Había algo en ella profundamente occidental. Leerla era volver a mi infancia. Enamorarme de mi novia Mariana en un barrio habanero. Darle la mano a Marjane y soñar juntos con un país perdido e imperdible, en plena tiranía marxista o islámica, donde la libertad resonaba en nuestras almas de estreno, sin que ni ella ni yo supiéramos explicarlo.
Fui triste todo el tiempo que conviví con Marjane Satrapi. Una tristeza humanista, de criaturas políticas que van creciendo dándose cuenta de lo que nos pasa. Herederos de una civilización democrática anterior. Testigos de un paisaje fósil donde toda belleza venía de un tiempo previo a la Revolución.
A través de la tela metálica de una ventana en La Habana, yo contemplaba de medianoche la luna libérrima de Teherán.
Acaricié el pelo negrísimo de Marjane Satrapi. Me hundí en sus ojazos llenos de adolescente asombro. Besé sus labios con sabor a persa y no a esa falsificación árabe llamada farsi.
Amé a su patria antes de la ocupación teocrática, porque en aquel Irán imaginario yo reconocía a una Cuba inimaginable sin Castros.
La noticia de su fallecimiento me conmovió. Era una mujer prácticamente de mi edad. La mató la misma tristeza que te está matando a ti.
Marjane Satrapi no quiso sobrevivir rodeada de personas que no fueran el amor de su vida. Ni presenciar hasta la vejez su carencia perpetua de país.
Hay algo radicalmente moral en esta muerte europea. Es un adelanto de la extinción en masa de los cubanos.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn










