Tres golpes entre ‘Olvidos y obituarios’



I

Nadie escuchó el último aldabonazo,
el sonido del metal contra el metal
en la puerta derruida;
estábamos de fiesta, con las voces
y la música demasiado alta, 
retumbando en las paredes, 
como ese huracán que levanta los techos 
y hace gravitar la nocturna alocución
del mar contra las piedras. 

Nadie escuchó el último aldabonazo, 
la señal de alarma, las luces rojas 
aullando en la tormenta.

Si hubieras visto a los presentes derramar
su inocencia por el suelo,
ahora entenderías el desorden, 
la confusión, estos ceniceros rotos     
devorando las cenizas.

Es difícil fechar el inicio de la melancolía cubana. El primer registro histórico quizás sea el del mismísimo Cristóbal Colón al ver la Isla de cerca y asegurar, al divisar la alta hierba a orillas del mar, que esas aguas debían ser muy mansas y, por tanto, la tierra, “la más hermosa”, también.

Luego, los conquistadores daban testimonio de una rara añoranza que los nativos reflejan en su carácter y canalizaban a través de la risa y la música, la más armoniosa entre todas las islas de la zona, según los españoles.

Siglo tras siglo, sobre todo en la poesía —tan solo hay que hojear a los origenistas, desde Eliseo hasta Lezama— percibimos ese registro de melancolía aristotélica, mezcla de inocencia e ingenuidad, de misterio y silencio, porque toda bulla nuestra no es más que el pánico a nuestro abismo existencial, a nuestra mística natural, orgánica, que nos llega desde antes de nacer, con la brisa. 

Meditemos un segundo en La sienta, el cuadro del santiaguero Guillermo Collazo en el siglo XIX. Estamos y estaremos allí, “lánguidamente en una mecedora” entre el mar y la sombra, “y nadie puede salir”.

Olvidos y obituarios (Agni Ediciones, 2026), el libro más reciente de Orlando Luis Pardo Lazo, es la comprobación renovada de esa virtud y de ese vicio hereditario, aparentemente escandaloso, irreverente, pero que, en el fondo, entrelíneas, es un espejo de bondad, nostalgia y buen corazón, reflejo psicológico del autor. No hay más que verlo en persona y dan deseos de llorar. No más leerlo y nos inunda un ansia de felicidad. 

Él dice que son olvidos y obituarios, pero sabemos que son aldabonazos, memorias y exaltaciones de la vida, sin importar a qué vida y a qué muerte se refiere. Las hay muy nobles, como las de Carlos Alberto Montaner o Lincoln Díaz-Balart, pero también oscuras y retorcidas, como las del innombrable —el destructor de esa isla nostálgica— y su nieto, el banal. 

¿Cómo logra el autor ofrecernos ese contrapunteo entre el Bien y el Mal? Heridas, heridas en el cuerpo de una nación que va de los sublime a lo brutal. ¿Cómo es posible que coexistan en la misma extensión de tierra el tomeguín y el tirapiedras? 

Por las páginas vagan cubanos de toda índole: peloteros, fotógrafos, escritores, maestros, amigos… Y huellas de peregrinos que pasaron por Cuba —John Clytus, Lillian Roth, Allen Ginsberg— y quedaron atravesados por nuestra perturbadora manera de ser. Entre ambos, isleños y curiosos, conforman un amplio rosetón donde el lector es el ojo que se ilumina a sí mismo, reminiscencia tras reminiscencia, calvario tras calvario, porque los textos que aquí se entretejen son el viacrucis de un hombre a la deriva, dormido sobre su propia sombra, que una mujer dibuja, mientras una lanza, donde el cuello reposa, los acompaña. 

¿Es este un libro necesario? Hagamos un poco de literatura comparada. 

Hace unos pocos años, me quedé pensando luego de terminar de leer dos textos imprescindibles —porque relevan parte de la memoria colectiva de la odisea cubana—: La imagen en el espejo: Algunas confidencias, de Abilio Estévez y Epístolas eróticas a Fabio, de Daniel Fernández. Ambos publicados por Ediciones Furtivas, Miami, y reseñados por mí en Diario de Cuba y el El Nuevo Herald, respectivamente. 

El primero —breves ensayos— es un bosquejo por una Habana otrora, ya inexistente, daguerrotipo de los que fuimos, restos de una ciudad donde yo, como habanero, no me reconozco, porque mi realidad fue distinta entre los escombros y el anhelo de fuga. 

El segundo, novela epistolar, es un salto hacia el exilio profundo, mosaico sensual de un Miami igualmente inexistente ya, un mundo de ayer entre el desgarramiento y lo fabuloso. “¿Podríamos los nacidos dentro de la hecatombe escribir un libro donde todo tiempo pasado fue mejor?”, me pregunté. La respuesta fue un rotundo No. En el apocalipsis solo se habla de apocalipsis. 

Olvidos y obituarios me ha hecho variar de ideaQuizás haya algo que rescatar del cataclismo, si es que después del cataclismo queda alguien. A Orlando Luis aún le quedan brazos para hurgar entre la mierda y mostrarnos una tristeza embellecida. Todo hemos tenido —tanto en Cuba como en el exilio— un amor perdido, una disculpa que ofrecer, un adiós interminable, un agradecimiento que expresar para limpiar el alma. ¿Qué hacemos con ese dolor que brindan los fragmentos?

No sé por qué sentí una pena tan honda por aquel encuentro efímero. Ese mediodía yo hubiera dado cualquier cosa con tal de no ver a Alfredito expuesto a la fealdad de los cubanos cuando nos vemos regados por ahí, al margen de nuestras memorias y biografías deforestadas, por fin libres de la utopía que a hierro caliente nos tatuó.

Eso nos dice el autor, arrojándonos, sin pedírselo, ese malestar frente a un cuadro roto, como si nosotros mismo no fuésemos lienzo desgarrado.

Y reíamos. Reíamos no porque fuéramos estúpidos, siéndolo, sino porque, sin saberlo, estábamos todos muy tristes. Porque éramos frágiles y jóvenes en una Cuba donde se incubaba la muerte de lo cubano. Porque sabíamos que el tiempo de mirarnos a los ojos y amarnos sin tapujos se escurría a cuentagotas para nuestra generación. Y porque desde entonces nos dábamos cuenta de que nadie nos creería medio siglo después. Es decir, ahora.

Sí, hojas de un árbol en llamas, que se lanzan al abismo como los saltadores de un edificio devorado por el terror. Hojas por todo el suelo, menos en las ramas. 

Nos fuimos. Nos fueron. No estamos. Nadie habitará el cráter con que el castrismo extinguió a la nación. […] Perdonen a los cubanos de antes. En la vorágine de buscarnos a nosotros mismos en cualquier otra parte, los hemos abandonado antes de reconstruir la casa. 



II

Sombras que conducen por Flagler St.
o por avenidas de múltiples sentidos
que convergen en un mismo despeñadero, 
inventando semáforos para el descanso
y gasolineras en el olvido,
hospedándose en hostales pestilentes
donde las flores se pudren al vapor de los espejos,
falsificando pasaportes para un viaje 
que parece interminable. 

En librerías, bibliotecas, salas de conciertos,
frente al monte Ida, creyendo ver dioses
cuando solo ven escombros de sus propias almas;
en parques, bares, cabinas telefónicas;
en tranvías a lo largo de Queen St.
y contemplando la luz, el movimiento, los cuerpos;
en azoteas, balcones, puentes,
sótanos donde el amor se difumina
como daguerrotipos extraviados;
en plazas, bancos, templos, estatuas 
y gárgolas expuestas a todo el firmamento,
convulso, simple, amenazado.

La nobleza es el trasfondo del libro. Y esa virtud lo hace necesario ante nuestros ojos, ante nuestra generación —y las siguientes bajo la noche—, aunque carezca de grandes memorabilias, de anécdotas para la eternidad, porque, a pesar de las malas intenciones disparadas desde arriba, tuvimos inocencia, corrimos bajo la lluvia y amamos el subsuelo. Esa es nuestra venganza contra el odio. Hasta en la guerra los niños juegan, pero solo en la esclavitad el cimarrón escapa. 

Orlando Luis Pardo Lazo nos ha dado un rostro para mirarnos en las aguas, para almacenar el amor en las ánforas del exilio, para decirle a un futuro, ya mejor compuesto: “Pueda piadoso, viéndote algún viajero, dar un suspiro a la memoria mía”. 

Leer Olvidos y Obituarios devuelve la fe en que la esencia de lo cubano —esas altas hierbas a orillas del mar, ese místico ritmo en la broma y en la brisa— perdura intacta en los huesos de una danza macabra, no dispersa por el mundo, sino entrelazada en el corazón de una Isla.



III

Caminas entre edificios modernos,
cruzas calles bien pavimentadas, 
esquivas autos de lujo, 
subes al piso 235 para ver caer la nieve,
lees la publicidad, te ofertan el cielo,
desciendes en ascensores,
indagas los semáforos,
conversas con las vidrieras,
respiras el profundo aire del metro, 
exhalas tu sombra:

La Habana tan lejos, cayéndose a pedazos. 






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