“¿Cuántas veces debemos morir los cubanos?[1], ¿con cuántas vidas debemos pagar?, ¿cuántas vidas nos quedan? Llevamos una eternidad muriendo: en los mares, en las selvas, en los ríos, en los desiertos, en los caminos, en los aviones, en los aeropuertos, en las fronteras, dentro de nuestros propios cuerpos. Pero nadie oye el ruido de nuestras muertes, nosotros mismos bloqueamos su bramido y seguimos muriendo, una y otra vez, como los condenados al infierno, de manera perpetua. Una vez y otra”.
Escucho este aullido y retomo el texto que comencé a escribir en La Habana, en julio de 2024, a punto de cruzar una frontera y escapar de una muerte muy probable en la Isla. Tres años atrás, había evadido otra: la pandemia de la Covid-19, que entre 2020 y 2021 causó una enorme cantidad de fallecidos en Cuba.
Quienes emigramos pasados los setenta años no vamos tras ningún sueño, sino para salir de una pesadilla. ¿Cómo, a la altura de la tercera edad, asimilar otra cultura, otras costumbres, otra lengua? Acaso sea el reto mayor para quienes la palabra es morada, patria, forma de expresión, modo y razón de vida.
Cruzamos las fronteras y entramos en un mundo en el que a algunas gentes no les gustan nuestras palabras. No aprecian cómo suenan: amor, cariño, empatía, abrazo, corazón, hermano, almohada, azafrán, jazmín, alcoba, jarrón, balada, llovizna, manzana, bajareque, siboney, mandinga, mandarina, té, bonzo, charol, caolín, barniz, chévere, quilombo, conga, ñame, bongó, cachimba, rumba, canoa, aguacate, chile, caimán, iguana, maíz, papaya, ají, bohío, colibrí, zanahoria, alcázar, jabalí, azúcar…
Palabras que provienen de nuestros ancestros africanos, chinos, árabes, vascos, andaluces, gallegos, catalanes, asturianos, sirios, libios, siboneyes, taínos, aztecas, incas, mayas, quechuas, mapuches, guaraníes, aimaras…
Los latinoamericanos somos un ajiaco de lenguas y culturas. Somos de muchos colores.
Debemos aprender otras palabras. Las del país que nos acoge. Pero las pronunciamos mal y hay personas a quienes no les agrada cómo las decimos. Tampoco les gusta nuestra lentitud para reaccionar a sus palabras. Nos cuesta mucho esfuerzo entenderlas, descifrarlas, y pensamos primero en cómo diríamos las nuestras, cómo convertimos “yo quiero una manzana” en “I want an apple”.
Y como las palabras expresan nuestras costumbres, echamos en falta, por ejemplo, la palabra mantel. A los cubanos nos gusta la mesa con mantel. José Lezama Lima expresó: “Servido el mantel que es una nube rectísima, tiesa para impresionar fuertemente…”.
Para nosotros, una mesa sin mantel está incompleta. Le falta una parte de su alma. Y así andamos, incompletos.
Cruzamos las fronteras, llegamos a otra ciudad y echamos en falta los olores, los colores, los sonidos de la nuestra. Como escribió el poeta Konstatinos Kavafis, nuestra ciudad estará siempre en nosotros. Eso lo sabe cada migrante. Yo he vivido en muchas ciudades, pero cuando sueño casi siempre estoy en la habitación de mi casa natal. Una parte de mí nunca salió de allí.
Cruzamos las fronteras sin llevarnos el mar. Y a los isleños se nos hace difícil vivir lejos del mar. No hay olor como el del mar. Cuando aspiras, a diario, su olor a yodo, marisco y sal, no lo olvidas jamás. Cuando has vivido cerca del mar y de manera permanente has oído su sonido al romper en la costa, lo incorporas a tu memoria sensorial para siempre.
Lo escribió con vehemencia Fayad Jamís: “¿Qué cuerpo es más durable que la espuma? / ¿qué arrecife salta más arriba que la espuma? / ¿qué templo es más inmóvil que el templo de la espuma?”.
Yo vengo del mar, pero también vengo del desierto, en tanto mi ciudad, La Habana, es un desierto: de alimentos, de salud, de vida, de luz, de esperanza.
Ahora me siento como el marino que describiera Italo Calvino en Las ciudades invisibles. Calvino, que también nació en nuestra Isla, dijo que el camellero ve la ciudad en forma de navío, y el marino la ve en forma de desierto, porque “toda ciudad recibe su forma del desierto al cual se opone. Por eso el camellero y el marino ven así a Despina, ciudad fronteriza entre dos desiertos”.
Cuando yo veo a lo lejos a Austin, la veo “como a un camello de cuya albarda cuelgan odres y alforjas de fruta confitada, vino de dátiles, hojas de tabaco; y se ve a la cabeza de una larga caravana que lo aleja del desierto del mar, hacia oasis de agua dulce”.
Austin es mi Despina. Porque más que añorar el mar —“si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas”, dijo sabiamente Rabindranath Tagore— quiero apreciar lo que me brinda este desierto.
*
El poeta cubano-americano Richard Blanco, en su poema “Matters of the Sea”, utilizó al mar como metáfora de unión entre Cuba y Estados Unidos. Según él, “El mar no importa, / Todos somos del mar entre nosotros, / Todos nosotros”.
El mar, que físicamente nos separa, al mismo tiempo nos une espiritualmente. Porque, “No importa qué himno cantemos, / todos hemos caminado descalzos y con el alma al desnudo, / entre los altibajos del llanto de la gaviota”.
El poeta creció lejos de la tierra de sus padres y abuelos, pero ellos le hablaron de sabores, olores y colores. Y, como la nostalgia también se aprende, soñó con esa Isla, soñó con un océano compartido donde el sonido de las olas es un mantra que nos sane por encima del ruido del odio y la amargura.
El poeta, hijo de inmigrantes, sabe del sacrificio de padres y abuelos: “Marcando reloj en las fábricas / O cortando caña de azúcar / Para ganar una nueva vida para nosotros”. Y aquí el pronombre en plural incluye a los cubanos de las dos orillas.
Hace diez años, en su visita a la frontera entre México y Estados Unidos, el papa Francisco pidió superar el miedo y cuidar al migrante, recordando que recibir a una cultura diferente es una riqueza y un mandato divino. El Papa definió a los migrantes como personas con nombres e historias e instó a acoger, proteger, promover e integrar a quienes abandonan sus patrias para salvar sus vidas.
Dos años atrás compartí con cientos de haitianos, en un aeropuerto, la angustia y la zozobra de escapar de tu país para salvar tu vida. Sentí los temores que los seguían atenazando a ellos, al igual que a mí.
Ambos —ellos y yo—, teníamos mucho en común: dejábamos atrás una tragedia humanitaria, en dos islas contiguas, y hablábamos en lenguas romances, cuyos sonidos se semejan: amor-amour, amistad-amitié, familia-famille, fraternidad-fraternité, solidaridad-solidarité.
Ambos veníamos de países que tuvieron revoluciones que, en el transcurso del tiempo, se convirtieron en estados fallidos. Ambos estábamos cruzando fronteras para construir otras vidas, otras historias, con otras palabras. Ambos debíamos aprender a pronunciar y conjugar love, friendship, family, fraternity, solidarity.
Pero nuestro viaje apenas comenzaba.
*
He estado utilizando el término frontera para referirme al cruce, por cualquier vía (aérea, marítima, terrestre), hacia un país con otra cultura, otra lengua, para habitar en el amplio territorio de la diáspora, ese espacio diverso en el que se entrecruzan y conviven exiliados, expatriados, desterrados, desplazados, migrantes, procedentes de múltiples naciones.
La diáspora es una galaxia flotante en la que cada cual quiere encontrar un nicho. Es una Torre de Babel en la que nos resulta difícil entendernos. Desafortunadamente, el esperanto, casi siglo y medio después de creado, no ha logrado la expansión que debiera tener. El esperanto debiera ser impartido como lengua obligatoria en cada país, para que sea una lengua global y, si la rueda del destino nos depara emigrar, podamos llevar con nosotros esa lengua internacional.
Como no están a la vista las soluciones para que los migrantes que lo deseen puedan volver a sus naciones, la diáspora seguirá siendo un territorio en el que cada grupo cultural intenta construir su camino y, al mismo tiempo, convive con recuerdos, costumbres, hábitos, vividos o heredados. Entre todas esas marcas culturales, la más profunda, esencial, es la lengua, porque contiene a las otras en tanto las nombra.
Nos desplazamos, no sabemos si por un tiempo o para siempre, y dejamos atrás un universo, pero cargamos con nuestra lengua, en la que se cantan las canciones que más nos emocionan, en la que se escribieron los libros que nunca olvidamos y sin la que los escritores no podemos expresarnos.
En su poema “One Day”, Richard Blanco expresó la diversidad que representamos los inmigrantes en el arcoíris de nuestras palabras: “Oye: los rechinantes columpios del parque, el pitido de los trenes, / o los susurros que escapan de las mesas del café, / oye: las puertas que nos abrimos / cada día, diciéndonos: hola | shalom, / buon giorno | howdy | namasté | o buenos días / en el idioma que mi madre me enseñó —en cada idioma / hablado en el viento que transporta nuestras vidas / sin prejuicio, como estas palabras que parten mis labios”.
*
En 1883, el cubano José Pepe Sánchez convirtió una tristeza en canción y nació el primer bolero, género musical que se extendió, en la centuria siguiente, por toda Hispanoamérica.
En la década de los cuarenta del siglo pasado, la fusión de los ritmos afrocubanos con el jazz estadounidense dio lugar al jazz latino. En esa misma década y en la siguiente, Dámaso Pérez Prado llevó a México y a Nueva York el mambo, creado en la Isla por Orestes e Israel López.
Una síntesis de los ritmos cubanos y caribeños, mezclados con el jazz, produjeron la explosión musical que llamaron salsa en los años sesenta. Un decenio después, en Nueva York, nació el rap, como componente musical de la cultura hip hop, que rápidamente se internacionalizó. De su influencia, como música de los márgenes de la sociedad, nació el reguetón, esa mezcla de ritmos caribeños que reina ahora en la música urbana a nivel global. En todos esos ritmos hay mezcla, fusión, integración cultural.
En 1939, el antropólogo cubano Fernando Ortiz, pronunció la conferencia —publicada un año después con el título “Los factores humanos de la cubanidad”— en la que describe y analiza el proceso de formación de lo cubano. Allí utiliza, por primera vez, el término ajiaco —una metáfora del guiso que preparaban los taínos, que se fue modificando con el tiempo— para nombrar la diversidad de elementos que conformaron la nación cubana, integrada por una mezcla de etnias, religiones, y culturas.
Hace una semana, en el mayor espectáculo deportivo de Estados Unidos, un artista puertorriqueño escenificó un performance donde todos los latinoamericanos podíamos reconocernos; en el que los ritmos de El Caribe, cantados en español, llegaron a todo el orbe. Ese performance, que comenzó en un cañaveral, me trasladó a mi infancia y me hizo escuchar el pito de los trenes cargados con caña de azúcar. Ese día sentí un gran orgullo por mi lengua, mi cultura latina, mis raíces, mi identidad.
La mezcla cultural define a los latinoamericanos. Nuestra música, literatura, religión, color de la piel, son frutos del mestizaje de nuestros pueblos autóctonos con los que llegaron después. Esa cultura mestiza ha estado llegando a Estados Unidos desde hace mucho tiempo, de la misma manera que la cultura angloamericana ha viajado a nuestros países. El Caribe y América son mestizos. Se habla español, inglés, francés, creole, portugués, y lenguas indígenas.
*
La crónica que comencé a escribir en 2024, en la que inicialmente hablaba de la muerte, se transformó, al cabo de 19 meses, en un texto de resistencia. Eso también forma parte de nuestra cultura como inmigrantes latinoamericanos.
La Habana, julio de 2024 – Texas, febrero de 2026
[1] Texto inédito ganador del concurso literario internacional de la revista digital Letras en la frontera 2026. Se publica en Hypermedia Magazine gracias a la cortesía del autor.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn









