
Jorge Camacho y Reinaldo Arenas.
El espantoso redentor Ben Rhodes quiso hacer de Cuba una Rhodesia en el último trecho del segundo mandato del presidente Barack Obama.
Ben fue el Borges de Barack y Susan Rice la Uncle Ben que entregaría arroz a los damnificados de la dictadura, que ya a finales del 2014 era una olla de presión. Así de retorcido y novelístico fue el deshielo, y por eso nadie le creyó.
¿Se consultó a los cubanos?
Sí, por supuesto que sí. Los cubanos aceptaron ser los negros de comparsa en los desfiles de celebridades y se importó a Jay-Z y a Beyoncé para que hablaran maravillas de los capataces y su plantación.
Los homosexuales del CNN-SEX fueron los braceros que daban vueltas al trapiche de la propaganda. Mariela se retrató con un látigo que le salía del culo: era el obturador de una cámara fotográfica emplazada en Washington. Gracias a Rhodes, vendedor de mierda en laticas de Vivac-porrú, el totalitarismo fue comercializado como cuentapropismo.
La izquierda estaba contenta con ese arreglo mediático y, en el interín, la disidencia aprovechó el relajo para reorganizarse y, con la ayuda de Donald J. Trump, convertir el falso aperturismo de Rick Herrero en un priapismo por cuenta propia.
Por primera vez, en el verano ardiente del 2021, Cuba tuvo un orgasmo múltiple. El cohete BDSM trumpista provocaba desbordamientos dionisíacos y eyaculaciones políticas incontrolables. La cubanada se desnudó en las calles. ¡Quién iba a decírnoslo!
Era obvio que el rebaño criollo no podía ser consultado, ni sufragado, sino cascado, desbandado y expulsado a la manera española. Bajo el mandato de Biden Brandon, salieron de Cuba más infideles que todos los moros y judíos de 1492. Cuba retornó al Barrackón.
Treinta años antes, durante otra expulsión genocida conocida como el Puente del Mariel, un novelista cubano se había confundido entre la plebe, subido a un barco camaronero y aparecido en los salones caviar de las universidades izquierdosas. De seguro, Ángel Rama no apreció el imperdonable desliz de los órganos de la Seguridad del Estado que habían dejado suelto al pájaro vociferante.
Reinaldo Arenas, que era el nombre del escritor escapado, atacaba como un perro rabioso, como si todavía estuviera en el patio de La Cabaña. Corría el año 1980, Trump jugaba con un camioncito en su finca de Queens. MAGA era el nombre de un personaje de una novela mala de Julio Cortázar. Y Jimmy Carter acababa de salvar a Fidel enviándole las naves que el tirano le devolvió repletas de poetastros, asesinos y locos.
Augusto Pinochet llevaba siete años en el poder y, un octenio más tarde, en un arranque de melancolía patriótica que colocó a Chile, próspero y autocrático, entre las rarezas deónticas de su época, convocó a… ¡un plebiscito! ¡A una consulta popular!
Esta es la versión rápida de lo que en USA suele llamarse The People’s History of blah blah. La historia tergiversada por los comunistas de Hollywood dice que la Campaña del NO fue la responsable del fin del período autoritario chileno. Es mentira: fue una decisión soberana de Augusto Pinochet.
Pero hay más.
En una poco divulgada entrevista de 1999 con María Eugenia Oyarzún, Pinochet responde de esta manera a la pregunta “¿Cómo recuerda usted a Fidel Castro?”:
“Lo recuerdo como una persona grandota, que hablaba todo el día, no paraba la lengua. Tenía una capacidad de hablar salvaje, siempre haciendo demagogia. Un día, de las pocas veces que tuve ocasión de hablar con él, me dijo: ʻUsted tiene auto, son mejores las guaguasʼ”.
Es decir: Pinochet retrata al mismo Fidel Castro que nosotros detestamos. Tenemos en común, al menos, la visión definitiva del Comandante en Jefe.
Luego, Pinochet añadió: “Él criticó siempre a las Fuerzas Armadas profesionales, porque tiene un ejército que es político. Él sí fusilaba, mataba gente, hacía y hace lo que quiere y tiene presa a la gente”. ¡Glup!
Pink Code debería aprender a mirar a Cuba y su liderazgo vitalicio con los ojos del dictador más despreciado del mundo, lo cual da la medida de la banalidad de la gusanera izquierdista. En cambio, hay que decir que Reinaldo Arenas aprendió de Pinochet, que revisó sus propios conceptos de Parque Lenin, reajustó sus prioridades, y en 1988 se atrevió a copiar el plebiscito pinochetista y convocar a uno similar para Cuba:
“Después del ejemplo de Chile, donde el pueblo pudo decidir libremente su destino político, nos dirigimos a usted para pedirle…”, reza la carta del 14 de octubre de 1988, dirigida a Fidel Castro desde la finca de los esposos Margarita y Jorge Camacho, en Los Pajares, Altamonte, España.
“Nosotros nos oponemos rotundamente a un diálogo con Fidel Castro. El diálogo lo debe tener el pueblo cubano con las urnas electorales y Castro con la justicia”, puntualizaba Arenas en el comentario que sirve de introducción a su proyecto.
En cumplimiento de la Constitución de 1980 de Chile y en particular su Disposición Transitoria Vigésima Séptima, que establecía el citado mecanismo, el Decreto Supremo Nº 1.464 estableció la fecha y condiciones del plebiscito chileno, que se convocó oficialmente para el 5 de octubre de 1988.
El texto facsimilar puede consultarse en el Diario Oficial de la República de Chile, Decreto Supremo N.º 1.464, 1988.
El plebiscito cubano, en cambio, fue convocado por dos extrañísimos ciudadanos diaspóricos, el alquimista Camacho y el fabulista Arenas, ambos descolocados en la jungla ideológica de finales de los ochenta, pero con unos berocos más grandes que los del Titán de Bronce.
A propósito de Antonio Maceo: cualquier consulta sobre la continuidad de la tiranía cubana será siempre el equivalente del retruécano que pregunta de qué color era el caballo blanco de Maceo. Es una interrogación recursiva, una pregunta que se destruye a sí misma en el acto de responderse retóricamente.
De cualquier manera, el alquimista y el sanador herido, que ya sufría los primeros síntomas del VIH, hicieron la pregunta clave y la circularon. Como se dice en inglés de Miami: “They spoke truth to power” y no solo al poder de los Castro, sino al poder de la academia procastrista, de la nomenclatura de las letras latinoamericanas, de las estructuras secretas de un gobierno espectral que está en todas partes y en ninguna.
A ese superpower mefistofélico se enfrentaron dos cubanos de a pie, montados en un unicornio blanco.
“De triunfar el no, usted, señor Presidente, debe dar paso al proceso de apertura democrática y, a la mayor brevedad posible, convocar elecciones para que el pueblo cubano pueda elegir libremente a sus gobernantes”, concluye la Carta Abierta a Fidel Castro, publicada el 27 de diciembre de 1988 en varios periódicos europeos, latinoamericanos y norteamericanos.
La respuesta fue un NO rotundo: “Ya tuvimos un plebiscito en 1959”, contestó el demagogo. No el “NO” de los chilenos libres bajo Pinochet, sino el “NO” del castrismo grandulón que el general Augusto odiaba de tal manera que le había entrado a cañonazos en septiembre de 1973.
La Carta Abierta a Fidel Castro fue firmada por Maurice Blanchot, Saul Below, Jaques Derrida, Jack Nicholson, Sofía Imber, Elena Garro, Carlos Castañeda, Victoria Abril, Paloma Picasso, Alain Robbe-Grillet, Isabella Rossellini, Chico O’Farrill, Hugh Thomas y Czeslaw Milosz, entre varias decenas de luminarias de la cultura.
Solo faltaba que el castrismo demostrara ser, por lo menos, tan humano como las dictaduras del Cono Sur, que habían desembocado en la democracia. Pero, ¡ay!, la última vez que le pidieron elecciones libres, la guagua del castrismo embistió al auto donde viajaban Oswaldo Payá y Harold Cepero con sus cajas de firmas, pobres creyentes en la solución pacífica y la consulta popular.
Cincuenta años más tarde estamos de vuelta ante la disyuntiva pinochetista para el tratamiento del castrismo crónico. Según una larga lista de compatriotas a la que añado mi firma, la solución es comenzar con cañonazos y resolver luego lo del plebiscito.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn











