Formulario cero

Mención. Ficción

Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026






El primer muerto que pidió turno llegó a las nueve y diecisiete y se quejó de la cola.

—Llevo treinta y cuatro años esperando —dijo—. No me parece justo empezar de nuevo detrás de ciento doce personas.

Mara Borrell levantó la vista de la computadora. El hombre tendría setenta años, quizá menos. Era flaco, llevaba una camisa de cuadros abotonada hasta el cuello y sostenía una carpeta de cartón con las dos manos. En la pantalla, el Registro Nacional de Existencias le ofrecía cinco opciones: VIVO, FALLECIDO, EMIGRADO, DESAPARECIDO y DUPLICADO. Ninguna incluía a alguien que afirmaba haber regresado de una ejecución.

—¿Tiene número?

El hombre mostró un papel arrugado: 113.

—Entonces debe esperar.

—Mi problema es que el sistema cree que ya no puedo esperar nada.

Detrás de él, una mujer protestó porque había llegado antes. Otra preguntó si la oficina aceptaba certificados parroquiales. Un anciano aseguraba que su segundo apellido llevaba cuarenta años escrito con una letra equivocada y que no pensaba morirse hasta corregirlo. Desde la libertad, la planta baja del antiguo Ministerio del Interior se llenaba cada mañana con personas que venían a demostrar algo que antes nadie les había preguntado: que estaban vivas, que habían tenido un hermano, que una hija no había abandonado el país, que un cadáver pertenecía a otro nombre.

El Gobierno Provisional había creado el Registro para reconstruir el censo antes de las primeras elecciones. Una república no podía contar votos sin saber a quién estaba contando. Al cabo de tres semanas aparecieron personas con dos fechas de nacimiento, matrimonios celebrados entre ciudadanos oficialmente muertos y barrios enteros donde los archivos afirmaban que vivía menos gente de la que hacía cola para rectificarlos.

Mara conocía esos archivos mejor de lo que admitía. Había empezado a trabajar allí en 1998, cuando la planta baja todavía era una oficina de control poblacional. Durante años recibió listas cerradas y trasladó códigos a una base de datos que nadie podía cuestionar. FALLECIDO. EMIGRADO. BAJA DEFINITIVA. Su tarea consistía en escribir sin preguntar. Después de la libertad, la nueva administración mantuvo a varios empleados antiguos porque nadie más sabía cómo encontrar la información enterrada en el sistema.

En el bolsillo interior de su bolso, Mara llevaba una hoja doblada con treinta y nueve nombres. Eran personas que ella misma había registrado como emigradas en 2002 siguiendo una orden sin firma. No sabía qué había ocurrido con ellas. Todavía no había entregado la lista.

Señaló las sillas.

—Tome asiento. Cuando lo llamen, vemos qué se puede hacer.

—Eso mismo me dijeron en 1992.

El hombre se sentó junto a una columna y puso la carpeta sobre las rodillas.

A las once y cuarenta, el altavoz anunció el turno 113. El hombre se acercó a la ventanilla y se quitó una gorra que Mara no había notado.

—Nombre completo.

—Ismael Arencibia Valdés.

Mara lo escribió. El sistema tardó menos de un segundo.

REGISTRO ENCONTRADO.

Arencibia Valdés, Ismael. Nacimiento: 3 de enero de 1956. Fallecimiento: 22 de junio de 1992. Causa: cumplimiento de sentencia. Restos entregados a familiar autorizado.

Mara reconoció la frase. Durante años había aparecido en listados que llegaban con la columna de causa ya rellenada.

—Aquí dice que murió.

—Por eso vine.

—Necesito su documento actual.

El hombre sacó una tarjeta de identidad a nombre de Ernesto Salcedo Nieves, nacido en Camagüey en 1958.

—¿Quién es Ernesto Salcedo?

—El nombre que me dieron para seguir respirando.


* * *


Mara comparó la fotografía del documento con el hombre. Era el mismo rostro, diez años más joven. La tarjeta era auténtica y seguía vigente.

—¿Está solicitando un cambio de nombre?

—No. Estoy solicitando que me devuelvan el mío.

—Para eso tenemos que demostrar que Ernesto Salcedo y usted son la misma persona.

—No quiero que demuestren eso. Quiero que demuestren que me obligaron a serlo.

Mara cerró la pantalla de consultas para que nadie desde la fila pudiera leerla.

—Cuénteme desde el principio.

Ismael abrió la carpeta. Había una fotografía familiar, una copia de sentencia, dos cartas sin sello y una libreta de abastecimiento a nombre de Ernesto Salcedo. Colocó los documentos sobre el mostrador en un orden que parecía ensayado.

En 1991 trabajaba como electricista en una imprenta estatal. Lo detuvieron por copiar y distribuir hojas que pedían elecciones libres. Fue condenado en un proceso cerrado. En junio de 1992 lo trasladaron con otros presos a una instalación en Matanzas. Una noche los formaron en un patio y leyeron seis números. El suyo estaba entre ellos.

—Pensé que nos iban a fusilar. A dos los sacaron por otra puerta. A los demás nos metieron en un camión.

El vehículo llegó a un central azucarero abandonado donde funcionaba una brigada penitenciaria sin registro público. Allí le entregaron ropa, herramientas y un nombre nuevo. Ernesto Salcedo, le explicaron, había muerto durante un derrumbe. Su expediente laboral podía justificar la presencia de otro obrero. Ismael debía responder a ese nombre o regresar al patio.

—¿Y su familia?

—Les entregaron una caja con cenizas.

Mara miró la fotografía. Un hombre joven sostenía a una niña de unos siete años. La niña enseñaba dos dientes separados y apretaba un pez de plástico contra el pecho.

—¿Quién es ella?

—Mi hija. Lidia.

—¿Sabe que usted está vivo?

—Desde hace seis días.

—¿Cómo la encontró?

—Un vecino me dio su número después de que abrieron los archivos. La llamé una vez.

—¿Qué dijo?

Ismael acomodó el borde de la carpeta.

—Que no me acercara a su casa.

Mara anotó la respuesta y sintió el papel doblado dentro del bolso, como si los treinta y nueve nombres hubieran aumentado de peso.

—Voy a consultar a mi supervisora.

—¿Se lleva mis documentos?

—Solo las copias.

—Antes también se llevaban solo las copias.

Mara dejó la carpeta a la vista y fue a buscar a Adela Quiñones.


* * *


Adela dirigía la oficina desde una mesa instalada en la antigua sala de interrogatorios número cuatro. Habían retirado el espejo unidireccional, pero el rectángulo más claro seguía visible en la pared.

—Tengo un ciudadano declarado ejecutado que vive con el documento de otro muerto —dijo Mara.

Adela dejó de firmar.

—¿Pruebas?

—Una sentencia, una fotografía, cartas y el documento de Ernesto. Nada biométrico todavía.

—Entonces tienes un señor con una historia y dos registros que no se soportan entre sí.

Mara le mostró la pantalla.

Adela abrió un cajón y sacó una hoja gris con el encabezado FORMULARIO CERO. Se utilizaba cuando ninguna categoría prevista servía. Solo tenía tres preguntas:

1. ¿Qué afirma que ocurrió?

2. ¿Qué documento contradice su afirmación?

3. ¿Qué daño produce mantener la contradicción?

—Lo imprimimos la semana pasada —dijo Adela—. El programa todavía no sabe dónde guardarlo, así que se archiva en papel.

—¿Quién decide?

—Depende de lo que encontremos.

Mara no se movió.

—Yo trabajaba aquí antes.

—Lo sé.

—No solo archivaba. Cargué bajas y emigraciones. Algunas venían sin respaldo.

Adela cerró el cajón.

—¿Este nombre estaba entre ellas?

—No. Pero tengo una lista de otros.

—¿La entregaste?

Mara negó con la cabeza.

—Entonces hazlo hoy. Y este caso no lo llevas sola. Yo firmo cada solicitud y cada movimiento.

—Podrías apartarme.

—Podría. También podría fingir que la mitad de esta oficina no trabajó para el sistema anterior. Prefiero saber quién hizo qué y dejarlo escrito.

Regresaron a la ventanilla. Ismael completó el formulario con letra pequeña.

1. Me dieron por muerto y me obligaron a vivir con el nombre de un hombre muerto.

2. Todos los documentos que tengo.

3. Mi hija no sabe si regresé yo o si apareció otra mentira.

Adela pidió una audiencia de verificación. El Registro enviaría las huellas a los archivos penitenciarios, solicitaría una prueba genética y citaría a Lidia Arencibia como familiar directa.

—Ella no va a venir —dijo Ismael.

—Podemos confirmar su identidad sin obligarla a tener una relación con usted —respondió Adela—. Pero la prueba de parentesco sería importante.

—Yo vine para que el Estado deje de decir que me mató correctamente.

—Eso también está en el expediente.

Antes de marcharse, Ismael señaló el campo donde aparecía su dirección actual.

—No se la den.

—Los datos quedan reservados —dijo Mara.

Ismael la miró unos segundos.

—Guárdela usted, entonces.


* * *


Esa tarde, cuando terminó el turno, Mara entregó a Adela la hoja de los treinta y nueve nombres. La había copiado durante años en distintos papeles por miedo a perderla y por miedo a que alguien la encontrara.

Adela la recibió sin felicitarla.

—Mañana hacemos acta de procedencia. No la lleves otra vez a tu casa.

—¿Y después?

—Después veremos si los nombres conducen a personas, tumbas o más papeles.

Mara volvió a su apartamento con el bolsillo vacío. Su madre vivía en el cuarto contiguo y estaba viendo un concurso antiguo en la televisión. Durante años le había preguntado por qué seguía trabajando en el mismo edificio. Mara siempre respondía que necesitaba el salario. Esa noche no añadió nada.

Las respuestas sobre Ismael llegaron incompletas. El Archivo Penitenciario conservaba una tarjeta con sus huellas, pero dos dedos estaban borrosos. Las huellas de Ernesto Salcedo habían desaparecido del expediente laboral después de 1992. La base de datos de defunciones indicaba que las cenizas de Ismael fueron entregadas a su esposa, Clara Benítez, fallecida en 2018. El cementerio tenía una urna con su nombre y ningún registro del crematorio de origen.

La prueba genética era más sencilla, siempre que Lidia aceptara.

Mara llamó tres veces. La primera no contestó. La segunda colgó al escuchar el nombre del Registro. La tercera habló.

—No voy a dar sangre para un desconocido.

—Él afirma ser su padre.

—Mi padre murió cuando yo tenía siete años.

—Podemos hacer la prueba sin que tenga que verlo.

—¿Y si sale que sí?

Mara observó la sala. En la ventanilla de al lado, un matrimonio discutía cuál de sus dos certificados de boda era verdadero.

—Entonces sabremos qué dato corregir. Lo demás no lo decide la prueba.

Hubo un silencio.

—No le den mi dirección.

—No se la daremos.

Lidia se presentó cuatro días después. Tenía cuarenta y un años, el cabello recogido y una bolsa de tela con el logotipo de una farmacia. No se parecía demasiado a Ismael, salvo por la manera de apretar la mandíbula.

—Tengo quince minutos.

Mara le explicó el procedimiento. Lidia leyó el consentimiento completo antes de firmarlo.

—No quiero verlo.

—No está citado hoy.

La enfermera tomó la muestra. Al salir, Lidia reparó en la fotografía familiar guardada dentro de una funda transparente.

—Ese pez era amarillo.

—En la foto parece azul.

—La foto perdió el color. Se llamaba Capitán.

—Ismael recordó el nombre.

Lidia miró a Mara.

—No use recuerdos para empujarme.

—No era mi intención.

—Él también recordó que yo mordí una aleta, ¿verdad?

Mara no respondió.

Lidia tomó la fotografía por los bordes. La mordida quedaba del lado que no veía la cámara.

—Mi madre contaba esa historia. No prueba nada que la sangre no vaya a probar mejor.

Dejó la foto y se marchó sin preguntar cuándo estaría el resultado.


* * *


El informe genético llegó nueve días después: probabilidad de parentesco paterno, 99,97 por ciento.

Adela lo leyó y lo dejó sobre la mesa.

—Ahora tenemos que decidir qué significa que esté vivo.

El problema legal ocupó una reunión completa. Si Ismael seguía vivo, su matrimonio con Clara nunca había terminado por viudez. Clara se había casado de nuevo en 1998 y tuvo otro hijo. La vivienda que perteneció al matrimonio pasó a Lidia por herencia. Ismael podía, en teoría, reclamar una parte. Su certificado de defunción había producido efectos durante treinta y cuatro años: pensiones, sucesiones, cambios de estado civil. Declararlo vivo no podía borrar todos esos actos.

—No quiero la casa —dijo Ismael cuando se lo explicaron—. Ni la pensión, ni las cosas de Clara.

—Tendrá que declararlo en la audiencia —respondió Adela.

—Quiero que conste que renuncio ahora. No que nunca fueron mías.

La audiencia se fijó para el 17 de junio. Ismael llegó una hora antes. Lidia apareció cinco minutos tarde y pidió sentarse lejos. Adela presidía. También asistieron un abogado del Estado y una historiadora del archivo de la represión. Mara tomó acta desde un extremo de la mesa.

La historiadora presentó lo encontrado. En los archivos del central aparecía una lista de trabajadores con nombres y números penitenciarios. Junto a Ernesto Salcedo figuraba el número original de Ismael. También había una orden de 1995: “Mantener identidad laboral asignada aun después de la excarcelación, por razones de seguridad operativa”. Nadie había firmado la orden, pero el sello pertenecía a una unidad del Ministerio del Interior.

El abogado preguntó por qué Ismael no había buscado a su familia después de quedar libre en 2003.

—Fui a La Habana dos veces —respondió—. La primera vi a Clara salir de la casa con un hombre y un niño. La segunda vi a Lidia esperando una guagua.

Lidia levantó la cabeza.

—¿Me vio?

—Sí.

—¿Y no dijo nada?

—No.

—¿Por qué?

Ismael se pasó una mano por la frente.

—Tenía otro nombre. Me habían dicho que si aparecía podían acusar a tu madre de ayudar a un prófugo. Después pasaron años. Cada año era más difícil llegar y decir que había esperado otro.

—Eso no le correspondía decidirlo.

—No.

—Mi madre murió creyendo que usted estaba muerto.

—Lo sé.

—Sabe que murió. No sabe cómo esperaba cada 22 de junio a que alguien llamara para admitir un error.

Ismael bajó la vista.

—No lo sé.

El abogado quiso continuar, pero Adela hizo una seña.

—Señora Arencibia, el Registro puede corregir la identidad sin que usted establezca una relación personal. Necesitamos saber si reconoce que este hombre es biológicamente su padre y coincide con la persona de las fotografías.

Lidia observó a Ismael. Él mantuvo los ojos en la mesa.

—Biológicamente, sí.

—¿Y como la persona de las fotografías?

—Las fotografías no crecieron.

Mara escribió la frase exactamente, sin resumirla.

Ismael renunció a cualquier reclamación sobre la vivienda y las sucesiones ya cerradas. Pidió que el expediente señalara que la renuncia no convertía la pérdida de su identidad en un acto voluntario.

La historiadora explicó que Ernesto Salcedo había existido de verdad: un mecánico de veintinueve años, sin hijos, muerto en un derrumbe del que apenas quedaban registros. Su nombre también había sido utilizado sin consentimiento. El Registro debía restituirlo como fallecido y explicar el uso posterior de su identidad.

Durante un receso, Lidia salió al pasillo. Mara la encontró junto a una ventana tapiada.

—Puedo pedir cinco minutos más —dijo Mara.

—No. Quiero terminar hoy.

—Está bien.

—¿Usted cree que él tuvo miedo o que simplemente eligió no volver?

Mara pensó en la lista que había entregado y en todas las veces que había preferido obedecer antes que preguntar.

—Creo que las dos cosas pueden ser ciertas.

Lidia no respondió. Regresó a la sala antes que ella.


* * *


Adela anunció la decisión provisional. El Registro reconocería a Ismael Arencibia como vivo y víctima de sustitución forzada de identidad. La defunción de 1992 quedaría anulada, pero los actos civiles realizados de buena fe por su familia conservarían validez. Ernesto Salcedo sería restituido como persona fallecida en 1992, con una nota que explicara el uso posterior de su nombre. Ismael recibiría una identificación temporal mientras se creaba una categoría definitiva.

—¿Qué categoría? —preguntó Mara.

Adela miró el Formulario Cero.

—Vivo restituido.

El abogado objetó que esa condición no aparecía en ninguna ley.

—Quedará como clasificación provisional del expediente —dijo Adela—. La ley tendrá que decidir después.

Lidia salió sin despedirse. Ismael permaneció sentado hasta que Mara recogió las botellas de agua.

—¿Dijo algo antes de irse? —preguntó.

—No.

Él asintió y guardó las copias de la decisión.

La noticia se filtró antes de que imprimieran el documento. Un portal tituló: RESUCITADO EXIGE DERECHOS TRAS TREINTA AÑOS OCULTO. Otro publicó: FALSO MUERTO AMENAZA HERENCIA DE SU HIJA. Ismael dejó de contestar el teléfono. Lidia recibió mensajes de desconocidos que le preguntaban por qué no perdonaba a un preso político.

El sistema informático rechazó la nueva categoría. Cada vez que Mara escribía VIVO RESTITUIDO, aparecía un aviso: VALOR NO PERMITIDO. Durante dos días discutieron con los técnicos. Finalmente añadieron un código temporal, VR-01, que solo funcionaba en aquella oficina.

Ismael regresó el tercer día. La impresora produjo una tarjeta blanca sin fotografía porque el equipo de captura estaba roto. Decía:

ISMAEL ARENCIBIA VALDÉS

CONDICIÓN: VIVO RESTITUIDO

FECHA DE RECONOCIMIENTO: 17 DE JUNIO DE 2026

Ismael leyó cada línea.

—Necesito su firma —dijo Mara.

Tomó el bolígrafo. Primero escribió una E, se detuvo y tachó la letra. Luego firmó Ismael Arencibia con trazos lentos.

—Hace años que no lo escribo delante de alguien.

Mara laminó la tarjeta. Antes de entregársela, comprobó que el código pudiera leerse en el escáner de la puerta. Funcionó al segundo intento.

—¿Ya puedo cobrar con esto?

—En teoría.

—Entonces voy al banco antes de que cambie la teoría.

Se marchó con la tarjeta dentro de una funda plástica.

Dos semanas después, Lidia dejó en recepción un sobre dirigido a Ismael. No quiso esperar. Dentro había una carta de Clara fechada en 1993 y devuelta por la prisión con el sello DESTINATARIO FALLECIDO. No había nota.

Mara llamó a Ismael para que fuera a buscarla. Él sostuvo el sobre sin abrirlo.

—¿La vio?

—No.

—¿Dijo algo?

—Solo que se lo entregáramos.

Ismael guardó la carta en la carpeta.

Una semana más tarde, Lidia llamó al Registro para preguntar si podía dejar un número de teléfono sin recibir la dirección de Ismael. Mara le explicó el procedimiento de consentimiento. Lidia dejó el número. Ismael tardó cuatro días en autorizar que se lo entregaran.

La primera llamada entre ellos duró menos de tres minutos. Mara lo supo porque Ismael se presentó al día siguiente para preguntar por su inscripción electoral y lo mencionó sin contar de qué habían hablado. El Registro había creado una mesa especial para ciudadanos con identidad provisional en una escuela de Centro Habana; todos los códigos VR debían votar allí, sin importar su domicilio. Lidia conocía el lugar porque Ismael se lo había dicho durante la llamada. No prometió ir.

Mara tampoco supo que, buscando los documentos necesarios para revisar la urna de Santa Clara, Lidia había encontrado una caja pequeña de Clara. Dentro estaban el pez amarillo, tres recibos del cementerio y otra carta nunca enviada. Durante varios días dejó la caja junto a la puerta de su casa. Cada mañana la apartaba para salir y cada noche volvía a colocarla allí.


* * *


Mientras tanto, la lista de los treinta y nueve nombres abrió una investigación interna. Dos correspondían a personas que habían regresado al país bajo otra identidad. Siete seguían sin localizarse. En cinco casos había certificados de defunción posteriores a la supuesta emigración. Mara declaró durante seis horas sobre cómo recibía las órdenes y quién revisaba las cargas.

Al terminar, Adela la esperaba en el pasillo.

—¿Vas a seguir trabajando mañana?

—No sé si deberían dejarme.

—Eso lo decidirá la comisión. Hoy todavía eres la única que sabe reparar el índice de 2002.

Mara volvió a su mesa. Por primera vez desde la libertad, su nombre aparecía completo en un acta relacionada con aquellos registros. No solo las iniciales de operadora.

El Registro no consiguió cerrar el censo a tiempo. Cada corrección abría nuevas preguntas. El Gobierno Provisional decidió celebrar las elecciones con un padrón incompleto y una mesa especial para personas en verificación.

El día de la votación, Mara trabajó en la escuela de Centro Habana asignada a los documentos provisionales. A las siete de la mañana ya había una fila de ciudadanos con tarjetas temporales. Una mujer figuraba como nacida en una provincia que no existía cuando nació. Un hombre tenía dos edades distintas y quería votar con la menor.

Ismael llegó poco antes del mediodía. Llevaba la tarjeta blanca dentro de una funda plástica y una camisa lisa que parecía recién comprada.

El sistema electoral rechazó el código VR-01.

—Otra vez —dijo.

Mara revisó el manual. Las personas no reconocidas por el sistema podían emitir un voto observado si un funcionario electoral y un testigo personal certificaban su identidad.

—Necesito un testigo que lo conozca —dijo.

Adela estaba asignada a otra escuela. Mara pidió por teléfono que enviaran a un funcionario del Registro, pero tardaría más de una hora.

Ismael se apartó de la mesa.

—Espero.

Pasaron veinte minutos. La fila avanzó. Ismael permaneció junto a una cartelera escolar donde los niños habían dibujado manos de distintos colores.

Lidia apareció cerca de la una. Ya había votado en su barrio. Llevaba la bolsa de la farmacia y, dentro, la caja que había encontrado entre los papeles de Clara. No había avisado que iría. Se detuvo en la entrada, vio a Ismael junto a la cartelera y permaneció allí hasta que Mara terminó de atender a otra persona.

—El sistema no reconoce su documento —le explicó Mara—. Hace falta un testigo personal. Puede negarse.

Lidia miró a Ismael y luego la caja dentro de la bolsa.

—¿Qué tengo que firmar?

El formulario ofrecía las opciones MADRE/PADRE, HIJO/HIJA, CÓNYUGE, HERMANO/HERMANA y OTRO.

—La relación y una declaración de que conoce su identidad —dijo Mara.

Lidia leyó el texto dos veces.

—Marque hija.

Ismael cerró los ojos un instante.

—Esto solo certifica quién es —añadió Lidia—. No significa otra cosa.

—Entiendo.

Mara marcó HIJO/HIJA y escribió “hija” en la línea complementaria. Lidia firmó. Ismael recibió una boleta y entró detrás de una cortina escolar demasiado corta. Al salir, depositó el voto en una urna transparente y mostró el pulgar manchado de tinta.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Lidia sacó la caja de la bolsa. Levantó la tapa lo suficiente para que Ismael viera el pez amarillo y los sobres.

—Encontré esto buscando los papeles de Santa Clara.

Ismael no intentó tocarlo.

—Mi madre lo guardó —continuó Lidia—. Todavía no sé dónde debe quedarse.

—No hace falta decidirlo hoy.

Ella cerró la caja.

—El jueves van a abrir la urna que tiene su nombre.

—Me avisaron.

—La guagua sale a las seis.

—Puedo comprar mi pasaje.

—Compre el suyo. Yo ya tengo el mío.

Lidia se dirigió a la puerta. Ismael esperó a que hubiera varios pasos entre los dos antes de seguirla. Salieron sin caminar juntos, pero tomaron la misma acera.

Al final de la jornada, Mara contó los votos observados. Había cuarenta y tres. En el acta oficial, el sistema exigía clasificarlos como válidos o impugnados. Adela, que había llegado para el cierre, añadió una tercera casilla a mano:

PENDIENTES DE SER CONTADOS.

El presidente de mesa señaló que esa categoría no figuraba en el formulario.

Adela dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Anote la objeción.

Afuera, la gente seguía llegando aunque faltaban pocos minutos para cerrar. Mara miró la fila: ciudadanos con documentos nuevos, nombres recuperados, fechas discutidas y parentescos que no cabían en una casilla. Pensó en el Formulario Cero guardado en una carpeta roja, en los treinta y nueve nombres que ya no llevaba en el bolsillo y en todos los muertos que podrían presentarse al día siguiente para reclamar turno.

Cuando cerraron las puertas, no apagaron la luz del pasillo.






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La república del billete redondo

Por Leonardo Cruz Pineda

Premio. No Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.