Volver a enamorarse de algo más grande que la resistencia

Toda sociedad[1] termina pareciéndose al lenguaje que utiliza para sobrevivir. Y, durante demasiado tiempo, Cuba ha sobrevivido hablando un idioma roto. Un idioma construido desde la escasez, desde el miedo silencioso, desde la adaptación constante. Un lenguaje donde las personas aprendieron muy temprano que sentir demasiado podía convertirse en un problema. Pensar demasiado, en una amenaza. Y, soñar demasiado, en una forma peligrosa de frustración.

Por eso creo que el daño más profundo que ocurrió en Cuba nunca fue únicamente económico. Fue emocional.

Porque la pobreza no solamente vacía supermercados. También modifica la relación de las personas con el tiempo, con el deseo, con el amor y consigo mismas.

Hay generaciones enteras que crecieron viendo cómo sus padres se agotaban intentando resolver la comida del mes, mientras fingían tranquilidad delante de sus hijos. Personas que aprendieron a hablar bajito dentro de sus propias casas. Jóvenes que crecieron escuchando que estudiar ya no garantizaba futuro. Ancianos que dedicaron toda una vida a un país que terminó devolviéndoles apagones, medicamentos imposibles y una jubilación incapaz de sostener dignidad.

Y, después de demasiados años así, ocurre algo devastador: la supervivencia empieza a reemplazar lentamente la identidad.

La gente deja de preguntarse quién quiere ser. Empieza únicamente a preguntarse cómo llegar viva al próximo día.

Resolver. Irse. Callarse. Adaptarse.

Mandar remesas. Esperar corriente. Esperar internet. Esperar permisos. Esperar.

Cuba se convirtió en un país esperando algo. Y ningún ser humano puede vivir eternamente en estado de espera, sin fracturarse por dentro.

Por eso el problema cubano nunca ha sido solamente político. Ha sido profundamente existencial. Porque cuando una sociedad pasa décadas sin poder imaginar estabilidad emocional, el daño comienza a entrar incluso en las relaciones humanas.

Las personas empiezan a amar desde el miedo a perder. A construir familias desde la ansiedad. A criar hijos desde el agotamiento. A conversar únicamente sobre problemas. A convertir el humor en anestesia emocional. Y el humor cubano —tan brillante, tan rápido, tan cruel a veces— terminó convirtiéndose también en una forma elegante de esconder tristeza colectiva. Porque reírse constantemente del desastre puede ser una manera de no derrumbarse frente a él.

A veces pienso que Cuba no perdió solamente infraestructura. Perdió narrativa. Perdió la sensación de continuidad histórica. La sensación de que el mañana podía construirse lentamente. La sensación de que el esfuerzo personal tenía relación directa con el destino. La sensación de pertenecer emocionalmente a un futuro posible.

Entonces comenzaron las despedidas.

Y las despedidas continuas transforman cualquier país.

Un amigo que se va. Un hijo que se va. Un hermano que se va. Un amor que se va.

Un vecino que desaparece. Un salón de clases que termina vacío. Una mesa familiar cada vez más pequeña. Hasta que un día la nación entera comienza a sentirse emocionalmente dispersa.

Parte viviendo dentro de la Isla. Parte sobreviviendo fuera de ella. Y parte atrapada en una nostalgia permanente incapaz de encontrar lugar.

Por eso creo que muchas veces el exilio cubano no es solamente geográfico. Es psicológico.

Hay personas que emigraron y todavía viven emocionalmente dentro de Cuba. Y hay personas que siguen físicamente en Cuba, pero emocionalmente ya no logran habitarla. Eso produce un tipo de cansancio muy difícil de explicar. Un cansancio donde incluso imaginar belleza comienza a parecer ingenuo.

Y quizás ahí aparece la tragedia más silenciosa de todas: cuando una sociedad deja de producir vida interior.

Porque un país no se destruye únicamente cuando colapsan sus instituciones. También se destruye cuando las personas dejan de leer, dejan de contemplar, dejan de escribir, dejan de conversar profundamente, dejan de sentir que sus emociones tienen espacio legítimo dentro de la realidad. 

Tal vez por eso tantos jóvenes cubanos crecieron sintiendo que debían elegir entre sensibilidad y supervivencia. Como si para continuar hubiese que endurecerse inevitablemente. Pero ningún pueblo puede reconstruirse completamente desde la dureza. En algún momento toda sociedad necesita volver a sentir.

Volver a imaginar. Volver a crear. Volver a narrarse.

Volver a enamorarse de algo más grande que la resistencia. Y quizás sanar Cuba implique precisamente eso: devolverle legitimidad humana a la profundidad emocional.

Que pensar no sea peligroso. Que leer no parezca inútil. Que la ternura no se sienta débil. Que el arte no sea visto como exceso. Que las personas puedan volver a existir sin tener que reducir constantemente su humanidad para sobrevivir.

Porque tal vez el día más triste para Cuba no fue cuando comenzaron los apagones. Fue el día en que millones de personas comenzaron lentamente a desconectarse emocionalmente de la idea de futuro.



*

Noche sin faros.
El mar mueve barcos vacíos.
Nadie vuelve igual.






[1] Nathali Lorenzo es autora del libro La Cuba del futuro: visión de país, modelo humano, institucional, cultural y espiritual (2026) que forma parte de la serie Sanando la sociedad cubana.