
Dos personas recuerdan una conversación. Una asegura que aquello se dijo junto a una ventana, después del té y antes de que llegara fulano; la otra sostiene que fue en el coche, camino de casa, y que fulano estaba presente. Ambas añadirían, si hiciera falta, la mano sobre una Biblia.
Nos ocurre con una frecuencia elevadísima. Recordamos una frase, una mirada, el tono exacto de una voz y hasta la camisa que llevaba alguien hace veinte años. Cuando aparece otro testigo y ofrece una versión distinta, concluimos que su memoria falla, nunca la nuestra. La memoria ajena es una facultad cognitiva; la propia, en cambio, parece algo así como un acta notarial.
Hace poco la Academia Sueca ha concedido el Nobel de Medicina de 2026 a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por los descubrimientos sobre canales iónicos activados por luz y el desarrollo de la optogenética, una técnica que permite activar o inhibir poblaciones neuronales mediante luz después de hacerlas sensibles a ella. Parece ciencia ficción, aunque lleva años estando presente en los laboratorios con la vulgaridad de cualquier técnica que funciona.
La optogenética ha permitido preguntar al cerebro cosas que antes apenas podían formularse. ¿Qué neuronas intervienen cuando un animal recuerda? ¿Qué ocurre si activamos precisamente aquellas que estaban funcionando durante una experiencia determinada? Aquí empieza una historia científica bastante más inquietante que cualquier discusión familiar sobre quién dijo qué.
En 2013, Steve Ramirez, Xu Liu, Susumu Tonegawa y otros investigadores publicaron en Science un experimento que se ha convertido en referencia. Trabajaron con ratones y marcaron células del giro dentado del hipocampo que se habían activado mientras los animales exploraban un lugar determinado.
Después llevaron a esos ratones a otro entorno. Allí, mientras recibían una experiencia aversiva, los científicos reactivaron mediante luz las neuronas asociadas al primer lugar. Cuando los animales regresaron posteriormente a aquel primer escenario, donde jamás habían recibido una descarga, mostraron una respuesta de miedo.
Habían creado una asociación que, desde el punto de vista del animal, vinculaba el miedo con un sitio donde aquel miedo nunca había ocurrido. Los autores hablaron de una memoria falsa generada mediante manipulación de las células que formaban parte del engrama, la representación neuronal vinculada al recuerdo.
¡Parad! Conviene detener aquí al guionista de Netflix que todos llevamos dentro. Aquellos investigadores no implantaron en un ser humano el recuerdo de unas vacaciones inexistentes en Varadero ni consiguieron que un ratón creyera haber estudiado Derecho en Salamanca. El experimento fue en ratones y examinaba una asociación de miedo muy concreta. Convertirlo en la afirmación de que pronto podremos reescribir biografías humanas con una linterna sería científicamente disparatado, mas reconozco que produciría excelentes titulares.
Lo verdaderamente perturbador requiere bastante menos fantasía. La memoria humana ya modifica el pasado sin necesitar fibra óptica alguna. Sabemos desde hace décadas que recordar no equivale a reproducir una grabación. Una revisión publicada este mismo año en Nature Reviews Psychologyrecuerda uno de los experimentos clásicos sobre falsas memorias: se presentan palabras relacionadas —cama, descanso, sueño, almohada— y muchas personas recuerdan después con seguridad otra palabra vinculada al conjunto, aunque nunca apareciera.
No mienten. Recuerdan. Esta distinción podría arruinar varias cenas de Navidad si alguien decidiera tomársela en serio. Porque buena parte de las guerras familiares se sostienen sobre una convicción preciosa: “Lo recuerdo perfectamente”.
Debo decir que “perfectamente” es una palabra peligrosísima cuando se habla de memoria. La investigación psicológica ha documentado errores de atribución, incorporación de información posterior, recuerdos falsos y reconstrucciones autobiográficas sin que eso convierta nuestra vida mental en una estafa. La memoria conserva muy bien significados y relaciones, aunque los detalles pueden modificarse por el camino.
Además, recordar puede modificar aquello que recordamos. Los estudios sobre reconsolidación han mostrado que una memoria recuperada puede entrar durante un tiempo en un estado susceptible de modificación antes de estabilizarse otra vez. El recuerdo, ergo, no siempre sale intacto del acto de ser recordado.
Marcel Proust necesitó una magdalena y varios miles de páginas para acercarse literariamente al asunto. Yo, un poco menos rebuscado, te puedo contar que cuando recuerdo alguna escena con mi madre –cubana cubana al hablar— pongo es su discurso “vales”, “queréis” y un largo etcétera de imposibles. Suerte que la neurociencia llegó después con ratones, láseres y artículos donde nadie moja nada en té ni reconstruye un parlamento jovellanense, lo cual demuestra que el progreso científico también tiene sus pérdidas.
La cuestión adquiere otra dimensión cuando dejamos el laboratorio. Si un recuerdo cambia ligeramente cada vez que lo visitamos, ¿qué hacemos con el novio que nos destrozó la juventud, con aquella profesora que supuestamente nos humilló, con nuestro hermano favorito de nuestra madre o con el padre que recordamos siempre enfadado?
No significa que esas cosas no ocurrieran. Tampoco autoriza a impugnar el sufrimiento de nadie alegando que el hipocampo es poco fiable, recurso que convertiría cualquier discusión matrimonial en una sesión extraordinaria de neurobiología. Significa algo bastante menos “cómodo” —palabra que, por cierto, no debería usar porque se le atribuye a la IA—: la certeza subjetiva no constituye una prueba de exactitud. Podemos sentir un recuerdo con enorme intensidad y equivocarnos en parte de su contenido.
Esto afecta también al amor. Recordamos a ciertas personas como fueron, aunque con frecuencia recordamos además cómo nos sentíamos nosotros cuando estábamos con ellas. Después mezclamos ambas cosas y construimos un personaje cuya relación con el individuo original podría necesitar una prueba de paternidad literaria.
Los rencores funcionan de manera semejante. Los alimentamos repasando la escena, repitiéndonos la frase, asignando intenciones y añadiendo explicaciones que con el tiempo parecen haber estado allí desde el principio. La memoria y el resentimiento pueden formar una pareja extraordinariamente estable; pocas instituciones humanas gozan de tanta fidelidad.
También las familias escriben ficción sin proponérselo. Existe el tío generoso, la abuela severa, el primo desastroso, la hija que siempre fue independiente. Una vez repartidos los papeles, cada recuerdo encuentra su personaje y termina colaborando discretamente con el argumento.
Quizá por eso resulta tan difícil modificar la idea que tenemos de nosotros mismos. Nuestra identidad necesita cierta continuidad y la memoria se la proporciona. Yo soy quién soy porque recuerdo al niño, al joven, al que se fue, al que llegó, al que acertó y, con una curiosa eficiencia, al que tuvo excelentes razones cuando se equivocó.
La memoria actúa a veces como esos autores que corrigen demasiado las segundas ediciones. Conserva la trama, retoca diálogos, elimina personajes secundarios y mejora discretamente al protagonista. Nada de esto rebaja la memoria. Al contrario, explica por qué posee semejante poder. Si fuera un archivo literal del pasado sería muy útil para los tribunales y seguramente pésima para sobrevivir.
Necesitamos recordar para reconocernos, aprender y anticipar. Necesitamos también olvidar detalles, reorganizar experiencias y extraer significado de ellas. Un cerebro que conservara cada martes de nuestra existencia con idéntica precisión sería una biblioteca magnífica y probablemente un amante insoportable.
El Premio Nobel de este año celebra una herramienta que permite encender con luz circuitos neuronales y observar qué hacen. Su belleza reside también en recordarnos que detrás de algo tan solemne como “mi memoria” existen células, conexiones, proteínas, electricidad y química. Después, colocamos encima a Proust, a nuestras madres, la primera decepción amorosa, una canción de Pablo Milanés, un poema de Jorge Luis Borges, aquel olor de la escuela y la conversación que dos personas juran recordar de manera incompatible. De esa mezcla hacemos una biografía y la firmamos con nuestro nombre.
Entonces aparece la pregunta que la optogenética no puede resolver por nosotros: ¿somos quienes fuimos o quienes recordamos haber sido?
Sospecho que pasaremos la vida negociando entre ambos. Y convendría hacerlo con cierta modestia, porque la memoria posee un talento literario que rara vez se reconoce en los agradecimientos.

‘En la Voz de Ellas’
Por Jorge De Armas
Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.









