Premio. Ficción
Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026
I
La primera cucharita se movió a las seis y once en una cafetería de Westchester. Estaba dentro de una taza vacía, entre otras cinco que esperaban el café de la mañana. Rodó por la porcelana y quedó apoyada en el borde suroeste. Blas, el dueño, la cambió de taza. La cucharita repitió el movimiento.
No pertenecía al juego de cubiertos del local. Tenía una V grabada con cuchillo y había llegado desde La Habana en 2001, envuelta en una etiqueta de equipaje que Blas todavía guardaba dentro de la caja. Las otras cinco permanecían donde él las dejaba.
En una cocina de La Habana, Rafael Valdés observaba dos llaves que avanzaban a pequeños tirones sobre la mesa. Se las había mandado su hermana desde Miami con una empresa de paquetería. La etiqueta seguía prendida al aro: MIA–HAV, un tramo. Cada vez que Rafael separaba las llaves del borde norte, el metal regresaba hacia la pared.
Desde hacía tres años, salir de Cuba y regresar eran derechos que se ejercían sin pedir una excepción. Los aeropuertos ya conocían el tráfico de estudiantes por un semestre, técnicos por una semana y abuelos que visitaban a sus nietos sin empacar la casa. Los puertos habían tardado más. Aquella mañana salía de PortMiami el primer ferry rápido con servicio directo a La Habana, y la empresa había reunido casi todos los boletos inaugurales en un solo sentido. El viaje inverso comenzaría al día siguiente.
En los anuncios, el cruce llevaba el nombre de Regreso Completo. La vida de los pasajeros resultaba menos ordenada: algunos iban a quedarse; otros tenían asuntos por resolver y regreso comprado en avión; muchos aún no sabían cuánto duraría la visita. Rafael desconfiaba de cualquier palabra impresa en letras tan grandes.
Puso un vaso de agua junto a las llaves. El aro chocó contra el vidrio y lo hizo temblar. Sacó una plomada de su bolso de trabajo, sostuvo el hilo sobre las baldosas y esperó. El hilo se desvió hacia el norte algo más de dos grados.
El teléfono mostró un mensaje de Mariela, su hija, ingeniera de operaciones en la Terminal Sierra Maestra.
“¿Tus instrumentos están inclinados?”
Rafael contestó con una fotografía.
Mariela llamó de inmediato.
—¿La mesa está nivelada?
—La nivelé cuando tú todavía estudiabas estática.
—Compruébala.
—Buenos días, hija.
—Compruébala, papá.
Rafael puso el nivel en cuatro posiciones. La burbuja quedó centrada. En la pantalla, Mariela mostró un péndulo de inspección del muelle. También apuntaba al norte.
—¿Desde cuándo? —preguntó él.
—A las cinco estaba vertical. A las seis empezó esto. En equipajes hay seis maletas pegadas a una pared.
La cafetera terminó de subir. Rafael apagó la hornilla y miró el papel amarillento sujeto a la nevera con un imán. Era una nota de Adela, muerta nueve meses antes, escrita durante una de sus últimas semanas de buena memoria: “¿Cerraste bien la puerta?” Nadie había querido quitarla.
—Voy para el taller —dijo Rafael—. Allí tengo aparatos con historial de embarque.
—Mándame lecturas cada diez minutos.
—Primero voy a tomar café.
—Tómalo con la plomada puesta.
II
Elena Valdés llegó a PortMiami a las siete y veinte, dos horas antes de la partida. Llevaba un equipaje mediano, una caja rígida con un gravímetro portátil y un boleto sin vuelta. A los cuarenta y nueve años había decidido instalar su estación de trabajo en La Habana, aunque conservaba el apartamento de Miami, una cuenta de luz a su nombre y veintisiete años de objetos que todavía no había clasificado.
En el control de carga, un empleado leyó la pegatina de la caja.
—¿Esto pesa la gravedad?
—Registra aceleración vertical.
—Eso fue lo que dije.
—No exactamente.
—¿Puede ir acostado?
—Puede, pero después hay que dejarlo estabilizar seis horas. Si llegamos a tiempo, prefiero trabajar hoy.
El hombre dibujó una flecha hacia arriba en tres caras de la caja.
—Ahora el universo sabe cómo va.
Elena borró aquella última frase de su atención y sujetó ella misma el equipo a un carrito. No dejó que lo enviaran a bodega.
La terminal se había llenado de personas a quienes una misma pancarta llamaba retornados, aunque cada cual cargaba un verbo distinto: entraba una restauradora de Coral Gables con pinceles de pelo fino y permiso para revisar un mural en Sancti Spíritus; entraban dos hermanos de Hialeah que llevaban un compresor dental para la clínica donde había trabajado su padre; una agrónoma nacida en Güines, con semillas certificadas y hotel reservado por nueve noches; un muchacho de veintiún años que solo conocía Camagüey por el plano dibujado en las cartas de su abuela; una contadora con tres computadoras reacondicionadas y una cita de regreso en el aeropuerto; un hombre que había guardado durante treinta años la llave de un portal demolido; una profesora que iba a impartir un curso en Santa Clara; dos matrimonios que pensaban establecerse; una pareja que iba a divorciarse en Matanzas y discutía por la carpeta de documentos; una costurera con cremalleras, agujas y las medidas de quince mujeres enviadas por audio; un técnico de prótesis, una fotógrafa, un afinador de pianos, un albañil con botas nuevas, una niña que llevaba un rompecabezas para un primo de Guantánamo, familias con apellidos conocidos solo por videollamada, adultos que transportaban medicinas en fundas térmicas, cajas de piezas cuyo contenido había sido comprobado cuatro veces, jabas de libros, regalos sin precio, herramientas con factura, llaves sin cerradura, documentos de propiedades que ya no coincidían con las paredes, etiquetas de un tramo, etiquetas antiguas arrancadas de maletas que habían cruzado una sola vez; entraba Nereida Álvarez sujetando con los dos brazos una nevera de espuma donde un cake de guayaba esperaba llegar entero al cumpleaños ochenta de una tía en Cárdenas, y entraba Elena detrás de todos ellos corrigiendo en el formulario la palabra migración porque su traslado no cabía, según ella, en una casilla pensada para abandonar una residencia y adoptar otra. Sobre la pasarela se mezclaban los que traían proyectos, los que traían cuentas pendientes y los que solo querían sentarse a una mesa durante el tiempo suficiente para dejar de ser una cara en la pantalla. La multitud avanzaba sin el mismo paso, unida por el horario del barco y separada por la duración de cada visita, mientras los altavoces insistían en que se trataba de un regreso completo y el personal pedía, con creciente desesperación, que nadie se detuviera a fotografiar el arco de entrada.
Elena encontró su asiento en el salón superior. El ferry Isla de Pinos era un catamarán de alta velocidad, construido para sostener alrededor de veintisiete nudos en la travesía de casi doscientas millas náuticas. La llegada estaba prevista entre cuatro y cinco de la tarde. Elena amarró la caja a dos puntos del piso y colocó un sensor de inclinación sobre la mesa.
Rafael le escribió: “¿Cerraste bien la maleta?”
Ella respondió: “La maleta sí. La pregunta correcta es si cerraste el gas.”
“También.”
“Eso no te lo creo.”
Elena estuvo a punto de preguntarle por el cuarto de Adela. Lo dejó para después. Desde la muerte de su madre, cada conversación sobre la casa acababa en una cuenta distinta: Rafael sumaba los años de cuidado; Elena sumaba transferencias, viajes y decisiones que él había tomado sin consultarla. Ambos obtenían siempre un saldo a favor.
A las nueve y siete se retiró la pasarela. Los cuatro motores subieron de régimen y los chorros de agua abrieron turbulencia detrás de las popas. Dos remolcadores ayudaron a separar el ferry del muelle. La capitana Lidia Cárdenas anunció por los altavoces una navegación estimada de siete horas y media, sujeta a tráfico y condiciones del estrecho.
Al salir por Government Cut, las cubiertas exteriores se llenaron. Elena permaneció junto a una ventana. PortMiami fue reduciéndose a grúas y planos. Encendió el gravímetro para que adquiriera temperatura estable, pero no inició mediciones finas: a bordo, el cabeceo y las vibraciones dominaban la serie. Quería una línea temporal, nada más.
Nereida puso la nevera del cake debajo de su mesa.
—¿Eso suyo avisa si viene un bache? —preguntó, mirando la caja gris.
—En el mar no hay baches.
El ferry golpeó una ola corta. La nevera saltó un centímetro.
Nereida alzó las cejas.
—Póngale el nombre que quiera. Si hace brincar el merengue, es un bache.
Durante dos horas el Isla de Pinos sostuvo velocidad de crucero. Al norte, la corriente de Florida desplazaba una masa rápida de agua; Cárdenas había ajustado el rumbo para compensarla. A las once y veinte, Elena recibió la fotografía de la plomada de Rafael. La desviación había aumentado.
Diez minutos más tarde, su inclinómetro se apartó del centro.
III
Elena creyó primero que el ferry iniciaba una corrección de rumbo. Miró por la ventana: la espuma seguía corriendo junto al casco, pero la línea del horizonte permanecía en un ángulo constante. El sonido de los motores se hizo más grave. En la pantalla del salón, la velocidad sobre el fondo cayó de veintiséis nudos a diecinueve, luego a ocho.
Cuando marcó cero, alguien aplaudió pensando que era un error del sistema. Nadie acompañó el segundo aplauso.
El Isla de Pinos había avanzado poco más de setenta millas náuticas desde Miami. Faltaban más de ciento veinte para La Habana. Los motores continuaban cargados, los chorros de agua funcionaban y la velocidad medida respecto al agua seguía alta. Los receptores de navegación coincidían entre sí: el buque ya no cambiaba de posición respecto al fondo.
Cárdenas ordenó bajar potencia, comprobar las tomas y revisar los cuatro waterjets. El jefe de máquinas informó que ejes, toberas y temperaturas estaban dentro de límites. Se aplicó empuje diferencial para girar. La proa aceptó unos grados y regresó al rumbo anterior. El ferry permaneció en el mismo punto mientras la corriente de Florida pasaba hacia el norte.
Las etiquetas de la bodega se alzaron hacia Miami. Las maletas unidas a boletos de ida arrastraron las cinchas hasta ponerlas duras. Una pila de cajas recorrió medio metro y golpeó un mamparo. En el salón, las llaves de Elena salieron del bolsillo abierto de su bolso y quedaron contra la pata trasera de la silla.
La capitana pidió que todos tomaran asiento. Un oficial recorrió el pasillo recogiendo objetos sueltos. Elena soltó las correas del gravímetro y lo llevó al puente con ayuda de un tripulante.
—Soy geodesta —dijo al llegar—. Tengo registro desde la salida.
—¿Horizontal? —preguntó Cárdenas.
—Inclinación, sí. El gravímetro mide vertical y aquí la serie está llena de cabeceo. No puedo prometerle microgales en un catamarán que salta. Puedo fechar un pulso grande después de filtrarlo.
—Entonces feche.
Elena conectó el inclinómetro del barco con su registro. A las once y veintinueve aparecía una componente lateral creciente. A las once y treinta y cuatro, los motores habían dejado de ganar terreno. El gravímetro mostraba en ese intervalo una perturbación amplia, mezclada con el movimiento del casco.
—¿Fondo? —preguntó Elena.
—Más de setecientos metros —contestó el oficial de navegación.
—No estamos varados.
—Eso ya lo sabemos.
—Lo estoy descartando en voz alta.
Cárdenas señaló la silla libre.
—Descarte sentada.
La primera comunicación al pasaje habló de una detención técnica. La segunda, veinte minutos después, pidió conservar agua y no abrir los gabinetes superiores. Una toma de ventilación falló en la cubierta seis. El calor se acumuló con rapidez. El casco subía y bajaba sin desplazarse, una combinación que revolvió estómagos. En menos de una hora se llenaron los recipientes para mareo. Dos baños se obstruyeron. Un hombre intentó subir a cubierta exterior para comprobar por sí mismo que el agua se movía y tuvo que ser devuelto a su asiento.
Nereida llegó al puente con la nevera de espuma.
—Necesito conectarla en algún lado.
—Señora, aquí no puede estar —dijo un oficial.
—El cake tampoco puede estar a treinta grados.
—Cocina le dará hielo.
—Cocina me dio cuatro cubitos en una bolsa transparente. Eso alcanza para una muela.
Cárdenas no apartó los ojos del radar.
—Enfermería tiene acumuladores fríos. Que le presten dos y anoten el préstamo.
—Cuatro —dijo Nereida.
—Dos.
—Tres y no vuelvo.
Cárdenas levantó dos dedos. Nereida aceptó y salió escoltada.
En el sistema de reporte marítimo, el oficial de guardia intentó registrar el incidente. La opción “pérdida de propulsión” quedaba desmentida por las máquinas. “Deriva” exigía una velocidad distinta de cero. “Varadura” pedía tipo de fondo. Seleccionó “posición retenida por causa externa”. La plataforma solicitó identificar el dispositivo de retención.
—Deje el campo vacío —ordenó Cárdenas.
—No permite enviar.
—Escriba “pendiente”.
El sistema respondió que PENDIENTE no figuraba en el catálogo de dispositivos.
—Llame al administrador —dijo ella—. Tiene un catálogo incompleto.
Antes de la una salió desde Florida una embarcación de apoyo. Al acercarse, varias herramientas de cubierta fueron arrastradas hacia popa y una defensa se desprendió. La nave tuvo que mantener distancia. Un guardacostas lanzó una boya instrumentada: al entrar en la zona, la boya avanzó hasta un límite irregular y empezó a recorrerlo hacia el norte, llevada por la corriente. Desde Cuba, un buque mercante que navegaba al oeste cambió su derrota para permanecer disponible, pero el capitán informó que cualquier remolque tardaría horas y carecía de explicación para la fuerza lateral.
La tarde trajo problemas menos misteriosos. Un pasajero sufrió deshidratación. Una niña se cortó la palma con un vaso roto. Los refrigeradores de medicamentos fueron trasladados al circuito de emergencia. El jefe de máquinas redujo carga para proteger un sistema de enfriamiento que llevaba demasiado tiempo trabajando sin el flujo previsto alrededor del casco. Cada reducción disminuía el ruido y aumentaba el silencio del salón.
En los teléfonos circuló un titular: LA NOSTALGIA ADQUIRIÓ MASA. Elena lo leyó cuando un reportero le pidió comentario.
—Eso no es un dato —respondió.
—La gente necesita entender.
—Pues no le entregue una frase en lugar de una causa.
A las dos y cinco, una azafata encontró bajo diecisiete asientos tarjetas de embarque antiguas que los pasajeros llevaban como recuerdo. Todas estaban pegadas a la parte orientada hacia Miami.
IV
Rafael llegó al taller de Casablanca antes de las ocho. Puso sobre la mesa tres inclinómetros idénticos. Uno había sido comprado en Tampa y enviado a Cuba en un solo traslado; otro había viajado a Florida para reparación y vuelto con sus dos etiquetas; el tercero se fabricó en Santiago de Cuba. El primero se apoyaba contra el borde norte. El segundo temblaba alrededor del centro. El tercero permanecía inmóvil.
Repitió la prueba sobre una plancha pulida y grabó el resultado para Mariela.
—Revisa los documentos, no solo los objetos —le dijo.
En la Terminal Sierra Maestra, Mariela separó expedientes de equipaje. Una etiqueta HAV–MIA de 1996 tiraba hacia La Habana, el punto donde había empezado el tramo. Una reserva reciente de ida y vuelta apenas desviaba la báscula lateral. Los servidores del manifiesto registraban picos en el mismo horario que los péndulos, aunque nadie sabía aún qué parte física del archivo respondía.
Mariela salió al muelle. El ferry Regla descansaba en su puesto, preparado para zarpar hacia PortMiami a las siete de la mañana siguiente. Tenía combustible, tripulación parcial y doscientos noventa y tres pasajeros confirmados. La mayoría disponía de vuelta a Cuba en fechas diferentes. El viaje inaugural se había organizado al revés: primero los barcos desde Miami, después el tráfico hacia Florida.
Una campana breve sonó desde el Emboque de Luz. La lanchita de Regla soltó amarras, atravesó la bahía y recibió en el otro extremo a la gente que esperaba regresar. Sus tarjetas estaban emitidas por recorrido completo de la jornada; su registro repetía ambas direcciones desde hacía años. No se inclinaba. Tampoco comprimía las defensas del muelle.
—Manda eso a Elena —dijo Rafael—. Ida y vuelta diaria, ninguna anomalía.
—Ya está enviado.
—¿Y el Regla?
—Sale mañana.
—El barco de tu tía no tiene mañana.
—Adelantarlo exige reunir práctico, remolcadores, inspección, pasajeros y atraque en Miami.
—Entonces empieza por el primer verbo.
—Estoy empezando por medir.
Mariela volvió a la sala de operaciones. Dispuso que pesaran por separado equipajes con etiquetas simples y dobles. Pidió a la tripulación del Regla encender sistemas sin retirar amarras. Llamó a PortMiami para consultar una ventana de llegada nocturna. Todavía no solicitó permiso de salida.
Rafael le envió una tabla con la procedencia documental de cada instrumento. Mariela la miró y corrigió dos fechas.
—Tú pusiste que el correntómetro volvió en abril. Volvió en junio.
—En abril terminó la reparación.
—El campo no lee facturas. Lee traslados.
Rafael se quitó los espejuelos.
—Cada día te pareces más a tu tía.
—Ustedes discuten los términos. Yo necesito mover barcos.
V
La videollamada técnica comenzó a las dos y cuarenta. Elena ocupaba una esquina del puente; Rafael estaba ante su banco de calibración; Mariela compartía pantallas desde la terminal. Cárdenas escuchaba mientras coordinaba la emergencia.
Elena situó el origen de sus coordenadas en PortMiami, donde poseía la última lectura estable. Rafael prefirió el banco fijo de Casablanca. Los vectores parecieron oponerse hasta que Mariela hizo transformar ambas series al mismo sistema.
—Dan lo mismo —dijo.
—Con errores distintos —precisó Elena.
—Pero dan lo mismo.
—Esa frase ha destruido muchos presupuestos científicos.
Rafael sonrió sin alegría.
—Miami o La Habana, siempre necesitas escoger dónde está el cero.
—El cero se escoge por conveniencia matemática.
—Tú haces todo por conveniencia matemática.
Cárdenas golpeó la mesa con un lápiz.
—La familia, fuera del canal. Necesito una intervención.
Elena propuso usar los tanques de trimado para compensar la escora y aplicar empuje gradual hacia La Habana. Su modelo tomaba el componente lateral respecto a la salida. Cárdenas autorizó mover poca agua entre cascos. Durante los primeros segundos el ferry se enderezó. Luego la carga etiquetada se desplazó dentro de sus amarres, la fuerza aumentó sobre el casco de babor y la inclinación superó el valor inicial.
—Pare bombas —ordenó Cárdenas.
La transferencia se detuvo. Dos pasajeros cayeron de sus asientos y una puerta de servicio se cerró de golpe. Elena revisó el cálculo.
—La operación agrupó masa registrada en el lado equivocado.
—El cálculo estaba limpio —dijo Rafael.
—Los cálculos no mueven agua. Nosotros la movimos.
En Casablanca, Rafael preparó otra prueba. Sujetó a un torno el carrete de un cable llegado de Key West décadas atrás y aplicó tensión hacia el sur para separar el empuje del documento y la resistencia del soporte. Había fijado la nave como referencia. El cable se estiró, el carrete giró hacia Florida y arrancó uno de los pernos de la base. Un extremo barrió una bandeja de herramientas.
—Suelta —dijo Mariela.
Rafael liberó el torno. El carrete golpeó el suelo y una lámpara quedó oscilando.
—Tu banco tampoco manda —dijo Elena.
—Mi banco tiene un perno menos. El barco sigue igual.
—Porque aplicaste fuerza contra un registro que ya estaba sesgado.
—Tú casi acuestas un catamarán.
—Fueron dos décimas de grado.
—Díselo a los que se cayeron.
Elena cerró los datos de la prueba. Rafael se inclinó para recoger las llaves del piso. Durante unos segundos ninguno habló.
—Mamá quería ir a Miami —dijo él.
Elena miró la pantalla.
—Yo le compré un pasaje.
—Le compraste uno de ida.
—Podía comprar la vuelta cuando quisiera.
—Le dijiste que no tenía sentido volver.
Cárdenas se apartó para atender una radio. Mariela mantuvo el canal abierto.
—¿A qué viene esto? —preguntó Elena.
—A que llevas toda la tarde tomando Miami como punto fijo y ahora dices que da igual.
—Acabas de comprobar que el origen matemático da igual.
—Para las ecuaciones.
—No uses a mamá para corregir un gráfico.
Rafael apiló las herramientas con movimientos lentos.
—Ella quería pasar veinte días contigo y regresar a su cuarto. Tú querías mudarla. Yo no quería que fuera.
—Nunca me dijiste eso.
—No.
La respuesta llegó sin defensa. Elena esperó una explicación que él no dio.
—¿Qué hiciste?
—Después te lo cuento.
—Lo cuentas ahora.
Mariela cortó:
—Papá, ve a la casa. Busca los papeles de abuela. Tía, descarga el manifiesto completo del Isla de Pinos: pasajes, etiquetas, reservas asociadas. Capitán Cárdenas, necesito que bodega fotografíe cada cincha cargada.
—¿Para qué? —preguntó Rafael.
—Para dejar de adivinar. Muévete.
VI
Rafael encontró el sobre en el cajón inferior del escaparate de Adela. Estaba debajo de recibos médicos y de una garantía para una batidora rota. Reconoció el logotipo de la naviera antes de abrirlo.
Dentro había un boleto comprado dos años atrás: La Habana–Miami el 18 de septiembre, Miami–La Habana el 8 de octubre. Ninguno de los cupones había sido usado. Adela había escogido asiento de pasillo y una sola maleta.
Rafael llevó el documento a la mesa. Las llaves enviadas por Elena continuaban presionando el borde norte. El boleto completo quedó casi centrado. Al tocarlo, Rafael sintió una resistencia leve hacia ambos extremos.
—Voy a separar los cupones —avisó.
—Por la perforación —dijo Elena—. No cortes el papel.
—Sé abrir un boleto.
—El mes pasado abriste una factura por la mitad.
Rafael dobló la línea marcada y desprendió los tramos. Puso cada mitad sobre un plato de vidrio invertido. El cupón La Habana–Miami se desplazó hacia La Habana, donde el viaje inscrito empezaba. El de regreso se movió hacia Miami. Alcanzaron los bordes casi al mismo tiempo.
Rafael volvió a juntarlos. Las tensiones opuestas mantuvieron el papel cerca del centro.
—Esto prueba que el registro contiene dos tramos —dijo Elena—. Adela no viajó. No mezclemos las cosas.
—La fecha la escogió ella.
—Eso sí prueba una intención.
Rafael se sentó frente al escaparate abierto.
—Mariela la ayudó con la reserva. Mamá me dio el sobre para que te mandara el código. Yo lo guardé.
—¿Le dijiste que me lo habías enviado?
—Le dije que esperara. Después que tú estabas cambiando de apartamento. Luego se enfermó.
Elena apoyó una mano en la caja del gravímetro. El ferry permanecía en cero nudos.
—Yo le dije que, si iba, se quedaba —admitió—. No quería pagar médicos en dos lugares ni discutir cada escalón de esa casa.
—Ella sí quería discutirlos.
—Y tú querías decidir por ella desde la cocina.
—Sí.
Rafael puso los dos cupones dentro del sobre sin unirlos. La confesión no cambió el hilo de la plomada. Tampoco acercó el barco a La Habana.
Mariela había ordenado los datos en tres grupos. Los documentos de un solo tramo tiraban hacia el lugar de partida. Las reservas de ida y vuelta mostraban componentes contrarias que casi se anulaban. Los objetos transportados bajo una etiqueta única conservaban el mismo sesgo que el registro con el cual habían cruzado. Al salir físicamente un avión o un barco, el conjunto de manifiesto, equipajes y reservas entraba en actividad a la vez. Durante años, millones de trayectos de una sola dirección habían dejado materiales tensos en ambas costas. El Isla de Pinos concentraba cientos de registros Miami–La Habana sin un movimiento simultáneo desde Cuba y había quedado sujeto al punto donde las fuerzas acumuladas igualaban su empuje.
—La lanchita confirma la parte recíproca —dijo Mariela—. Cada recorrido activa una dirección y, poco después, la otra. El Regla tiene ida para mañana y retornos repartidos en el calendario.
—Un boleto redondo no basta para mover el campo grande —dijo Elena—. El de mamá está quieto en una mesa.
—Hace falta que salga el barco —respondió Mariela.
Elena abrió la aplicación de la naviera. Añadió un tramo La Habana–Miami para cinco semanas después y lo vinculó a su reserva actual. Al completarse la compra, las llaves junto a su bolso dejaron de presionar la pata de la silla. La etiqueta de su maleta aflojó la cincha.
El oficial de navegación miró la pantalla.
—Seguimos en cero.
—Mi reserva equilibró mis objetos —dijo Elena—. Nada más.
Mariela ya tenía el manifiesto del Regla abierto.
—Voy a adelantar la salida.
—Faltan pasajeros —dijo Rafael.
—Los llamo.
—Falta tripulación.
—La reúno.
—Falta autorización.
—La tramito.
Elena vio a su sobrina cambiar de pantalla con una rapidez seca.
—¿Cuándo puedes tenerlo fuera de la bahía?
Mariela consultó marea, tráfico y disponibilidad de práctico.
—Si todos cumplen, antes de las seis.
—¿Y si no?
—Les voy quitando excusas por orden.
VII
A las cuatro y veintidós, la Terminal Sierra Maestra empezó a llamar a los pasajeros del Regla. Mariela no pidió voluntarios nuevos. Trabajó con quienes ya tenían reservas, documentos y motivos propios para salir. Algunos estaban lejos y conservaron su viaje del día siguiente. Quienes podían llegar recibieron una hora límite.
El capitán Tomás Ferrer subió al puente a las cuatro y cuarenta. La mitad de su tripulación apareció poco después, todavía con ropa de calle. Mecánicos e inspectores recorrieron ambos cascos. Los remolcadores confirmaron servicio. PortMiami habilitó un puesto de llegada nocturna y transmitió el corredor de aproximación. Mariela revisó cada confirmación y cerró tareas una por una.
Por la Avenida del Puerto fueron llegando pasajeros con el apuro de una salida adelantada: la residente de neurología de Santiago de Cuba que comenzaba una rotación de seis semanas en Tampa y tenía regreso para presentar un examen; un técnico de Holguín contratado durante doce días para montar equipos de refrigeración; una mujer de Santa Clara que iba a conocer a su primera nieta y volvía antes de terminar el mes; dos profesores de Camagüey invitados a un taller; un nadador de Matanzas con competencia el sábado; una restauradora de libros de La Habana que llevaba guantes, lupa y alojamiento por nueve noches; tres programadores, un pediatra, una clarinetista, un reparador de ascensores, una pareja de Guantánamo con citas clínicas y pasaje de vuelta en la misma carpeta; un estudiante de Palma Soriano que viajaría por un año y regresaría en vacaciones; una madre con dos niños que pasaría el verano en Hialeah; gente con empleos temporales, visitas breves, estudios largos y regresos fechados según calendarios que no coincidían entre sí; llegaron desde paradas de guagua, centros de trabajo y casas donde la jaba estaba a medio hacer, algunos sin merienda, otros con comida para tres días, todos con una reserva anterior a la emergencia y un lugar al cual volver. En la terminal, los agentes imprimían tarjetas, corregían apellidos, cambiaban asientos y pegaban etiquetas de ambos tramos cuando correspondía; en el muelle, la tripulación probaba bombas, cerraba registros, recibía provisiones y verificaba que cada vehículo quedara trincado; en PortMiami, una controladora despejaba atraque mientras el equipo del Isla de Pinos enviaba su posición inmóvil; en Casablanca, Rafael sostenía la plomada y cantaba por radio los grados; en el ferry detenido, Cárdenas administraba motores, agua y paciencia. A las cinco y treinta y dos, el último equipaje cruzó la rampa. Mariela cerró el manifiesto con doscientos diecisiete pasajeros y sus itinerarios reales.
La autorización apareció en su pantalla con cuatro condiciones. Mariela las leyó.
—Cumplimos tres —dijo el jefe de turno.
—La cuarta se cumple al soltar amarras.
El práctico abordó a las cinco y treinta y seis. Ferrer pidió retirar pasarela. Los remolcadores tomaron posición.
Rafael había regresado al taller con los cupones de Adela protegidos entre dos placas. El tramo hacia Miami intentaba volver a La Habana; el tramo de regreso presionaba en sentido contrario. Los mantenía separados para observar cualquier cambio.
—Plomada en dos coma ocho —informó.
—Mantén la lectura cada minuto —ordenó Mariela.
—Puedo hacerlo cada treinta segundos.
—Cada minuto.
El Regla soltó la última amarra a las cinco y cuarenta y uno. Durante un instante quedó sostenido por los remolcadores. Luego sus máquinas tomaron carga y el ferry comenzó a apartarse de la Terminal Sierra Maestra.
En el Isla de Pinos, una hilera de tarjetas de embarque cayó del mamparo al piso.
—Velocidad sobre el fondo, cero coma uno —dijo el oficial.
Cárdenas levantó la mano antes de que alguien hablara.
—Confirme durante sesenta segundos.
La cifra volvió a cero, reapareció y subió a dos décimas.
En Casablanca, el hilo retrocedió apenas.
—Dos coma seis —dijo Rafael.
Mariela miró por el cristal cómo el Regla se dirigía hacia la boca de la bahía.
—Continúen salida.
VIII
El Regla pasó entre La Punta y El Morro poco después de las seis. Ferrer aumentó hasta velocidad de crucero una vez fuera del canal. La corriente de Florida se movía al norte y exigiría correcciones más adelante; por el momento, el ferry mantuvo cerca de veintiséis nudos hacia PortMiami.
El efecto sobre el otro barco creció despacio. A las seis y veinte, el Isla de Pinos sostenía tres décimas de nudo hacia La Habana. A las siete llegó a siete décimas. Cárdenas mantuvo los motores por debajo de la carga anterior para no castigar el enfriamiento.
—No persigan números pequeños —dijo—. Avísenme al pasar uno.
Elena comparó el momento de partida del Regla con el registro lateral. El cambio empezaba después de soltar amarras, no cuando se cerró el manifiesto ni cuando los pasajeros subieron. La salida física activaba el conjunto. Los billetes de retorno evitaban que aquel movimiento añadiera otra capa unilateral, pero la fuerza capaz de alterar el campo venía del ferry navegando desde La Habana.
Un frente de lluvia alcanzó al Isla de Pinos a las siete y media. Sin velocidad suficiente para gobernar con libertad, el catamarán recibió el viento por un costado. Cárdenas aplicó empuje diferencial y consiguió mantener la proa. El ferry avanzaba a un nudo y medio cuando la lluvia borró las luces de la embarcación de apoyo.
En el salón, Nereida cambió los acumuladores fríos del cake. Elena la ayudó a sujetar la nevera con una correa.
—La flor grande se cayó —dijo Nereida.
—Quedan las pequeñas.
—La grande tapaba un desnivel.
—Puede ponerla otra vez.
—Usted no trabaja con merengue.
—Trabajo con superficies.
Nereida consideró la respuesta.
—Entonces sostenga aquí.
Elena sostuvo la tapa mientras ella reparaba la flor con una cuchara plástica. El barco dio un bandazo. La reparación quedó torcida.
—Eso sí fue el mar —dijo Elena.
—El mar me debe una manga pastelera.
A las ocho y diez, el Isla de Pinos pasó los dos nudos. Había recorrido poco desde el comienzo de la liberación, pero ya no dibujaba un punto en la carta. El Regla llevaba más de sesenta millas desde La Habana. Ferrer reportó una resistencia lateral que disminuía con cada tramo; sus motores conservaban temperatura normal.
En el taller, los dos cupones de Adela continuaban tirando hacia sus respectivos puntos de partida. Rafael acercó las placas hasta que los bordes se tocaron. El conjunto quedó quieto.
—¿Qué marca tu plomada? —preguntó Elena.
—Uno coma nueve.
—Bajó casi un grado.
—Sé restar.
—La última vez pusiste junio donde iba abril.
—Era una factura.
Elena oyó que abría un cajón.
—¿Vas a guardar el boleto?
—Voy a guardar la mitad. La otra es tuya.
—No decidas eso ahora.
—Entonces las dejo juntas.
—Tampoco dije eso.
—Qué descanso hablar contigo.
La comunicación se cortó por la lluvia. Elena no intentó recuperar la llamada enseguida.
A las nueve y media, el Regla había recorrido cerca de cien millas náuticas. El Isla de Pinos avanzaba a poco menos de tres nudos y había ganado varias millas hacia Cuba. Los cálculos de ambas capitanías situaban el encuentro cerca de la posición donde había comenzado la detención. Ferrer ajustó el rumbo para dejar una separación segura. Cárdenas sostuvo potencia: un aumento brusco podía recalentar los motores o disparar otra respuesta lateral.
La mujer con deshidratación dormía en enfermería. La niña del corte llevaba la mano vendada. Los baños de la cubierta seis seguían clausurados y se había formado una fila en la cinco. El aire acondicionado recuperaba capacidad por zonas. Una azafata pasó con vasos de agua y tuvo que pedir tres veces que los pasajeros no se levantaran para ver el otro ferry.
A las diez, las luces del Regla aparecieron en el radar. Mariela permanecía en su puente; había embarcado para dirigir la operación y documentar el campo. El práctico ya descansaba. Ella comprobó el manifiesto y llamó a su padre.
—Lectura.
—Uno coma dos grados.
—¿Cupones?
—Equilibrados cuando se tocan. Separados, cada uno sigue tirando.
—Registra hora.
—Mariela.
—Dime.
—Buen trabajo.
Ella tardó un segundo en contestar.
—Todavía no cruzamos.
A las diez y trece, ambos ferris se tuvieron a la vista. El Regla había navegado algo más de ciento diez millas desde La Habana. El Isla de Pinos apenas se había alejado de la antigua posición de la anomalía y avanzaba a tres nudos. Cárdenas recibió por radio el rumbo de Ferrer.
—Mantenga velocidad —dijo ella.
—Veinticinco nudos estables —respondió Ferrer—. Pasaremos por su babor.
—Recibido.
Elena salió al alerón del puente. El viento había limpiado la lluvia y la noche permitía distinguir dos filas de ventanas. En el Regla, Mariela veía la silueta inmóvil durante tantas horas crecer frente a ellos. No hubo acceso de pasajeros a las cubiertas. Los rostros se reunieron detrás de los cristales; unas manos se levantaron y otras siguieron sosteniendo niños, vasos, bolsos, teléfonos. Ferrer hizo sonar la bocina una vez. Cárdenas contestó.
Los barcos se cruzaron a las diez y dieciséis.
Primero cayó la tensión de las correas en la bodega del Isla de Pinos. Después las tarjetas antiguas se desprendieron de los mamparos. El indicador lateral regresó hacia el centro sin golpear el tope. Cárdenas esperó veinte segundos y autorizó aumentar potencia por etapas.
—Cuatro nudos —informó el timonel.
—Sostenga.
—Seis.
—Sostenga.
A los diez minutos pasaron de diez nudos. La temperatura de los motores permanecía dentro del margen. Elena miró la serie vertical del gravímetro: seguía ruidosa, atravesada por el cabeceo y la aceleración del barco. El inclinómetro bastaba. La componente lateral se acercaba a cero.
—Dieciocho nudos —dijo el timonel.
Cárdenas autorizó recuperar el rumbo de travesía. El Regla continuó hacia Miami sin reducir, llevando consigo sus salidas actuales y sus regresos distribuidos en semanas y meses. En Casablanca, la plomada de Rafael osciló alrededor de la vertical.
La estimación de llegada a La Habana cambió a las dos y cincuenta. Cocina calentó comida. La tripulación abrió los salones ventilados. Nereida retiró la correa de la nevera y revisó el cake.
—Puede presentarse —dictaminó—. De este lado.
Giró la bandeja para ocultar la flor torcida.
El Isla de Pinos alcanzó de nuevo la velocidad de crucero antes de las once. Con el avance regresó el ruido normal del casco, un golpeteo que muchos pasajeros recibieron con alivio. Cárdenas ordenó cerrar el reporte provisional.
—¿Causa? —preguntó el oficial.
—Campo lateral asociado a itinerarios de un solo tramo.
—La plataforma no tiene esa opción.
—Adjunte el informe y marque causa nueva.
—No existe “causa nueva”.
—Mañana existirá.
Atracaron en la Terminal Sierra Maestra a las dos y cuarenta y siete. La plaza estaba casi vacía. Quedaban trabajadores portuarios, familiares sentados sobre equipajes y una camioneta de emergencias. Rafael esperaba junto al control con los dos cupones guardados en sobres separados.
Elena bajó llevando el gravímetro. Al verla, Rafael tomó la maleta sin preguntar.
—Tiene ruedas —dijo ella.
—También tiene una escalera delante.
—No la golpees.
—La maleta o la escalera.
—Rafael.
Él levantó el equipaje. Nereida pasó junto a ellos cargando el cake.
—Derecho —le indicó a Rafael—. Que esta noche las cosas ya se han inclinado bastante.
Mariela llegó una hora después en la lancha del práctico. Encontró a su padre y a su tía sentados en el Emboque de Luz, separados por la caja gris. Rafael le entregó un café tibio. Elena revisaba los datos.
—¿Van para la casa? —preguntó Mariela.
—Cuando ella termine de medir el vaso —dijo Rafael.
—El vaso está quieto —respondió Elena.
—Entonces acabó.
Elena cerró la computadora. Rafael conservó los sobres en el bolsillo de la camisa. Nadie mencionó el cuarto de Adela.
IX
Cinco meses más tarde, Elena seguía sin decidir dónde terminaba una estancia y empezaba la otra. Trabajaba temporadas en el taller de Casablanca, viajaba a Miami para reuniones y mantenía dos gavetas con facturas que Rafael se negaba a mezclar. El cuarto de Adela permanecía casi igual, salvo por una persiana reparada y tres cajas que ninguno aceptaba como propias.
Rafael tomó el Regla hacia Florida para revisar sensores de atraque. Su boleto de vuelta tenía fecha once días después. Elena viajaba esa mañana en el Isla de Pinos hacia La Habana. Los dos ferris debían cruzarse cerca del punto registrado en los informes.
Elena le escribió: “¿Cerraste bien la nevera?”
Rafael respondió: “La nevera sí. La ventana del baño, creo que no.”
Elena guardó el teléfono. El otro ferry pasó por estribor. En la cafetería, el balance apartó una cucharita del borde; recorrió el café y completó una vuelta dentro de la taza.

La república del billete redondo
Premio. No Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.









