Sísifo llamando a Etecsa



Hay semanas que son como un inacabable y caótico día. Intentas distinguirlos, escrutas en la mierda y en la zozobra, pero los días tienen la misma peste, el mismo ruido, los mismos cánticos religiosos de los vecinos y el mismo anime a todo volumen subiendo del piso de abajo. 

Son esos vecinos que no se callan ni a las tres de la mañana, con sus rechinantes timbres de voz, sus risas sin explicación. Si pudiera, los desaparecía. Los haría polvo o los volvería un pedazo de piedra en el fondo del mar. Pero es imposible. Y yo tampoco puedo esfumarme de esta habanera ciudad que apesta. 

Desde el sábado 11 de abril, el peor servicio de internet y el más caro del mundo descendió completamente en gran parte de La Habana, hasta el viernes 17, cuando lo restablecieron a una velocidad por debajo de los 100 kbps. 

Ay, Etecsa, ladrona, perversa… Digo, emprendedora empresa de sociedad anónima. Eres como una alacrana parida, que no se conforma con ir dejando el veneno en cada mordida, sino que va imponiendo nuevos alacrancitos que se convertirán en peligrosos alacranes a través de recargas internacionales.

Sextuplica tu recarga. La mordida directo al tuétano que va soltando el veneno poco a poco. Donde el familiar exiliado tiene que pagar desde los veintinueve dólares o euros, para que nos pongan seiscientos pesos moneda nacional. O sea, pagan el dólar a veinticinco pesos, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos. Pero el pueblo sigue atrapado en lo aciago. Pobre pueblo que muere cada segundo, sin internet ni corriente ni agua ni comida. ¡Asere, qué pinga es esto!

Ese sábado, cuando noté que no salían los mensajes de WhatsApp, llamé a atención al cliente. Me atendió una mujer que no dio su nombre. 

—Etecsa, buenas tardes.

—No sé qué pasa que llevo cuarenta minutos si conexión —esperé demasiado para llamar a mamá alacrana—. ¿Puede ser tan amable de decirme?

—Deme su número de teléfono.

¿Para qué pidió mi número la burócrata, si lo estaba viendo en su pantallita que sabrá el ministro de telecomunicaciones cuántos dólares costó, en los dólares que no ve el pobre pueblo cubano?

Me dijo:

—¿Este es su número?

—Sí…

—Estoy revisando y todo está bien configurado. Ponga el teléfono donde haya mejor cobertura. ¿Tiene corriente donde se encuentra?

—Sí…

—Active el modo avión. Si no, apague el teléfono un minuto y vuelva a encenderlo.

Modo avión, nada. Apagué, encendí, nada. DPEPDPE: léase, de pinga el país de pinga este… que se nos ha ido quedando sin nombre, y sin nada.

Albert Camus recomienda conservar la calma.

Esperé un tiempo más y volví a llamar. Ese día llamé como seis veces, constantemente, para resingarles un poquito la vida, como ellos nos la resingan a nosotros, los cubanitos que resisten con migajas. DPEPDPE. 

De esas seis veces, dos dijeron sus nombres, muy amables. Las otras operadoras hasta me hablaron en mala forma. Les habrá molestado que reclamara mi derecho como clienta en el peor servicio de internet y el más caro del mundo. 

¡Pensar en lo restringido que nos tienen por todos lados y que solo puedes comprarte un mísero paquete de 6 GB para todo el mes! Como si no tuviéramos la necesidad de comunicarnos con nuestros familiares exiliados, nuestros amigos. 

Empecé a rodar, como la piedra de Sísifo, por la habanera ciudad que apesta. En busca de conexión y algún sosegado sitio sin gente de poco sentido común que quieren saber de tus problemas. 

No soporto a las personas de esta islita sin nombre, a mis vecinos repetitivos. Llega un momento en que ya no quiero matarlos de forma poética. Más bien, bajaría las escaleras hasta el segundo piso al final del cochambroso pasillo. Apenas abran la puerta tras mis leves toques, lo agarraría a él y a ella por el cuello y les chocaría cabeza contra cabeza. 

No veo sangre. Entonces, cabezas contra la mohosa pared. Duro, más duro. Ay, unas goticas de sangre caen al piso. 

—¡Díganme ahora que no se van a callar a las tres de la mañana! Díganme que los vecinos no los calculan a ustedes y que en su casa hacen lo que le sale de la pinga. ¿Qué pinga, socio? Nada más hay que verte para saber lo que llevas entre las piernas. Tal vez unos huevos inflados de machismo. 

Duro, más duro. Ay, otras goticas de sangre.

Albert Camus comprende el movimiento de rodar sin evasión. Al fin, encontré el lugar perfecto frente al Morro, con la brisa del mar, debajo de un arbusto con la hierba media seca. Me senté para contarle a mi amigo, que emigró de este país hacia donde pudo, sobre mi penita de dolor, esas cosas del amor y otros demonios que se amontonan…

Luego de desahogarme todo lo que me permitió la social-comunista-cobertura, le dije a mi amigo que no se preocupara, que más tarde intentaría conectarme para darle la razón de mi penita de dolor…

Atravesé otra vez la ciudad que no va a salvarme, rumbo a mi alquiler, dejando una larga mancha, aspereza de mi cuerpo-piedra.

No dejé de llamar toda la semana, para resingarles otro poquito la existencia. La última operadora que me atendió parece que ya conocía mi voz o estaba cansada de dar la misma excusa al pobre pueblo, porque su tono era demasiado irrespetuoso. Como todo en el país de pinga este. 

—¡Yo no puedo hacer nada! ¡Yo simplemente reporto el problema y ya está reportado!

Y colgó, así, sin más explicaciones. Ni me dio tiempo a decirle:

—¡¿Hasta cuándo van a tener al pobre pueblo en el aguante, sin soluciones?! 

En este constante sobresalto de una realidad absurda, en este estado inicial de lo repetitivo una y otra vez, empujando piedras como en el mito de Sísifo.

Ay de mí, ay del pobre pueblo. 

Ay, impotencia. Ay, mi penita de dolor…