
A Reinaldo Arenas y Néstor Díaz de Villegas.
En mi país, los escritores malditos fueron los más cívicos.
En el Libro I de las Geórgicas no hay lugar para el locus amoenus. Lo que hace habitable la tierra no es su benignidad originaria, sino la invención humana: el trabajo, el cuidado de la tierra, el auxilio de ciertos dioses y, en último término, la protección del Emperador.
Las Geórgicas cuentan, en el fondo, la historia de cómo el cosmos se hace mundo, cómo deja de ser una totalidad donde el humano era una criatura indiferenciada, para convertirse en un espacio habitable, construido por el propio hombre. Hubo, sí, un estado pre-civilizatorio —anterior al orden de los Olímpicos— en el que el hombre era parte íntegra del cosmos y no necesitaba arrancarle sus frutos para alimentarse. Pero es precisamente la pérdida de esa inmediatez, el desgarramiento que separa al hombre de su lugar natural, lo que hace posible la cultura.
El obstáculo funda el mundo.
A partir de ahí nace la agricultura: cultivar, cuidar, medir el tiempo por las estrellas, trazar límites (limen), parcelar la tierra. El cosmos se vuelve mundo en la medida en que es trabajado, interpretado, sometido a ley. No se trata de una naturaleza simplemente hostil, sino de una realidad opaca que solo se deja habitar por quien aprende a leer sus signos y responder a sus cataclismos: heladas, sequías, plagas, etc.
Con Júpiter —el Crónida— irrumpe el trabajo, la propiedad, la necesidad de laborar para obtener frutos. La Edad de Oro queda atrás no como paraíso recuperable, sino como condición perdida que hace posible el nacimiento de las artes. Es la necesidad la que engendra la técnica: el hombre, enfrentado a la resistencia del mundo, inventa los medios para habitarlo.
El resultado es una naturaleza que exige esfuerzo constante, cuidado, vigilancia: una naturaleza que no se da, sino que se conquista —aunque esa conquista dependa tanto del saber técnico como del favor divino y de la sabiduría acumulada de los antiguos. Tras el asesinato de Julio César, el mundo parece desquiciarse —the time is out of joint. De ahí que el poema se abra con la invocación a Augusto: no basta el trabajo humano; se necesita el orden político y la protección divina para que el mundo, siempre precario, siga siendo habitable.
Si en el primer libro el mundo nace de la resistencia, en el segundo alcanza su forma en el artificio.
Con la entrada de Baco, el artificio humano y el natural dejan de oponerse. No hay violencia, no hay corrección de la naturaleza, sino continuación. La naturaleza enseña, el hombre aprende de ella y, a través del injerto, lleva más lejos su propósito. El artificio no hace lo que la naturaleza impide, sino que la conduce hasta lugares que ella misma no había alcanzado.
Y, sin embargo, hay un punto en el que la mano humana parece ir incluso más allá: logra lo impensable para la naturaleza, la mezcla de especies diferentes. Allí donde la naturaleza mantenía separadas sus formas, el hombre introduce una comunicación inesperada. El injerto enseña a convivir a lo extraño. Pero esa transgresión no produce monstruos: introduce una belleza enrarecida, una disonancia que no necesita romper con la forma.
La mano del hombre no deforma, naturaliza la extrañeza.
Virgilio, en este libro, no es un poeta raptado por las musas. El mundo no cabe en sus versos, pero puede ser recorrido gracias a la protección de su mecenas. No es la musa la que abre el acceso a lo ignoto, sino que es el poder político el que permite pisar otras tierras. Lo extraño no se revela: se posee, se incorpora como se conquista un territorio.
La invocación a las musas aparece, pero no sin una cierta ironía. Se les pide que muestren el curso de los astros, las causas de los terremotos, la fuerza que hincha el mar. Pero ese canto no es el suyo. Virgilio se sitúa a distancia de ese registro. Reconoce el modelo del poeta cósmico —Lucrecio, el que devela los arcanos de la naturaleza—, pero también sabe que no lo encarna. Su sangre corre fría para ese tipo de saber. Las musas inspiran, pero a otro.
Su tarea es menor y es distinta. No aspira a penetrar los secretos del cosmos, sino a habitar el mundo. Se conforma con que su canto se colme con el placer de los arroyos, los valles, la labor constante del cultivo. Frente a la ambición del saber absoluto, elige la proximidad, la vecindad con el mundo.
Su fuente es el Hesíodo de Los trabajos y los días, pero el canto ya no es el mismo. No se canta desde una edad de oro perdida, en la que el trabajo se ve como castigo, sino desde su carácter fundacional para el orden humano. La edad de oro que aparece no es la preolímpica, aquella en la que no había que sudar para obtener frutos de la tierra, sino una edad humana en la que el trabajo humilde y la justicia se dan la mano. Una edad en la que el mundo no está dado, sino que se construye.
Y es aquí donde se cierra la figura: Virgilio traza una genealogía que lo vincula con los antiguos sabios y con los fundadores de Roma: con Rómulo y Remo. Su prosapia no viene de los reveladores del cosmos, sino de aquellos que hicieron habitable la tierra. La sabiduría ya no consiste en develar arcanos, sino en instituir un orden, en fundar un mundo. El labrador, el sabio antiguo y el fundador comparten un mismo gesto: dar forma, dar ley, dar estabilidad.
Ante la turbulencia política, Virgilio no responde con teoría ni con arrebato, sino con una afirmación tranquila: la del trabajo incesante del labrador. No se deja arrastrar por la Discordia, ni por las leyes inflexibles, ni por la locura del foro. Su indiferencia no es desinterés, sino apuesta por el orden que garantiza la prosa del mundo, aquella que deja que todo permanezca en su lugar.
Virgilio cierra, con cierta ironía y una leve captatio, la puerta al poeta cósmico. No lo niega, pero tampoco lo asume. Se erige, en cambio, como el modelo del poeta civil: uno que no revela los secretos del universo, pero que hace habitable la tierra y que, al hacerlo, se inscribe en la misma línea de quienes fundaron una civilización.
* Imagen de portada: Miniatura De Las Geórgicas De Virgilio, atribuida a Apollonio Di Giovanni, 1450-1460.

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Por Samuel Moyn









