Este 22 de abril de 2026[1] Cienfuegos cumple 207 años de haber sido fundada por colonos franceses procedentes del estado de Luisiana, en Estados Unidos.
A ese hecho, único en la historia de Cuba, pues es la única ciudad no fundada por españoles, se unen su indiscutible belleza, el trazado rectilíneo de sus calles, el estilo neoclásico de sus construcciones, el paseo más largo de Cuba y especialmente la belleza de su bahía.
Cienfuegos fue también la primera ciudad cubana en liberarse, aunque solo por unas horas, de la dictadura de Batista, el 5 de septiembre de 1957.
Mi primer viaje en un ómnibus local ocurrió en la ya lejana década de los sesenta. Lo hice en una de aquellas pequeñas y calurosas guaguas soviéticas, con cristales color violeta en el techo, marca PAZ 162, que me trasladó desde la calle La Mar, entre Gloria e Industria, hasta el “tarantín”, el paradero de ómnibus situado en la calle San Fernando, cerca del barrio de Reina.
Así traspasé por primera vez los límites de mi humilde barrio cienfueguero, donde después de salir de la escuela jugaba en la calle con el Pimpe, Liquirio y otros niños cuyos nombres he olvidado.
Ante nosotros pasaban las muchachitas del Preuniversitario con sus impecables blusas blancas y sus sayas verde-azules de listas blancas que indicaban el grado que cursaban. El Pre estaba en una colina, frente a la carretera que conduce al cementerio Tomás Acea, réplica del Partenón de Atenas, único cementerio-jardín de Cuba.
Desde el pequeño graderío, situado frente a la pista de atletismo del Pre, se disfrutaba de una espléndida vista de la ciudad.
Por aquellos años comenzó lo que el castrismo llamó pomposamente el “desarrollo industrial” de Cienfuegos, un proceso cuyo resultado fue la contaminación de la bahía y del aire circundante. La joya de este supuesto desarrollo es parte de la inconclusa estructura de lo que hubiera sido la primera central electronuclear cubana, que se divisa desde el maleconcito de Punta Gorda.
Entonces tenía muchas ilusiones e imaginaba que, en un futuro cercano, la bahía estaría rodeada por rascacielos, ajeno a que en las montañas cercanas todavía se libraba un combate desigual que sería trascendente para los destinos de la patria.
Ya de joven me peguntaba cómo sería mi vida si lograba llegar a la fecha del bicentenario de Cienfuegos, cuando yo tendría 62 años.
Todavía me veo en el portal del cine-teatro Luisa con Roly Márquez, Manuel Carcasés y Tomás Martínez (a quien decíamos “El León” por su melena hirsuta), quizás de vuelta de la escuela o rumbo a la academia de ajedrez dirigida por Alberto Barreras y Luis Fuentes, mirando las fotos de la película en exhibición y las de los próximos estrenos. Las había para todas las edades, para mayores de doce años y de dieciséis años, y ansiábamos llegar a la última edad para ver a una mujer desnuda.
Con el ennegrecimiento del pubis y de los sobacos, llegaron los amores platónicos y los reales. El León fue el primero en conocer a una mujer en sentido bíblico y también el primero en recibir los dardos del mal de amores.
Los sábados por la noche la juventud de entonces se dividía entre las fiestas de quince en el antiguo Casino Español y las caminatas por El Prado, iniciadas siempre después de las 8:30 pm, tras conocer el resultado de la famosa lista de éxitos del programa “Nocturno”. Los más afortunados podían pasar la noche en el cabaret del hotel Jagua, uno de los más modernos de Cuba entonces.
Al contrario de lo que hacían muchos cubanos que migraban desde Oriente hacia La Habana, y de La Habana al extranjero, en 1985 hice el viaje a la inversa y me establecí en la oriental provincia de Guantánamo. Fue entonces cuando conocí eso que tan certeramente define la palabra desarraigo.
Aun estando lejos, mi mente siempre se fugaba hacia Cienfuegos y trataba de ir de visita cada vez que podía. Y, por supuesto, seguía soñando con el bicentenario.
Después de 1999, cuando sufrí mi primera prisión, mi vida jamás volvió a ser la misma. En 2012 me convertí en periodista independiente y la vida me enseñó las consecuencias de ir a contracorriente en una dictadura como la cubana.
Una noche de abril de 2019, pocos días antes del bicentenario, estaba en un ómnibus rumbo a Cienfuegos. A mi lado estaba sentado mi amigo Regino Rodríguez Boti, nieto del primer gran poeta cubano del siglo XX.
Regino sacó una caneca metálica y me dijo, apenas el ómnibus salió de la terminal guantanamera, “Date un trago, ya no hay problema”. Pero le respondí que no celebraría hasta que pasáramos el punto de control.
Mi olfato no me engañó. En ese lugar me hicieron bajar del ómnibus, luego de un fuerte intercambio de palabras con un policía y con el oficial de la Seguridad del Estado “que me atendía”.
Luego me llevaron detenido a la primera unidad de la policía de Guantánamo. Unos días después, precisamente el día del bicentenario de Cienfuegos, yo estaba en un calabozo de esa misma unidad policial, golpeado y ensangrentado, en lo que sería el preámbulo de mi segunda cárcel, algo que, por supuesto, jamás imaginé cuando joven cada vez que pensaba en la significativa fecha.
Yo no sé si a otros les pase lo mismo con su terruño, pero en cuanto a mí, no hay un solo día en que no piense en Cienfuegos. Siempre hay algo que me lanza hacia sus calles, al abrazo de los amigos y los recuerdos.
Perdida para siempre la oportunidad de festejar el bicentenario de la Perla del Sur, y ante este nuevo aniversario, quiero imaginar que estoy en el parque José Martí, cerca de mi secundaria, frente al banco donde di mi primer beso a una mujer, mientras el repique de las campanas de la catedral me invita a misa, como si me gritase: “Ten confianza, todo va a cambiar”.
Así vivo con relación a Cienfuegos, como deseando tener unos brazos gigantescos donde cobijarla, muy cerca de mi pecho, mientras escucho “Luna cienfueguera” y recorro sus calles, porque yo, parodiando a Cesar Fernández Moreno, soy cienfueguero hasta la muerte.
[1] Todas las fotografías son de la autoría del fotógrafo canadiense Brendan van Son, reproducidas de su blog personal.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
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Por Samuel Moyn













