El Maleconazo: Un regalo para el huésped de La Piedra en su centenario


El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.


Hay fechas marcadas a fuego que no olvidas cómo las viviste: dónde estabas, qué hacías, cómo te afectó. Así me pasó con el mes de agosto de 1994. Treinta y dos años después lo tengo ahí, clavado en la memoria, con su carga de acontecimientos, como si fuera ayer.

El año 1994 fue terrible en Cuba. Era el quinto año de la crisis causada por la caída del campo socialista, que evidenció, de manera muy señalada, el mal manejo de la economía del gobierno-estado. Cinco años de penurias, de hambre, de apagones. El desespero de los cubanos era tal que comenzaron a secuestrar las lanchitas que iban a Regla y Casablanca y cualquier nave que pudiera llegar a La Florida. 

Entonces, el régimen decidió dar un escarmiento y el día 13 de julio cometió uno de los mayores crímenes de su historia: el hundimiento del remolcador 13 de marzo con toda su carga humana, incluyendo mujeres y niños. 

Pero el ambiente seguía hirviendo en La Habana. Las amenazas de continuar secuestrando embarcaciones no cesaban. Y el 5 de agosto, después de que la policía frustrara otro intento, una multitud enardecida salió de la Avenida del Puerto, avanzó por el Malecón dando gritos de libertad y fue sumando personas a su paso. 



El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.


El Maleconazo, como se denominó a aquel estallido social, no fue algo planificado, sino una explosión de la pólvora acumulada por la frustración, el desespero, el hartazgo. Y como un río desbordado, que arrastra lo que encuentra a su paso y que también se desborda de su cauce, una parte de la multitud se intrincó por las calles de Centro Habana y violentó algunas vidrieras. Ese fue el pretexto del régimen para otorgar el calificativo de “delincuentes” a quienes intervinieron en la protesta.

Mientras el río de pueblo avanzaba por todos los afluentes, los chivatientes observaban los sucesos e informaban. Alertado, el aparato represivo del régimen se movilizó. Militares, policías y tropas paramilitares enmascaradas en las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, incluyendo al Contingente Blas Roca, salieron a las calles para acallar la protesta, a golpear a los manifestantes y a marcar territorio: en la convergencia de las avenidas de Belascoaín, San Lázaro y Malecón, apostaron patrullas y tropas para frenar el avance de la multitud. 

De repente, la masa de gente se vio frente a los obstáculos que le bloqueaban el camino y se fragmentó. Una parte de los manifestantes logró seguir por San Lázaro y subió las escalinatas del hospital Hermanos Ameijeiras dando gritos de libertad. Es justamente entonces cuando yo escuché esos gritos que todavía me resuenan en la memoria.



El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.


Ese día, en horas de la tarde, mientras estaba en la sala de espera de la consulta de Urología, situada en la planta baja del hospital, al oír los gritos de libertad de la muchedumbre, me invadió una emoción jubilosa que aceleró los latidos de mi corazón. Era la primera vez en treinta y cinco años que sucedía algo así en la Isla. 

Como desconocía qué había pasado antes y qué estaba ocurriendo con exactitud en ese momento, pensé, ingenuamente: ya, se acabó la dictadura. Este es el final de nuestras angustias. Al fin llegó la hora.

Entonces, empecé a moverme por toda la sala de espera, tratando de ver por los cristales, porque no se podía salir del hospital. La entrada por la calle Marqués González, la más cercana que tenía, estaba bloqueada. Pero pude observar a quienes subieron gritando por las escalinatas y a quienes corrían por Marqués González para escapar de la represión.

No sé a qué hora llegué a mi casa esa tarde. Sí recuerdo que mi familia desconocía lo que había sucedido. Posteriormente, el gobierno-estado-partido hizo un relato mentiroso de los acontecimientos. Y, como era de esperar, vimos al comediante en jefe posando para las cámaras de los medios oficialistas, dándoselas de guapo, cuando ya estaba todo bajo control. 



El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.


Pero los acontecimientos del tórrido verano de 1994 apenas habían comenzado. Como hizo a través de toda su vida dictatorial, el delirante en jefe utilizó el enojo del pueblo y lo dirigió en otra dirección: le quitó la válvula de presión a la olla y apuntó al Norte. Ya lo había hecho antes. Quien se quiera ir, que se marche. Pin pon fuera, que se vaya la gusanera. 

Esta vez no hubo mítines de repudio. Abrió de par en par las costas de la Isla. Y comenzó la fuga en masa para alcanzar La Florida, o para que te recogieran por el mar y te enviaran a la Base Naval de Guantánamo, si tenías suerte y no se te viraba la embarcación, o perdías el rumbo, como le sucedió a miles de balseros.

Durante varios días, la costa norte de Cuba, sobre todo en occidente, fue un enorme puerto. Cualquier artefacto flotante fue utilizado para construir balsas. Mientras duró la estampida, en La Habana no hubo más tema ni asunto de conversación. Y quienes presenciamos esas fugas no las olvidaremos nunca. 

Desde 1992 yo era propietario de un apartamento en la Zona 18 de Alamar. Estaba en el quinto piso, a unos ochenta metros del mar, con una vista privilegiada de la costa. Frente a nuestro edificio había un espigón que utilizaban quienes pescaban en cámaras y era ocasionalmente sitio de recogida en salidas furtivas con dirección al norte. Por tanto, el espigón de la Zona 18 fue uno de los puntos de salida favoritos de los balseros.



El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.


Entre todas las balsas que vi zarpar, me quedé con la imagen de la última. Componían la tripulación alrededor de unos diez hombres de diversas edades, pero solo guardo en la memoria a uno de ellos, un mestizo de más de cincuenta años que se colocó en la última fila de remeros y miró hacia atrás para despedirse. Sus ojos despedían un brillo intenso, el brillo de la libertad añorada, hacia la cual comenzó a remar con fuerza. 

Pasarían veintisiete años para que volviera a sentir una emoción cercana a la experimentada el 5 de agosto de 1994. El 11 de julio de 2021 no pude escuchar de cerca los gritos de libertad, pero internet me permitió sentir la vibración de las jornadas. Y de nuevo pensé que había llegado la hora, que ahora sí se rompía el corojo. 

El comediante ya se había marchado para su piedra fúnebre, convertido en cenizas; por tanto, fue el designado por la familia real quien ordenó la violenta represión de los manifestantes. No se alcanzó la libertad, mas se le movió el piso al régimen. 



El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.


Ahora las protestas en Cuba se expresan golpeando cazuelas. Cada toque de cazuelas es un acto de insubordinación, un registro del hartazgo. Golpear una cazuela vacía es un reclamo por lo que falta, no solo comida, sino también libertad; es un grito redentor para pedir el fin de la oscuridad.  

Ojalá llegue pronto el momento en que ese grito, expresado en el lenguaje de las cazuelas, sea unánime, desde el occidente hasta el oriente de Cuba, como La Cadena Báltica que inició el fin de la URSS, en otro agosto, hace treinta y siete años. 

Un encadenado toque de cazuelas sería un buen regalo para el huésped de La Piedra en su centenario.



El Maleconazo, 5 de agosto de 1994.






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