¡Madre! —me asombro.

—Pero, saca una cuenta muy sencilla, ¿cuántas maletas crees que pasan al día por las manos de esas mujeres? ¿Y me dices que eso va a cambiar de la noche a la mañana?

Empresas como Vacuba hacen de puente invisible entre los Estados Unidos y Cuba, y son las encargadas de darle una solución legal a las restricciones del embargo norteamericano a la Isla.

Dayana

—Mira, si yo te cuento todo eso que tú quieres saber, me cuesta el puesto.

—¿Por?

—Y no sabes lo difícil que está el trabajo en Miami, ¿verdad?

Se llama Dayana y es la encargada de una de las oficinas de Vacuba, una agencia que se ocupa de la venta de billetes para vuelos chárter a La Habana, trámites legales, recargas telefónicas, envío de dinero, “medicinas, alimentos, ropa, zapatos, productos de aseo, entre otros tipos de mercancías a toda la Isla”.

Empresas como Vacuba hacen de puente invisible entre los Estados Unidos y Cuba, y son las encargadas de darle una solución legal a las restricciones del embargo norteamericano a la Isla. Para ello, hasta ahora han usado terceros países como México, Panamá, Islas Caimán o Bahamas. Pero durante los últimos años, tras la llegada de Obama a la Casa Blanca, las relaciones comerciales y de emigración entre un país y otro, viven su mejor momento durante décadas.

Para muchos de los exiliados cubanos en la Florida, estas agencias forman parte, sin más, del entramado de negocios del castrismo fuera de la isla. “Cada vez que aparece un nombre vinculado a ellas, verás que es gente cercana al poder, siempre dóciles y siempre con pasado”, me ha advertido el periodista Andrés Reynaldo. Ha sido él, además, quien me ha sugerido el nombre de Dayana.

—La idea no es que te quedes sin trabajo —digo, y procuro parecer amable—, solo quiero asegurarme de unas cifras.

Dayana es joven, tiene una mirada simpática y como la mayoría de las mujeres que veo en la ciudad parece darle una gran importancia al maquillaje y los accesorios.

—Eso tendrías que hablarlo con mis jefes —dice.

—¿Me podrías poner en contacto con ellos?

—¿Yo?

—¿Entonces?

El ritmo de la oficina recuerda el lento entramado burocrático que inmoviliza la Isla. El naranja intenso de las paredes hace que la luz de las lámparas caiga con la frialdad de una llovizna. Tres mujeres, además de ella, ocupan las mesas de cara al público. Enfrente, un corro de sillas plásticas acoge a las diez y media de la mañana de un miércoles, a unos quince clientes. Una de las mujeres viste una blusa blanca, de uniforme, en la que se lee sobre el seno izquierdo “ObamaCare”, el programa de ayuda gubernamental a la salud.

—Lo mejor es que mandes una carta, un correo electrónico, a la dirección que aparece en la web y que ellos decidan.

Dayana está haciendo un esfuerzo por parecer cortés, pero se nota que no le agrada mi visita. Hay algo en su actitud, tal vez su frialdad, que me hace creer que nuestro encuentro apenas va a durar unos minutos más. Pero insisto:

—Solo un par de preguntas, que, te prometo, no te van a comprometer.

La muchacha se encoge de hombros y mira sobre mi cabeza.

—¿Es cierto que los domingos, a veces incluso los lunes, hay overbooking en el aeropuerto de La Habana, porque las mulas están regresando?

—Sí —me dice—, y los viernes aquí, en el aeropuerto de Miami, son un caos, todo el mundo sale para La Habana ese día.

—Si tuvieras que estimar cuántas personas viajan a la semana entre La Habana y Miami, ¿qué cifra me darías?

La muchacha golpea un post-it con un bolígrafo. Hace círculos. Duda. Parece acostumbrada a las normas del silencio.

—Miles —dice al fin.

—Pero, ¿unos pocos o muchos miles?

—Yo te diría que muchos, muchos miles.

 

La cercanía de Cuba a los Estados Unidos, la convierte en la segunda frontera más importante y, sobre todo, con menos posibilidades de vigilancia, de este país.

Oliva

—¿Por qué a la larga Estados Unidos ha dado su brazo a torcer? —El coronel Reinaldo Oliva deja escapar una bocanada de su puro, un robusto de Casa Fernández, torcido en la Florida con tabaco hondureño. “Tan bueno como el cubano —asegura— aunque tal vez algo más ligero”.

—Ni idea —digo.

—Por algo tan simple como la geografía.

—¿Cómo así?

Oliva tiene setenta y tres años, juega casi a diario al squash y vive en Miami desde que se jubiló hace diez años. Entonces, no consiguió el ascenso a general de brigada, y prefirió pasar los últimos días —así lo dice él—con sus hijos. “Todos los muchachos estaban aquí”. Una botella de Bacardí Gold preside la pequeña mesa con tablero de cristal que nos separa.

—Sencillo —dice—, ¿o tú eres de los que piensan que Fidel ha sido un gran estratega?

A los catorce años, Oliva se unió al Ejército Rebelde, en el Segundo Frente Oriental “Frank País”, bajo las órdenes del hoy presidente de Cuba, Raúl Castro. No sabía leer ni escribir y, salvo el pueblito insignificante de Providencia, no había visto nada en el mundo. Años después, tras el triunfo de la Revolución, se graduaba en Derecho en la Universidad Estatal de Moscú. Habla ruso, inglés, y él me asegura que también algo de polaco.

—Mi opinión no cuenta —digo e intento sonreír.

—La mía es que los ha ayudado mucho la suerte y, como te comentaba, la geografía. Sí, el simple hecho de que Cuba, contrario a lo que supone todo el mundo, no es una isla, no, sino un archipiélago.

Oliva usa unas gafas de pasta, amplias, que reposan sobre sus mejillas. Lo dejo hablar.

—¿Sabes cuántos cayos tiene ese archipiélago?

—No.

—¡4.195! ¿Te imaginas lo que eso significa?

—No.

—4.195 bases de operaciones, a doscientos kilómetros de las costas americanas, para todo el tráfico de drogas, personas, órganos, falsificaciones, que puedas imaginar. Estados Unidos sabe que América Latina está mirando a Cuba, al fin del gobierno de Raúl Castro, como una gran oportunidad. Pero no creas que esa oportunidad es únicamente gubernamental o de negocios, ni siquiera turística. No. La cercanía de Cuba a los Estados Unidos, la convierte en la segunda frontera más importante y, sobre todo, con menos posibilidades de vigilancia, de este país. La primera es México. La costa norte cubana tiene unos 1.250 kilómetros de largo, más toda esa cayería. Una superficie tal no solo es muy costosa de vigilar desde el exterior, sino que además compromete un gran contingente de hombres, medios, infraestructuras. A eso me refiero cuando hablo de geografía.

—Supongo que habrá acuerdos.

—¡Claro! Eso es lo que ha primado hasta ahora. ¡Acuerdos! Pero el tiempo se acaba. De eso se ha dado cuenta el gobierno americano y de ahí su prisa por garantizar el control futuro de esa frontera. ¿Qué ha dicho Donald Trump sobre el muro a lo largo de la frontera mexicana? Importantes dos cosas. Una, que tendrá 1.600 kilómetros de largo y que va a costar 8.000 millones de dólares. Y, dos, que serán los mexicanos quienes asumirán ese coste. Serán ellos quienes construirán su propia jaula, ¿no? Pues algo así es lo que se pretende con Cuba, que seamos nosotros, como hasta ahora, quienes cuidemos el sur marítimo de los Estados Unidos. A cambio, Fidel y Raúl Castro han podido hacer con el país lo que les ha venido en gana, literalmente. Pero se han cuidado mucho de no violar ese compromiso. Es innegable, hoy por hoy, que Cuba funciona ante América Latina y sus mafias, como un paraguas impermeable. Los únicos que consiguen cruzarlo, curioso, somos los cubanos, ¿sabes por qué?

—¿Por?

—Porque los cubanos representamos un negocio, tanto para Estados Unidos como para Cuba. Así de sencillo.

—No entiendo.

Oliva recarga su vaso con ron y hace por llenar también el mío, pero me excuso: “Tengo que conducir”.

—No es nada complicado. Estados Unidos necesita mano de obra, y Cuba se la ofrece medianamente instruida, mucho más que México u otro país de América Latina. Y, por su parte, el gobierno de Raúl Castro necesita producir emigrantes, porque son esos emigrantes quienes le garantizan un ingreso anual, según la CEPAL, de 1.800 millones de dólares, solo en concepto de “remesas”.

—Tiene lógica.

Oliva repasa el fuego de su puro con un mechero Thompson.

—No es lógica, son acuerdos. Pero esos acuerdos, que se vigilan mes a mes, caducarán tras la muerte de quienes lo firmaron. Y el gobierno de Estados Unidos, y fíjate que no hablo de Obama, tiene enorme interés en esa frontera. Hace menos de un año, en Arizona, tras una pequeña avalancha de escombros, hubo que reparar un sector de esa cerca enorme que nos separa de México y el coste fue de 700.000 dólares. Una hora de vuelo de un dron cuesta 2.468 dólares y no incluye ni operadores, ni equipos, ni gastos generales. Ahora imagínate lo que podría significar la vigilancia aérea de todo el archipiélago cubano, si la frontera mexicana, solo en concepto de vuelos de guardia, gasta un aproximado de 62,5 millones de dólares al año.

—¿Cuál puede ser el futuro entonces?

—Lo más seguro es que seamos tan brutos y tan nacionalistas que no lo aceptemos, pero pienso que la estrategia de Estados Unidos, a largo plazo, contempla la posibilidad de otorgarle a Cuba el estatus de “Estado Libre Asociado”, como a Puerto Rico, lo cual garantizaría la abolición de esa frontera marítima y el desplazamiento a la costa sur cubana de la frontera de los Estados Unidos.

—¿Pero mientras?

—Ese es el objetivo inmediato de los Estados Unidos. Garantizar los suficientes pactos: militares, económicos, culturales, de inmigración, que permitan mantener la seguridad en la frontera, sin que ese control, tal como sucede ahora, recaiga sobre el presupuesto nacional. Es el pago que ha de efectuar Cuba en nombre de la “buena vecindad”.