En su reciente poemario Efluvios (M/M 305 Ediciones, 2025), Joaquín Gálvez evoca desde los primeros versos una profunda reflexión sobre la identidad, la autenticidad y la deconstrucción de la imagen pública. Al afirmar: “Tenemos otra biografía ante el espejo, la que nos reivindica ante la lluvia y cancela el idioma de una máscara”, el autor despliega una metáfora potente sobre la confrontación con el verdadero yo.
Esta “otra biografía” no es la cronología lineal que exhibimos al mundo, sino la narrativa interior: las verdades ocultas y las experiencias que solo admitimos en la intimidad de la introspección. Así, la reivindicación ante la lluvia —símbolo de la adversidad, la tristeza o los golpes de la vida— sugiere que esta identidad secreta no busca aprobación externa. Se mantiene firme y digna ante la intemperie, consolidándose como un definitivo acto de aceptación personal.
La “máscara” es para Gálvez la persona en términos junguianos: el rostro social que mostramos para encajar. El poema propone un acto de liberación donde el lenguaje falso de la máscara se anula cuando nos miramos honestamente. Ese rostro, conocido por todos, es a menudo el menos auténtico, en contraposición con el yo interior que el espejo revela, desatando la lucha entre quiénes somos realmente y quiénes aparentamos ser.
Efluvios no es un libro que se lee de forma lineal; es un territorio que se habita a través de lo que podríamos llamar una “poética del relámpago”. Está compuesto por versos breves que oscilan entre el aforismo lapidario y el destello lírico, funcionando como una bitácora espiritual para quienes han aprendido que la luz se encuentra a menudo en el rastro de un tropezón y que la experiencia poética puede ocurrir en lo que se pierde, en lo que se olvida. Él lo expresa mejor en un poema:
Mientras conduzco
y espero el cambio de luz en el semáforo,
me asalta un verso que ya he olvidado.
La literatura también es ese verso
que nunca se escribió.
En esa línea del acto creativo, Gálvez se declara un poeta muerto, cuya escritura es un “testimonio póstumo” que nadie más puede leer de la misma forma. Abraza así la idea de que el arte no busca la fama, sino el goce del acto mismo, aun sabiendo que el destino final es el olvido.
Para el autor, la palabra es una jaula —pero una jaula salvadora— que impide que la belleza muera. Al final, la sencillez es la clave para alcanzar esa “brizna de eternidad” que la soberbia no logra percibir.
Como suele suceder con los autores genuinos, Gálvez regresa sobre dos temas recurrentes en su poética: el olvido y la memoria. En este espacio, el cuerpo del otro se convierte en la única “patria” posible para el desterrado:
En ese territorio que lo conforman tu cuerpo y tu alma quedé a salvo
como en una patria etérea y sin nombre.
Por esa senda llega también su “hábitat” emocional, un espacio donde el recuerdo de Cuba y la introspección filosófica se encuentran para salvar lo poco que queda del naufragio del tiempo. La Habana, en su poética, no es solo un lugar, sino un “museo” de ruinas personales.
El mañana se presenta como un espacio de desolación donde los muros y las calles son testigos de una identidad que se desmorona. El dolor del desarraigo es palpable en la evocación de sus primeros años de exilio, cuando nos habla de “deshabitar un país e idioma” y enfrentarse a la nieve.
Al aludir a las “90 millas”, sitúa la voz lírica en el contexto de la diáspora cubana, donde el parque de la infancia se convierte en un “ágora de palabras prohibidas” y la distancia física marca una certidumbre dolorosa. El exilio no es solo geográfico, sino también temporal: la memoria es un “río revuelto” que devuelve los rostros del pasado.
Estas breves piezas poéticas son un aval de introspección y autenticidad. Presentadas como aforismos o destellos líricos, exploran la relación entre la percepción humana y el misterio del universo. A través de una estética minimalista, el autor transforma lo cotidiano en algo metafísico, logrando que la mirada sea la creadora del mundo.
Así, la naturaleza, el árbol o un pájaro solo cobran sentido o dirección cuando son filtrados por el ojo humano. La realidad es un sistema de signos que “define el sentido del aire” solo a través de nuestra observación.
Joaquín Gálvez devela las lealtades a su propio estilo y a sus códigos poéticos cuando antepone la musicalidad y la brevedad a la rigidez métrica. Más allá del acto de “medir versos”, reivindica haber hallado la “justa medida de la música”. Esto se refleja en la economía del lenguaje, donde cada frase busca ser una “festiva fonética del silencio”.
En este viaje el autor evoca a los clásicos que han acompañado su formación. Hace referencia a las aves del Estínfalo y al jardín del Edén, a la vez que reinterpreta a Machado, Basho y Robert Frost, llegando a la conclusión de que todos los caminos confluyen en una misma creación humana.
Tampoco deja escapar íconos de la cultura popular: desde los Beatles con The Long And Winding Road, hasta el cine clásico en Casablanca con su célebre “Siempre nos quedará París”, transformándolos en herramientas para explicar su propia travesía de amor y tropiezos.
Uno de los pilares conceptuales de Efluvios es transformar el “tropezar con piedras” en una señal de luz. El autor propone una estética estoica: el sufrimiento es la arcilla para un renacimiento. Ya sea a través de la “lira convertida en sátiro” o del “archivo secreto del insomne”, los poemas rechazan el adorno fácil, optando por la belleza cruda de la lucidez. Asimismo, Gálvez juega con la crítica social al denunciar la hipocresía política y el oportunismo de quienes cambian de ideología según la orilla en la que se encuentren.
Efluvios es una lección de “poesía desnuda”, que despoja al verso de artificios para dejarnos con lo esencial: el exilio, la sombra y el canto. Aunque el autor escribe con la plena consciencia de que el destino final de toda obra es el olvido, lejos de caer en el nihilismo, alcanza la certeza de una libertad única. El poema se convierte entonces en luciérnaga.
Esta colección funciona como un itinerario de puentes; una transición constante entre la vida y la muerte, el amor y la ausencia. Es una obra de madurez donde el autor acepta que el poema es el único lugar donde el hombre puede transfigurarse en “piedra, flor, mariposa, aire, nube y estrella”. Es, en última instancia, una invitación abierta para que el lector encuentre esa “luciérnaga” en la noche de su propia existencia.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
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- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn











