Cuba fue durante los años sesenta un santuario político para la conciencia progresista europea, no solo porque la Isla aparecía ante los ojos fatigados del Viejo Continente como una comarca joven, ardiente y todavía no contaminada por los mecanismos grises de la administración moderna, sino porque Europa, habida cuenta de las cenizas morales que aún dejaba tras de sí el fascismo, necesitaba con urgencia un escenario donde la historia pareciera rectificarse a sí misma, donde la derrota del nazismo no quedara reducida a una victoria militar, sino que encontrara una prolongación ética en algún punto del planeta.
En ese horizonte de culpa, esperanza y ansiedad redentora debe situarse la visita a Cuba del escritor neerlandés Harry Mulisch, nacido en 1927 y fallecido en 2010, cuya biografía quedó atravesada de manera decisiva por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, por el Holocausto, por la colaboración, por la persecución y por esa conciencia desgarrada que hizo de él uno de los escritores europeos más atentos a las relaciones entre historia, crimen, responsabilidad y salvación.
Mulisch no llega a Cuba como un turista literario cualquiera, ni como un cronista neutral que observa desde la distancia la escenografía política de un país exótico. Llega, más bien, como un escritor marcado por la tragedia europea, como alguien para quien el siglo XX había demostrado que la historia podía descender hasta formas inimaginables de abyección, pero también, acaso, podía abrirse hacia una promesa de reparación.
Su adhesión inicial a la Revolución Cubana no debe entenderse únicamente como simpatía ideológica, sino como una forma de inversión moral. Allí donde Europa había producido Auschwitz, burocracia criminal, obediencia administrativa y exterminio racionalizado, Cuba parecía ofrecer, al menos en la imaginación de cierta izquierda intelectual, juventud, épica, fraternidad, entusiasmo popular y un liderazgo capaz de convertir la política en acontecimiento mítico.
Mulisch participó en enero de 1968 en el Congreso Cultural de La Habana, aquel encuentro multitudinario al que asistieron centenares de intelectuales de diversas latitudes y que buscaba presentar a la Revolución Cubana como centro espiritual del antiimperialismo mundial.
La delegación holandesa había llegado a finales de diciembre de 1967 y el escritor dejó constancia detallada de aquellos días en su libro de viajes Het woord bij de daad, título que podría traducirse como La palabra hecha acto o La palabra llevada a la acción.
Ese título, lejos de ser ornamental, contiene ya toda una declaración de fe política, pues sugiere que la Revolución habría conseguido superar la separación entre discurso y praxis, entre promesa y realización, entre lenguaje intelectual y acción histórica. La palabra en Cuba no permanecería suspendida en la comodidad del ensayo europeo, sino que descendería al suelo, se haría cuerpo, milicia, trabajo voluntario, alfabetización, organización social, reforma del tiempo y de la vida.
En ese libro, Mulisch no se limita a consignar impresiones pintorescas, ni a reunir estampas tropicales destinadas a satisfacer la curiosidad de sus lectores neerlandeses. Compone, por el contrario, una crónica ideológica en la que cada escena adquiere valor simbólico, como si la realidad cubana hubiese sido organizada para confirmar una tesis anterior o como si el escritor, al mirar, no pudiera evitar traducir lo visto al lenguaje de la redención histórica.
Describe la celebración de Nochevieja en el cabaret Tropicana, donde niños y jóvenes con tocados de plumas entonaron La Internacional al filo de la medianoche, en una mezcla casi inconcebible de espectáculo nocturno, liturgia política, inocencia infantil y propaganda revolucionaria.
La teatralidad del episodio resulta evidente, y el propio Mulisch advierte su exuberancia, pero no la interpreta como manipulación, sino como signo de energía colectiva, como manifestación de una comunidad que se representa a sí misma bajo la forma de una fiesta histórica.
Esa capacidad para convertir la escena en símbolo reaparece cuando, el primero de enero, asiste a una cena pública frente a la catedral habanera, mientras desde balcones y ventanas se proyectan los coros de una ópera revolucionaria. La ciudad se transforma entonces en teatro pedagógico, en aula abierta, en templo secular de la nueva fe política. La Revolución no se presenta como simple sustitución de un gobierno por otro, ni como reforma administrativa, ni siquiera como programa económico, sino como mutación cultural integral.
Las calles, los balcones, las plazas, los cuerpos, las voces y las ceremonias parecen integrarse en una misma dramaturgia, cuyo propósito no es solamente celebrar, sino educar la sensibilidad de un pueblo entero. Mulisch observa, anota y compara. En cada una de sus líneas se advierte el asombro de quien cree estar presenciando una fundación histórica.
Uno de los episodios más reveladores de La palabra hecha acto es su encuentro con Fidel Castro, porque en él se condensa la relación entre carisma, poder y fascinación intelectual. Mulisch describe al líder cubano como una figura atlética, de gran estatura, corpulenta, dotada de una presencia física que impone respeto, antes incluso de que pronuncie una palabra.
Relata un partido de baloncesto en el cual Castro anota veinticuatro puntos y permanece en la cancha durante todo el juego, como si la vitalidad corporal del comandante confirmara la vitalidad política del proceso que encabezaba. La escena, narrada con admiración apenas contenida, revela hasta qué punto el cuerpo del líder podía funcionar como argumento. Castro no solo gobierna, también juega, compite, resiste, corre, encesta y vence. En esa imagen deportiva se cifra una alegoría de la Revolución como juventud permanente (una Juventud Rebelde).
Después del partido, Mulisch participa en una conversación más íntima. Castro come naranjas y comenta las dificultades de exportación frente a la competencia israelí en el mercado europeo. El detalle económico, aparentemente menor, adquiere en la crónica una dimensión casi novelesca, porque permite observar al líder no solo como héroe épico, sino como administrador concreto de una economía sitiada, como hombre que pasa del gesto atlético a la discusión comercial, sin perder su aura.
En ese momento, Mulisch afirma que en Cuba algún día las cosas serían libres y Castro responde con una afirmación abierta, ambigua, cargada de promesa. El escritor confiesa que la proximidad del líder lo dejaba sin palabras, que sentía una sequedad incómoda cada vez que este se dirigía a él. Esa confesión resulta fundamental, porque revela la tensión interior de su testimonio. No hay allí serenidad crítica, sino fascinación, turbación, rendición emocional ante una presencia que parecía concentrar en sí misma la autoridad de la historia.
En el volumen aparecen también referencias a la disciplina revolucionaria, a la reorganización del trabajo, a la movilización juvenil, al entusiasmo productivo, al clima de entrega colectiva y a la promesa de una sociedad que habría decidido transformarse desde sus raíces.
Mulisch interpreta esos elementos como signos de dinamismo histórico, sobre todo cuando los compara con la burocracia europea, con la fatiga moral de las democracias occidentales y con el recuerdo de una civilización capaz de convertir la obediencia administrativa en instrumento de exterminio. Su mirada está moldeada por una convicción profunda: el radicalismo de derechas había demostrado su potencia destructiva en la figura de Eichmann, mientras que el radicalismo de izquierdas podía constituir, al menos en su esperanza, una respuesta emancipadora.
Por eso, cuando vincula a Eichmann con Castro, no lo hace como quien compara dos totalitarismos, sino como quien cree haber encontrado en el segundo la negación ética del primero.
Esa oposición resulta decisiva para comprender la dificultad posterior de Mulisch a la hora de revisar su entusiasmo. No se trataba de una simple simpatía por un gobierno distante, sino de una adhesión fundada en una arquitectura moral mucho más profunda. Para él, Cuba no era solamente Cuba. Era el lugar donde el siglo XX podía dejar de ser Auschwitz, donde la historia podía reaprender la justicia, donde la violencia revolucionaria parecía legitimarse como defensa contra la violencia reaccionaria, donde el comunismo tropical se ofrecía como antítesis luminosa del horror nazi.
Esa polaridad, tan poderosa como peligrosa, estructuró su juicio durante años y explica que las sombras del régimen cubano fueran recibidas por él no como refutación inmediata, sino como heridas de un amor político que se resistía a morir.
De regreso a los Países Bajos, Mulisch defendió públicamente la experiencia cubana y envió un ejemplar de su obra a Fidel Castro con una dedicatoria en la que exaltaba el salto histórico que el líder habría dado junto a su pueblo. Ese gesto no pertenece solo al terreno de la cortesía literaria, sino al de la consagración simbólica. El escritor europeo entregaba al comandante caribeño una crónica donde la Revolución Cubana aparecía convertida en acontecimiento universal, en prueba de que la historia podía abandonar el cinismo y recuperar una dirección moral.
Lo notable es que, con el paso de los años, cuando la imagen internacional del régimen cubano se volvió más sombría, Mulisch evitó una retractación frontal. Prefirió hablar de su relación con Cuba como de un amor extinguido cuya memoria todavía conservaba afecto.
Es bueno destacar que el mismo escritor que en 1992 publicaría De ontdekking van de hemel, traducida como El descubrimiento del cielo, obra monumental donde la historia, la metafísica y el destino dialogan en clave narrativa, fue capaz de llamar a Cuba una “rama del cielo”.
La expresión es reveladora, porque desplaza la política hacia un registro casi teológico. La Revolución no aparece simplemente como proceso histórico, sino como fragmento terrenal de una promesa superior, como irrupción de una trascendencia secular en medio del Caribe. Cuba, para Mulisch, no fue únicamente un país visitado, ni siquiera una revolución admirada, sino una imagen de salvación proyectada sobre el mapa del siglo XX.
Esa sacralización de la política no fue exclusiva de Mulisch. Formó parte de una sensibilidad más amplia entre numerosos intelectuales europeos y latinoamericanos que vieron en La Habana una capital moral alternativa frente a Washington, Moscú y las democracias liberales fatigadas.
El Congreso Cultural de 1968 condensó esa aspiración. Allí la Revolución cubana intentó presentarse como punto de convergencia entre literatura, antiimperialismo, Tercer Mundo, juventud, marxismo heterodoxo y romanticismo guerrillero. Sin embargo, lo que para muchos visitantes fue una fiesta de la emancipación, para otros terminaría revelándose como el preludio de un orden cultural cada vez más vigilante, más disciplinario y más dispuesto a subordinar la creación literaria a la obediencia ideológica.
Por eso la crónica de Mulisch debe leerse hoy desde una doble perspectiva. Por un lado, constituye un documento de entusiasmo, una pieza literaria nacida de la fascinación ante un proceso que parecía prometer la reconciliación entre ética e historia. Por otro, funciona como testimonio involuntario de las ilusiones políticas del siglo XX, de esa necesidad de creer que llevó a muchos escritores a confundir la energía escénica de la Revolución con su verdad moral.
La Nochevieja en Tropicana, los coros frente a la catedral, el partido de baloncesto de Fidel, las naranjas, la conversación sobre exportaciones, la promesa de libertad futura, todo ese conjunto de escenas compone un mosaico donde política y mito se entrelazan hasta volverse casi indistinguibles.
La figura de Mulisch ilustra, en último término, la dificultad de revisar una adhesión cuando esta se ha fundado no en intereses inmediatos, sino en convicciones morales profundas. Quien se equivoca por cálculo puede corregirse con relativa facilidad. Quien se equivoca por esperanza, por culpa histórica, por deseo de redención, suele necesitar una ruptura interior mucho más dolorosa.
En ese sentido, La palabra hecha acto permanece como registro de un momento en que la Revolución Cubana fue interpretada por ciertos escritores europeos no como régimen concreto (con instituciones, cárceles, censuras, jerarquías y mecanismos de control), sino como horizonte de salvación secular. Su valor actual reside precisamente ahí: en mostrarnos cómo una inteligencia literaria de primer orden pudo quedar cautivada por una escenografía política que prometía convertir la historia en justicia.
Mulisch vio en Cuba una rama del cielo porque necesitaba creer que, después del infierno europeo, todavía era posible una forma de inocencia histórica. Esa necesidad no lo disminuye como escritor, pero sí vuelve más compleja su figura.
Su caso nos recuerda que las grandes ilusiones políticas no se sostienen únicamente sobre la ignorancia, sino también sobre heridas reales, sobre traumas colectivos, sobre culpas heredadas y sobre la ansiedad de hallar en algún lugar del mundo una reparación que la historia casi nunca concede.
Cuba, en su mirada, fue menos una Isla que una Respuesta. Y acaso ahí radique el drama mayor de su testimonio, porque cuando un país deja de ser país para convertirse en respuesta absoluta, todo aquello que contradice la ilusión tiende a ser aplazado, disculpado o transformado en detalle secundario.
La palabra hecha acto pertenece, por tanto, a la historia literaria, pero también a la historia de las conversiones políticas, de las cegueras nobles y de los errores fecundos. Es un libro que permite comprender cómo la Revolución Cubana sedujo a una parte considerable de la inteligencia occidental no solo mediante discursos, sino mediante escenas, cuerpos, ceremonias, símbolos y promesas. Mulisch no vio únicamente una Revolución en marcha; vio la posibilidad de que la palabra, después de tanta ruina europea, volviera a hacerse acto.
Esa fue su grandeza de imaginación y también su límite crítico. Porque la Historia, cuando se la mira como redención, suele devolver tarde o temprano su rostro menos celestial. Y entonces queda la pregunta incómoda, todavía vigente, de cuántas veces la literatura, en nombre de la justicia, ha terminado embelleciendo el nacimiento de nuevas formas de obediencia.

Diario de la invasión (I)
Podría ser un género literario de estreno. Los apuntes de una persona a la espera de la invasión de su patria.









