
Las protestas del 11 de julio de 2021 se instauraron como el acontecimiento social y político más importante ocurrido en Cuba desde 1959, articulado fuera del marco de las instituciones u organizaciones estatales. Inusitada su magnitud. Como pólvora encendida se extendió por ciudades y pueblos a lo largo de un país asolado por la gestión de un equipo de gobierno. O, digo yo, por dos: el que aparece en la TV, mostrando una mórbida gordura en reuniones y visitas gubernamentales, y el otro, el real, que controla a quienes parlotean, arengan y firman documentos y que (casi) nunca aparece en los medios de prensa.
Quienes salieron a las calles evidenciaron una fractura entre el discurso oficial y las condiciones reales en las que vive la población. Durante décadas, el Estado cubano había logrado presentar cualquier forma de disenso como un fenómeno marginal, aislado o inducido y financiado desde el exterior. Cuanto sucedió aquel 11 de julio desmontó tal narrativa.
Mientras duró la conexión a Internet, cuanto vi en las redes sociales se traducía en multitud heterogénea tomando las calles. Negros, blancos, mujeres, hombres jóvenes, trabajadores, jubilados, estudiantes, artistas, intelectuales y amas de casa que, por unas horas, quebraron el monopolio estatal sobre la representación de la nación. Lo de menos, ahora y aquí, es el punto de origen y la dirección que tomó la irradiación, sino el acontecimiento y los efectos, o las consecuencias.
A propósito de las protestas, hacia el final de la tarde del 9 de junio fuimos Cirenaica y yo a la Freedom Tower. Ernesto Fundora presentó su documental Estamos conectados (2025).
El audiovisual es una obra de urgencia. De compromiso. Urgencia y compromiso humano, artístico y político con un sujeto que le confesó al realizador palabras más, palabras menos, “me estoy quedando solo”.
El documental es el compromiso personal y público con el artista visual, activista y preso político Luis Manuel Otero Alcántara. Y, de alguna manera, al devenir espectadores, también sería nuestro compromiso con Alcántara.
Estamos conectados permite comprender una dimensión esencial de las protestas acontecidas en julio de 2021. Más que centrarse en la reconstrucción de la figura de Luis Manuel Otero Alcántara (LMOA), el filme documenta la emergencia de una (nueva) sensibilidad política y cultural en Cuba. Se trata de una sensibilidad conectada a un contexto de vida que, en la jerga del equipo de gobierno, es un barrio o comunidad vulnerable: San Isidro.
A través de la vida y la obra de LMOA asistimos a la formación de un sujeto político: un artista decidido a convertir su propio cuerpo en un territorio de disputa frente al poder, o las formas del poder en Cuba: maquinaria represiva decidida a la amputación o la abducción de cualquier forma de disenso o de cualquier sujeto que disienta.
En tanto artista visual, LMOA rompió con una lógica de negociación o de operación dentro de los márgenes tolerados por el Estado. La crítica ejercida por el artista y activista empezó a cuestionar los fundamentos de un sistema totalitario. Su obra desplazó la discusión desde los espacios institucionales hacia la calle, al barrio, hacia la precariedad cotidiana experimentada por millones de cubanos. A la par del ejercicio de (re)presentación de la realidad, la intervenía.
Instalaciones, performances, esculturas. La peregrinación (con Cachita La Virgen Mariana de Cuba y su manto amarillo, y el santo milagroso Babalú de pellejo curtido y negro y llagado y en muletas) y la documentación del peregrinaje como variantes de un proceso colectivo, horizontal, democrático. Pongamos que, en esa performance, el tejido social intenta una forma de curar la metástasis política creada por un régimen totalitario.
El documental muestra cómo esa práctica artística derivó hacia formas cada vez más explícitas de confrontación política. No hay en esa evolución una simple radicalización ideológica. En Cuba la realidad termina alcanzando al arte, o viceversa: el arte devenido realidad, la vida como arte incluso de supervivencia.
Si la censura se instaura cual norma, y si la vigilancia atraviesa la vida cotidiana y la pobreza deja de ser excepción para transformarse en condición estructural, entonces la frontera entre práctica artística y acción política se vuelve porosa, más tenue, y se produce una fusión, una convivencia.
La historia que desemboca en el 11J comienza, creo yo, mucho antes de julio de 2021. Tiene uno de sus momentos decisivos en el Movimiento San Isidro. Lo que inicialmente parecía una protesta localizada contra la censura, y aquí traemos a colación el Decreto 349, terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para diversas formas de descontento acumulado. Jóvenes escritores, artistas, activistas, periodistas independientes y promotores culturales se agruparon y San Isidro funcionó cual “laboratorio ciudadano”; allí se ensayaron formas alternativas de organización.
La respuesta estatal no demoró. Vigilancia permanente, campañas de descrédito, detenciones arbitrarias y la intervención policial de la sede del movimiento, bajo el disfraz de una operación por motivos de salud pública. El documental muestra a una suerte de tropa de asalto enfundada en batas típicas de un team médico y mascarillas. Cual metáfora, aquellos individuos representaban el update del “ejército de batas blancas” enunciado por Fidel Castro en más de un discurso.
Pero aquella operación “quirúrgica” produjo un efecto contrario al esperado. Más que la clausura del conflicto, aconteció una amplificación. Personas que nunca habían participado en una protesta comenzaron a seguir los acontecimientos a través de las redes sociales. El monopolio informativo del Estado encontraba una vez más una fisura significativa.
De esa fisura surgió el 27 de noviembre de 2020. La concentración frente al Ministerio de Cultura marcó un antes y un después para una generación. Estuve allí. Durante horas, centenares de jóvenes en su mayoría, permanecieron reunidos exigiendo diálogo, respeto a las libertades civiles y el fin del hostigamiento contra los miembros del Movimiento San Isidro.
Aquella jornada reunió sensibilidades diversas. Artistas visuales, escritores, cineastas, músicos, estudiantes y ciudadanos sin afiliación política definida tomaron la calle de la entrada principal del Ministerio de Cultura. Yo lo vi, lo viví, yo puedo dar testimonio incluso de la operación represiva diseñada para silenciar y dispersar, e incluso dañar físicamente, a quienes pedíamos lo que se le ha permitido una y otra vez al gobierno de los Estados Unidos, da igual el partido al mando.
La máquina totalitaria puede dialogar con su némesis, pero no con el pueblo.
Lo que los unía, o nos unía frente al Ministerio, era la conciencia de que el modelo de relación entre Estado y sociedad había llegado a un límite.
Quizá uno de los rasgos más significativos de aquella noche fue la sensación de asistir al nacimiento de algo que todavía no tenía nombre. Sobre el asfalto y en el imaginario de todos parecía tomar forma, a pesar de las contradicciones, una comunidad de afectos construida alrededor de la necesidad de dialogar, disentir y existir fuera de los mecanismos tradicionales de control.
La reacción del gobierno siguió el mismo patrón histórico: promesas de diálogo seguidas por campañas de estigmatización. Una promesa traicionada. Los participantes pasaron rápidamente de interlocutores ocasionales a enemigos públicos. Tengo amigos que, bajo la censura, la presión y la tortura sobre ellos y sus familiares cercanos, fueron obligados a exiliarse. El lenguaje oficial entonces echó mano de las categorías habituales: mercenarios, provocadores, contrarrevolucionarios. No demoraron en perpetrar la criminalización y la destrucción de la reputación de un grupo de personas dispuestas a dialogar y trabajar por un bien común.
El 27 de enero de 2021 representó otro momento decisivo. Frente al Ministerio de Cultura, una concentración pacífica de jóvenes artistas y activistas fue intervenida con violencia. Las imágenes de funcionarios y agentes empujando, golpeando y expulsando a manifestantes revelaron que el Estado ya no estaba dispuesto siquiera a simular espacios de negociación. Recuerdo especialmente los testimonios de varios artistas y el modo en que la violencia ejercida en aquella jornada parecía anunciar una fase diferente del conflicto: silenciar, invisibilizar, aniquilar el descontento.
La guagua en la que fueron confinados y trasladados los jóvenes artistas y activistas no fue otra cosa que la metáfora atroz del no-lugar. En medio de la ciudad, y en contra de la voluntad de los manifestantes, ocurría el secuestro, más la tortura física y psicológica de mujeres y hombres jóvenes.
Sin embargo, el problema fundamental permanecía sin modificaciones. La crisis económica se agudizaba, la pandemia agravaba las carencias materiales. Regresaban los apagones y con ellos la escasez de alimentos y medicamentos alcanzaba niveles de alarma. La emigración comenzaba a convertirse otra vez en el horizonte soñado por cientos de miles de personas. En ese contexto debe entenderse el 11J.
Las protestas fueron la expresión de un malestar social acumulado y creciendo por décadas. Hambre, desesperanza y falta de perspectivas futuras: los factores decisivos que llevaron a una diversa mar de gentes a las calles de ciudades y pueblos.
A lo anterior debemos sumar el agotamiento. Una parte considerable de la sociedad cubana dejó de creer en las promesas oficiales, de esperar por un “milagro” que bajara de los salones donde se reúne la cúpula del Partido y el Gobierno.
En este punto la figura de LMOA asume un rol que no debería pasarse por alto. Sometido a vigilancia y restricciones, el 11 de julio LMOA convocó públicamente a los cubanos a salir a las calles. Declaró que también lo haría, independientemente de las consecuencias.
LMOA sabía cuánto estaba en juego. Sabía que podía ser detenido, golpeado o desaparecer durante semanas dentro del sistema penitenciario cubano. Sin embargo, decidió asumir el riesgo. La importancia de ese gesto trasciende cualquier consideración política o partidista. Lo que LMOA puso en juego fue la dimensión ética de la acción política. En un contexto donde el miedo constituye uno de los principales instrumentos de sumisión, de gobernabilidad, salir a la calle implica un desafío. Es, literalmente, retar a una maquinaria de vigilancia, control y castigo construida y perfeccionada durante más de seis décadas.
Por ese detalle, entre otros, el documental de Ernesto Fundora resulta valioso. Allí, LMOA no es héroe o figura inmaculada a venerar. LMOA es un individuo atravesado por contradicciones, vulnerabilidades, tensiones. Es el sujeto más de una vez criticado por otros escritores y artistas. Ese que, al decir de no pocos, es un “intruso” que en los predios del arte. Precisamente ahí reside una suerte de particularidad, de fuerza simbólica.
Pongamos que LMOA encarna una forma de resistencia que no se fundamenta en la perfección moral sino en la disposición a actuar, a incidir en el tejido social, cultural y político, incluso a expensas de su libertad, de su propia salud, de su propio cuerpo. Su llamado a tomar las calles no es diferente de sus peregrinaciones por Cuba, donde la performanceabandona o conecta la práctica artística con una suerte de compromiso con la libertad, con la felicidad, con la vida. Lo que sucedió el 11J no es otra cosa que el compromiso personal y público de quien salió a la calle para consigo mismo y por sus familiares, amigos, vecinos.
Sí, el viaje más largo empieza por el primer paso.
Las imágenes recogidas por Ernesto Fundora revelan la importancia de las redes digitales en la construcción de nuevas comunidades políticas. El título del documental adquiere así múltiples significados. Habla de conexiones tecnológicas, afectivas y sociales.
Durante décadas, el aislamiento constituyó una herramienta esencial de la máquina totalitaria. Cada ciudadano debía sentirse solo frente al aparato estatal. Las redes sociales alteraron parcialmente la ecuación, revelaron que el malestar era compartido. Quizás esa sea una de las claves para comprender y visualizar el 11J. Descubrimos así que las frustraciones eran un asunto colectivo.
La respuesta del Estado confirmó la magnitud de la amenaza que percibió. Detenciones, juicios sumarios, largas condenas de prisión, intensificación de los mecanismos represivos. ¿El mensaje? El Estado estaba dispuesto a castigar cualquier intento de repetir lo ocurrido.
La represión no resolvió ninguna de las causas estructurales del conflicto. Cuba atraviesa hoy una policrisis donde se funden el colapso económico, el deterioro de las instituciones, una severa crisis energética, más una crisis demográfica de peor magnitud, claramente explicada por Juan Carlos Albizu-Campos, junto a una pérdida acelerada de la legitimidad política.
El país que tenemos hoy parece muy cercano a otra protesta de gran escala. Madres, jóvenes y niños protagonizan cacerolazos en ciudades y pueblos atestados de basuras, bajo la oscuridad, y donde siguen escaseando alimentos, medicinas, y en el que la inflación sigue batiendo récords. ¿En qué condiciones ocurrirá y quiénes la protagonizarán?
Resulta significativo observar el creciente protagonismo de las mujeres en las dinámicas recientes de protestas. Son ellas quienes, con frecuencia, enfrentan las colas interminables, buscan alimentos para sus familias, sostienen redes de cuidado y padecen de manera directa los efectos cotidianos de la policrisis. También han desempeñado un rol central en la denuncia de violaciones de derechos humanos y en el acompañamiento de presos políticos y sus familiares.
La presencia de la mujer literalmente se cristaliza en Estamos conectados. El largometraje de Ernesto Fundora no es únicamente un documental sobre Luis Manuel Otero Alcántara. Allí están, por ejemplo, Iris Ruiz y Yanelis Núñez, entre otras mujeres. Es, también, un audiovisual sobre la transformación de la sociedad cubana durante los últimos años. Y sobre el tránsito desde el miedo hacia la acción. Y sobre la posibilidad de imaginar formas de comunidad allí donde el poder impone fragmentación y silencio.
Quizá, por eso, es una obra de urgencia, de compromiso. Estamos conectados nos recuerda que detrás de cada acontecimiento histórico existen cuerpos, vidas concretas y decisiones concretas que implican no poco riesgo.
El devenir de un país no cambia de manera abstracta. Sucede cuando alguien decide asumir riesgos. Ese cambio puede llegar bajo la forma de una multitud que ha descubierto un cansancio o agotamiento o desencanto compartido. En ese punto el miedo deja de ser suficiente para garantizar la obediencia.
El 11 de julio de 2021 una parte significativa de la sociedad cubana dejó de obedecer. El reloj y el cuerpo siguen marcando la cuenta regresiva. Vivir para ver.

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Por Samuel Moyn









