Ya conté esta historia en uno de mis libros. Me refiero a La angustia de Eros: sexualidad y violencia en la literatura cubana (Almenara Press, 2019).
También la contó Guillermo Cabrera Infante en uno de los suyos. Y seguramente Ernesto Hernández Busto la contará en el próximo tomo de la biografía de José Lezama Lima que viene publicando.
Aun así, vale la pena recordarla, pues es una de las anécdotas más divertidas y de mayor repercusión de la literatura cubana.
Reza así:
Una tarde, Lezama invitó a Edmundo Desnoes a la finca del poeta Gastón Baquero, en las afueras de La Habana, y allí le confesó su amor.
A Desnoes no le cayó bien aquella encerrona y, al regresar a su casa al otro día, escribió un cuento titulado “El Gordo”, en el que imagina a Lezama como Maitreya, el buda del futuro, y lo tacha de homosexual.
Años después, Lezama le devolvería el favor llamándolo en su novela Paradiso “la margarita tibetana”.
En la imagen chatgpteada que he creado para ilustrar esta anécdota, los dos se ven tal y como se vieron después de aquel encuentro. Es decir, con sus respectivos trajes y deseos.
En ella, según cuenta Desnoes en su narración, Lezama le acaricia el pelo mientras lo enamora. Desnoes le responde algo compungido que solamente lo quiere “como a un hermano”. A un hermano, por supuesto, no se le trata de usted y mucho menos le decimos que nos produce un “frío de rana”; pero esa es la historia que Desnoes me contó.
Agrego ahora que, en su cuento, el autor de Memorias del subdesarrollo parece apoyarse en la iconografía china de Maitreya para retratar al escritor. En la tradición popular china, Maitreya se representa como un personaje sonriente, calvo y obeso (el monje Budai, tenido por una de sus encarnaciones), conocido en Occidente como el “Buda gordo” o el “Buda de la sonrisa”.
En mi casa en Cuba teníamos varias figuras de porcelana de este buda, que mi madre había comprado antes del triunfo de la Revolución.
Ese buda, que siempre tiene la panza y los pies descubiertos, fue seguramente el que inspiró a Desnoes a llamar así a Lezama, haciendo referencia con ello a su corpulencia física y a su magisterio entre los poetas de Orígenes, grupo al que perteneció en un inicio el propio Desnoes.
Se trata, a la vez, de un homenaje a su liderazgo intelectual y una burla de su volumen, ambos concentrados en aquel ídolo panzón.
Por último, el mote de “margarita tibetana”, con el que Lezama se venga de su antiguo amigo en Paradiso, juega en el mismo tablero (el imaginario budista), pero desplazándolo ahora al Tíbet tántrico. Si Desnoes convierte a Lezama en un Buda sonriente, Lezama lo reduce a él a una flor exótica, afeminada y falsa, cuyo único objetivo es engrampar con sus gestos equívocos a los escritores y artistas famosos.
¿A quién le vamos a creer?
Por supuesto, a ninguno de los dos.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn










