Lo que Cuba necesita

Crecí en Cuba en la década de 1980. Aprendimos a vivir con menos: menos comida, menos variedad, menos privacidad y menos control sobre nuestros propios futuros. Pero el contrato social básico de la Revolución cubana todavía persistía en mi infancia. Nuestros niveles de vida eran modestos, pero nuestras necesidades básicas estaban cubiertas. 

Muchas familias enfrentaban dificultades. Sin embargo, teníamos un acceso notablemente amplio a los servicios públicos. Teníamos servicios públicos de educación y atención médica de calidad relativamente alta para una nación en desarrollo.

Cuba tenía un claro sentido de orden, pero el Estado imponía límites estrictos a la vida y restringía los derechos civiles y políticos. La actividad económica estaba mayormente restringida al empleo público en empresas propiedad del Estado. Los individuos podían aspirar a ser buenos profesionales o ciudadanos respetados, pero no podían influir genuinamente en el sistema ni desafiarlo abiertamente.

El modelo cubano tenía dos debilidades existenciales: la dependencia económica de patrocinadores extranjeros y el control autoritario interno. Durante décadas, el pobre desempeño económico de Cuba fue compensado y ocultado por su relación privilegiada con la Unión Soviética y el bloque socialista en general. 

Esos vínculos ofrecían acuerdos comerciales preferenciales, petróleo barato, generosos subsidios y ayudaban a sostener una economía cuya capacidad productiva estaba muy por debajo de la promesa de La Habana de ser un Estado de bienestar.

El bloque socialista tenía profundos problemas estructurales propios, que prepararon el escenario para los años de severa crisis económica que Cuba enfrentaría después de la disolución de la Unión Soviética en 1991.

La otra gran debilidad del modelo cubano era que estaba construido sobre el control político, lo cual estaba destinado a generar resistencia a medida que la sociedad se volvía más educada. A lo largo de las décadas, los cubanos se alejaron cada vez más de la épica revolucionaria de las décadas de 1950 y 1960. Obtuvieron mejores herramientas para comprender el mundo y se volvieron más capaces de cuestionar el orden existente. Una población educada por el Estado para pensar, pero obligada a obedecer, estaba destinada a producir tensión.

La transición al capitalismo en Europa Oriental y la disolución de la Unión Soviética entre 1989 y 1991 destruyeron el contrato social cubano tradicional. Mientras el Estado resistía reformas políticas que pudieran amenazar su poder, luchaba por mantener su parte del acuerdo. 

A principios y mediados de la década de 1990, las garantías sociales disminuyeron, las necesidades básicas se volvieron más difíciles de satisfacer y los servicios sociales se deterioraron. Lo que persistió fue un sistema enfocado en el control, pero cada vez más incapaz de ofrecer seguridad o esperanza.

Los cambios económicos introducidos en Cuba han sido, en el mejor de los casos, adaptativos. Ajustes como la expansión del trabajo por cuenta propia, la más reciente autorización de micro, pequeñas y medianas empresas privadas, la apertura a la inversión extranjera, la aceptación de remesas y la introducción del voto directo —aunque no competitivo— para diputados a la Asamblea Nacional fueron diseñados, sobre todo, para preservar un orden político que ya no sirve a los intereses de la mayoría de los cubanos.

La alianza de la Isla con Venezuela, forjada en 1999, solo sirvió para posponer la transformación estructural que el país necesita. La parálisis política ha producido un gobierno mediocre, cada vez más distante de la vida cotidiana. Más allá de las viejas y nuevas presiones externas, esa combinación de inercia y disfunción solo podía culminar en una crisis como la que Cuba enfrenta ahora. 

El interés de la Administración Trump en precipitar el cambio en Cuba choca con una verdad incómoda: Cuba necesita cambiar no porque una potencia extranjera lo exija, sino porque sus ciudadanos merecen algo mejor.

Cualquier evaluación honesta debe comenzar también con un diagnóstico claro. La crisis de Cuba no es meramente económica; también es política, en un sentido institucional más profundo. 

El sistema actual ha demostrado ser incapaz de producir líderes con nuevas ideas. Es reacio a permitir que los ciudadanos responsabilicen a sus líderes e incapaz de llevar a cabo las reformas que el país ha necesitado durante décadas. El gobierno cubano ha priorizado la preservación del statu quo antes que la búsqueda de soluciones, la conformidad ideológica antes que las lecciones de la experiencia y el control estricto antes que el cambio significativo. El propio orden político se ha convertido en la causa principal de la crisis.

Lo que Cuba necesita se sitúa en las dimensiones económica y política. Cuba necesita un modelo económico que combine libertad, protección social, competencia y propósito público. El análogo más cercano es la economía social de mercado en la tradición europea: un marco que rechaza las pobres alternativas de una economía controlada por un Estado todopoderoso y una economía abandonada por completo a las fuerzas del mercado. 

Este enfoque apoya la iniciativa privada, el emprendimiento y la competencia como motores de innovación, eficiencia y creación de riqueza, al tiempo que insiste en que los mercados operen dentro de un marco de reglas, instituciones y responsabilidades sociales.

El equilibrio será esencial. Cuba debe resistir la tentación de saltar del centralismo burocrático a una forma dura y socialmente desconectada de capitalismo, intercambiando un dogma por otro. 

Lo que la Isla necesita es una economía que fomente el trabajo, el talento, la asunción de riesgos y la inversión, mientras protege la dignidad, la oportunidad y la unidad social. También debería preservar algunas de las tradiciones morales fundamentales del país: que la educación es un bien fundamental, que el acceso a la atención médica no debe depender únicamente del poder adquisitivo y que la exclusión de comunidades enteras, generaciones enteras, no es un precio aceptable a cambio del desarrollo.

Políticamente, los cambios que Cuba necesita van mucho más allá de las clásicas demandas por los derechos civiles y políticos. Cuba necesita una transformación política no solo para ampliar la libertad individual, sino para rehacer la vida pública misma. Necesita líderes capaces de diagnosticar los problemas con honestidad, diseñar políticas con competencia y articular un nuevo horizonte nacional. Necesita instituciones capaces de representar la verdadera diversidad de la sociedad cubana. 

Esto no es una preocupación cosmética. Un sistema que no puede representar la diversidad no puede procesar los conflictos de manera inteligente. Un sistema que no puede renovar el liderazgo eventualmente confunde continuidad con estabilidad y disciplina con eficacia. Esa confusión contribuye en gran medida a explicar por qué Cuba ha sido incapaz de implementar las reformas que ha necesitado durante tanto tiempo.

Cuba también necesitará el compromiso activo de la comunidad internacional, si ha de lograr un renacimiento nacional genuino. Eso incluye a los Estados Unidos, que —en virtud de la geografía, la historia y la escala económica— es el actor externo con mayor capacidad para influir en el futuro de la Isla. 

Sin un cambio fundamental en la relación bilateral, la estabilización será mucho más difícil de lograr. El deterioro económico en Cuba es ahora tan severo que será necesario un apoyo extraordinario de emergencia para estabilizar el país y aliviar el sufrimiento humano.

Dada la gravedad de la crisis y el largo esfuerzo de reconstrucción que se avecina, Cuba también debería recalibrar su activismo internacional. Durante décadas, ha mantenido una presencia internacional que supera con creces su peso económico. En los años venideros, Cuba estaría mejor servida cultivando relaciones constructivas con tantos Estados como sea posible y ajustando sus contribuciones en el extranjero a sus capacidades reales, en lugar de a su autoimagen histórica. 

Cuba también debería adoptar una estrategia explícita y seria para integrar a su diáspora en su vida económica y política. Ningún proyecto serio de reconstrucción nacional puede permitirse tratar a millones de cubanos en el exterior como poco más que fuentes de remesas o como meramente espectadores pasivos.

Lo que Cuba requiere no es ni un rescate extranjero ni otra mitología oficial. Necesita el espacio y las instituciones para reconstruirse: un gobierno que confíe en los ciudadanos en lugar de temerles, una economía que genere riqueza sin sacrificar la justicia social, un sistema político que refleje con precisión las realidades de la nación y una postura internacional alineada con las exigencias prácticas de la reconstrucción en lugar de con las vanidades del pasado.



* Artículo original: “What Cuba Needs”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.