Diario de la invasión (II)


Helen Levitt (New York, 1938).


La invasión me ha traído una extraña sensación de tristeza. Tal vez la tristeza siempre estuvo ahí, desde mis últimos días en Cuba. Quedar atrapado allí. Largarse para siempre de allá. Haberse ya ido sin darse cuenta y seguir presenciando desde dentro el cuentagotas de la debacle, la depauperación de la gente y sus casas como cavernas de una era exquisita y extinta, muchas de ellas ocupadas a quienes antes las habían ocupado a otros ocupas que a su vez las ocuparon a los ocupas originales, en un siglo de impermanencia doméstica desde 1959 hasta hoy.

La invasión llega ahora como destape. Nos abre la alcantarilla del alma. Todo lo que se asumía olvidado, resurge y sale. Amores albañales. Detritos de la decadencia. Cuba como constante cósmica del corazón.

La precariedad y el vacío me llegan en cada píxel que escapa de la Isla vía internet o WhatsApp. Son mis pobres contemporáneos. Los vulnerables que podrían pasar de víctimas a victimarios con un simple scroll down o con un par de clics. A ellos me enfrenté, letra a letra, cuando me fui enterrando hasta el cuello en La Habana. De ellos hui, mudo y mediático, el martes 5 de marzo de 2013. 

Llevo trece años de saludable lejanía del prójimo, aunque todo el tiempo uno recaiga en ciertos bolsones de culpa balcanizada.

Este diario de la invasión intenta devolverme a Cuba, a pesar de mí. Tal vez el retorno sea obligatorio para alcanzar el olvido. Tal vez gravita de nuevo sobre mí aquella visión de un anciano cubano (seguramente, santero), que detuvo a mi madre al salir de la iglesia de Lawton donde acababa de bautizarme con apenas un mes de edad, y le auguró que ella debía cuidarme porque Cuba, en un remoto futuro, iba a necesitar de mí. 

La invasión revive aquella escena de enero de 1972, al borde abismal de una escalinata, a la vista de una Habana del sur con industrias sin capitales y una espiritualidad mitad materialista y mitad brujera.

El drama culmina con mi madre encasquetándome un azabache, tan pronto traspasó el umbral de nuestra casita de maderas machihembradas, en Fonts #125 esquina a Beales: palabras tan exóticas como “Lawton”, las que desde casi bebé me hicieron memorizar, por si un día me perdía en la ciudad con más consignas de la Revolución (por ser, también, la ciudad más contrarrevolucionaria), lo mismo que las cinco cifras mágicas (9-82-69) del teléfono con que nací y que funcionaba como el único teléfono público de la cuadra.

Una invasión vivida día a día, sin prisa y a paso redoblado. Uno avanza de espaldas hacia ese hito imposible e irremediable, mientras el país ya no tiene cómo proteger la vida de sus paisanos. Uno permanece perdido en este paisaje largamente esperado, como quien revuelve una ristra de sentimientos soterrados.

Recordamos radicalmente entonces que alguna vez todos estuvimos enraizados allí, en el tedio de otras tardes y con el mismo temblor que nos deslocaliza ahora, como limallas de un imán inagotable llamado la Revolución Cubana.

Asistir al espectáculo de la invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico. Cuba no será la excepción. Ya se augura en la guapería wagneriana de quienes van a morir en un poder a perpetuidad. Y en el minimalismo de los misiles que, en boca de un anciano cubano en enero de 1972, caerán en resonancia con nuestra insignificancia inaugural.