No soy mormón[1], ni musulmán, ni vivo en una tribu africana, asiática o amazónica. Pero tengo cinco esposas que se llevan bien entre sí y me colman de amor sin sumisión ni falacia moral.
Mis mujeres y yo no queremos cambiar la tradición, sino vivir a gusto y sin agenda, entre nuestras camas, el gimnasio y el salón donde comemos, cenamos, leemos y nos reímos de nosotros mismos los fines de semana. Por suerte, todas son cautivadoras y están libres del chismorreo inútil.
No vivimos hacinados en giratorios escenarios artificiales, sino en un barrio capitalino con piscina y jardín, rodeados por edificios, mercados, museos, librerías, teatros y otros ingenios de esa invención llamada ciudad, donde la mayoría es rehén del mantra de la libertad, cual animales con hipotecas que atisban las estaciones.
Por suerte, mis mujeres y yo tenemos dos espacios alternativos: el chalet frente al mar y la casa en la colina. Además de libros, discos, filmes, imaginación y mucha conexión física y espiritual.
Entre mis mujeres y yo hay un aluvión de miradas, de rubor y asombros, atracción y distancia ocasional. Miradas y recuerdos no corroídos por certezas, dogmas ni sentimientos trenzados por el rosa pálido de la convivencia, esa red inapresable que modela y erosiona nuestros físicos. Ni ellas ni yo ansiamos la inmortalidad, no eludimos el poder de lo imprevisto, la magnitud del azar ni la suprema desnudez del esqueleto.
Cada una es un planeta exclusivo, sin sol de agonías, alma de estrella ni complejo de diosa tras su imagen. Tal vez, porque soy el centro nivelador de sus extremos, el punto de equilibrio. Aunque las percibo como a fragmentos del universo que alejan el terror de la soledad y activan nuestras rutinas, gestos y necedades.
No hay tragedias entre nosotros, sino historias y planes que tejemos o desdeñamos en la cama o en el salón. Porque lo trágico envenena la experiencia y lo cotidiano crea problemas y forcejeos que minan cualquier relación, cuya existencia se niega y anula a sí misma en su continua repetición. Además, las mujeres tienen mente indagatoria, preguntan, relatan y comentan sucesos que a los hombres nos parecen nimios.
Lo nuestro es amor sin barreras, para atravesar lo común e individual. Somos transgresores de los tabúes eróticos, amamos lo prohibido y cuidamos nuestra imagen como misterio y ambigüedad. Sobre todo, en lo sensual, sin cuyas alas no fluye el amor y anulamos al otro, las otras. Por eso, cada una de mis esposas trabaja y viaja sola o en compañía de otra u otro, según su elección.
Mi primera esposa es la mayor de todas. Ya perdió sus encantos físicos, pero conserva su inteligencia, el sentido del humor y la generosidad. Aprecio mucho su cariño hacia mí y la empatía con el resto de mis mujeres, en quienes ejerce cierto liderazgo y las reúne para tomar el té, charlar o planear las cenas colectivas de fin de semana, de fin de año y el comienzo de cada estación.
Con ella evoco momentos difíciles, trámites y complicidades. Sonrío al mirar sus fotografías de atleta y de nuestros viajes por Creta, Atenas, Roma, París, Japón y el Caribe.
A veces me inquieta su forma de pensar, compleja y giratoria como si llevara consigo un GPS interior que ordena y localiza los obstáculos, según la velocidad de sus estados anímicos. Por suerte, nuestra hija común, graduada en magisterio, monitorea la situación, a pesar de estar casada con un rabino y vivir en New York.
Para mi primera mujer, la vida es una aventura interior que se nutre de las peripecias, los desafíos, el amor y la dinámica grupal y sus huellas. Para el resto, la existencia es múltiple y atrayente, porque rebasa los límites de la trivialidad y elude al ejército de vecinos y funcionarios balbucientes e inapresables que nos miran como a “seres híbridos”. Si el caos es la partitura del pentagrama real, nosotros elegimos la sonata de nuestras historias privadas.
Mi segunda esposa es la más alta, bella y sensible. Quizás es muy tierna y suspicaz para compartir la vida con un artista gremial. Ha sufrido. A veces se aísla y se desvela a sí misma, marchitando su espléndida sonrisa y sus radiantes ojos azules, en contraste con su pelo negro y su cuello de cisne.
La quiero mucho. Sin embargo, nuestra relación se nubla por el desnivel entre su aspecto físico, su inteligencia y por el exceso entre la alegría y la pena, como una protagonista de tragedias que vive al borde de la locura.
Cada una tiene su tragedia privada, por supuesto, y esta esposa mía lleva la suya hasta el hastío, moviendo a su entorno al resto de mis mujeres. No es un defecto físico, sino una anomalía psicológica que me hace sentir como un hombre sobre un faro en medio de la noche. Por suerte, tenemos un hijo que es neurofísico y desde Toronto nos aconseja cómo hallar el equilibrio y seguir…
La tercera es hermosa, tierna en nuestro lecho y cálida con las demás. No brilla por su inteligencia ni por el sentido del humor, sino por su sentido práctico y su vitalidad. Es básica en su expresión verbal y realiza con placer las faenas colectivas: comprar, cocinar, ordenar…
No es mi preferida, mas no se agobia con la rutina doméstica ni le irritan las saetas verbales del fin de semana. Quizás necesite un cortinaje detrás de la cabeza y aprender a valorarse, pues no hace gala de nada, ni siquiera de su bella voz de soprano y de nuestra hija común, una chica apolínea y soñadora de pocas luces y mucho ritmo y bondad.
Mi cuarta cónyuge es carismática y astuta como la primera, aunque es más joven, egocéntrica e irreverente. Parece hija de los tópicos de la época, no de sus padres y de nuestro clan. Es tierna y susurra en mis brazos como un ave misteriosa en medio de la noche. Tal vez para ser oída por las demás, pese a ser mimada por todas como una actriz ávida de aplausos y elogios. Su cuerpo y su rostro nos impresionan tanto como su amor al espejo y la ligereza verbal, sobre todo cuando intenta ser original en los soportes virtuales a los que dedica mucho tiempo.
A mí, más que placer y alegría, me despierta zozobra. Ojalá no sea objeto de mis pesares. Por ahora, no crea problemas ni se aísla, solo llama la atención y juega a amar y ser amada, como una adolescente en verano.
Mi quinta mujer es aún primaveral, jugosa e incauta como una niña. Es digna de elogios por su inocencia y elegancia. A veces es brusca y zafia. Siempre es auténtica. Suele rivalizar con mi cuarta mujer y se comporta como hija adoptiva de mis tres primeras esposas, quienes les enseñan el ABC del matrimonio y la convivencia, que alterna con la Universidad a distancia, pues no soporta la banalidad de su generación. A primera vista, es alegre y locuaz, fuerte y audaz, mas puede hundirse en la tristeza y naufragar en sus quimeras como en un sueño otoñal.
Tal vez no acabe de crecer. Apresura su aventura interior o fragua su identidad y le molesta la dependencia económica. Quisiera dar, en vez de recibir. Como si su presencia no fuera un don entre nosotros. Es fácil quererla y la quiero. No me gustaría prescindir de ella, pero tiene energía y talento para volar por sí misma. Además, es tan dulce y seductora que nos cautiva a todos.
Imagino la sonrisa cómplice de los lectores aprensivos, el pasmo censor y el melindre que estas viñetas íntimas causarán en los guardianes de la moral. Algunos especularán sobre la posible soledad del autor, pues sus mujeres solo coexisten en la memoria y encarnan instantes biográficos…
Quizás no sean cinco, dirán otros, sino veinte amantes del mundo real o imaginario del narrador, que añora y sintetiza en los rasgos de varias lo que quiso reunir en una mujer soñada y perdida, la esposa única, ramificada en cinco mujeres para llenar el vacío y mirarse en el espejo de su ego.
[1] Este cuento forma parte del libro La goda y otros relatos recientemente publicado por Miguel Iturria.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
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- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn









